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La destinée tragique de Walter Rathenau // El destino trágico de Walter Rathenau

A continuación la tercera y última  entrega de la traducción española y el original en francés del retrato que en sus “Les carnets d´Oswald Hesnard” el germanista e intérprete francés Oswald Hesnard traza de la figura de Walter Rathenau.

Ci-après le troisième et dernier billet avec la traduction espagnole et une transcription de l´original en français du portrait de Walter Rathenau écrit par le germaniste et intèrprete français Oswald Hesnard et qu´on peut trouver dans “Les carnets d´Oswald Hesnard”

Où va la monde? by Walther Rathenau

He escuchado juicios acerca de Rathenau bastante desfavorables que merecen atención por venir de gente que le había tratado y que pretendía conocerle. Respecto a este tema siempre estuve convencido de que lo que nos separaba era una cuestión de palabras. Unos llamaban vanidad a lo que uno llamaba ambición legítima en un hombre cuyas acciones le agradaban. Otros llamaban “mentiras” a habilidades sin las cuales más vale dedicarse a la ciencia pura que a la política. No faltaban quienes pronunciaban el término “cobardía” para incriminar una conducta debida a la vacilación de una opinión o al intermitente desarraigo de un espíritu que no se sentía libre y que no tenía al país detrás suyo. El destino de Rathenau fue trágico en el sentido noble y, si puede decirse, hegeliano de la palabra. No podía dejar de implicarse en los asuntos, necesitaba tomar parte en ellos y permitir que sus energías negociadoras se manifestaran. Por otra parte, no pudo evitar su caída porque sus acciones le conducían fatalmente a un choque sangrante con el medio en que se desenvolvía. Su “ceguera” consistió en no ver venir los golpes, en no haber buscado la mediocridad y la calma después de una corta experiencia en la vida pública. Bello error que no empequeñece su figura.

Sigo creyendo, en suma, que con la muerte de Rathenau Alemania perdió al mejor de sus hombres. No quiere esto decir que nadie hubiera podido obtener mejores resultados. Su obra diplomática fue insuficiente. Un ministro menos dotado que él hubiera conseguido más: ya he dicho el porqué. Solamente sé que en un país en el que la cuestión de la “raza” no hubiera jugado un papel desmesurado hasta la patología, un Rathenau matemático, financiero, diplomático, moralista- y todo esto ampliamente, a la europea- hubiera hecho la más brillante de las carreras. Cuando uno le compara con un Simon*, un Fehrenbach**, un Wirth***, un Stresemann****, (no me refiero a Cuno*****, decididamente inepto) uno no encuentra en éstos sino una especie de estrechez provincial

*Walter Simon fue ministro de asuntos exteriores de junio de 1920 a mayo de 1921

**Konstantin Fehrenbach fue canciller durante el mismo periodo.

***Joseph Wirth, canciller de mayo de 1921 a noviembre de 1922

****Wilhelm Cuno, armador de Hamburgo y director general de la línea Hamburg-Amerika, fue canciller de noviembre de 1922 a agosto de 1923 (“Combate del Ruhr”) sucediéndole *****Stresemann

Frente a los grandes problemas concernientes a la paz en Europa no conocí a ningún alemán informado capaz como él de despojarse momentáneamente de su nacionalidad, de meditar sobre los hechos con el desapego del historiador consciente de su encadenamiento , de su nexo causal indisociable. La brutalidad, los excesos de parte alemana en la guerra provocaban en el adversario vencedor reacciones fuertes y duraderas de angustia, de resentimiento, de desquite. A su vez estas reacciones afectivas generaban en tierras alemanas movimientos sordos pero constantes de malestar.

El partido militar o mejor sus restos desarmados  “escamoteaban” lo que podían y sus manejos alimentaban la inquietud en las heridas aún abiertas del extranjero. Hacía falta saber esperar, apaciguar unos cerebros aún enfebrecidos, explicar a los franceses que un pueblo militarizado en el grado en que lo había sido el alemán no podía olvidar en unos meses, en un año o dos, gestos que había aprendido durante generaciones, que la “revancha” no iba a consistir sin más en guardar los cañones dentro de fosas tapiadas. Iba a ser necesario aplicar la pedagogía con Alemania, favorecer en ella la extensión de instituciones y costumbres republicanas, sacar provecho de los entusiasmos recientes por el derecho internacional, conducir hacia él el tumultuoso romanticismo de los jóvenes, tomarse en serio y dar relieve al gobierno democrático. Pero sobre todo hacía falta paciencia. A todas estas tareas, por lo demás, consagraba Rathenau sus esfuerzos sin esperanza de que se vieran cumplidos. Los malentendidos eran demasiado graves. Desde 1919 temía que, a causa de ellos, se produjeran nuevas ocupaciones militares que, a su vez, trajeran nuevas destrucciones de valores, el desmembramiento del país y la anarquía. Llegado a este punto Rathenau se inclinaba a prescindir de los hechos, se imponía el alemán consciente de su vitalidad y, con una mirada que pretendía alcanzar el fondo de su interlocutor, profetizaba: “Sin embargo, el futuro más lejano de mi país no me inquieta. Su historia no ha acabado. Os las tenéis que haber con un pueblo rudo e indestructible…Menos claro tengo el futuro del vuestro, que es de civilización más antigua, de fecundidad menor y nervios más frágiles y que, hecho para el desahogo, tendrá que encararse con amargas decepciones.”

Rathenau estaba por delante de su país. Socialistas preocupados por la economía planificada, demócratas concernidos por la suerte de las clases medias, algunos burgueses radicales y pacifistas se sentían atraídos por él. Pero si uno quería saber lo que el pueblo medio de Alemania pensaba- si es que pensaba alguna cosa- hacía falta escuchar a los hombres que conocían al votante por haberlo tratado y auscultado, por haber observado de cerca sus reflejos, descifrado sus aspiraciones, guiado sus pasos, experimentado sus hábitos y prejuicios. Dejaré de lado aquellos diputados de los que no escuchaba sino pedantescas historias o monótonas quejas cuando me contaban sus impresiones posrevolucionarias. Si acaso una breve mención del viejo Posadowski, el “conde de la barba”, secretario de Estado del régimen anterior, enviado a la asamblea nacional por sus fieles agricultores de (palabra incierta: ¿“Baumburg”?), curioso tipo de monárquico piadoso que en el hall del hotel Esplanade me alaba, casi llorando, la humanidad de Guillermo II, las intenciones puras de éste, su pacifismo tomado a sorpresa por maquinaciones internacionales y la fidelidad a su recuerdo de la buena gente. Pero dejando a este venerable octogenario celebrando en paz su particular culto me dirijo acto seguido hacia un hombre que debía de saber bastante más acerca de las posibilidades del movimiento revolucionario******, el populista Stresemann

******La revolución comenzó con un Motín de marineros de la flota de guerra en Kiel; se negaban a maniobrar para sacar la flota al Mar del Norte para realizar una última batalla contra la escuadra inglesa, como pretendían hacer sus superiores. En pocos días abarcó toda Alemania y forzó la abdicación del Káiser Guillermo II el 9 de noviembre de 1918. Los objetivos de avanzada de los revolucionarios, guiados por ideales socialistas, fracasaron en enero de 1919 ante la oposición de los líderes del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD). Éstos temían un “caos revolucionario” y posteriormente se esforzaron en reconciliar a los partidos burgueses y la élite afín al Káiser frente a las nuevas relaciones del poder. Adicionalmente acordaron una alianza con el Comando Militar Supremo alemán y permitieron la sofocación violenta del llamado Levantamiento Espartaquista (Spartakusaufstand).

El desenlace formal de la revolución ocurrió el 11 de agosto de 1919 con la rúbrica de la nueva Constitución de la República de Weimar.

Nunca hubo un peligro real de que en Alemania se hubiera podido establecer un gobierno bolchevique siguiendo el ejemplo soviético ruso. La alianza entre el gobierno de Ebert y el Mando del Ejército y sus brutales acciones durante distintos levantamientos había enajenado, sin embargo, a muchos demócratas de izquierda del SPD: Muchos de ellos consideraban la actitud de Ebert, Noske y otros líderes del SPD durante la revolución como una traición a sus propios partidarios.

J´ai entendu sur Rathenau bien des jugements nettement défavorables et qui méritaient un moment d´attention, parce qu´ils étaient portés par des hommes qui l´avaient pratiqué et qui pretendaient le connaître. Il me fut toujours facile de remarquer qu´une question de mots nous divisait à son sujet. Tel appelait vanité ce qu´on nomme ambition légitime chez le personnage dont l´action vous agrée. Tel autre parle de “mensonge” à propos d´habiletés sans lesquelles il vaut miex se consacrer à la science pure qu´à la politique. Un troisième prononce le terme de “lâcheté” quand l´attitude incrimenée est due au flottement d´une conviction ou au désarroi intermittent d´un esprit qui ne se sent pas libre, et qui n´a pas son pays derrière lui. La destinée de Rathenau fut tragique dans le sens altier, et si je puis dire hégélien du terme. Il ne pouvait pas rester loin de la melée, il fallait qu´il y prît part et manifestât ce qu´il sentait en lui d´energies négociatrices. D´autre part, il ne pouvait pas éviter la chute, parce que son action devait-il, fatalement, amener une collision sanglante avec son milieu. L´ “aveuglement” a consisté pour lui à ne pas voir venir les coups, à ne pas se retirer dans la mediocrité et le calme après une courte expérience de la vie publique. Belle erreur, qui n´amoindrit pas sa figure.

En somme, je crois encore qu´avec Rathenau l´Allemagne a perdu le meilleur de ses hommes. Ce n´est pas à dire que personne n´eût été capable d´obtenir plus de résultats. Son oeuvre diplomatique est mince. Un ministre beaucoup moins doué que lui peut bien davantage: j´ai dit pourquoi. J´entends seulement que dans un pays où la question “race” n´eût pas joué ce rôle démesuré jusqu´ à la pathologie, un Rathenau mathématicien, financier, diplomate, moraliste- et tout cela largement, à l´européene- eût fait la carrière la plus brillante. Quand on lui compare un Simon*, un Fehrenbach**, un Wirth***, un Stresemann****( je ne parle pas de Cuno*****, décidément trop nul), on leur trouve je ne sais quelle étroitesse provinciale.

*Walter Simon fut ministre des Affaires étrangères de juin 1920 à mai 1921.

**Konstantin Fehrenbach, chancelier pendant la même periode.

***Joseph Wirth, chancelier de mai 1921 à novembre 1922

****Wilhelm Cuno, armateur hambourgeois et directeur general de la Hamburg-Amerika Linie, fut chancelier de novembre 1922 à août 1923 (“Combat de la Ruhr”) et *****Stresemann lui succéda.

Je n´ai pas connu d´Allemand sachant comme lui, devant les grands problèmes intéressant la paix de l´Europe, dépouiller un instant sa nationalité, méditer sur les faits avec le détachement de l´historien qui constate leur enchaînement, leur nexos causal indisociable. Les brutalités, les excès de la guerre allemande déterminaient chez l´adversaire vainqueur les puissants et durables réactions de l´angoisse, du ressentiment, de la défiance. Ces réactions affectives provoquaient à leur tour en pays allemand des poussées de révolte sourde et épuisante.

Le parti militaire, ou plutôt ses restes désarmés “trichaient” et ses cachotteries nourrissaient l´inquietude de l´étranger encore meurtri. Il fallait attendre, apaiser les cervaux encore enfiévrés, expliquer aux Français qu´un peuple militarisé au point que le fut l´allemand ne pouvait en quelques mois, en un an, deux ans même, oublier complètement les gestes appris pendant des générations; que la “revanche” ne saurait dépendre d´un lot de canons murés dans des caves. Il fallait appliquer en Allemagne des méthodes pédagogiques, favoriser l´extension des institutions et des moeurs republicaines, profiter des récens enthosiasmes pour les jurisdictions internacionales, guider vers elle le romantisme tumulteux des jeunes, prendre au sérieux le gouvernement démocratique et lui donner du relief. Il fallait surtout de la patience. Ces voeux, Rathenau, les formulait d´ailleurs sans espoir d´exaucement. Les malentendus étaient trop graves. Ils aboutissaient, craignait-il dès 1919, à des occupations militaires qui mèneraient à de nouvelles destructions de valeurs, au démembrement du pays, à l´anarchie. À ce point du raisonnement, Rathenau lâchait les faits; l´Allemand conscient de sa vitalité prenait le dessus et prophétisait, avec un regard qui voulait aller au fond de vous: “Cependant je ne suis pas inquiet de l´avenir plus lointain de mon pays. Son histoire n´est pas finie. Vous avez affaire à un peuple rude et indestructible… Je suis moins assuré au sujet de vôtre qui est de civilisation plus ancienne, de fecondité moindre, de nerfs plus fins, et qui, fait pour l´aisance, aura de rudes déceptions à dominer.”

Rathenau devançait son pays. Il entraînait des socialistas preocupes d´économie controlée, des démocrates soucieux du sort des classes moyennes, quelques bourgeois radicaux et pacifistes. Mais si l´on voulait savoir ce que pensait le menú peuple d´Allemagne, à supposer qu´il pensât quelque chose, il fallait entendre les hommes ayant aquis l´expérience de l´électeur pour l´avoir manié, ausculté, pour avoir observé de près ses réflexes, démêlé ses aspirations, guidé ses démarches, subi ses habitudes et ses préjugés. Parmi les députés dont je recueillis les impressions post- révolutionnaires, je laisserai de côté ceux dont je ne obtins que de confus et pédantesques bavardages ou des plaintes monotones. Qu´une brève mention soit accordée au vieux Posadowski, le “comte à la barbe”, secrétaire d´État d´ancien régime, envoyé à l´Assemblée nationale par ses fidèles ruraux de (mot incertain: “Baumburg”?), monarchiste pieux et décoratif, qui, dans le hall de l´hôtel Esplanade, me vanta, en pleurant presque, l´humanité de Guillaume II, ses intentions pures, son pacifisme surpris et abusé par les machinations internationales, et la fidelité des honnêtes gens à son souvenir. Je laissai ce vénérable octogénaire célébrer en paix ses cultes et me tournai dès le lendemain vers un homme qui devrait-il en savoir plus long sur les chances du mouvement révolutionnaire******, le populiste “Stresemann”

On désigne par le nom de Révolution allemande la série d’événements qui se sont produits en 1918 et 1919 en Allemagne et qui, après une très forte période de troubles et d’incertitude politique, ont conduit à la mise en place de la République de Weimar.

L’Empire allemand tombe à la fin 1918, lors de la Révolution de Novembre (Novemberrevolution) mais la République, à peine proclamée, est marquée par de profondes dissensions, quant à la question du régime politique du pays, entre les tendances réformiste et révolutionnaire de la gauche allemande, soit les sociaux-démocrates et les communistes, dont le parti est créé le 1er janvier 1919. Les mois qui suivent sont marqués par un grand nombre d’actions des communistes et par plusieurs soulèvements. Le conflit tourne à l’avantage des sociaux-démocrates et un régime de démocratie parlementaire est finalement adopté, au prix de l’écrasement violent des révoltes communistes et d’une rupture définitive entre communistes et sociaux-démocrates. Le début de la révolution allemande peut être fixé au 30 octobre 1918 lorsque des marins de Kiel refusent d’appareiller, et sa fin au 11 août 1919 lorsque la Constitution de Weimar est adoptée. La République de Weimar demeure néanmoins marquée par l’instabilité politique et de nombreux soulèvements, de gauche comme de droite, ont lieu au cours des années suivantes.

République des conseils de Bavière

La République des conseils de Bavière (Bayerische Räterepublik), dite aussi de Munich (Münchner Räterepublik) (nom également traduit par République soviétique bavaroise[1] ou République soviétique de Bavière), est un gouvernement proclamé en Bavière durant la révolution de 1918-1919. Directement inspirée de la Russie bolchevique et de la République des conseils de Hongrie proclamée durant la même période, cette tentative de gouvernement par les conseils ouvriers dura du 7 avril au 3 mai 1919 et s’effondra dans la violence et la confusion. Durant sa brève existence, la République bavaroise des conseils connut deux gouvernements de sensibilités distinctes, l’historien Heinrich August Winkler établissant une distinction nette entre la « première République » et la « deuxième République »

 

 

 

 

Le rationalisme de Walter Rathenau // El racionalismo de Walther Rathenau

A continuación la segunda entrega de la traducción española y el original en francés del retrato que en sus “Les carnets d´Oswald Hesnard” el germanista intérprete y diplomático francés Oswald Hesnard traza de la figura de Walter Rathenau.

Ci-après le déuxieme billet avec la traduction espagnole d´abord et une transcription de l´original en français après du portrait de Walter Rathenau écrit par le germaniste, intèrprete et diplomate français Oswald Hesnard et qu´on peut trouver dans le livre “À la recherche de la paix France-Allemagne.Les carnets d´Oswald Hesnard”

Pero Rathenau tenía otras animadversiones por encima de éstas y resultaba apasionante ir más allá de su aparente flema para discernir la verdad de los conflictos que se sucedían en su interior, el calor de la impaciencia que le hervía dentro cuando, por ejemplo, se discutían temas tales como la producción, el precio del carbón, los proyectos de socialización de las minas en el consejo económico provisional de 1920-1921 o cuando en estos mismos consejos hablaba de sociología, de racionalización del trabajo, de la reglamentación de las importaciones, cuando no podía dejar de sentir el desprecio que le dirigían sus poderosos adversarios por toda esa “ideología”, por todo ese “soñar despierto”. Hubiera podido preparar sin problemas su acceso inmediato al poder. Hubiera podido apoyarse en la reputación de su inteligencia, en  el alcance social y económico de las campañas que libraba. Desde 1919 las izquierdas estaban con él, el centro parecía estimar las cualidades de un filósofo imbuido, a los ojos oportunistas del centro,  de solidaridad cristiana. Hubiera podido llegar al parlamento, lucirse en él, eclipsar en los debates a sus enemigos de la derecha populista y a los Nacionales antisemitas, dejar su impronta, trasladar a esta cámara llena de mediocres la influencia del saber y de la lógica. La tentación era fuerte. Rathenau se resistió a ella durante mucho tiempo.

No se decidiría sino en la primavera de 1921. No podía soportar por más tiempo la idea de dejar las relaciones internacionales en manos de gente, cuya manera de funcionar, por más llena de buenas intenciones que estuviese, no dejaba de causarle gran inquietud. No albergaba dudas sobre el compromiso de Wirth, hombre honesto a la vez que mediocre, que podía ser útil precisamente por sus buenos sentimientos. Con Briand y Loucheur en Francia podía contribuir a la generación de confianza. Dos años de discusiones estériles tendrían que haberles predispuesto ya a soluciones transaccionales. Había pues que jugársela. Una vez metido en el engranaje de la política activa Rathenau no saldría de él sino con ocho balas de ametralladora en su cuerpo. No supo ver que su apellido, su raza, le vetaban el camino de la política. Justamente aquello que más deseaba hacer le estaba prohibido. Era precisamente el único que no podía permitirse una cosa así. Un Stinnes, de familia y orígenes en Westfalia, podía, al amparo de la prensa nacionalista de su propiedad, permitirse cualquier iniciativa en política extranjera. Un Rathenau, judío y de tendencias socializantes, no podía mantenerse en puestos de responsabilidad sino haciendo constantes concesiones al odio ignorante de la opinión reaccionaria. Todo lo que Rathenau emprendió con el fin de “sanear la atmósfera europea” fue tildado de traición. En Alemania un judío con responsabilidades políticas no podía permitirse el lujo de ir a Londres, a Paris o a Wiesbaden para tratar de llegar a arreglos y trabajar en la reconstrucción.

* El 6 y 7 de octubre de 1921 Rathenau y Loucheur concluyen unos acuerdos por los cuales Alemania quedaba liberada parcialmente de las reparaciones de guerra respecto a Francia a cambio de suministros en especie.

Rathenau no pudo ver esto nunca con claridad suficiente. Los feroces ataques que recibía producían en él momentos de desánimo. En 1921 me comentaba: “Después de Briand, después de mí, vendrán los hombres fuertes. Vuestras divisiones llegarán hasta Dortmund y Hamm. La anarquía alemana que de todo ello se seguirá no os compensará. Sobrevendrá un periodo de desórdenes y vendrán a buscarnos a mí y a Briand para arreglar las cosas. Pero será ya demasiado tarde.” Hacía estas predicciones en un tono velado y ligeramente teatral. No se daba cuenta de que la reputación atroz que la prensa anti-semita cada vez más con más virulencia le endosaba generaba en él mismo un profundo malestar y obstaculizaba cada una de sus iniciativas, (palabra ilegible), bloqueándole las acciones que emprendía, acciones que  se volvían así dubitativas y confusas, menos enérgicas, menos libres, más proclives a hacer que se dudara de ellas y a que acabaran en la esterilidad , acciones cuyo fracaso finalmente terminaba por dar argumentos a sus enemigos para hundirle. El día del  asesinato de Rathenau el esbelto y aristocrático von Kardorff, un diputado de maneras, por lo general, correctas, que deambulaba, trastornado por la emoción, por el gran hall del Reichstag , al verme, me suelta: “Vosotros le habéis matado”. Lo que este hombre, cuyos hombros se contraían en pleno sobresalto afectivo, me quería decir es que rechazado y abandonado primero por Paris y condenado después por haber firmado el tratado de Rapallo, Rathenau no pudo valerse de ningún éxito en el exterior frente a una opinión pública alemana que le era ya hostil y que se mostraba exasperada por el trato que se estaba dando a su país*

* Durante la conferencia económica y financiera a nivel mundial que se mantuvo en Génova de abril a mayo de 1922, Rathenau, ministro de asuntos exteriores y jefe de la delegación alemana firmó, fuera del marco de dicha conferencia, el tratado bilateral germano-soviético de Rapallo (16 de Abril) que causó un escándalo en Francia. Rathenau fue asesinado el 24 de junio.

El dolor de este diputado era sincero, tanto como su (palabra ilegible) era completo. De hecho, desde que se encontraba al frente de exteriores , Rathenau sabía que pisaba terreno poco firme. Sabía que la anodina institución a la que pomposamente se llamaba “gabinete del Reich”  se mostraba incapaz de (palabra dudosa: ¿llevar a cabo?) las incautaciones, de hacerse con  fondos para hacer los pagos de las reparaciones. Sabía que un solo ministro no podía reprimir la especulación ni hacer regresar los capitales evadidos ni organizar la industria nacional para obligarla a garantizar los pagos y suministros en especie. Preveía pues manifestaciones de descontento y sanciones de nuestra parte. Sin embargo, habiendo finalmente saboreado las mieles del poder, su sabor tónico y amargo le compensaba con creces. El respeto, la admiración de algunos de sus colegas, del canciller, de sus amigos de la banca y de cierta prensa (palabra dudosa: “Bleich”) le sentaban bien. Dirigir, pensar en términos de Estado, convocar y liderar los Consejos del gabinete, dar instrucciones a los embajadores, asumir el papel principal en las grandes conferencias internacionales, hacer vibrar los mensajes telegráficos con las sílabas de un apellido ilustre, algo había de embriagador en todo esto para el representante de una raza temida y detestada por millones de alemanes , resentidos con la lucidez de la que esta raza a lo largo de los siglos había dado muestras, para el hijo de un humilde ingeniero judío cuyo trabajo no inspiraba en las castas privilegiadas de la Alemania de aquel entonces sino una  desdeñosa sonrisa. Rathenau optó por lo tanto por seguir en el puesto que había conquistado. Se obstinó en la lucha apoyándose en la emotiva entrega de colaboradores que le eran muy cercanos y que dan prueba de su carisma, de sus dotes de jefe y de la fuerza de su influencia intelectual. Aspiró incluso a desarmar a sus adversarios, quiso “intentar algo”, procurar que a Alemania se le diera una garantía por medio de una alianza: el tratado de Rapallo. Creyó que los patriotas se lo agradecerían, sobre todo teniendo en cuenta los ataques de los que era objeto por parte de la prensa extranjera. No ocurrió así: los antisemitas le acusaron de haber vendido Alemania a Lenin, de “haber casado a su hermana con Radek*¡”. No quedaba sino ejecutarle…

*Karl Berngárdovich Rád (31 de octubre de 18-19 de mayo de 1939) fue un Bolchevique y líder Comunista internacional. Nació en Leópolis, Ucrania, entonces llamada Lemberg (Imperio austrohúngaro). Su famlia era judía. Su nombre original era Karol Sobelsohn, pero tomó el nombre de “Rádek” de un personaje con que simpatizaba, del libro Syzyfowe prace por Stefan Żeromski. (Fuente: wikipedia)

Rathenau era demasiado inteligente y de una sensibilidad lo suficientemente fina como para no sentir sobre su piel el filo amenazante del antisemitismo alemán. Conocía su literatura, su imaginación extravagante: la conspiración de los “Sabios de Sión” que se proponía dominar el mundo, los cuentos acerca de los manejos criminales  de la judería  financiera internacional etc. Creo, no obstante, que lo absurdo de tales historias le ocultaba la tremenda maldad que aparejaban. Teniendo las manos limpias y no llevando la vida de un plutócrata estaba lejos de pensar que pudiera haber ningún individuo que le tomara precisamente a él por objetivo. Es un error común a los racionalistas el negarse a ver que el mundo es conducido por  fuerzas oscuras y que las acciones de los hombres obedecen a menudo a impulsos confusos. Rathenau había tomado la palabra ante auditorios de jóvenes liberales, de sindicalistas debutantes, de demócratas pacifistas y había despertado admiración entre ellos. Pero esta juventud le ocultaba la otra: la juventud de la guerra y de la posguerra; los aspirantes a oficiales cuyo camino hacia la gloria había sido interrumpido por la derrota; los estudiantes y universitarios que no habían oído del frente más que descripciones mágicas y relatos de una dominación fácil; los futuros jefes imberbes que aún no ejercían ningún mando, en resumen: el equívoco montón de afiliados a los Freikorps* a los que ni siquiera los combates contra el gobierno republicano ni contra los polacos de la Alta-Silesia habían hecho subir en el escalafón. A Rathenau se le escapaba lo profundo de la estupidez de esta gente, su ceguera moral, el temible simplismo de su credo político, su miseria intelectual y fisiológica, la patología de sus costumbres, de sus hábitos sociales y sexuales. No se tiene tiempo de escudriñar estas vergüenzas cuando uno anda entre cifras de reparaciones de guerra y balances comerciales. Se tiende entonces a confiar en la razón de los hombres justo en el momento en que uno está a punto de ser condenado por una “Santa Vehme”* de la que uno se mofaría si supiera de su existencia.

Freikorps: a partir de la revolución de noviembre de 1918, el término fue empleado por las organizaciones paramilitares protofascistas y ultranacionalistas que se formaron por toda Alemania. Con el establecimiento de la República de Weimar los freikorps fueron de los muchos grupos paramilitares activos, pertenecientes a variadas ideologías y partidos, a veces tolerados y alentados por las autoridades de la joven república, como alternativa a las organizaciones sindicales comunistas y socialistas que también florecieron durante el mismo período.

Numerosos veteranos alemanes de la Primera Guerra Mundial se sentían profundamente desconectados en la vida civil, o sin incentivos para reincorporarse a ella debido al desempleo y la mala situación económica de posguerra. Integrados en los freikorps, estos veteranos, mayormente jóvenes, buscaban la estabilidad de una estructura militar que les ofreciera un estatus social dentro de un cuerpo de guerreros y les asegurase un medio de vida realizando la misma tarea que habían desempeñado en los últimos años: combatir.

Otros se unieron al freikorps por sentirse frustrados con la derrota de 1918, para ellos inexplicable, y cultivaron activamente la leyenda de la puñalada por la espalda para explicar la derrota alemana; en estos casos el sentimiento ultranacionalista era un aliciente para unirse a un grupo de ex soldados. Parte de la ideología típica del freikorps era un desprecio completo contra la democracia y el capitalismo (que para estos veteranos sólo privilegiaban el dinero y no les reconocía como élite de soldados que habían ofrendado su vida por Alemania); también les caracterizaba un odio hacia el marxismo en general y un antisemitismo profundo (en tanto judíos y comunistas habían sido acusados de la derrota alemana.)

Cuando los partidos de extrema izquierda se unieron en Berlín al levantamiento espartaquista de enero de 1919, los freikorps recibieron el apoyo tácito de Gustav Noske, ministro alemán de defensa, que los utilizó para reprimir a la Liga Espartaquista con enorme violencia, incluyendo los asesinatos de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo el 15 de enero de 1919. Ese mismo año los freikorps ayudaron a aplastar a la recién creada República Soviética de Baviera, gobernada por el Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania. (Fuente: wikipedia)

La « Santa Vehme » fue una sociedad secreta de inspiración cristiana creada en Westfalia en el siglo XIII y activa hasta comienzos del siglo XIX. Su nombre procede del neerlandés veem (corporación). La institución decía actuar en nombre de la Santa Sede.

Transcription de l´original en français

Rathenau avait d´autres haines encore, surtout celles-là, et quand il discutait au Conseil économique provisoire, en 1920-1921, sur la production, le prix du charbon, les projets de socialisation des mines, quand il y parlait sociologie, rationalisation du travail, réglementation des importations, quand il sentait le mépris des ses puissants adversaires pour toute cette “ideologie”, “ces rêveries”, comme il eût été passionnant de percer l´enveloppe de son flegme pour démeler la vérité des ses révoltes intimes, pour sentir la chaleur de ses impatiences! Il aurait pu, toute de suite,préparer son accès au pouvoir. Il y était porté par sa réputation d´intelligence, par ses campagnes littèraires de portée sociales et de réforme économique. Dès 1919, les gauches le désiraient, le Centre, opportuniste, estimait les talents de ce philosophe qui paraissait pénétré de solidarité chrétienne. Il aurait pu aborder le Parlement, y briller,éclipser dans la discussion ses ennemis de la droite populiste et les Nationaux antisémites, donner sa mesure, faire sentir à cette Chambre encombrée de mediocres l´ascendant du savoir et de la logique, La tentation était forte. Rathenau y résista longtemps.

Il ne se décida qu´au printemps de 1921 à aborder les affaires. Il ne pouvait plus supporter l´idée de laisser les relations internationales aux mains de gens dont il estimait parfois la bonne volonté mais dont il considérait toujours les démarches avec inquietude. Il était sûr du dévouement de Wirth, honnête, mediocre, utile par les accents de son coeur. En France, Briand, Loucheur: il devait être possible de leur inspirer un peu de confiance. Deux ans de discussions stériles devaient les avoir inclinés à des solutions commerciales. Il fallait risquer la partie. Une fois pris dans l´engranage de la politiqe active, Rathenau n´en sortit plus qu´avec huit balles de pistolet-mitrailleur dans la peau. Il n´avait pas vu que son nom, sa race lui interdisaient la politique. Celle qu´il voulait faire lui était précisément défendue. Il était justement le seul qui ne pût se la permettre. Un Stinnes, Westphalien de famille et de naissance, pouvait, à l´abri de sa presse nationaliste, risquer n´importe quelle tentative à l´étranger. Un Rathenau juif et socialisant ne pouvait se maintenir aux affaires qu´en faisant des concessions continuelles à l´ignorance haineuse de l´opinion réactionnaire. Tout ce que Rathenau allait essayer pour “ assainir l´atmosphère européenne” serait proclamé trahison. En Allemagne, un juif ayant une situation politique ne pouvait se permettre d´aller à Londres, à Paris, à Wiesbaden traiter des arrangements, oeuvrer aux reconstructions*

*Rathenau et Loucheur conclurent à Wiesbaden, les 6 et 7 octobre 1921, des accords prévoyant que l´Allemagne pourrait se libérer partiellement de ses obligations de réparations à l´égard de la France par des livraisons en nature.

Rathenau ne sentit jamais cela avec la netteté nécessaire. Férocement attaqué, il eut bien des moments de découragement. Il me disait en 1921: “Après Monsieur Briand, après moi, viendront des hommes forts. Vos divisions viendront jusqu´à Dortmund et Hamm. Mais l´anarchie allemande qui s´ ensuivra ne vous paiera pas. Des années de désordre s´ensuivront. Puis on viendra chercher Briand, Rathenau pour arranger les choses. Mais il sera trop tard.” Il faisait ces prédictions sur un ton voilé et légèrement théâtral. Il en voyait pas que l´atroce réputation que lui avait faite la presse antisémite, et donc chaque semaine accusait encore le relief, le mettait lui-même à la torture, le gênait dans toutes ses entreprises, (mot illisible) à le retenir (dans) son action, la rendait hésitante, nuisait à sa netteté, à son energie, à sa franchise, nous amenait parfois à la suspecter, la frappait de stérilité, et que finalement l´insuccès fournissait à ses ennemis de nouvelles raisons de l´accabler. Le jour où il fut assassiné, un député généralement correct, le svelte et aristocratique von Kardorff, bouleversé par l´émotion, errait dans le grand hall du Reichstag et, me rencontrant, me jeta au visage: “C´est vous qui l ´avez tué!”. Cet homme qu´ un haussement d´épaules arrêta net en plein sursaut affectif voulait dire que repoussé, lâché par Paris, puis condamné (à la suite de Rapallo), Rathenau n´avait pu se prévaloir d´aucun succès extérieur près d´une opinión allemande déjà hostile et exaspérée par les mauvais traitements.*

*Pendant la conférence économique et financière mondiale de Gênes (avril-mai 1922), Rathenau, ministre des Affaires étrangères et chef de la délégation allemande, signa, en dehors de la conférence, le traité germano-sovietique bilateral de Rapallo (16 avril) qui fit scandale en France. Rathenau fut assassiné le 24 juin.

La douleur de ce député était sincère, autant que son (mot illisible) était complet. En realité, depuis que Rathenau était aux Affaires étrangères, il sentait que le terrain manquait sous ses pas. Il savait bien que la falote “instance” appelée pompeusement “Cabinet du Reich” était incapable (mot incertain: “d´exécuter”?) les saisies, d´opérer les rentrées nécessaires aux versements des réparations. Il savait que seul (le) ministre ne pouvait mâter la spéculation, rappeler les capitaux évadés, syndiquer l´industrie nationale et la forcer à garantir paiements et livraisons en nature. Il prévoyait donc de notre part les révoltes et les sanctions. Mais, ayant participé enfin aux satisfactions du pouvoir, il en goutâit largement l´amère et tonique saveur. Le respect, l´admiration de certains de ses collègues, du chancelier, de ses amis de la haute banque et de la presse (mot incertain “Bleich”?) lui faisait du bien. Il y avait pour ce représentant d´une race crainte et détestée par des millions d´Allemands, humiliés par la finesse séculaire  de ses dons naturels, quelque chose d´enivrant à commander, à s´afformer le cerveau d´un vaste organisme d´État, à inspirer et à dominer les conseils de cabinet, à instruire les ambassadeurs, à jouer les premiers rôles dans les grandes conférences, à faire vibrer le long des câbles intercontinentaux les syllabes d´un nom illustre- quand on est le fils d´un petit ingénieur juif dont tout le travail n´inspira jamais aux castes privilegiées de l´Allemagne d´hier qu´un sourire dédaigneux. Rathenau resta donc au rang qu´il avait conquis. Il s´obstina à la lutte, appuyé sur des dévouements touchants et qui témoignent du charme qu´il exerçait, de ses dons de chef, de la force de son emprise intelectuelle. Il voulut même désarmer ses adversaires, “faire quelque chose”, doter l´Allemagne d´une garantie, d´une alliance: le traité de Rapallo. Il crut que les patriotes lui en saurait gré, surtout en présence des attaques de la presse étrangère. Il n´en fut rien: les antisemites l´accussaient d´avoir vendu l´Allemagne à Lenine, d´avoir “marié sa soeur avec Radek” ¡  Il n´y avait plus qu´à l´exécuter…

Karl Berngardovitch Radek (en russee : Карл Бернгардович Радек ; 31 octobre 1885 – 19 mai 1939), de son vrai nom Karol Sobelsohn, est un révolutionnairee bolcheviquee, dirigeant du Kominternn.

Radek est né à Lemberg, alors capitale de la province de Galicie dépendante de l’empire austro-hongrois (aujourd’hui Lviv en Ukraine). Sa formation ressemble beaucoup à celle de nombreux jeunes révolutionnaires qui joueront un rôle important dans les mouvements politiques du début du XXe siècle en Europe Centrale. Son parcours est à rapprocher de ce point de vue à celui de Félix Dzerjinski, futur chef de la Tchéka bolchévique. Tous deux en effet par leurs origines sont emblématiques d’une identité multiple (lituanienne, polonaise, russe, allemande, autrichienne, aux frontières d’une Russie tsariste attaquée par le libéralisme politique de l’empire austro-hongrois) qui les a d’une certaine manière éveillés à la politique. Radek et Dzerjinski incarnent par leur propre parcours ce passage étonnant du nationalisme polonais, vecteur de leur propre libération, à l’internationalisme prolétarien.

Ainsi, élevé au sein d’une famille juive moderniste assimilée, le jeune Sobelsohn est un polyglotte imprégné de culture nationale polonaise qui milite très jeune à l’Université de Cracovie, alors un centre actif de contestation des monarchies autoritaires. Il rejoint ainsi dès 1901 – il a 16 ans – le SDKPiL, Parti social-démocrate du Royaume de Pologne et de Lituanie fondé quelques années plus tôt (1899) et dirigé par Rosa Luxemburg et Leo Jogiches. Il adopte à cette époque le pseudonyme de « Radek » inspiré d’un personnage d’un livre que Stephan Zeromski a publié en 1898 en Pologne : Syzyfowe prace (Les Travaux de Sisyphe). (Source: wikipedia)

Rathenau était trop intelligent et de sens trop affiné pour ne pas sentir sur sa peau la pointe menaçante de l´antisémitisme allemande. Il en connaissait la littérature, les imaginations extravagantes: la Ligue des “Sages de Sion” qui se serait proposée de dominer le monde, les cents récits qui circulent sur les entreprises criminelles de la juiverie financière internationale, etc… Mais je crois que l´absurdité de pareils contes en recouvrait à ses yeux la terrible malfaisance. Ne menant pas la vie d´un ploutocrate et ayant ses mains nettes, il ne croyait pas qu´un individu pût se trouver dont la haine le prît, lui, précisement lui, pour cible. C´est l´erreur des rationalistes de ne pas admettre que le monde soit mené par des forces obscures, que les hommes obéissent de préference à des impulsions confuses. Il avait parlé devant des auditoires de jeunes gens libéraux, d´apprentis syndicalistes, de démocrates pacifistes. Ils l´admiraient. Cette jeunesse lui cachait l´autre: celle de la guerre et de l´après-guerre: les aspirants officiers dont la gloire avait été soudain interrompue par la défaite, les lycéens et les étudiants qui n´avaient connu du front que les descriptions magiques, les récits de domination facile, les futurs chefs imberbes qui ne commandaient pas, bref le ramassis équivoque des affiliés aux corps francs qui n´a avaient même pas pu gagner leurs grades contre le gouvernement républicain ou contre les Polonais de Haute-Silésie. Rathenau ne mesurait pas la profondeur de leur ignorance, leur cécité morale, le simplisme effrayant de leur credo politique, leur misère intellectuelle et physiologique, la pathologie de leurs moeurs, de leurs habitudes sociales et sexuelles. On n´a pas le temps de scruter ces hontes quand on agite des chiffres de réparations et de balances commerciales. On se confie dans la raison des hommes au moment même où l´on est condamné par une “Saint Vehme” dont on rirait d´entendre qué elle existe.*

La Sainte-Vehme était une société secrète d’inspiration chrétienne créée en Westphalie au XIIIe siècle et active jusqu’au début du XIX siècle. Son nom vient du néerlandais veem (corporation). L’institution prétendait agir au nom du Saint-Siège.

Les corps francs allemands

Dès décembre 1918, d’anciens officiers démobilisés entament la formation de milices appelées Freikorps (corps francs), comme le général Maercker, à l’appel du gouvernement légitime, la Reichswehr n’étant pas encore créée. Ils proliférent au printemps et à l’été 1919, dans le contexte de la lutte contre les révolutions spartakistes, jusqu’à atteindre le chiffres de 165 unités de différentes tailles et portant diverses appellations. Ils sont aussi bien employés à la défense de la frontière allemande à l’est, contre une possible invasion bolchévique ou polonaise (comme par exemple la division de fer), qu’au maintien de l’unité du défunt empire. Ils sont appelés par le gouvernement de Berlin à réprimer les révolutions en Allemagne. Ils intervinrent ainsi sous les ordres du gouvernement républicain tour à tour à Berlin, Brême, Hambourg, Halle, Leipzig, Munich, dans le Brunswick, en Silésie et en Thuringe. Des Freikorps clandestins se constituent même dans la zone d’occupation française en Allemagne, y menant une résistance active entraînant parfois de sévères représailles.

Les Freikorps luttent principalement contre les gardes rouges spartakistes, composées d’ouvriers et d’anciens soldats, ainsi que contre certaines unités de l’armée passées du côté des communistes, particulièrement de matelots, comme ceux de la fameuse Volksmarinedivision. Ils luttent également aux frontières de l’ancien Reich contre les Lettons, les Estoniens, et les Polonais.

Le général von Epp mène ainsi 30 000 soldats pour mater la République des conseils de Bavière en mars 1919. Près de 600 socialistes et communistes furent tués durant les semaines qui suivirent.

Peu à peu, les corps francs, marqués politiquement à droite, s’opposent à leurs anciens alliés républicains conservateurs et sociaux-démocrates de la République de Weimar. Alors que c’était Gustav Noske, ministre SPD de la Reichswehr, qui avait le premier utilisé les corps francs pour mettre fin aux révolutions communistes, la ratification par l’Allemagne du traité de Versailles et le lâchage tardif du gouvernement dans l’aventure de la Baltique pousse certains corps francs à envisager de renverser la république. Décidant d’une « marche sur Berlin », le général von Lüttwitz, fidèle à la monarchie, prend le commandement de la brigade Ehrhardt fondée par le capitaine de corvette Hermann Ehrhardt, tandis que Wolfgang Kapp, journaliste conservateur, prépare avec eux le putsch du 13 mars 1920 qui mène la brigade à s’emparer des quartiers gouvernementaux de Berlin. Ce putsch est mis en échec par une grève générale organisée par les syndicats et les partis politiques de gauche, dont le parti communiste et le parti socialiste, et Kapp fut forcé de s’exiler en Suède. Après cet échec, les corps francs se remettent brièvement dans le camp républicain pour écraser les communistes qui souhaitent transformer cette grève générale en seconde révolution. Ils sont finalement dissous ou intégrés à l’armée régulière, en vertu des termes du traité de Versailles, à partir de la fin du mois de mars. Les anciens membres de certains Freikorps particulièrement engagés furent aussi impliqués dans divers assassinats politiques dont celui, en 1922, de Walther Rathenau, ministre des Affaires étrangères. (Source: wikipedia)

 

 

Oswald Hesnard: Walther Rathenau

Oswald Hesnard

Oswald Hesnard

A lo largo de las próximas entradas del blog iré intercalando traducciones de pasajes de la obra “À la recherche de la paix France-Allemagne” Les carnets d´Oswald Hesnard (1919-1931) ( “En búsqueda de la paz franco alemana. Los cuadernos de Oswald Hesnard”) publicado por Presses Universitaires de Strasbourg en cuya atenta lectura me encuentro sumido.

Catedrático de alemán, Oswald Hesnard fue destinado a Berlín de 1919 a 1931. A partir de 1925 juega un papel decisivo como intérprete e informador personal de Aristide Briand, ministro de exteriores de Francia, participando en todas las conferencias internacionales. Habiéndose ganado la confianza de Stresemann, ministro de exteriores alemán, Hesnard consigue convencer a ambos políticos acerca de la posibilidad de superar las dificultades nacidas de la guerra y de la implementación del Tratado de Versalles

De momento me ha llamado poderosamente la atención la semblanza que Hesnard hace de Walther Rathenau , así que es lo primero que de sus cuadernos me resuelvo  a traducir.

Walther Rathenau nació en Berlín, hijo del empresario Emil Rathenau y de una hija de Benjamin Liebermann. estudió física, química y filosofía en su ciudad natal y en Estrasburgoo. De origen judíoo, su padre, Emil Rathenauu era presidente y fundador de la Sociedad General de Electricidadd (AEG), presidencia que heredó a la muerte de éste en 1915.

Rathenau tenía 16 años cuando su padre fundó la AEG y, tras sus estudios universitarios, estuvo trabajando en varias empresas electroquímicas situadas lejos de Berlín, tanto dentro de Alemania como en Suiza. Tras diez años lejos de su hogar, volvió a Berlín en 1899, donde se haría cargo de negocios internacionales, y se convertiría en uno de los más prominentes industriales del Imperio Alemán tardío y de la República de Weimar.

Fue asesinado el 24 de junio de 1922, dos meses despúés de firmar el Tratado de Rapallo con la URSS. (Fuente: wikipedia)

WALTHER RATHENAU

Walther Rathenau

Walther Rathenau

Solía haber encuentros emotivos. Pienso ante todo en el excelente señor Hamspohn*

Johann Hamspohn (1840-1926), industrial renano, fundador en 1892 de la Unión De Sociedades Eléctricas que en 1920 se fusiona con la Sociedad Eléctrica General (A.E.G.) de Emil Rathenau, de quien se convierte en socio.

Había apoyado en otro tiempo a Rathenau padre, recorrido el globo, participado en la formación de la General Electric, negociado con la Thomson Houston. Sus 75 o 78 años habían respetado el porte altivo de su estatura. Las funciones honoríficas que conservaba en la A.E.G. le dejaban el ocio para dedicarse a soñar. Solía decirme que a su edad, retirado en su propiedad de Wannsee, ya no le quedaban ambiciones personales y que lo que quería era pasar el atardecer de su vida de una forma discreta  siendo útil a los demás. A este hombre anciano no le importaba dejar su villa del campo a cualquier hora para citarse conmigo y hablar de la reconstrucción. Su pasión era la reconciliación en el ámbito de los negocios. Desde el primer momento había recomenzado a frecuentar los hoteles, a analizar balances, a recoger firmas. Verificaba las informaciones de París, mandaba recortar los artículos del Journal Official en los que figuraban los debates del parlamento y naturalmente leía los informes del señor Loucheur*

Louis Loucheur (1872-1931), politécnico, ingeniero ferroviario, fundador en 1899 de una sociedad, la Sociedad General de Empresas, que se ocupaba de redes de ferroviarias y de electrificación. Briand, presidente del Consejo le llama en diciembre de 1916 al ministerio de armamento donde desempañará funciones a lo largo del transcurso de la guerra; ministro para la reconstrucción industrial en noviembre de 1918, y diputado por el Norte, departamento que fue devastado durante la guerra, desde 1919 a su fallecimiento; varias veces ministro y delegado de Francia en la Sociedad de Naciones

Tenía fe, esa fe a la que no le importunan ni los obstáculos psicológicos ni las dificultades materiales. Sus propuestas tenían el beneplácito en principio de sus amigos de la A.E.G. aunque no dejaban de suscitar entre ellos objeciones provenientes de un escepticismo provocado por una lectura más exacta y razonada de la prensa extranjera.

Felix Deutsch (industrial berlinés miembro de la directiva de la A.E.G.) no hablaba sino de que había que sentarse a una mesa para hablar en términos negociadores de las reparaciones de guerra y ni que decir tiene, que  había que hacerlo de igual a igual sin que los alemanes fueran convocados por sus enemigos de ayer como acusados a los que se condena de antemano a restituir lo robado. Había que asociarse para ganar dinero ¡Ya era hora! Eso sí ¡ Nada de tender las manos para que nos las esposen!

En lo que hace a Walther Rathenau su actitud era le de un observador encerrado en una calma voluntaria, interiormente agitada de esperanzas, miedos, deseos, dudas, esforzándose por dominar estos sentimientos contradictorios ya que la lógica le demostraba que aún no había llegado el momento de actuar y que aún había que esperar mucho.

El fue, en suma, el único alemán que desde el primer contacto me dio la impresión de una verdadera superioridad. Solía ir a verle al despacho que tenía en el primer piso de una inmensa nave fría y gris en la Friedrich- Karl Ufer. El local era de una simplicidad a la que no le faltaba algo de afectación. Desde ella su padre había construido esa maquinaria inteligente y ágil que era la A.E.G., desplegado la organización de sucursales, toda una red al principio frágil pero cuyas mallas habían ido consolidándose por sí mismas, anudándose y reanudándose sobre el terreno, multiplicándose, extendiéndose por las cuatro esquinas del mundo, generando demandas que tenían que ser satisfechas, consumiendo pedidos a fábrica, dirigiendo fondos  a entidades de crédito creadas sobre la marcha, ramificándose en almacenes, fábricas, bancos…

Aquí el lado ahorrador y laborioso del viejo Rathenau llevaba su preciosa y oculta existencia. Aquí se encontraban su mesa exenta de lujo, su material de oficina, el retrato del emperador. El hijo no había cambiado en nada el orden de cosas del padre. En este ambiente seco, prosaico y comercial era donde estudiaba los balances, los proyectos de sus ingenieros, los de sus consejos financieros. El filósofo y el artista se resarcía en su villa de Grünewald, llena de libros, de álbumes, de obras de arte, era este el hogar recluido donde, al caer de la noche, el amante de la soledad gustaba de meditar sobre el trabajo de los hombres, ya fueran sus contemporáneos o los de la sexta dinastía egipcia.

Su memoria, la cantidad y variedad de sus conocimientos eran impresionantes sin tener que llegar a lo más alto en un país donde no resulta raro encontrar cabezas bien amuebladas de nociones densas y ordenadas. Su naturaleza moral si que llamaba la atención. Estaba hecha a base de fuertes instintos, disciplinados duramente desde la infancia, cuya fiebre impaciente, continuamente calmada por un control voluntario, agitaba y culminaba una nerviosa insaciabilidad. En principio su persona no dejaba entrever más que sabiduría, mesura, modestia. Una vestimenta cuidada pero sobria y simple. En invierno no utilizaba pellizas sino amplios abrigos sin seda ni terciopelo; gestos sobrios y lentos; una amabilidad serena y sonriente; en la discusión política un calor puramente intelectual sin reacciones emotivas. Si se hablaba de la escasez o de la carestía de los alimentos afirmaba en tono suave que para él el empleo de nata en las comidas de individuos que no estaban enfermos constituía un verdadero delito social. Le hubiera gustado que una legislación dura prohibiera el consumo de lujo, que se reservaran a los enfermos los huevos, la mantequilla, la carne roja. En ocasiones estas protestas humanitarias que nunca excedían, por lo demás, el límite del buen gusto y que eran moderadas, razonadas y convincentes, rozaban, sin caer en ella, la afectación. En lo que se refiere a su cortesía sin tacha, bastará una breve anécdota para ilustrarla. Un día de 1921 almorzábamos con él  en  casa de un funcionario de una comisión interaliada que había querido ponerle en frente de un parlamentario francés. En el salón, la taza de café en la mano, estos señores se ponen a hablar de las reparaciones de guerra. Rathenau critica ponderadamente las cifras de Londres* y sugiere que con solo  representarse cifras del orden de 100 mil millones en oro y  los medios necesarios  para hacer los pagos de esas cantidades bastaría para alterar de arriba abajo la economía mundial.

* La conferencia interaliada de Londres, 30 de abril- 5 de mayo 1921, sanciona, los cálculos de la Comisión de Reparación, 132 mil millones de marcos en oro, como la cantidad en concepto de reparaciones de guerra a pagar por Alemania

El joven diputado francés acaba por manifestar cierta irritabilidad ante tanta docta mayéutica. Irritado por unas objeciones discretas, desprovistas de vehemencia pero insistentes, exclama de golpe que después de todo ha sido Francia la que ha ganado la guerra, que ella reclama lo que se le debe y que si no lo obtiene  ordenará marchar a sus divisiones y se cargará las resistencias a cañonazos. Rathenau no pestañea. Solamente dice con una voz pausada y grave. “Pero, no, hombre, no, Uds. no harían eso… El mundo está saturado de horrores”. Y lo repite girándose hacia los otros invitados: “Uds. lo saben bien: el mundo está saturado de horrores”

Yo creo que los imperativos de la estrecha disciplina que se le veía observar fueron formulados ya en su primera juventud. Uno de sus condiscípulos, distinguido psicólogo más tarde, me contaba cómo se formó de un modo bastante brusco buena parte de su personalidad. Tenía quince años y, sin esforzarse demasiado, sacaba buenas notas. Al final de un trimestre un profesor le echa un sermón delante de toda la clase. Después de dar cuenta de los pasables resultados del estudiante con grandes dotes que era, el profesor concluye “ Renunciando a sacar partido de todas las facultades que tienes, estás faltando al primero de tus deberes humanos: eres un ser inmoral” El alumno Rathenau consternado, acaba enfermando, tiene que guardar cama y después de algunos días con fiebre, se va al campo donde pasa una temporada. Regresa profundamente cambiado, más maduro, trabajador, asaltado en ocasiones por escrúpulos dolorosos, consumido por una sorda ambición, por un inmenso deseo de destacar.

¿Qué oscuro drama se desarrolló bajo esa apariencia de calma y  atentas maneras, bajo esa alma ardiente. desde la debacle militar y las veleidades de un reclutamiento masivo* hasta el día en que las balas de (espacio en blanco en los cuadernos de O.H.) pusieron  brutal y sangrante sello a la vida del judío más grande de la moderna Alemania ?

* Durante la guerra Walther Rathenau jugó un papel decisivo en la movilización industrial poniendo, a petición del gobierno, el aprovisionamiento de materias primas bajo el control del Estado. Cuando en 1918 la perspectiva de la derrota se hace más clara, su primera reacción fue la de pedir un “reclutamiento masivo” como último esfuerzo de guerra.

Walther Rathenau era de aquellos a quienes el  régimen anterior no permitía la ascensión a los más altos cargos. Su paso durante la guerra por el departamento de materias primas fue corto, abreviado por las hostilidades de un alto mando antisemita que mostraba un optimismo completo, absoluto y sin matices, incapaz de ejercer la más mínima crítica ni de soportarla, impenetrable a ninguna idea que no fuera de orden estrictamente militar, ansiosamente dependiente de la doctrina que venía del gran cuartel general. Rathenau, profundamente consciente de su valía, del ágil y sutil funcionamiento de sus energías espirituales, despreciaba a estas pequeñas almas burocráticas, estuvieran al servicio de la administración militar o civil. Las despreciaba sin decirlo, íntimamente. Odiaba igualmente a algunos capos pesados de la industria, los dueños del carbón, esos señores feudales egoístas bien anclados sobre el suelo patrio, rabiosamente obstinados en mantener y aumentar sus privilegios, en minar el crédito y la autoridad del Estado, en reducir a los nuevos gobiernos al ridículo papel de consejos deliberantes privados de fuerza efectiva, hazmerreír de los contribuyentes, destinados a la bancarrota, objetos de continuos desaires en el extranjero. Detestaba a Stinnes*, el tipo auténtico de capo desprovisto de todo sentido cívico, creador de inmensos e inexpugnables feudos económicos, favorable a cualquier reacción, plutócratas sin ambages que se beneficiaban sin escrúpulos del embrutecimiento de la gente, de su miseria, de sus odios. Le acusaba de haber intentado hacer fracasar las negociaciones tras la conferencia de Spa, de no haber pensado desde ese momento sino en las sanciones, en la ocupación de la cuenca del Ruhr, de haber deseado una operación que quizá hubiera puesto en pie a Inglaterra y  metido a Francia en fatigosas complicaciones y que, en cualquier caso, hubiera enfrentado directamente a la capital francesa con la industria alemana y  eliminado a Berlín del debate – y de los grandes asuntos.

*Hugo Stinnes (1870-1924), industrial venido del mundo del carbón, auténtico virtuoso de los negocios, crea durante la guerra y la inmediata posguerra un inmenso imperio siderúrgico, beneficiándose particularmente de la situación inflacionaria. En la conferencia interaliada de Spa a la que los alemanes fueron invitados y en la que toma parte en calidad de experto en Julio de 1920 causan revuelo sus declaraciones al manifestar que a los aliados “la victoria les había hecho enfermar”