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Das irdische Gewaltmonopol (462,463,464,465, Vol 2)

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De individuos que viviendo en medio de unas tales tensiones son llevados sin percatarse a inculparse  unos a otros no puede esperarse que se comporten los unos respecto de los otros de una manera que, como hoy parece ser costumbre, quepa calificar como final y punto culminante del comportamiento civilizado. Nuestro estándar de comportamiento es el fruto de muchos siglos de cambios graduales impulsados  a través del mecanismo de un entramado de coacciones. Y  estas coacciones siguen visiblemente trabajando  hoy en día en la dirección de  ulteriores cambios en nuestro comportamiento más allá del estándar actual. Ni el tejido social en que nos movemos, ni nuestro modo de comportarnos, ni el tipo de coacciones, preceptos y miedos que sufrimos son algo definitivo, menos aún un punto culminante

En este sentido ahí tenemos el permanente peligro de guerra. La guerra, por decirlo una vez más con otras palabras, no es solamente lo contrario de la paz. Con una inevitabilidad, cuyas razones hemos aquí aclarado, las guerras que en el curso de la historia se han librado entre formaciones más pequeñas son el inevitable paso e  instrumento para la pacificación de formaciones más grandes. La sensibilidad del edificio social y, por tanto, el riesgo y la conmoción para los participantes que las iniciativas bélicas acarrean, son ciertamente tanto mayores cuanto mayor es la división de funciones en las sociedades, y cuánto más grande se hace la interdependencia entre los rivales. De ahí que en  nuestros días se busque sustituir las futuras guerras de exclusión entre Estados por otros medios de disputa menos peligrosos. Pero el hecho de que hoy igual que en el pasado un entramado de coacciones siga impulsando en la dirección de tales disputas, en la dirección de la creación de monopolios de poder  sobre    porciones cada vez más grandes de la tierra y, con ello y a través de todos los horrores y luchas, en la dirección de la pacificación de la misma, es lo suficientemente evidente. Y ya puede verse detrás de las presentes tensiones entre territorios y, en parte, en ellas entretejidas, cómo asoman las tensiones que dominarán la siguiente fase. Pueden verse los primeros contornos de un sistema tenso de alianzas estatales que cubrirá el globo entero, de unidades supraestatales de distintas clases, preludio de guerras de exclusión y supremacía a lo largo y ancho de todo el mundo, presupuesto para la construcción de un monopolio global del poder, de una institución política central a nivel de toda la tierra y, con ello, para la pacificación de ésta

Y  lo mismo pasa con las guerras económicas. Tampoco la libre competencia, así lo hemos visto, es lo contrario a un orden monopolístico. La libre competencia va también más allá de sí misma en dirección a su contrario. Y desde este punto de vista nuestra época tampoco es ningún punto culminante por más catástrofes parciales que, como en épocas de transición de similar estructura, en ella tengan lugar. También a este respecto está repleta de tensiones no resueltas, de procesos de imbricación inconclusos cuya duración apenas es inteligible, cuyo ritmo no puede predecirse en detalle y de los que sólo su dirección es determinada: la tendencia a una limitación y superación de la libre competencia o, lo que es lo mismo, de la posesión monopolística desorganizada, ese cambio en las relaciones humanas por el que la disposición sobre estas posibilidades pasa gradualmente de ser una tarea hereditaria y privada de una clase alta a ser una función social y públicamente controlable. También aquí  se anuncian ya bajo el manto del presente las tensiones de la siguiente fase, las tensiones entre los funcionarios altos y medios de la administración monopolística, entre la “Burocracia”, por un lado, y el resto de la sociedad, por otro.

Sólo una vez que estas tensiones inter-e-intra estatales hayan sido resueltas y superadas podremos hablar con mayor derecho de que somos civilizados. Sólo entonces cabrá retirar del código que inoculado al individuo como super-yo dirige su comportamiento, aquello que tiene como función la de resaltar no la superioridad personal sino una que se ha heredado independientemente de ella así como, de entre las coacciones que determinan la conducta, cabrá hacer desaparecer la necesidad de no diferenciarse solamente de otros individuos en virtud del propio rendimiento individual sino la de hacerlo respecto de otros grupos inferiores a través de instrumentos de prestigio y apropiación.

Sólo entonces podrá  la regulación de las relaciones humanas limitarse a los preceptos e interdicciones necesarias al mantenimiento del alto nivel de diferenciación de las funciones sociales, y del alto nivel de vida y de la elevada productividad en el trabajo cuyo mantenimiento presupone un incremento en  la división de esas mismas funciones. Sólo entonces podrán limitarse las auto-coacciones a aquellas restricciones necesarias para que los hombres puedan convivir, trabajar  y disfrutar  con los menos miedos y perturbaciones posibles. Sólo atenuándose las tensiones que se dan entre los hombres y las contradicciones que afloran en la construcción del entramado social pueden atenuarse las tensiones y contradicciones dentro del hombre. Sólo entonces puede ser no la excepción sino la regla que el individuo alcance ese equilibrio óptimo del alma que tan a menudo es evocado con grandes palabras como “Felicidad” y “Libertad”: un equilibrio duradero o justamente la concordancia entre por un lado, los deberes sociales y el conjunto de exigencias derivadas de la existencia social del hombre y, por otro, sus preferencias y necesidades personales. Solamente cuando la construcción de las relaciones interhumanas y la cooperación entre los hombres, fundamento de la existencia de cada individuo, sea y funcione de tal modo que todo aquel que trabaja mano a mano en la profusa cadena del trabajo colectivo tenga al menos la posibilidad de encontrar ese equilibrio, solamente entonces los hombres podrán decir de sí mismos con mayor razón que son civilizados. Hasta entonces seguirán en el mejor de los casos en proceso de civilizar. Hasta entonces tendrán que decir una y otra vez de nuevo: “La civilización aún no ha concluido. Tan solo está en proceso”

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“Man kann von Menschen, die inmitten solcher Spannungen leben, die derart schuldlos von Schuld zu Schuld gegeneiander getrieben werden, nicht erwarten, dass sie sich bereits zueinander in einer Weise verhalten, die- wie man heute, so oft, zu sagen scheint-einen End-und-Gipfelpunkt des “zivilisierten” Verhaltens darstellt. Ein ganzes Hebelwerk von Verflechtungszwängen führt in vielen Jahrhunderten eine allmähliche Veränderung des Verhaltens zu unserem Standard hin herbei. Die gleichen Zwänge arbeiten heute spürbar genug an weiteren Veränderungen des Verhaltens über unseren Standard hinaus. So wenig, wie die Art unserer gesellschaftlichen Verflechtung , ist unsere Art des Verhaltens, unser Stand der Zwänge, Gebote und Ängste etwas Endgültiges, geschweige denn ein Gipfelpunkt.

Da ist die Kriegsgefahr. Kriege sind, um es noch einmal mit anderen Worten zu sagen, nicht nur das Gegenteil des Friedens. Mit einer Zwangsläufigkeit, deren Gründe deutlich wurden, gehören Kriege kleinerer Verbände im bisherigen Verlauf der Geschichte zu den unvermeidlichen Stufen und Instrumenten der Pazifizierung von grösseren. Sicherlich wird die Empfindsamkeit des Gesellschfatsbaues und so auch das Risiko und die Erschütterung für alle Beteiligten, die kriegerische Entladungen mit sich bringen, um so gröBer, je weiter die Funktionsteilung gedeiht, je gröBer die weschselseitige nhängingkeit der Rivalen wird. Daher spürt man in unserer eigenen Zeit eine wachsende Neigung, die weiteren zwischenstaatlichen Ausscheidungskämpfe durch andere, weniger riskante und gefährliche Gewaltmittel auszutragen.

Aber die Tatsache, dass in unseren Tagen, genau, wie früher, die Verflechtungszwänge zu solchen Auseinandersetzungen, zur Bildung von Gewaltmonopolen über grosser Teile der Erde und damit, durch alle Schrecken und Kämpfe, zu deren Pazifizierung weiterdrängen, ist deutlich genug. Und man sieht, wie gesagt, hinter den Spannungen der Erdteile, und zum Teil in sie verwoben, bereits die Spannungen der nächsten Stufe auftauchen. Man sieht die ersten Umrisse eines erdumfassenden Spannungssystem von Staatenbünden, von überstaatlichen Einheiten verschiedener Art, Vorspiele von Ausscheidungs-und Vormachtskämpfen über die ganze Erde hin, Voraussetzung für die Bildung eines irdischen Gewaltmonopols, eines politischen Zenralinstituts der Erde und damit auch für deren Pazifizierung.

Nicht anders steht es mit den wirtschaftlichen Kämpfen. Auch die freie, wirtschaftliche Konkurrenz, so sah man, ist nicht nur das Gegenteil einer monopolistischen Ordnung. Sie drängt ebenfalls ständing über sich hinaus zu diesem ihrem Gegenteil hin. Auch von dieser Seite her betrachtet ist unsere Zeit alles andere als ein totaler End-und-Gipfelpunkt soviel partiale Untergänge auch in ihr, wie in strukturähnlichen Übergangsperioden, vor sich gehen.

Auch in dieser Hinsicht ist sie voll von unausgertagenen Spannungen, von unabgeschlossenen Verflechtungsprozessen , deren Dauer kaum einsichtig, deren Gang im einzelnen nicht voraussehbar und nur deren Richtung bestimmt ist: die Tendenz zur Beschränkung und Aufhebung der freien Konkurrenz oder, was das gleiche sagt, des unorganisierten Monopolbesitzes, jene Veränderung der menschlichen Beziehungen, mit der die Verfügung über diese Chancen aus der vererblichen und privaten Aufgabe einer Oberschcht allmählich zu einer gesellschaftlichen und öffentlichen kontrollierbaren Funktion wird. Und auch hier kundigen sich bereits unter der Decke der gegenwärtigen die Spannungen der nächsten Stufe an, die Spannungen zwischen den höheren und mittleren Funktionären der Monopolverwaltung, zwischen der “Bürokratie” auf der einen Seite und der übrigen Gesellschaft auf der anderen.

Erst wenn sich diese zwischenstaatlichen und innerstaatichen Spannungen ausgetragen haben und überwinden sind, werden wir mit besserem Recht von uns sagen können, dass wir zivilisert sind. Erst dann kann aus der Verhaltenstafel, die dem Einzelnen als Über-ich eingeimpft wird, mehr von dem abfallen, was die Funktion hat, nicht eine persönliche, sondern eine von ihr unabhängige ererbte Überlegenheit zu markieren, und aus den Zwängen, die sein Verhalten bestimmen, die Notwendigkeit, sich nicht nur durch die individuelle Leistung von anderen Individuen, sondern durch Besitz-und Prestigeinstrumente von minderen Gruppen zu unterscheiden.

Dann erst kann sich die Regelung der Beziehungen von Mensch zu Mensch eher auf jene Gebote und Verbote beschränken, die notwendig sind, um die hohe Differenzierung der gesellschaftlichen Funktionen aufrechtzuerhalten, und den hohen Lebensstandard, die groBe Ergeibigkeit der Arbeit, die eine hohe, eine wachsende Aufteilung der Funktionen zur Voraussetzung haben, dann erst die Selbstzwänge auf jene Restriktionen, die nötig sind, damit die Menschen möglichst störungs-und furchtlos miteinander leben, arbeiten und genieBen können. Erst mit den Soannungen zwischen den Menschen, mint den Widersprüchen im Aufbau des Menschengeflechts könne sich die Spannungen unc Widerspr¨cuhe in den Menschen milder. Dann erst braucht es micht mehr die Ausnahme, dann erst kann es die Regel sein, dass der einzelne Mensch jenes optimal Gleichgewicht seiner Seele findet , das wir so oft mit grossen Worten , wie “Glück” und “ Freiheit” beschwören: ein dauerhafteres Gleichgewicht oder gar den Einklang zwischen seinen gesellschaftlichen Aufgaben, zwischen den gesamten Anforderungen seiner sozialen Existenz auf der einen Seite und seinen persönlichen Neigungen und Bedürfnissen auf der anderen. Erst wenn der Aufbau der zwishcnemenschlichen Beziehungen derart beschaffen ist, wenn die Zusammenarbeit der Menshcen, die die Grundlage für die Existenz jedes Einzelnen bildet, derart funktioniert, dass es für alle , die in der reichgegliederten Kette der gemiensamen Aufgaben Hand in Hand arbeiten, zum mindesten möglich ist, dieses Gleichgewicht zu finden, esrt dann werden die Menschen mit grösserem Recht von sich sagen können, dass sie zivilisiert sind. Bis dahin sind die bestenfalls im Prozess der Zivilisation. Bis dahin werden sie sich immer von neuem sagen müssen: “ Die Zivilisation ist noch nicht abgeschlossen. Sie ist erst im Werden”

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