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” La Rebelion de los Rezagados” de Alan Posener // “Der Aufstand der Abgehängten” von Alan Posener

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Una rebelión de los rezagados amenaza al mundo occidental. Aquellos que no pueden mantener el ritmo en sistemas basados sobre el rendimiento y las competencias, se vuelven tarde o temprano  contra sus élites. Donald Trump es el líder de una revolución contra la internacional de los privilegiados.

No podemos decir que no estuviésemos prevenidos. El sociólogo británico Michael Dunlop Young ya pronosticó la actual rebelión contra las élites hace algo más de cincuenta años- aunque situándola ciertamente en el año 2034. El ensayo de Young llevaba por título “El Ascenso de la Meritocracia”

En su opinión el reparto de oportunidades vitales basado exclusivamente en el “mérito”, es decir en la inteligencia y el manejo de competencias,  conduciría al gobierno de una élite con pretensiones de superioridad, cuyo dominio se haría difícil de soportar precisamente por la buena conciencia con que se ejercería.

La nueva clase sería manifiestamente más inteligente y competente que las clases bajas, pero los rezagados contarían con un arma en contra de ella: la Democracia

Según Young nuestra sociedad meritocrática es la primera que, gracias a la escolarización obligatoria- y desde luego, a la enseñanza comprensiva e integrada- deja claro a cada individuo el lugar que ocupa en la jerarquía de las competencias  y  el rendimiento. A los que, pese a los programas de ayudas y los cuidados pedagógicos, no cumplen con los estándares requeridos se les confronta diariamente durante su infancia y juventud con la evidencia de que su lugar está entre los de abajo.

Y no porque su origen no sea noble o burgués ni tampoco porque su lengua o su sexo, su religión o su raza sean cosas que se les vuelven en contra sino porque carecen de la inteligencia y  las competencias necesarias que- así nos lo sugieren Hollywood, políticos y educadores- son la llaves llamadas a abrirles el mundo de sus sueños o que, en cualquier caso, se lo han abierto a otros individuos iguales que ellos. Lo que a estos individuos cada historia de ascenso social les viene a decir es: es culpa suya si te has quedado abajo.

Esta deprimente constatación afecta especialmente a aquellos que no cuentan con ninguna excusa para su fracaso, a aquellos que no son emigrantes ni negros ni discapacitados ni mujeres. Estos grupos poseen una historia real de discriminación y pueden reclamar asistencia y una discriminación positiva.

Hombres blancos de las clases bajas, cada vez más incapaces de extraer un sentimiento de identidad gracias a  una conciencia de clase o a su afiliación bien a un sindicato o a un partido político o gracias a la solidaridad de los otros trabajadores del barrio, estos son  la vanguardia de la revolución contra los mejores. Ellos son  los que votan a Donald Trump.

Votaron por el Brexit y los vemos manifestarse en contra de la emigración. Y no por ningún fallo atribuible a las élites sino porque las élites han elevado a programa el fracaso de las masas. ¿Cómo si no podría la élite justificar su existencia como élite?

No carece de ironía que un hombre como Thilo Sarrazin* se haya convertido en el héroe de quienes muestran su rechazo a la meritocracia , puesto que Sarrazin es, de hecho, el ideólogo de los más competentes. “Alemania se autoliquida” y lo hace porque las mujeres académicas y las ejecutivas no tienen hijos suficientes para que los genes de los inteligentes prevalezcan sobre los de los perezosos, sobre los de los tontos o  sobre los de las “pequeñas muchachas con pañuelos en la cabeza” de Anatolia.

* Thilo Sarrazin (Gera, Alemania, 12 de febrero de 1945) fue un político alemán miembro del SPD (SPD). Fue senador de finanzas por el Estado de Berlín (2002-2009). Hasta el 2010 fue miembro de la Junta Directiva del Deutsche Bundesbank. Fue criticado por sus polémicos comentarios sobre la política de inmigración alemana en su libro Deutschland schafft sich ab (“Alemania se autoliquida”), que fue publicado en agosto de 2010.

El hecho es que hoy en día los académicos se casan con otros académicos, los ejecutivos con otros ejecutivos, en resumen, los triunfadores con otros triunfadores. Se conocen en la universidad o en el lugar de trabajo, mandan a sus hijos a guarderías y colegios privados y evitan los centros públicos, en los que un pequeño número  de alumnos será reclutado para formar parte de las filas de la nueva clase mientras que a la mayoría se le hace saber que desafortunadamente ya no hay espacio para ellos. La meritocracia acabará así transformándose en una aristocracia basada no en el linaje sino en el C.I.

Mientras los más competentes piensan y actúan en términos internacionales, promueven el libre comercio y el libre movimiento de personas, conciben la inmigración como una oportunidad- también para ser reclutados en el interior de la nueva clase- y dan la bienvenida al progreso técnico porque aumenta el valor de sus propias competencias, los rezagados quieren volver   a las jerarquías: nosotros contra ellos.

“Americanización y no globalización” como proclama Donald Trump. Nativos contra “tierras y culturas ajenas” como Alexander Gauland* califica a la familia Boateng. Occidentales contra musulmanes. Hombres auténticos contra gays. “Santos varones” contra mujeres emancipadas. Familias contra “singles”. “Valores” contra  inteligencia.

* Alexander Gauland (Chemnitz, Alemania, 20 de febrero de 1945) es un abogado, periodista y político alemán cofundador del partido AFD (Alternativa para Alemania). 

Sentimientos contra  juicios de los “expertos”, objetivo habitual  estos últimos de los ataques del defensor del Brexit, Boris Johnson. Trabajo auténtico contra el de los grandes bancos comerciales, a los que el líder del UKIP, Nigel Farage estigmatizaba como los más ávidos campeones de la causa de la permanencia británica en la UE.

En la guerra que se libra contra el McMundo”, contra el mundo uniforme de las salas Vip y los hoteles de lujo, contra los rascacielos de oficinas y los chalets en urbanizaciones de primera donde los competentes disfrutan de su estilo de vida, los yihadistas emergen en  las sociedades musulmanas y los populistas lo hacen en las occidentales.

Si a algunos en el mundo islámico les ofende la mera existencia del mundo occidental o de un Estado como Israel, a una parte del mundo occidental lo que le ofende es la existencia de la meritocracia.

Ambos, islamistas y populistas, para evitar confesarse su incapacidad de sobrevivir en el mundo de los más competentes, buscan refugio en un mundo imaginario de un pasado mejor, en fantasías que les hablan de superioridad, en teorías conspirativas que están repletas de odio.

Una sociedad que hace llegar a la mayoría o a una minoría amplia de sus miembros el sentimiento de que no pertenecen a ella no puede existir por mucho tiempo. Hace pocos años los defensores europeos de la meritocracia no se cansaban de referirse a  América como el país en el que la desigualdad no sólo era aceptada sino bienvenida.

Y ahora es Donald Trump quien lidera una cruzada en nombre de los “hombres y mujeres olvidados de América”. Hace pocos años Tony Blair usó la palabra “meritocracia” para caracterizar su visión de una nueva Gran Bretaña y Europa. Y ahora Theresa May promete “ una Gran Bretaña que pueda funcionar para todos”, no solamente para los ricos y los guapos, los listos y los hábiles.

Y mientras el presidente de la comisión europea Jean Claude Juncker manifiesta su total indiferencia acerca de quién sea el firmante del acuerdo de libre comercio con Canadá siempre que entre en vigor, Angela Merkel reconoce el signo de los tiempos y exige que los parlamentos nacionales tengan una voz en el acuerdo.

Y es que los rezagados no cuentan con otra cosa a su favor  que  el hecho de que son mayoría. La democracia puede convertirse en sus manos en un arma peligrosa. Han catapultado a  Gran Bretaña fuera de la EU, han paralizado el proceso político en muchos países europeos. La meritocracia ha dejado de funcionar.

Pero no sabemos qué es lo que puede reemplazarla. Nadie puede seriamente creer en una vuelta al Estado nacional de los años 70 donde a cada trabajador se le garantizaba un puesto de trabajo que le permitía alimentar a su familia. El mundo del trabajo ya no funciona así, los trabajadores de la cadena de montaje han  sido sustituidos por los robots y las secretarias, por los ordenadores.

Y tampoco funciona así un mundo en el que la supremacía occidental es puesta en cuestión por  países como China y la India en los que el surgimiento de la meritocracia , impulsado por una despiadada selección, hace que muchos de los puestos de mayor capacitación de las compañías occidentales sean ya ocupados por los profesionales resultado de esas meritocracias. Quizá no sea ninguna casualidad que China no sea una democracia y que en la India domine el sistema de castas.

Para evitar que nuestro principal logro, la democracia, se vuelva contra nosotros tenemos que reconsiderar su fundamento. Y este fundamento es la escuela. Ha llegado el momento de reconsiderar los criterios del éxito escolar. No solamente las matemáticas y el alemán son importantes. Tampoco solamente la aptitud informática y el coeficiente intelectual.

La música y el arte, la cocina y las manualidades, el fútbol y el boxeo, el trabajo social y la jardinería deben ser tan importantes como las asignaturas académicas.

El fracaso escolar tiene que ser cosa del pasado. Al mismo tiempo, dado que obviamente el saber es poder, debemos hacer mucho más de cara a estimular las capacidades intelectuales en los primeros años tanto en las guarderías como en la escuela.

Además la nueva aristocracia debe ser objeto de consideración crítica. La envidia social es algo horrible pero más lo son los privilegios heredados. Una cosa es que al comienzo de estos privilegios las competencias  ocuparan un lugar y otra distinta las flagrantes desigualdades que ahora existen y que nada tienen que ver con dichas competencias.

Las competencias tienen que recuperar su valor y debemos cambiar nuestro concepto de lo que son. Solamente si la meritocracia cambia, podrá salvarse una sociedad basada en ellas. Hasta el 2034 tenemos tiempo.

caras

Dem Westen droht ein Aufstand der Abgehängten. Wer nicht mithalten kann in Systemen, die auf Leistung beruhen, wendet sich irgendwann gegen deren Eliten. Donald Trump ist der Anführer einer Revolution gegen die Internationale der Privilegierten.

Soll niemand sagen, er sei nicht gewarnt worden. Den heutigen Aufstand gegen die Eliten hat der britische Soziologe Michael Dunlop Young vor etwas mehr als 50 Jahren vorhergesagt – freilich erst für das Jahr 2034. Young nannte seinen Roman “The Rise of the Meritocracy” – der Aufstieg der Meritokratie.

Seiner Meinung nach würde die Zuteilung von Lebenschancen einzig auf der Grundlage von “merit” – also Intelligenz und Kompetenz – zur Herrschaft einer selbstgerechten Elite führen, die gerade deshalb unerträglich wäre, weil sie mit gutem Gewissen ausgeübt würde.

Die neue Klasse wäre – anders als in früheren Herrschaftsformen – nachweislich intelligenter und leistungsfähiger als die Unterschichten. Den Abgehängten aber bliebe eine Waffe gegen die Leistungsträger: die Demokratie.

Unsere meritokratische Gesellschaft, so Young, ist die erste, die dank allgemeiner Schulpflicht – und erst recht mit Gemeinschafts- und Gesamtschulen – jedem Einzelnen vor Augen führt, wo er in der Hierarchie des Könnens und Leistens steht. Wer trotz “Kuschelpädagogik” und Förderprogrammen das Klassenziel verfehlt, bekommt als Kind und Jugendlicher tagtäglich bescheinigt, dass sein Platz unten ist.

Nicht, weil er kein Aristokrat ist oder Bourgeois; nicht, weil sein Dialekt oder sein Geschlecht, seine Religion oder Rasse gegen ihn sprechen. Sondern weil ihm die Intelligenz oder der Leistungswille fehlen, die, so suggerieren es Hollywood, die Politik und die Lehrer, die Schlüssel seien, die ihm die Welt seiner Träume aufschließen, und die ja anderen Menschen diese Welt tatsächlich aufschließen. Jede Aufstiegsgeschichte zeigt ihm: Du bist ja selber schuld, dass du unten bist.

Diese deprimierende Erkenntnis trifft besonders jene, die keine Ausrede für ihr Versagen vorweisen können, die keine Zugewanderten, keine Schwarzen, keine Behinderten, keine Frauen sind. Solche Gruppen können eine Geschichte der Benachteiligung vorweisen und einen Anspruch auf Förderung – “affirmative action” – anmelden.

Weiße Männer aus der Unterschicht, die immer seltener aus ihrem Klassenbewusstsein, ihrer Zugehörigkeit zu Gewerkschaft oder Partei, der Solidarität der Arbeiterquartiere ihr Selbstbewusstsein, ihr Selbstgefühl ziehen können: Sie sind die Vorhut der Revolution gegen die Leistungsträger. Sie wählen Donald Trump.

Es entbehrt nicht der Ironie, dass ein Mann wie Thilo Sarrazin zum Helden der Anti-Meritokraten avancierten konnte. Denn Sarrazin ist im Gegenteil Ideologe der Leistungsträger. “Deutschland schafft sich ab”, weil die Akademikerinnen und Managerfrauen zu wenige Kinder bekommen, so dass sich der Genpool der Intelligenten dann nicht durchsetzen könne gegen die Gene der Faulen, der Dummen und der “kleinen Kopftuchmädchen” aus Anatolien.

Tatsächlich ist es so, dass Akademiker heute viel eher Akademikerinnen heiraten, Manager Managerinnen, kurzum Erfolgreiche Erfolgreiche. Sie lernen sich beim Studium oder der Arbeit kennen, schicken ihre Kinder auf private Kitas und Schulen und entziehen sie so auch den staatlichen Erziehungsanstalten, die einige wenige für die neue Klasse rekrutieren und der Mehrheit bescheinigen, für sie reiche es leider nicht. So wird aus der Meritokratie eine neue Aristokratie, gerechtfertigt nicht durch Abstammung, sondern durch IQ.

Während die Leistungsträger international denken und handeln, Freihandel und Bewegungsfreiheit befürworten, Zuwanderung als Chance – auch für die Rekrutierung in die neue Klasse – begreifen und den technischen Fortschritt begrüßen, weil er ihre spezifischen Fähigkeiten noch wertvoller macht, wollen die Abgehängten zurück zu Hierarchien: wir gegen sie.

Sie haben für den Brexit gestimmt. Sie marschieren gegen Zuwanderung. Nicht, weil die Eliten versagt hätten; sondern weil die Elite das Versagen der Masse zum Programm erhoben hat. Wie sonst könnte sie ihr Elitendasein rechtfertigen?

Sie flüchten sich in Hassbilder und Verschwörungstheorien.

“Americanism, not Globalism”, wie Donald Trump verkündete. Einheimische gegen “Raum- und Kulturfremde”, wie Alexander Gauland* die Familie Boateng nannte. Abendländer gegen Muslime. Echte Männer gegen Schwule. “Gutmenschen” und emanzipierte Frauen. Familien gegen Singles. “Werte” gegen Intelligenz.

*Alexander E. Gauland (nacido el 20 de febrreo de 1941) en Chemnitz es un abogado, periodista  y político alemán. Gauland es líder del partido conservador Alternativa Para Alemania del que fue cofundador, es su portavoz a nivel federal y líder del partido en el estado de Brandemburgo.

Gefühl gegen “Experten”, die der Brexit-Befürworter Boris Johnson regelmäßig angriff, ehrliche Arbeit gegen “große Handelsbanken”, die der Ukip-Chef Nigel Farage als eifrigste Verfechter des britischen Verbleibs in der EU brandmarkte.

Im Kampf gegen “McWorld”, die einheitliche Welt der Business Lounges und Luxushotels, Bürohochhäuser und Villenviertel, in der sich die Meritokraten wohlfühlen, entstehen in den muslimischen Gesellschaften Dschihadisten, in den westlichen Gesellschaften Populisten.

Ist die schiere Existenz der westlichen Welt oder eines Staates wie Israel für Teile der islamischen Welt eine Beleidigung, so ist für Teile der westlichen Welt die Existenz der Meritokratie eine Zumutung.

Beide, Islamisten wie Populisten, flüchten sich in Vorstellungen einer besseren Vergangenheit, in Fantasien eigener Überlegenheit, in Hassbilder und Verschwörungstheorien, um vor sich selbst die Erkenntnis zu verbergen, dass sie in einer Welt der Leistungsträger nicht bestehen können.

Freilich kann keine Gesellschaft auf Dauer bestehen, die der Mehrheit oder auch nur einer großen Minderheit ihrer Bürger das Gefühl vermittelt, nicht dazuzugehören. Noch vor wenigen Jahren gehörte es zum Mantra europäischer Apologeten der Meritokratie, auf Amerika zu zeigen, wo man angeblich die Ungleichheit nicht nur akzeptiere, sondern begrüße.

Und nun gibt es Donald Trump, der einen Kreuzzug für “die vergessenen Männer und Frauen Amerikas” führt. Noch vor wenigen Jahren benutzte Tony Blair das Wort “Meritokratie”, um seine Vision eines neuen Großbritannien – und Europa – zu kennzeichnen. Nun verspricht Theresa May “ein Großbritannien, das für alle funktioniert”, nicht nur für die Reichen und Schönen, Klugen und Tüchtigen.

Und während EU-Kommissionspräsident Jean-Claude Juncker meinte, es sei ihm “schnurzegal”, wer das Freihandelsabkommen mit Kanada unterschreibt, Hauptsache, es tritt in Kraft, hat immerhin Angela Merkel die Zeichen der Zeit erkannt und eine Mitsprache der nationalen Parlamente eingefordert.

Denn die Abgehängten haben nichts auf ihrer Seite außer der Tatsache, dass sie die Mehrheit sind. In ihren Händen kann die Demokratie zu einer gefährlichen Waffe werden. Sie haben Großbritannien aus der EU katapultiert. Sie haben in vielen Ländern Europas den politischen Prozess lahmgelegt. Die Meritokratie funktioniert nicht mehr.

Dabei wissen wir nicht, was sie ersetzen könnte. Niemand glaubt ernsthaft, zu den staatlich regulierten Nationalstaaten der 1970er-Jahre zurückkehren zu können, wo jedem Arbeiter ein Job garantiert wurde, mit dem er seine Familie ernähren konnte. So funktioniert die Arbeitswelt nicht mehr, in der Roboter den Fließbandarbeiter und Computer die Sekretärin ersetzen.

Wenn sich unsere wichtigste Errungenschaft, die Demokratie, nicht gegen uns kehren soll, müssen wir die Grundlage dieser Demokratie überdenken. Und diese Grundlage ist die Schule. Es ist Zeit, die Kriterien für den Schulerfolg zu überdenken. Nicht nur Mathe und Deutsch sind wichtig, auch nicht allein Computerfähigkeiten und IQ.

Musik und Kunst, Kochen und Werken, Fußball und Boxen, soziale Arbeit und Gartenarbeit müssen genauso wichtig werden wie die akademischen Fächer.

Dass überdies die neue Aristokratie kritisch betrachtet werden muss, kommt hinzu. Sozialneid ist etwas Schreckliches, aber ererbte Privilegien sind noch schlimmer. Dass irgendwo am Anfang dieser Privilegien Leistung stand, ist eine Sache; dass es himmelschreiende Ungleichheiten gibt, die mit Leistung nichts zu tun haben, eine andere.

So funktioniert eine Welt nicht mehr, in der China und Indien die Vorherrschaft des Westens in Frage stellen: Länder, in denen eine rücksichtslose Auslese die Entstehung einer Meritokratie fördert, die schon viele Topmanagerposten im Westen besetzt hat. Es ist vielleicht kein Zufall, dass China keine Demokratie ist und dass in Indien das Kastensystem herrscht.

Leistung muss sich wieder lohnen; und unser Begriff dessen, was Leistung ist, muss sich ändern. Nur wenn sich die Meritokratie ändert, kann die Leistungsgesellschaft gerettet werden. Bis 2034 haben wir Zeit.

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