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Allan Bloom´s take on Rock music (Extract from “The Closing Of The American Mind”) // Punto de vista de Allan Bloom sobre la música Rock (Extracto de “El Cierre De La Mente Americana”)

Aquí reside la importancia de la música Rock. No quiero decir con ello que esta música se nutra de ninguna fuente intelectual de altura, pero ha crecido sobre las cenizas de la música clásica y en un ambiente donde no existe ninguna resistencia intelectual a que se estimulen las pasiones más crudas. A los racionalistas de hoy, tal que los economistas, todo esto les resulta indiferente, los irracionalistas, por el contrario, son sus máximos valedores. No es que tengamos que temer que de las almas asépticas de nuestros adolescentes vaya a surgir ninguna bestia rubia por más que la música rock apele exclusivamente a un único deseo, a un deseo bárbaro, al deseo sexual, y no al amor ni a eros, sino al deseo sexual en su estadio más primario y sin educar. La música Rock da carta de naturaleza a las primeras emanaciones de sensualidad infantil y las toma en serio, sacándolas a la luz y legitimándolas no como pequeños brotes que habría que llenar de cuidados para que se conviertan en espléndidas flores sino como la cosa en sí, como lo que hay. La música Rock brinda a los chicos en bandeja de plata y con toda la autoridad de la industria del entretenimiento todo aquello que sus padres les habían dicho que tendrían que esperar hasta hacerse mayores para comprender.

Los jóvenes saben que el ritmo del Rock es el del coito. No es por otra cosa que el Bolero de Ravel es el tema de música clásica que antes reconocen y que más les gusta. Echando mano de algo de arte y de mucho pseudo-arte una enorme industria se dedica a cultivar el gusto por los sentimientos orgiásticos ligados al sexo, suministrando un flujo constante de materia fresca para apetitos voraces. Nunca antes hubo una forma de arte tan exclusivamente dirigida a los jóvenes.

En sintonía con y sirviéndo de apoyo a la música excitadora y catártica, las letras de Rock celebran los amores quinceañeros y las atracciones polimorfas fortaleciéndolos contra el ridículo y la vergüenza tradicionales. Las palabras describen implícita y explícitamente actos del cuerpo que satisfacen el deseo sexual presentándolos como su culminación más natural y obvia a unos jóvenes que aún no tienen la más leve idea de lo que son el amor, el matrimonio y la familia. El efecto de todo esto sobre estos jóvenes que no sienten la necesidad de ver haciendo groseramente a otros lo que tan fácilmente pueden hacer ellos mismos, es mucho mayor que el de la pornografía. El voyerismo queda para los viejos pervertidos; para ellos, las relaciones sexuales activas.

El corolario inevitable de un interés sexual semejante es la rebelión contra la autoridad de unos padres que lo reprimen. El interés propio se transforma así en indignación y, ésta, después, en moralidad. La revolución sexual tiene que deshacerse de todas las fuerzas de dominación, de los enemigos de la naturaleza y la felicidad. Bajo la máscara de la reforma social, el odio brota del amor. Toda una visión del mundo pivota sobre el sexo. Lo que antes constituía un resentimiento infantil consciente o semi-inconsciente se convierte en la nueva Escritura. Y a esto le sigue el anhelo por una sociedad universal sin clases, sin prejuicios, sin conflicto, la que necesariamente resulta de la liberación de las conciencias.-“We Are The World” (“Somos el mundo”), una versión púber del “Himno a la Alegría” cuyo cumplimiento ha sido inhibido por los equivalentes políticos de las figuras de Papá y Mamá. Estos son los tres grandes temas musicales: el sexo, el odio y una versión hipócrita y adulona del amor fraternal. Estas fuentes contaminadas desembocan en un cauce fangoso donde solamente los monstruos pueden nadar. Como prueba de esto basta echar un vistazo a los videos que se proyectan sobre la caverna de Platón desde que la MTV se hizo cargo de ella. Da que pensar que la imagen de Hitler aparezca a menudo reproducida en contextos excitantes.  Nada noble ni sublime ni profundo ni delicado ni con gusto ni siquiera decente tiene cabida en todo esto, sólo hay sitio para lo intenso, lo cambiante, lo vulgar e inmediato, aquello que Tocqueville nos advirtió que sería el carácter del arte democrático y que se combina con una omnipresencia, poderío y variedad de contenido que Tocqueville jamás hubiera podido imaginar.

Imagínense a un treceañero sentado en la sala de la casa de sus padres haciendo los deberes de mates mientras escucha música en sus cascos o ve la MTV. Disfruta de la libertad que a lo largo de siglos se impuso en dura lucha gracias a una combinación de genio filosófico y heroísmo político, consagrada con la sangre de mártires; la economía más productiva en la historia de la humanidad le provee de ocio y confort; una ciencia que ha desvelado los secretos de la naturaleza lo ha hecho con el fin de suministrarle la reproducción de los maravillosos sonidos e imágenes tan reales de los que disfruta. ¿Y en qué culmina todo este progreso? En un adolescente cuyo cuerpo palpita a ritmo de orgasmo, cuyos sentimientos se articulan en himnos que cantan a las alegrías del onanismo o a la muerte de los padres y cuya ambición es ganar fama y dinero imitando al transformista de turno cuya música escucha. En suma, a la vida se la convierte en una continua fantasía masturbatoria empaquetada con fines comerciales.

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This is the significance of rock music. I do not suggest that it has any high intellectual sources. But it has risen to its current heights in the education of the young on the ashes of classical music, and in an atmosphere in which there is no intellectual resistance to attempts to tap the rawest passions. Modern-day rationalists, such as economists, are indifferent to it and what it represents. The irrationalists are all for it. There is no need to fear that the “blond beasts” are going to come forth from the bland souls of our adolescents. But rock music has one appeal only, a barbaric appeal, to sexual desire-not love, not eros, but sexual desire undeveloped and untutored. It acknowledges the first emanations of children´s emerging sensuality and addresses them seriously , eliciting them and legitimating them, not as little sprouts that must be carefully tended in order to grow into gorgeous flowers, but as the real thing. Rock gives children, on a silver platter, with all the public authority of the entertainment industry, everything their parents always used to tell them they had to wait for until they grew up and would understand later.

Young people know that rock has the beat of sexual intercourse. That is why Ravel´s Bolero is the one piece of classical music that is commonly known and liked by them. In alliance with some real art and a lot of pseudo- art, an enormous industry cultivates the taste for the orgiastic state of feeling connected with sex, providing a constant flood of fresh material for voracious appetites. Never was there an art form directed so exclusively to children.

Ministering to and according with the arousing and cathartic music, the lyrics celebrate puppy love as well as polymorphus attractions, and fortify them against traditional ridicule and shame. The words implicitly and explicitly describe bodily acts that satisfy sexual desire and treat them as its only natural and routine culmination for children who do not yet have the slightest imagination of love, marriage or family. This has a much powerful effect than does pornography on youngsters, who have no need to watch others do grossly what they can so easily do themselves. Voyeurism is for old perverts; active sexual relations are for the young. All they need is encouragement.

The inevitable corollary of such sexual interest is rebellion against the parental authority that represses it. Selfishness thus becomes indignation and then transforms itself into morality. The sexual revolution must overthrow all the forces of domination, the enemies of nature and happiness. From love comes hate, masquerading as social reform. A worldview is balanced on the sexual fulcrum. What were once unconscious or half-conscious childish resentments become the new Scripture. And then comes the longing for the classless, prejudice-free, conflictless, universal society that necessarily results from liberated consciousness- “We Are the World”, a pubescent version of “Alle Menschen werden Brüder”, the fulfillment of which has been inhibited by the political equivalents of Mom and Dad. These are the three great lyrical themes: sex, hate and a smarmy, hypocritical version of brotherly love. Such polluted sources issue in a muddy stream where only monsters can swim. A glance at the videos that project images of Plato´s cave since MTV took it over suffices to prove this. Hitler´s image recurs frequently enough in exciting contexts to give one pause. Nothing noble, sublime, profound, delicate, tasteful or even decent can find place in such tableaux. There is room only for the intense, changing, crude and immediate, which Tocqueville warned us would be the character of democratic art, combined with a pervasiveness, importance and content beyond Tocqueville´s wildest imagination.

Picture a thirteen-year-old boy sitting in the living room of his family home doing his math assignment while wearing his Walkman headphones or watching MTV. He enjoys the liberties hard won over centuries by the alliance of philosophic genius and political heroism, consecrated by the blood of martyrs; he is provided with comfort and leisure by the most productive economy ever known to mankind; science has penetrated the secrets of nature in order to provide him with the marvelous, lifelike electronic sound and image reproduction he is enjoying. And in what does progress culminate? A pubescent child whose body throbs with orgasmic rhythms; whose feelings are made articulate in hymns to the joys of onanism or the killing of parents; whose ambition is to win fame and wealth in imitating the drag-queen who makes the music. In short, life is made into a nonstop, commercially prepackaged masturbational fantasy.

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