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“El Proyecto de Putin” por Timothy Snyder III (Fin) // “Putin´s Project” by Timothy Snyder III (End)

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Die Linke* opera dentro de una cierta realidad virtual creada por la propaganda rusa según la cual la tarea que, de acuerdo a Moscú, la izquierda europea debe llevar a cabo es la de criticar a la derecha ucraniana pero no a la derecha europea y, menos aún, a la derecha rusa. Es cierto que estas críticas tienen cierta base. En Ucrania existe una extrema derecha y sus miembros ejercen cierta influencia. Svodoba, que ejercía de partido opositor promovido por Yanukovitch se liberó de este papel durante la revolución y participa en el gobierno ucraniano actual con cuatro de las veinte carteras. Esta participación en el gobierno es exagerada porque no se corresponde ni con el apoyo electoral que tiene, cerca del 3%, ni con su representación parlamentaria. Algunas personas, aunque de ninguna manera la mayoría, que durante la revolución se enfrentaron a la policía pertenecían a un grupo llamado Sector de la Derecha, algunos de cuyos miembros son nacionalistas radicales. El candidato a la presidencia de este grupo no llega al 2% en las encuestas y el grupo en sí cuenta con unos trecientos militantes. Existe, sí, un apoyo a una extrema derecha en Ucrania pero menor del que lo hay en la mayoría de los países de la Unión Europea.

[ *El partido Die Linke (La Izquierda) es el resultado de la fusión del Partido de la Izquierda—antes conocido como Partido del Socialismo Democrático (PDS) y sucesor del comunista SED, el principal partido de la antigua RDA— y la Alternativa Electoral por el Trabajo y la Justicia Social (WASG), un pequeño partido escindido del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) en 2005. Mientras el Partido de la Izquierda estaba representado principalmente en el este del país, la WASG fue un partido mayormente occidental, con fuerte presencia de sindicalistas. (Fuente: Wikipedia) ]

Las situaciones revolucionarias siempre favorecen a los extremistas y desde luego que hay que estar vigilantes. Choca, sin embargo, lo rápido que el orden fue restaurado en Kiev y en Ucrania después de la revolución y la postura increíblemente serena que el nuevo gobierno adoptó frente a la invasión rusa. El único escenario en el que los extremistas ucranianos se harían visibles sería en el caso de que Rusia intentara llevar a cabo una invasión del resto del país. Si, conforme a lo previsto, se celebran elecciones en Mayo, la impopularidad y debilidad de la extrema derecha ucraniana se pondrá de manifiesto. Es por esto que  Moscú se opone a que se celebren.

Los que solamente critican a la derecha ucraniana suelen pasar por alto dos cosas muy importantes. La primera, el hecho de que la revolución en Ucrania tuvo su origen en una izquierda que se oponía a un cleptómano autoritario y cuyo programa contemplaba justicia social y Estado de Derecho. La revolución fue iniciada por un periodista con vínculos en Afganistán, sus dos primeras víctimas mortales fueron un armenio y un bielorruso y contó con el apoyo de la comunidad musulmana tártara de Crimea así como con el de muchos judíos ucranianos. Entre las víctimas de la masacre causada por los francotiradores se encontraba un veterano judío del Ejército Rojo. Un buen número de veteranos de las fuerzas armadas israelíes han regresado a Ucrania para luchar por la libertad.

En la plaza de Maidán se hablaba a la vez ruso y ucraniano puesto que Kiev es una ciudad bilingüe, Ucrania, un país bilingüe, y los ucranianos, gente bilingüe. El motor de la revolución lo fue, desde luego, la clase media rusohablante de Kiev. El actual gobierno es irreflexivamente multiétnico y multilingüe. Ucrania es un lugar cosmopolita en el que la etnia y el idioma cuentan con menos importancia de la que se cree. Ucrania es hoy, de hecho, la sede donde se encuentran los más importantes medios de comunicación libres en lengua rusa, ya que los medios más importantes en Ucrania emiten en ruso y en Ucrania existe libertad de expresión. La pretensión de Putin de estar defendiendo a los rusohablantes es absurda en muchos aspectos, siendo uno de ellos que la gente en Ucrania puede decir lo que quiere en ruso y no así en Rusia.

La segunda cosa que se pasa por alto es que la derecha extrema autoritaria en Rusia es infinitamente mucho más peligrosa que la derecha extrema autoritaria en Ucrania. De un lado, porque está en el poder. De otro, porque no cuenta con rivales significativos. De un tercero, porque no necesita adaptarse a demandas internacionales y su política exterior está basada abiertamente en una etnicización del mundo. Da igual lo que alguien sea de acuerdo a la ley o a sus preferencias: el hecho de que hable ruso lo convierte en un “Volksgenosse”** necesitado de la protección de Rusia o lo que es lo mismo, de una invasión. El parlamento ruso concedió a Putin la autoridad para invadir la totalidad de Ucrania y para transformar su estructura social y política. Un objetivo extraordinariamente radical. También envió una carta al ministro polaco de asuntos exteriores proponiéndole una partición de Ucrania. En las cadenas más populares de la televisión rusa se culpa a los judíos del Holocausto; en el periódico de más tirada, Izvestia, Hitler es rehabilitado como un hombre de Estado razonable que tuvo que responder a las demandas irrazonables de los países occidentales. Las manifestaciones a favor de la invasión de Ucrania las forma gente en uniforme y desfilando. La intervención rusa en Ucrania Oriental implica la producción de violencia étnica, no su supresión. El hombre que en Donetsk alzaba la bandera rusa era miembro de un partido neo-nazi.

[ **Volksgenosse (alemán “compatriota” esp. periodo Nazi) ]

Todo esto es consistente con las premisas ideológicas que fundamentan Eurasia. Si la integración europea parte de la premisa de que nacionalsocialismo y estalinismo son ejemplos a evitar, la integración de Eurasia parte de la premisa posmoderna y sobada de que la historia es una especie de caja de las sorpresas de la que pueden sacarse ideas útiles. Si la integración europea da por supuesta la democracia liberal, la ideología de Eurasia explícitamente la rechaza. Al principal ideólogo de Eurasia, Alexander Dugin***, quien en su día clamó por un fascismo “rojo como nuestra sangre”, se le presta hoy mayor atención que nunca. Sus tres ideas políticas básicas- la necesidad de colonizar Ucrania, la decadencia de la Unión Europea y la conveniencia del proyecto alternativo de Eurasia desde Lisboa a Vladivostok- son formuladas en declaraciones oficiales, cierto que en una forma menos salvaje que la suya- como parte de la política exterior rusa. El presidente Putin presenta a Rusia como la patria, no de la revolución, como los comunistas solían decir, sino de la contrarrevolución, una patria a la que siente rodeada. Describe a Rusia como a una civilización especial a la que hay que defender a cualquier precio, por más que su retahíla de mantras reaccionarios y la posesión accidental de hidrocarburos estén alimentando a Europa y al mundo.

[ ***Aleksandr Guélievich Duguin (Moscú, 7 de enero de 1962) es un analista geopolítico, filósofo político e historiador de las religiones principal ideólogo en la actualidad del neo-eurasianismo, con una cierta influencia sobre la opinión pública en Rusia. Fue consejero político del Partido Comunista de la Federación Rusa e ideólogo del ilegalizado Partido Nacional Bolchevique en la década de 1990 además de fundador del partido político Eurasia (Евразия) en el año 2002. Se lo ha caracterizado como un adalid de ideas antioccidentales, ultranacionalistas y fascistas. Varios analistas pro-occidentales le han llegado a apodar «el Rasputín de Putin» (Fuente: wikipedia) ]

Más allá de cualquier otra cosa lo que une a los líderes rusos con la extrema derecha europea es una básica deshonestidad, una mentira de tanto calado y que se autoalimenta de tal forma que tiene el potencial de destruir por completo un orden pacifico. Incluso cuando se ponen a despreciar a una Europa a la que presentan como un antro gay de perdición, la élite rusa sigue dependiendo de la Unión Europea a cualquier nivel que se piense. Sin el imperio de la ley, la cultura y la previsibilidad europeas los rusos no tendrían dónde lavar su dinero, ni dónde establecer las tapaderas para sus negocios, ni dónde mandar a sus hijos al colegio o pasar sus vacaciones. Europa es para Rusia a la vez la base de su sistema y su válvula de escape. De manera parecida el votante medio de Strache o Le Pen da por descontado un sinnúmero de elementos de paz y prosperidad, fruto de la integración europea. El ejemplo arquetípico de esto es la posibilidad de utilizar las próximas elecciones al parlamento europeo del 25 de mayo para votar opciones que se oponen a la existencia de dicho parlamento.

Al igual que Putin, Strache y Le Pen plantean una obvia contradicción: que los beneficios de la paz y prosperidad europeas perdurarán de alguna manera incluso cuando los europeos decidan volver a alguna forma de Estado nacional. Obviamente esto es una utopía tan necia cuanto anodina. No hay ningún Estado nacional al que se pueda regresar. En un mundo globalizado la única alternativa es interactuar en un sentido o en otro. Para países como Francia o Austria o para Grecia, Bulgaria y Hungría mismamente, rechazar la Unión Europea supone aceptar Eurasia. Los hechos son meridianos: si una Europa unida puede, y lo haría llegado el caso, responder adecuadamente a un agresivo Estado ruso basado en el petróleo, una colección de Estados-nación enfrentados entre sí no podrá. Los líderes de los partidos europeos de extrema derecha no tratan ya ni siquiera de ocultar que el intento de escapar de Bruselas les conducirá a los brazos de Putin. Miembros de estos partidos van a Crimea y se ponen a elogiar la farsa electoral como un modelo para Europa. En casi todos los casos su fidelidad, más que al supuesto gobierno ucraniano de extrema derecha, lo es a Putin. Hoy hasta el líder del UKIP difunde la propaganda de Putin sobre Ucrania en debates televisivos ante millones de telespectadores británicos.

Las elecciones presidenciales en Ucrania están previstas para el 25 de Mayo que, no por ninguna casualidad, es también el día en que se celebran las elecciones al parlamento europeo. Las incursiones rusas en el este de Ucrania están destinadas a impedir que esas elecciones tengan lugar en Ucrania. En las próximas semanas Eurasia será sinónimo de colaboración entre el Kremlin y la extrema derecha europea y Rusia procurará que no se celebren elecciones en Ucrania y los nacionalistas europeos ganar las que se celebren en Europa. Un voto para Strache o Le Pen o incluso para Farage es hoy un voto para Putin y una derrota de Europa es una victoria de Eurasia. El regreso al Estado-nación es imposible, así que la integración continuará en un sentido o en otro, lo que está en juego es sólo la forma que esa integración adoptará. Intelectuales y políticos solían afirmar que no había alternativa al proyecto europeo. Hoy sí la hay: Eurasia.

Ucrania no tiene futuro sin Europa pero tampoco Europa tiene futuro sin Ucrania. A lo largo de los siglos la historia de Ucrania ha puesto de manifiesto los puntos de inflexión en la historia europea. Parece que esto vuelve hoy a ser verdad. Desde luego que el curso que tomen las cosas depende aún, al menos durante las seis próximas semanas, de los europeos.

Die Linke* operate within a certain virtual reality created by Russian propaganda, in which the task of the European Left is now supposed to do, from Moscow’s perspective, is criticize the Ukrainian right – but not the European right, and certainly not the Russian right. Now, there is some basis for such criticism. Ukraine does have a far right, and its members do have some influence. Svoboda, which was Yanukovych’s house opposition, liberated itself from this role during the revolution. In the current Ukrainian government it holds four of twenty portfolios. This overstates both its electoral support, which is about 3%, and its representation in parliament. Some of the people who fought the police during the revolution, although by no means a majority were from a new group called Right Sector, some of whose members are radical nationalists. Its presidential candidate is polling at under 2%, and the group itself has something like three hundred members. There is support for the far right in Ukraine, although less than in most members of the European Union.

[ * The Left (German: Die Linke), also commonly referred to as the Left Party (German: Linkspartei), is a political party in Germany which describes itself as democratic socialist in orientation. The party was founded in 2007 as the merger of the post-communist Party of Democratic Socialism (PDS), successor to the Socialist Unity Party of Germany (SED) that ruled East Germany until 1989, and the Electoral Alternative for Labour and Social Justice (WASG), a left-wing breakaway from the Social Democratic Party of Germany (SPD). (Source: Wikipedia) ]

A revolutionary situation always favors extremists, and watchfulness is certainly in order. It is quite striking, however, that Kiev and Ukraine returned to order immediately after the revolution, and that the new government has taken an almost unbelievably calm stance in the face of Russian invasion. The only scenario in which Ukrainian extremists actually come to the fore is one in which Russia actually tries to invade the rest of the country. If presidential elections proceed as planned in May, then the unpopularity and weakness of the Ukrainian far right will be revealed. This is why Moscow opposes those elections.

People who criticize only the Ukrainian right often fail to notice two very important things. The first is that the revolution in Ukraine came from the Left. Its enemy was an authoritarian kleptocrat, and its central program was social justice and the rule of law. It was initiated by a journalist of Afghan background, its first two mortal casualties were an Armenian and a Belarusian, and it was supported by the Muslim Crimean Tatar community as well as many Ukrainian Jews. A Jewish Red Army veteran was among those killed in the sniper massacre. Multiple IDF veterans returned from Israel to Ukraine to fight for freedom.

The Maidan functioned in two languages simultaneously, Ukrainian and Russian, because Kiev is a bilingual city and Ukraine is a a bilingual country and Ukrainians are bilingual people. Indeed, the motor of the revolution was the Russian-speaking middle class of Kiev. The current government is unselfconsciously multiethnic and multilingual. Ukraine is a cosmopolitan place where considerations of language and ethnicity count for less then we think. In fact, Ukraine is now the site of the largest and most important free media in the Russian language, since all important media in Ukraine appear in Russian, and since freedom of speech prevails. Putin’s idea of defending Russian speakers in Ukraine is absurd on many levels, but one of them is this: people can say what they like in Russian in Ukraine, but they cannot do so in Russia itself.

This is the second thing that goes unnoticed. The authoritarian far right in Russia is infinitely more dangerous than the authoritarian far right in Ukraine. It is in power, for one thing. It has no meaningful rivals, for another. It does not have to accommodate itself to international expectations, for a third. And it is now pursuing a foreign policy that is based openly upon the ethnicization of the world. It does not matter who an individual is according to law or his own preferences: that fact that he speaks Russian makes him a Volksgenosse** requiring Russian protection, which is to say invasion. The Russian parliament granted Putin the authority to invade the entirety of Ukraine and to transform its social and political structure, which is an extraordinarily radical goal. It also sent a missive to the Polish foreign ministry proposing a partition of Ukraine. On popular Russian television Jews are blamed for the Holocaust; in the major newspaper Izvestiia Hitler is rehabilitated as a reasonable statesman responding to unreasonable western pressure. The pro-war demonstrations supporting the invasion of Ukraine are composed of people who wear monochrome uniforms and march in formation. The Russian intervention in eastern Ukraine involves generating ethnic violence, not suppressing it. The man who raised the Russian flag in Donetsk was a member of a neo-Nazi party.

[ **Volksgenosse: member of the (German) nation ( esp. during Nazi time) ]

All of this is consistent with the fundamental ideological premise of Eurasia. Whereas European integration begins from the premise that National Socialism and Stalinism were negative examples, Eurasian integration begins from the more jaded and postmodern premise that history is a sort of grab bag of useful ideas. Whereas European integration presumes liberal democracy, Eurasian ideology explicitly rejects it. The main Eurasian ideologist, Alexander Dugin***, who once called for a fascism “as red as our blood,” receives more attention now than ever before. His three basic political ideas – the need to colonize Ukraine, the decadence of the European Union, and the desirability of an alternative Eurasian project from Lisbon to Vladivostok — are now all officially enunciated, in less wild forms than his to be sure, as Russian foreign policy. President Putin presents Russia today as an encircled homeland, not of the revolution as the communists used to say, but of the counter-revolution. He portrays Russia is a special civilization which must be defended at al costs, even though it generates power in Europe and the world through its rather generic collection of reactionary mantras and its accidental possession of hydrocarbons.

[ ***Aleksandr Gelyevich Dugin (Russian: Алекса́ндр Ге́льевич Ду́гин, born 7 January 1962) is a Russian political scientist, traditionalist, and one of the most popular ideologists of the creation of a Eurasian empire that would be against the “North Atlantic interests”. He is known for his fascist views, and had close ties to the Kremlin and Russian military. Dugin serves as an adviser to State Duma speaker (and key member of the ruling United Russia party) Sergei Naryshkin.Dugin was the leading organizer of the National Bolshevik Party, National Bolshevik Front, and Eurasia Party. His political activities are directed toward restoration of the Russian Empire through partitioning of the former Soviet republics, such as Georgia and Ukraine, and unification with Russian-speaking territories, especially Eastern Ukraine and Crimea. (Source: wikipedia) ]

More than anything else, what unites the Russian leadership with the European far right is a certain basic dishonesty, a lie so fundamental and self-delusive that it has the potential to destroy an entire peaceful order. Even as Russian leaders pour scorn on a Europe they present as a gay fleshpot, Russia’s elite is dependent upon the European Union at every conceivable level. Without European predictability, law, and culture, Russians would have nowhere to launder their money, establish their front companies, send their children to school, or spend their vacations. Europe is both the basis of the Russian system and its safety valve. Likewise, the average Strache or Le Pen voter takes for granted countless elements of peace and prosperity that were achieved as a result of European integration. The archetypical example is the possibility, on 25 May, to use free and fair democratic elections to the European parliament to vote for people who claim to oppose the existence of the European parliament.

Like Putin, Strache and Le Pen propose an obvious contradiction: all of the benefits of European peace and prosperity will somehow remain, even as Europeans return to some form of national state. But this, of course, is a utopia as stupid as it is colorless. There is no nation state to which anyone can return. The only alternatives in a globalized world are various forms of interaction. For countries like France or Austria, or for that matter Greece, Bulgaria, and Hungary, the rejection of the European Union is the embrace of Eurasia. This is the simple objective reality: a united Europe can and most likely will respond adequately to an aggressive Russian petrostate, whereas a collection of quarreling nation-states will not. The leaders of Europe’s right-wing parties no longer even attempt to hide that their escape from Brussels leads them into the arms of Putin. Their party members go to Crimea and praise the electoral farce as a model for Europe. Their allegiance, in almost single case, is to Putin rather than to the supposedly far right Ukrainian government. Even the leader of UKIP now shares Putin’s propaganda on Ukraine with millions of British viewers in a televised debate.

Presidential elections in Ukraine are to be held on 25 May, which by no coincidence is also the day of elections to the European parliament. The ongoing Russian intervention in eastern Ukraine is meant to prevent these elections from taking place. In the next few weeks, Eurasia means the collaboration of the Kremlin and the European far right as Russia tries to prevent the Ukrainian elections from happening at all, and as European nationalists try to win European elections. A vote for Strache or Le Pen or even Farage is now a vote for Putin, and a defeat for Europe is a victory for Eurasia. The return to the nation-state is impossible, so integration will continue in one form or another: all that can be decided is the form. Politicians and intellectuals used to say that there was no alternative to the European project, but now there is: Eurasia.

Ukraine has no future without Europe, but Europe also has no future without Ukraine. Throughout the centuries, the history of Ukraine has revealed the turning points in the history of Europe. This seems still to be true today. Of course, which way things will turn still depends, at least for the next six weeks, on the Europeans.

 

 

 

 

 

 

 

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