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“El Proyecto de Putin” por Timothy Snyder II // “Putin´s Project” by Timothy Snyder II

En las políticas de la memoria de hoy cuenta mucho más la propaganda de la posguerra que la experiencia de la guerra. Nadie en el poder se acuerda hoy de la segunda guerra mundial por más que algunos líderes rusos parezcan creer en la versión que les contaron de niños. Los líderes políticos en la actualidad en Rusia son hijos de la generación de 1970, es decir, del culto a la guerra de Brezhnev, de La Gran Guerra por la Madre Patria, que fue convirtiéndose simplemente en guerra de los rusos, sin ucranianos ni judíos. Los judíos sufrieron más que cualquier otro pueblo soviético pero al Holocausto no se le hacía sitio en la historia soviética. Se lo mencionaba sobre todo en la propaganda dirigida a los países occidentales en la que el sufrimiento de los judíos era atribuido por entero a los ucranianos y a otros nacionalistas- poblaciones que vivían en el territorio que Stalin había conquistado como aliado de Hitler en 1939 durante la guerra y poblaciones que habían resistido al poder soviético cuando éste regresó en 1945. Es ésta una tradición a la que la propaganda rusa ha vuelto en la presente crisis ucraniana: indiferencia total respecto al Holocausto salvo como recurso político útil para manipular a la gente de los países occidentales.

En los años 70 la Unión Soviética fue rusificada en un sentido particular. Se llegó a la conclusión ideológica de que las clases existían dentro de la Unión Soviética en sí pero no individualmente dentro de las naciones. De aquí se derivó la necesidad de que la URSS contara con una sola clase dirigente y no con varias nacionales. Esto condujo a que la lengua ucraniana fuera expulsada de las escuelas y sobre todo de la enseñanza superior. El ucraniano se mantuvo como una lengua de baja cultura y, paradójicamente, como una lengua de  muy alta cultura, pues ni siquiera en estos momentos se negaba en la URSS  la existencia de una tradición ucraniana distintiva en las artes y humanidades. En medio de esta atmósfera los patriotas ucranianos, incluso los nacionalistas ucranianos, adoptaron una concepción cívica de la identidad ucraniana. Fueron ayudados en esto por intelectuales polacos en el exilio, que en los 70 y 80 estaban definiendo una política exterior para un futuro sin comunismo.

Estos pensadores, agrupados en torno a Jerzy Giedroyc y al semanario Kultura en Paris, argumentaban que Ucrania era una nación en el mismo sentido en que lo era Polonia y que una futura Polonia independiente debería reconocer una futura Ucrania independiente, sin cuestionar sus fronteras. Dado que como consecuencia de la guerra Polonia había perdido las tierras que ahora se conocían como Ucrania occidental, el argumento suscitó controversia en su día. Retrospectivamente fue un primer paso que tanto Ucrania como Polonia dieron en dirección a las instituciones legales y normativas imperantes en la Europa de la posguerra. El reconocimiento preventivo de las fronteras de Ucrania se convirtió en 1989 en la base de una política exterior polaca de “estándares europeos”. En el periodo crucial entre 1989 y 1991, y por  primera vez en la historia, los nacionalistas ucranianos sólo se encontraban con un contrincante: la Unión Soviética. En Diciembre de 1991 más del 90% de los habitantes de la Ucrania soviética votaron a favor de la independencia (una mayoría que englobaba a todas las regiones ucranianas)

A partir de ese momento Rusia y Ucrania siguieron caminos separados. En ambos países las privatizaciones y el desorden institucional y civil llevaron a un sistema oligárquico. Los oligarcas rusos fueron sometidos por un Estado centralizado. En Ucrania los oligarcas generaron una especie particular de pluralismo. Hasta hace muy poco todos los presidentes ucranianos oscilaban entre este y oeste en lo que se refiere a su política exterior y entre los diferentes clanes oligárquicos en lo que se refiere a sus lealtades domésticas. En el caso de Yanukovych lo que fue inusual fue que tratara de cargarse el pluralismo, no ya el popular sino también el oligárquico. En política doméstica estableció una apariencia de democracia en la que favoreció al partido de la extrema derecha Svodoba como partido opositor. Actuando así se colocó en una situación en la que podía ganar elecciones y en la que podía presentarse ante los observadores internacionales como la mejor alternativa frente a los nacionalistas. En política exterior se vio empujado hacia la Rusia de Vadimir Putin, no tanto porque en sí lo deseara sino porque su manera de dirigir el país hacía difícil una cooperación seria con la Unión Europea. Según parece los robos de Yanukovitch de las arcas públicas pusieron a éstas al borde de la bancarrota en 2013, lo que volvió a Yanukovitch más vulnerable a Rusia.

No era posible seguir oscilando entre Rusia y los países occidentales. Sin embargo, Rusia había dejado de ser en 2013 un Estado ruso con intereses más o menos calculables para convertirse antes bien en un proyecto de integración eurasiática de mayor alcance. El proyecto eurasiático se compone de dos partes: la creación de un bloque de libre comercio entre Rusia, Ucrania, Bielorrusia y Kazajstán y la destrucción de la Unión Europea mediante el apoyo a la extrema derecha en Europa. Un conservadurismo imperial y social es la pantalla ideológica de un objetivo eminentemente simple. El régimen de Putin depende de la venta a Europa de hidrocarburos  a través de gasoductos. Una Europa unida puede desarrollar una política energética única ante la amenaza de la impredecible conducta de Rusia o ante la del cambio climático o ante las dos. Por el contrario una Europa desunida se volvería más dependiente de los hidrocarburos de Rusia. Los Estados- nación individuales serían más maleables que la UE. A lo largo de 2013 los medios de comunicación cercanos al Kremlin no paraban de hablar de la decadencia europea expresándose generalmente en términos sexuales. Pero la decadencia de Europa no es tanto la realidad percibida por el régimen de Putin cuanto el objetivo de su política.

Justo en el momento de formular sus tremendas ambiciones el orgullo de la postura eurasiática chocó contra la realidad de la sociedad ucraniana. El intento de atraer a Ucrania a la órbita de Eurasia produjo a finales de 2013 y principios de 2014 justamente el resultado contrario. Rusia, primero, disuadió públicamente a Yanukovitch de la firma de un acuerdo comercial con la UE provocando protestas en Ucrania. A continuación Rusia ofreció un generoso préstamo y precios ventajosos en el gas a cambio de reprimir las protestas. En Enero la promulgación de leyes de sesgo ruso hizo que las protestas se transformaran en un movimiento de masas. Se conviertió en criminales a millones de personas que protestaban pacíficamente empezando algunas de ellas a defenderse contra la policía. Rusia, finalmente, tanto privada como públicamente, dejó claro a Yanukovitch que si quería recibir el dinero tendría que acabar con las protestas en Kiev. A esto le siguió la masacre de Febrero a cargo de francotiradores, lo que dió a los revolucionarios una clara victoria política y moral obligando a Yanukovitch a huir a Rusia. La Unión Eurasiática sólo puede ser un club de dictaduras, pero el intento de crear una dictadura en Ucrania llevó a un resultado exactamente opuesto al que se deseaba: el regreso del régimen parlamentario, el anuncio de elecciones presidenciales y una política exterior orientada hacia Europa. Nada de esto hubiera sido posible sin la movilización espontánea de millones de ucranianos en la plaza Maidán de Kiev y a lo largo de todo el país.

Esto hizo que la revolución en Ucrania no sólo supusiera un desastre para la política exterior rusa sino un reto para el propio régimen ruso en casa. La debilidad de la política de Putin es que no puede dar cuenta de las acciones de hombres libres que deciden organizarse para dar respuesta a sucesos históricos impredecibles. Su fortaleza son la audacia táctica y la desfachatez ideológica, así que Eurasia no tardó en ser modificada: ya no equivalía a un club de dictadores y al intento de destruir la UE sino más bien al intento de desestabilizar al mismo tiempo el Estado ucraniano y la UE. La propaganda rusa presentaba la revolución ucraniana como un golpe de Estado a cargo de nazis y culpaba a los europeos de apoyar a estos supuestos nazis. Por más que ridícula, esta versión encajaba mucho mejor en el paisaje mental de Putin al eliminar la debacle de su política exterior en Ucrania y al sustituir la iniciativa espontánea de los ucranianos por conspiraciones extranjeras.

La invasión y ocupación de la provincia ucraniana de Crimea ha sido un ataque frontal al orden de seguridad europeo así como al Estado ucraniano, ha generado en los alemanes y otros pueblos la tentación de volver a pensar el mundo en los tradicionales términos coloniales, pasando por alto décadas de imperio de la ley y contemplando a los ucranianos como indignos de tener un Estado. Reveladoramente la anexión rusa se llevó a cabo con la ayuda de los aliados extremistas de Putin en Europa. Ninguna organización con cierta reputación iba a actuar de observadora en una farsa electoral en la que el 97% de los habitantes de Crimea  supuestamente votaron a favor de ser anexionados. No obstante una abigarrada delegación de populistas de derecha, neo-Nazis y miembros del partido alemán Die Linke estuvieron encantados de ir y apoyar los resultados. La delegación alemana en Crimea estuvo compuesta por cuatro miembros de Die Linke y un miembro de Neue Rechte. Una combinación reveladora.

Ingram Pinn illustration

It is the propaganda of the postwar much more than the experience of the war that counts in the memory politics of today. No one in power now remembers the Second World War, although some Russian leaders seem to believe the version that they were taught as children. The leading politicians of today in Russia are children of the 1970s, and thus of the Brezhnevian cult of the war. The Great Fatherland War became more simply Russian, without Ukrainians and Jews. The Jews suffered more than any other Soviet people, but the Holocaust as such had no place in Soviet history. It appeared mainly in propaganda directed to the West, in which the suffering of Jews was blamed entirely on Ukrainian and other nationalists – people who lived on the territories Stalin had conquered during the war as Hitler’s ally in 1939, and people who had resisted Soviet power when it returned in 1945. This is a tradition, to which Russian propagandists have returned in today’s Ukrainian crisis: total indifference to the Holocaust except as a political resource useful in manipulating people in the West.

In the 1970s the Soviet Union itself was russified, in a certain special way. The ideological conclusion was drawn that classes exist within the Soviet Union itself and not within individual nations. Thus the USSR needed only one thinking class, and not multiple national ones. As a result the Ukrainian language was driven from schools, and especially from higher education. It remained as a language of low culture and, paradoxically, of very high culture, as even at this point no one in the USSR denied the existence of a distinct Ukrainian tradition in the arts and humanities. In this atmosphere Ukrainian patriots, and even Ukrainian nationalists, embraced a civic understanding of Ukrainian identity. They were aided in this by Polish émigré intellectuals, who in the 1970s and 1980s were defining a future foreign policy for a period after communism.

These thinkers, grouped around Jerzy Giedroyc and the journal Kultura in Paris, argued that Ukraine was a nation in the same sense as Poland, and that a future independent Poland should recognize a future independent Ukraine — without challenging its borders. This was controversial at the time, because Poland lost the lands now know as western Ukraine as a result of the war. In retrospect it was a first step, for both Ukraine and Poland, towards the legal and intuitional norms of postwar Europe. The preemptive recognition of Ukraine within its existing borders became the basis for a Polish foreign policy of „European standards“ in 1989. In the crucial period between 1989 and 1991, and for the first time in history, Ukrainian national activists only had one opponent: the Soviet Union. In December 1991, more than 90% of the inhabitants of Soviet Ukraine voted for independence (including a majority in all regions of Ukraine).

Russia and Ukraine then went their separate ways. Privatization and lawlessness led to oligarchy in both countries. In Russia the oligarchs were subdued by a centralized state, whereas in Ukraine they generated their own sort of pluralism. Until very recently all presidents in Ukraine oscillated between east and west in the foreign policy and among oligarchical clans in their domestic loyalties. What was unusual about Viktor Yanukovych is that he tried to end all pluralism, not only the popular sort but the oligarchical sort as well. In domestic policy he generated a fake democracy, in which his favored opponent was the far right party Svoboda. In so doing he created a situation in which he could win elections and in which he could tell foreign observers that he was at least better than the nationalist alternative. In foreign policy he found himself pushed towards the Russia of Vladimir Putin, not so much because he desired this as such, but because the way in which he ruled made substantial cooperation with the European Union difficult. Yanukovych seems to have stolen so much from state coffers that the state itself was on the point of bankruptcy in 2013, which also made him vulnerable to Russia.

Oscillating between Russia and the West was no longer possible. By 2013 however Moscow no longer represented simply a Russian state with more or less calculable interests, but rather a much grander project of Eurasian integration. The Eurasian project had two parts: the creation of a free trade bloc of Russia, Ukraine, Belarus, and Kazakhstan, and the destruction of the European Union through the support of the European far right. Imperial social conservatism provided the ideological cover for a goal that was eminently simple. The Putin regime depends upon the sale of hydrocarbons that are piped to Europe. A united Europe could generate an energy policy, under the pressures of Russian unpredictability or global warming or both. But a disintegrated Europe would remain dependent on Russian hydrocarbons. Individual nation-states would be more pliable than the EU. Throughout 2013 media close to the Kremlin returned obsessively to the theme of European decadence, usually expressed in sexual terms. But the decay of Europe is not so much the reality perceived by the Putin regime as the goal of its policy.

Just as soon as these vaulting ambitions were formulated, the proud Eurasian posture crashed upon the reality of Ukrainian society. In late 2013 and early 2014, the attempt to bring Ukraine within the Eurasian orbit produced exactly the opposite result. First, Russia publically dissuaded Yanukovych from signing a trade agreement with the EU. This brought protests in Ukraine. Then Russia offered a large loan and favorable gas prices in exchange for crushing the protests. Russian-style laws introduced in January transformed the protests into a mass movement. Millions of people who had joined in peaceful protests were suddenly transformed into criminals, and some of them began to defend themselves against the police. Finally, Russia made clear, both privately and publically, that Yanukovych had to clear Kiev of protestors in order to receive the money. Then followed the sniper massacre of February, which gave the revolutionaries a clear moral and political victory, and forced Yanukovych to flee to Russia. The Eurasian Union could only be a club of dictatorships, but the attempt to create dictatorship in Ukraine led to an outcome exactly the opposite of what was desired: the return of parliamentary rule, the announcement of presidential elections, and a foreign policy oriented to Europe. None of this would have happened without the spontaneous self-organization of millions of Ukrainians on the Maidan in Kiev and throughout the country.

This made the revolution in Ukraine not only a disaster for Russian foreign policy, but a challenge to the Russian regime at home. The weakness of Putin’s policy is that it cannot account for the actions of free human beings who choose to organize themselves in response to unpredictable historical events. Its strength is its tactical dexterity and ideological shamelessness. Thus Eurasia was very quickly modified: it was no longer a dictators’ club and the attempt to destroy the EU, but rather the attempt to destabilize the Ukrainian state and the EU at the same time. Russian propaganda presented the Ukrainian revolution as a Nazi coup, and blamed Europeans for supporting these supposed Nazis. This version, although ridiculous, was much more comfortable in Putin’s mental world, since it removed from view the debacle of Russian foreign policy in Ukraine, and replaced spontaneous action by Ukrainians with foreign conspiracies.

The Russian invasion and occupation of the Ukrainian province of Crimea was a frontal challenge to the European security order as well as to the Ukrainian state. It created the temptation for Germans and others to return to the traditional world of colonial thinking, ignoring decades of law and regarding the Ukrainians as unworthy of statehood. The Russian annexation was carried out, tellingly, with the help of Putin’s extremist allies throughout Europe. No reputable organization would observe the electoral farce by which 97% of Crimeans supposedly voted to be annexed. But a ragtag delegation of right-wing populists, neo-Nazis, and members of the German party Die Linke were happy to come and endorse the results. The German delegation to Crimea was composed of four members of Die Linke and one member of Neue Rechte. This is a telling combination.

 

 

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