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Archive for 30 mayo 2014

“El Proyecto de Putin” por Timothy Snyder III (Fin) // “Putin´s Project” by Timothy Snyder III (End)

Flag of Eurasia by Party9999999

Die Linke* opera dentro de una cierta realidad virtual creada por la propaganda rusa según la cual la tarea que, de acuerdo a Moscú, la izquierda europea debe llevar a cabo es la de criticar a la derecha ucraniana pero no a la derecha europea y, menos aún, a la derecha rusa. Es cierto que estas críticas tienen cierta base. En Ucrania existe una extrema derecha y sus miembros ejercen cierta influencia. Svodoba, que ejercía de partido opositor promovido por Yanukovitch se liberó de este papel durante la revolución y participa en el gobierno ucraniano actual con cuatro de las veinte carteras. Esta participación en el gobierno es exagerada porque no se corresponde ni con el apoyo electoral que tiene, cerca del 3%, ni con su representación parlamentaria. Algunas personas, aunque de ninguna manera la mayoría, que durante la revolución se enfrentaron a la policía pertenecían a un grupo llamado Sector de la Derecha, algunos de cuyos miembros son nacionalistas radicales. El candidato a la presidencia de este grupo no llega al 2% en las encuestas y el grupo en sí cuenta con unos trecientos militantes. Existe, sí, un apoyo a una extrema derecha en Ucrania pero menor del que lo hay en la mayoría de los países de la Unión Europea.

[ *El partido Die Linke (La Izquierda) es el resultado de la fusión del Partido de la Izquierda—antes conocido como Partido del Socialismo Democrático (PDS) y sucesor del comunista SED, el principal partido de la antigua RDA— y la Alternativa Electoral por el Trabajo y la Justicia Social (WASG), un pequeño partido escindido del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) en 2005. Mientras el Partido de la Izquierda estaba representado principalmente en el este del país, la WASG fue un partido mayormente occidental, con fuerte presencia de sindicalistas. (Fuente: Wikipedia) ]

Las situaciones revolucionarias siempre favorecen a los extremistas y desde luego que hay que estar vigilantes. Choca, sin embargo, lo rápido que el orden fue restaurado en Kiev y en Ucrania después de la revolución y la postura increíblemente serena que el nuevo gobierno adoptó frente a la invasión rusa. El único escenario en el que los extremistas ucranianos se harían visibles sería en el caso de que Rusia intentara llevar a cabo una invasión del resto del país. Si, conforme a lo previsto, se celebran elecciones en Mayo, la impopularidad y debilidad de la extrema derecha ucraniana se pondrá de manifiesto. Es por esto que  Moscú se opone a que se celebren.

Los que solamente critican a la derecha ucraniana suelen pasar por alto dos cosas muy importantes. La primera, el hecho de que la revolución en Ucrania tuvo su origen en una izquierda que se oponía a un cleptómano autoritario y cuyo programa contemplaba justicia social y Estado de Derecho. La revolución fue iniciada por un periodista con vínculos en Afganistán, sus dos primeras víctimas mortales fueron un armenio y un bielorruso y contó con el apoyo de la comunidad musulmana tártara de Crimea así como con el de muchos judíos ucranianos. Entre las víctimas de la masacre causada por los francotiradores se encontraba un veterano judío del Ejército Rojo. Un buen número de veteranos de las fuerzas armadas israelíes han regresado a Ucrania para luchar por la libertad.

En la plaza de Maidán se hablaba a la vez ruso y ucraniano puesto que Kiev es una ciudad bilingüe, Ucrania, un país bilingüe, y los ucranianos, gente bilingüe. El motor de la revolución lo fue, desde luego, la clase media rusohablante de Kiev. El actual gobierno es irreflexivamente multiétnico y multilingüe. Ucrania es un lugar cosmopolita en el que la etnia y el idioma cuentan con menos importancia de la que se cree. Ucrania es hoy, de hecho, la sede donde se encuentran los más importantes medios de comunicación libres en lengua rusa, ya que los medios más importantes en Ucrania emiten en ruso y en Ucrania existe libertad de expresión. La pretensión de Putin de estar defendiendo a los rusohablantes es absurda en muchos aspectos, siendo uno de ellos que la gente en Ucrania puede decir lo que quiere en ruso y no así en Rusia.

La segunda cosa que se pasa por alto es que la derecha extrema autoritaria en Rusia es infinitamente mucho más peligrosa que la derecha extrema autoritaria en Ucrania. De un lado, porque está en el poder. De otro, porque no cuenta con rivales significativos. De un tercero, porque no necesita adaptarse a demandas internacionales y su política exterior está basada abiertamente en una etnicización del mundo. Da igual lo que alguien sea de acuerdo a la ley o a sus preferencias: el hecho de que hable ruso lo convierte en un “Volksgenosse”** necesitado de la protección de Rusia o lo que es lo mismo, de una invasión. El parlamento ruso concedió a Putin la autoridad para invadir la totalidad de Ucrania y para transformar su estructura social y política. Un objetivo extraordinariamente radical. También envió una carta al ministro polaco de asuntos exteriores proponiéndole una partición de Ucrania. En las cadenas más populares de la televisión rusa se culpa a los judíos del Holocausto; en el periódico de más tirada, Izvestia, Hitler es rehabilitado como un hombre de Estado razonable que tuvo que responder a las demandas irrazonables de los países occidentales. Las manifestaciones a favor de la invasión de Ucrania las forma gente en uniforme y desfilando. La intervención rusa en Ucrania Oriental implica la producción de violencia étnica, no su supresión. El hombre que en Donetsk alzaba la bandera rusa era miembro de un partido neo-nazi.

[ **Volksgenosse (alemán “compatriota” esp. periodo Nazi) ]

Todo esto es consistente con las premisas ideológicas que fundamentan Eurasia. Si la integración europea parte de la premisa de que nacionalsocialismo y estalinismo son ejemplos a evitar, la integración de Eurasia parte de la premisa posmoderna y sobada de que la historia es una especie de caja de las sorpresas de la que pueden sacarse ideas útiles. Si la integración europea da por supuesta la democracia liberal, la ideología de Eurasia explícitamente la rechaza. Al principal ideólogo de Eurasia, Alexander Dugin***, quien en su día clamó por un fascismo “rojo como nuestra sangre”, se le presta hoy mayor atención que nunca. Sus tres ideas políticas básicas- la necesidad de colonizar Ucrania, la decadencia de la Unión Europea y la conveniencia del proyecto alternativo de Eurasia desde Lisboa a Vladivostok- son formuladas en declaraciones oficiales, cierto que en una forma menos salvaje que la suya- como parte de la política exterior rusa. El presidente Putin presenta a Rusia como la patria, no de la revolución, como los comunistas solían decir, sino de la contrarrevolución, una patria a la que siente rodeada. Describe a Rusia como a una civilización especial a la que hay que defender a cualquier precio, por más que su retahíla de mantras reaccionarios y la posesión accidental de hidrocarburos estén alimentando a Europa y al mundo.

[ ***Aleksandr Guélievich Duguin (Moscú, 7 de enero de 1962) es un analista geopolítico, filósofo político e historiador de las religiones principal ideólogo en la actualidad del neo-eurasianismo, con una cierta influencia sobre la opinión pública en Rusia. Fue consejero político del Partido Comunista de la Federación Rusa e ideólogo del ilegalizado Partido Nacional Bolchevique en la década de 1990 además de fundador del partido político Eurasia (Евразия) en el año 2002. Se lo ha caracterizado como un adalid de ideas antioccidentales, ultranacionalistas y fascistas. Varios analistas pro-occidentales le han llegado a apodar «el Rasputín de Putin» (Fuente: wikipedia) ]

Más allá de cualquier otra cosa lo que une a los líderes rusos con la extrema derecha europea es una básica deshonestidad, una mentira de tanto calado y que se autoalimenta de tal forma que tiene el potencial de destruir por completo un orden pacifico. Incluso cuando se ponen a despreciar a una Europa a la que presentan como un antro gay de perdición, la élite rusa sigue dependiendo de la Unión Europea a cualquier nivel que se piense. Sin el imperio de la ley, la cultura y la previsibilidad europeas los rusos no tendrían dónde lavar su dinero, ni dónde establecer las tapaderas para sus negocios, ni dónde mandar a sus hijos al colegio o pasar sus vacaciones. Europa es para Rusia a la vez la base de su sistema y su válvula de escape. De manera parecida el votante medio de Strache o Le Pen da por descontado un sinnúmero de elementos de paz y prosperidad, fruto de la integración europea. El ejemplo arquetípico de esto es la posibilidad de utilizar las próximas elecciones al parlamento europeo del 25 de mayo para votar opciones que se oponen a la existencia de dicho parlamento.

Al igual que Putin, Strache y Le Pen plantean una obvia contradicción: que los beneficios de la paz y prosperidad europeas perdurarán de alguna manera incluso cuando los europeos decidan volver a alguna forma de Estado nacional. Obviamente esto es una utopía tan necia cuanto anodina. No hay ningún Estado nacional al que se pueda regresar. En un mundo globalizado la única alternativa es interactuar en un sentido o en otro. Para países como Francia o Austria o para Grecia, Bulgaria y Hungría mismamente, rechazar la Unión Europea supone aceptar Eurasia. Los hechos son meridianos: si una Europa unida puede, y lo haría llegado el caso, responder adecuadamente a un agresivo Estado ruso basado en el petróleo, una colección de Estados-nación enfrentados entre sí no podrá. Los líderes de los partidos europeos de extrema derecha no tratan ya ni siquiera de ocultar que el intento de escapar de Bruselas les conducirá a los brazos de Putin. Miembros de estos partidos van a Crimea y se ponen a elogiar la farsa electoral como un modelo para Europa. En casi todos los casos su fidelidad, más que al supuesto gobierno ucraniano de extrema derecha, lo es a Putin. Hoy hasta el líder del UKIP difunde la propaganda de Putin sobre Ucrania en debates televisivos ante millones de telespectadores británicos.

Las elecciones presidenciales en Ucrania están previstas para el 25 de Mayo que, no por ninguna casualidad, es también el día en que se celebran las elecciones al parlamento europeo. Las incursiones rusas en el este de Ucrania están destinadas a impedir que esas elecciones tengan lugar en Ucrania. En las próximas semanas Eurasia será sinónimo de colaboración entre el Kremlin y la extrema derecha europea y Rusia procurará que no se celebren elecciones en Ucrania y los nacionalistas europeos ganar las que se celebren en Europa. Un voto para Strache o Le Pen o incluso para Farage es hoy un voto para Putin y una derrota de Europa es una victoria de Eurasia. El regreso al Estado-nación es imposible, así que la integración continuará en un sentido o en otro, lo que está en juego es sólo la forma que esa integración adoptará. Intelectuales y políticos solían afirmar que no había alternativa al proyecto europeo. Hoy sí la hay: Eurasia.

Ucrania no tiene futuro sin Europa pero tampoco Europa tiene futuro sin Ucrania. A lo largo de los siglos la historia de Ucrania ha puesto de manifiesto los puntos de inflexión en la historia europea. Parece que esto vuelve hoy a ser verdad. Desde luego que el curso que tomen las cosas depende aún, al menos durante las seis próximas semanas, de los europeos.

Die Linke* operate within a certain virtual reality created by Russian propaganda, in which the task of the European Left is now supposed to do, from Moscow’s perspective, is criticize the Ukrainian right – but not the European right, and certainly not the Russian right. Now, there is some basis for such criticism. Ukraine does have a far right, and its members do have some influence. Svoboda, which was Yanukovych’s house opposition, liberated itself from this role during the revolution. In the current Ukrainian government it holds four of twenty portfolios. This overstates both its electoral support, which is about 3%, and its representation in parliament. Some of the people who fought the police during the revolution, although by no means a majority were from a new group called Right Sector, some of whose members are radical nationalists. Its presidential candidate is polling at under 2%, and the group itself has something like three hundred members. There is support for the far right in Ukraine, although less than in most members of the European Union.

[ * The Left (German: Die Linke), also commonly referred to as the Left Party (German: Linkspartei), is a political party in Germany which describes itself as democratic socialist in orientation. The party was founded in 2007 as the merger of the post-communist Party of Democratic Socialism (PDS), successor to the Socialist Unity Party of Germany (SED) that ruled East Germany until 1989, and the Electoral Alternative for Labour and Social Justice (WASG), a left-wing breakaway from the Social Democratic Party of Germany (SPD). (Source: Wikipedia) ]

A revolutionary situation always favors extremists, and watchfulness is certainly in order. It is quite striking, however, that Kiev and Ukraine returned to order immediately after the revolution, and that the new government has taken an almost unbelievably calm stance in the face of Russian invasion. The only scenario in which Ukrainian extremists actually come to the fore is one in which Russia actually tries to invade the rest of the country. If presidential elections proceed as planned in May, then the unpopularity and weakness of the Ukrainian far right will be revealed. This is why Moscow opposes those elections.

People who criticize only the Ukrainian right often fail to notice two very important things. The first is that the revolution in Ukraine came from the Left. Its enemy was an authoritarian kleptocrat, and its central program was social justice and the rule of law. It was initiated by a journalist of Afghan background, its first two mortal casualties were an Armenian and a Belarusian, and it was supported by the Muslim Crimean Tatar community as well as many Ukrainian Jews. A Jewish Red Army veteran was among those killed in the sniper massacre. Multiple IDF veterans returned from Israel to Ukraine to fight for freedom.

The Maidan functioned in two languages simultaneously, Ukrainian and Russian, because Kiev is a bilingual city and Ukraine is a a bilingual country and Ukrainians are bilingual people. Indeed, the motor of the revolution was the Russian-speaking middle class of Kiev. The current government is unselfconsciously multiethnic and multilingual. Ukraine is a cosmopolitan place where considerations of language and ethnicity count for less then we think. In fact, Ukraine is now the site of the largest and most important free media in the Russian language, since all important media in Ukraine appear in Russian, and since freedom of speech prevails. Putin’s idea of defending Russian speakers in Ukraine is absurd on many levels, but one of them is this: people can say what they like in Russian in Ukraine, but they cannot do so in Russia itself.

This is the second thing that goes unnoticed. The authoritarian far right in Russia is infinitely more dangerous than the authoritarian far right in Ukraine. It is in power, for one thing. It has no meaningful rivals, for another. It does not have to accommodate itself to international expectations, for a third. And it is now pursuing a foreign policy that is based openly upon the ethnicization of the world. It does not matter who an individual is according to law or his own preferences: that fact that he speaks Russian makes him a Volksgenosse** requiring Russian protection, which is to say invasion. The Russian parliament granted Putin the authority to invade the entirety of Ukraine and to transform its social and political structure, which is an extraordinarily radical goal. It also sent a missive to the Polish foreign ministry proposing a partition of Ukraine. On popular Russian television Jews are blamed for the Holocaust; in the major newspaper Izvestiia Hitler is rehabilitated as a reasonable statesman responding to unreasonable western pressure. The pro-war demonstrations supporting the invasion of Ukraine are composed of people who wear monochrome uniforms and march in formation. The Russian intervention in eastern Ukraine involves generating ethnic violence, not suppressing it. The man who raised the Russian flag in Donetsk was a member of a neo-Nazi party.

[ **Volksgenosse: member of the (German) nation ( esp. during Nazi time) ]

All of this is consistent with the fundamental ideological premise of Eurasia. Whereas European integration begins from the premise that National Socialism and Stalinism were negative examples, Eurasian integration begins from the more jaded and postmodern premise that history is a sort of grab bag of useful ideas. Whereas European integration presumes liberal democracy, Eurasian ideology explicitly rejects it. The main Eurasian ideologist, Alexander Dugin***, who once called for a fascism “as red as our blood,” receives more attention now than ever before. His three basic political ideas – the need to colonize Ukraine, the decadence of the European Union, and the desirability of an alternative Eurasian project from Lisbon to Vladivostok — are now all officially enunciated, in less wild forms than his to be sure, as Russian foreign policy. President Putin presents Russia today as an encircled homeland, not of the revolution as the communists used to say, but of the counter-revolution. He portrays Russia is a special civilization which must be defended at al costs, even though it generates power in Europe and the world through its rather generic collection of reactionary mantras and its accidental possession of hydrocarbons.

[ ***Aleksandr Gelyevich Dugin (Russian: Алекса́ндр Ге́льевич Ду́гин, born 7 January 1962) is a Russian political scientist, traditionalist, and one of the most popular ideologists of the creation of a Eurasian empire that would be against the “North Atlantic interests”. He is known for his fascist views, and had close ties to the Kremlin and Russian military. Dugin serves as an adviser to State Duma speaker (and key member of the ruling United Russia party) Sergei Naryshkin.Dugin was the leading organizer of the National Bolshevik Party, National Bolshevik Front, and Eurasia Party. His political activities are directed toward restoration of the Russian Empire through partitioning of the former Soviet republics, such as Georgia and Ukraine, and unification with Russian-speaking territories, especially Eastern Ukraine and Crimea. (Source: wikipedia) ]

More than anything else, what unites the Russian leadership with the European far right is a certain basic dishonesty, a lie so fundamental and self-delusive that it has the potential to destroy an entire peaceful order. Even as Russian leaders pour scorn on a Europe they present as a gay fleshpot, Russia’s elite is dependent upon the European Union at every conceivable level. Without European predictability, law, and culture, Russians would have nowhere to launder their money, establish their front companies, send their children to school, or spend their vacations. Europe is both the basis of the Russian system and its safety valve. Likewise, the average Strache or Le Pen voter takes for granted countless elements of peace and prosperity that were achieved as a result of European integration. The archetypical example is the possibility, on 25 May, to use free and fair democratic elections to the European parliament to vote for people who claim to oppose the existence of the European parliament.

Like Putin, Strache and Le Pen propose an obvious contradiction: all of the benefits of European peace and prosperity will somehow remain, even as Europeans return to some form of national state. But this, of course, is a utopia as stupid as it is colorless. There is no nation state to which anyone can return. The only alternatives in a globalized world are various forms of interaction. For countries like France or Austria, or for that matter Greece, Bulgaria, and Hungary, the rejection of the European Union is the embrace of Eurasia. This is the simple objective reality: a united Europe can and most likely will respond adequately to an aggressive Russian petrostate, whereas a collection of quarreling nation-states will not. The leaders of Europe’s right-wing parties no longer even attempt to hide that their escape from Brussels leads them into the arms of Putin. Their party members go to Crimea and praise the electoral farce as a model for Europe. Their allegiance, in almost single case, is to Putin rather than to the supposedly far right Ukrainian government. Even the leader of UKIP now shares Putin’s propaganda on Ukraine with millions of British viewers in a televised debate.

Presidential elections in Ukraine are to be held on 25 May, which by no coincidence is also the day of elections to the European parliament. The ongoing Russian intervention in eastern Ukraine is meant to prevent these elections from taking place. In the next few weeks, Eurasia means the collaboration of the Kremlin and the European far right as Russia tries to prevent the Ukrainian elections from happening at all, and as European nationalists try to win European elections. A vote for Strache or Le Pen or even Farage is now a vote for Putin, and a defeat for Europe is a victory for Eurasia. The return to the nation-state is impossible, so integration will continue in one form or another: all that can be decided is the form. Politicians and intellectuals used to say that there was no alternative to the European project, but now there is: Eurasia.

Ukraine has no future without Europe, but Europe also has no future without Ukraine. Throughout the centuries, the history of Ukraine has revealed the turning points in the history of Europe. This seems still to be true today. Of course, which way things will turn still depends, at least for the next six weeks, on the Europeans.

 

 

 

 

 

 

 

Bellow´s bastards ( Quotation from Saul Bellow´s “Ravelstein”) // Los bastardos de Bellow (Cita del libro de Saul Bellow “Ravelstein”)

“The arts of disguise are so well developed that you are sure to undercount the number of bastards you have known”

“Las artes del disimulo han evolucionado tanto que a uno siempre se le escapa la cantidad de bastardos que ha conocido”

 

Comment traduire “Super strut”? (Essai de monologue interieur)

http://grooveshark.com/#!/s/Super+Strut/1WLWZK?src=5

Il faut que je continue à traduire. Traduire me fait du bien. Il y a toujours des gens et circonstances méchants qui essayent de m´interrompre. Ils me gènent. Je les dèteste. Oui, traduire, n´importe quoi, n´importe où, à tout prix, à tort ou à raison. Écrire, remplir des feuilles des mots étrangers comme ceux-ci. La forte besoin de mettre à rouler des mots, de m´en servir comme d´un fauteuil roulant.Cette idée me plait tout à fait, un fauteuil roulant avec des mots au lieu de roues. Poussez vous! J´arrive! Et je me mets à écrire comme un fou. Et j´ enfonce la pèdale de l´accelerateur du fauteuil roulant tout en me demandant où m´ameneront maintenant ces pneus si particuliers.

À vrai dire, ça fait déjà plus d´une semaine que je ne suis pas en rapport avec l´allemand. Les notions d´allemand que j´ai ramassé au cours de ma vie avec tant d´effort sont au bord de s´extinguer sans laisser la moindre trace. La situation est grave. Le temps s´écoule et je vieillis. Buff, quelle platitude si paralisante¡ Avant tout je suis pressé de démarrer mon fauteuil, peu importe dans quel  sens.  Il faut trouver coûte que coûte un texte allemande pour que je puisse le traduire au moins à l´espagnol. Cette fois je m´épargnarai des voies plus exigèantes et j´irai au fait. De l´allemand à l´espagnol, tout court. Pas question de se compliquer la vie. Aha¡ Je viens de trouver une entrevue à un historien allemand dans un journal sur internet. Je la traduis dans la foulée. La traduction laisse en moi une empreinte troublante. Mmmm… Je ne sais pas quoi, une certaine indifference à l´égard d´un pays, l´Ucraine, dont le destin l´entrevue aborde. Mon cerveau réagit sur le champ et se dépeche à fouiller dans mes souvenirs. Tout d´un coup je me souviens d´un autre historien, americain, en l´ocurrence. Alors je saute à l´anglais sans laisser que rien ni personne m´interrompent avec des niaiseries. Continuer à outrance. “Toujours en avance, jamais en derriere” c´est ma devise. La chose la plus importante c´est de propulser le fauteuil roulant comme le ministre d´economie allemand à la télé.

Mais , diable! Qu´est- ce que dit cet historien americain que je suis en train de traduire. Il établit des liens entre le projet politique de Vladimir Putin et l ´essor de l´extrème droite Europeénne!…Merde!…Merde! Des morceaux de peau viennent à m´ interrompre  en tombant sur le clavier de mon ordinateur. M´allongant sous le soleil ce dernier week-end je me suis brulé. Je déteste les crèmes du soleil et maintenant je pele. C´est ma faute. Je l´avoue. Hier soir je me suis rendu compte que j´avais oublié de la pâte dentifirice chez moi.Au lieu de démander au type de la reception de l´hôtel de la pâte dentifrice ou plus simplement du dentifrice, je lui ai demandé de la crême dentifrice. Il vaudrait mieux que je ralentisse mon rythme de traduction au moins que je ne veuille finir par me raser avec une crême si intraduisible…

 

“El Proyecto de Putin” por Timothy Snyder II // “Putin´s Project” by Timothy Snyder II

En las políticas de la memoria de hoy cuenta mucho más la propaganda de la posguerra que la experiencia de la guerra. Nadie en el poder se acuerda hoy de la segunda guerra mundial por más que algunos líderes rusos parezcan creer en la versión que les contaron de niños. Los líderes políticos en la actualidad en Rusia son hijos de la generación de 1970, es decir, del culto a la guerra de Brezhnev, de La Gran Guerra por la Madre Patria, que fue convirtiéndose simplemente en guerra de los rusos, sin ucranianos ni judíos. Los judíos sufrieron más que cualquier otro pueblo soviético pero al Holocausto no se le hacía sitio en la historia soviética. Se lo mencionaba sobre todo en la propaganda dirigida a los países occidentales en la que el sufrimiento de los judíos era atribuido por entero a los ucranianos y a otros nacionalistas- poblaciones que vivían en el territorio que Stalin había conquistado como aliado de Hitler en 1939 durante la guerra y poblaciones que habían resistido al poder soviético cuando éste regresó en 1945. Es ésta una tradición a la que la propaganda rusa ha vuelto en la presente crisis ucraniana: indiferencia total respecto al Holocausto salvo como recurso político útil para manipular a la gente de los países occidentales.

En los años 70 la Unión Soviética fue rusificada en un sentido particular. Se llegó a la conclusión ideológica de que las clases existían dentro de la Unión Soviética en sí pero no individualmente dentro de las naciones. De aquí se derivó la necesidad de que la URSS contara con una sola clase dirigente y no con varias nacionales. Esto condujo a que la lengua ucraniana fuera expulsada de las escuelas y sobre todo de la enseñanza superior. El ucraniano se mantuvo como una lengua de baja cultura y, paradójicamente, como una lengua de  muy alta cultura, pues ni siquiera en estos momentos se negaba en la URSS  la existencia de una tradición ucraniana distintiva en las artes y humanidades. En medio de esta atmósfera los patriotas ucranianos, incluso los nacionalistas ucranianos, adoptaron una concepción cívica de la identidad ucraniana. Fueron ayudados en esto por intelectuales polacos en el exilio, que en los 70 y 80 estaban definiendo una política exterior para un futuro sin comunismo.

Estos pensadores, agrupados en torno a Jerzy Giedroyc y al semanario Kultura en Paris, argumentaban que Ucrania era una nación en el mismo sentido en que lo era Polonia y que una futura Polonia independiente debería reconocer una futura Ucrania independiente, sin cuestionar sus fronteras. Dado que como consecuencia de la guerra Polonia había perdido las tierras que ahora se conocían como Ucrania occidental, el argumento suscitó controversia en su día. Retrospectivamente fue un primer paso que tanto Ucrania como Polonia dieron en dirección a las instituciones legales y normativas imperantes en la Europa de la posguerra. El reconocimiento preventivo de las fronteras de Ucrania se convirtió en 1989 en la base de una política exterior polaca de “estándares europeos”. En el periodo crucial entre 1989 y 1991, y por  primera vez en la historia, los nacionalistas ucranianos sólo se encontraban con un contrincante: la Unión Soviética. En Diciembre de 1991 más del 90% de los habitantes de la Ucrania soviética votaron a favor de la independencia (una mayoría que englobaba a todas las regiones ucranianas)

A partir de ese momento Rusia y Ucrania siguieron caminos separados. En ambos países las privatizaciones y el desorden institucional y civil llevaron a un sistema oligárquico. Los oligarcas rusos fueron sometidos por un Estado centralizado. En Ucrania los oligarcas generaron una especie particular de pluralismo. Hasta hace muy poco todos los presidentes ucranianos oscilaban entre este y oeste en lo que se refiere a su política exterior y entre los diferentes clanes oligárquicos en lo que se refiere a sus lealtades domésticas. En el caso de Yanukovych lo que fue inusual fue que tratara de cargarse el pluralismo, no ya el popular sino también el oligárquico. En política doméstica estableció una apariencia de democracia en la que favoreció al partido de la extrema derecha Svodoba como partido opositor. Actuando así se colocó en una situación en la que podía ganar elecciones y en la que podía presentarse ante los observadores internacionales como la mejor alternativa frente a los nacionalistas. En política exterior se vio empujado hacia la Rusia de Vadimir Putin, no tanto porque en sí lo deseara sino porque su manera de dirigir el país hacía difícil una cooperación seria con la Unión Europea. Según parece los robos de Yanukovitch de las arcas públicas pusieron a éstas al borde de la bancarrota en 2013, lo que volvió a Yanukovitch más vulnerable a Rusia.

No era posible seguir oscilando entre Rusia y los países occidentales. Sin embargo, Rusia había dejado de ser en 2013 un Estado ruso con intereses más o menos calculables para convertirse antes bien en un proyecto de integración eurasiática de mayor alcance. El proyecto eurasiático se compone de dos partes: la creación de un bloque de libre comercio entre Rusia, Ucrania, Bielorrusia y Kazajstán y la destrucción de la Unión Europea mediante el apoyo a la extrema derecha en Europa. Un conservadurismo imperial y social es la pantalla ideológica de un objetivo eminentemente simple. El régimen de Putin depende de la venta a Europa de hidrocarburos  a través de gasoductos. Una Europa unida puede desarrollar una política energética única ante la amenaza de la impredecible conducta de Rusia o ante la del cambio climático o ante las dos. Por el contrario una Europa desunida se volvería más dependiente de los hidrocarburos de Rusia. Los Estados- nación individuales serían más maleables que la UE. A lo largo de 2013 los medios de comunicación cercanos al Kremlin no paraban de hablar de la decadencia europea expresándose generalmente en términos sexuales. Pero la decadencia de Europa no es tanto la realidad percibida por el régimen de Putin cuanto el objetivo de su política.

Justo en el momento de formular sus tremendas ambiciones el orgullo de la postura eurasiática chocó contra la realidad de la sociedad ucraniana. El intento de atraer a Ucrania a la órbita de Eurasia produjo a finales de 2013 y principios de 2014 justamente el resultado contrario. Rusia, primero, disuadió públicamente a Yanukovitch de la firma de un acuerdo comercial con la UE provocando protestas en Ucrania. A continuación Rusia ofreció un generoso préstamo y precios ventajosos en el gas a cambio de reprimir las protestas. En Enero la promulgación de leyes de sesgo ruso hizo que las protestas se transformaran en un movimiento de masas. Se conviertió en criminales a millones de personas que protestaban pacíficamente empezando algunas de ellas a defenderse contra la policía. Rusia, finalmente, tanto privada como públicamente, dejó claro a Yanukovitch que si quería recibir el dinero tendría que acabar con las protestas en Kiev. A esto le siguió la masacre de Febrero a cargo de francotiradores, lo que dió a los revolucionarios una clara victoria política y moral obligando a Yanukovitch a huir a Rusia. La Unión Eurasiática sólo puede ser un club de dictaduras, pero el intento de crear una dictadura en Ucrania llevó a un resultado exactamente opuesto al que se deseaba: el regreso del régimen parlamentario, el anuncio de elecciones presidenciales y una política exterior orientada hacia Europa. Nada de esto hubiera sido posible sin la movilización espontánea de millones de ucranianos en la plaza Maidán de Kiev y a lo largo de todo el país.

Esto hizo que la revolución en Ucrania no sólo supusiera un desastre para la política exterior rusa sino un reto para el propio régimen ruso en casa. La debilidad de la política de Putin es que no puede dar cuenta de las acciones de hombres libres que deciden organizarse para dar respuesta a sucesos históricos impredecibles. Su fortaleza son la audacia táctica y la desfachatez ideológica, así que Eurasia no tardó en ser modificada: ya no equivalía a un club de dictadores y al intento de destruir la UE sino más bien al intento de desestabilizar al mismo tiempo el Estado ucraniano y la UE. La propaganda rusa presentaba la revolución ucraniana como un golpe de Estado a cargo de nazis y culpaba a los europeos de apoyar a estos supuestos nazis. Por más que ridícula, esta versión encajaba mucho mejor en el paisaje mental de Putin al eliminar la debacle de su política exterior en Ucrania y al sustituir la iniciativa espontánea de los ucranianos por conspiraciones extranjeras.

La invasión y ocupación de la provincia ucraniana de Crimea ha sido un ataque frontal al orden de seguridad europeo así como al Estado ucraniano, ha generado en los alemanes y otros pueblos la tentación de volver a pensar el mundo en los tradicionales términos coloniales, pasando por alto décadas de imperio de la ley y contemplando a los ucranianos como indignos de tener un Estado. Reveladoramente la anexión rusa se llevó a cabo con la ayuda de los aliados extremistas de Putin en Europa. Ninguna organización con cierta reputación iba a actuar de observadora en una farsa electoral en la que el 97% de los habitantes de Crimea  supuestamente votaron a favor de ser anexionados. No obstante una abigarrada delegación de populistas de derecha, neo-Nazis y miembros del partido alemán Die Linke estuvieron encantados de ir y apoyar los resultados. La delegación alemana en Crimea estuvo compuesta por cuatro miembros de Die Linke y un miembro de Neue Rechte. Una combinación reveladora.

Ingram Pinn illustration

It is the propaganda of the postwar much more than the experience of the war that counts in the memory politics of today. No one in power now remembers the Second World War, although some Russian leaders seem to believe the version that they were taught as children. The leading politicians of today in Russia are children of the 1970s, and thus of the Brezhnevian cult of the war. The Great Fatherland War became more simply Russian, without Ukrainians and Jews. The Jews suffered more than any other Soviet people, but the Holocaust as such had no place in Soviet history. It appeared mainly in propaganda directed to the West, in which the suffering of Jews was blamed entirely on Ukrainian and other nationalists – people who lived on the territories Stalin had conquered during the war as Hitler’s ally in 1939, and people who had resisted Soviet power when it returned in 1945. This is a tradition, to which Russian propagandists have returned in today’s Ukrainian crisis: total indifference to the Holocaust except as a political resource useful in manipulating people in the West.

In the 1970s the Soviet Union itself was russified, in a certain special way. The ideological conclusion was drawn that classes exist within the Soviet Union itself and not within individual nations. Thus the USSR needed only one thinking class, and not multiple national ones. As a result the Ukrainian language was driven from schools, and especially from higher education. It remained as a language of low culture and, paradoxically, of very high culture, as even at this point no one in the USSR denied the existence of a distinct Ukrainian tradition in the arts and humanities. In this atmosphere Ukrainian patriots, and even Ukrainian nationalists, embraced a civic understanding of Ukrainian identity. They were aided in this by Polish émigré intellectuals, who in the 1970s and 1980s were defining a future foreign policy for a period after communism.

These thinkers, grouped around Jerzy Giedroyc and the journal Kultura in Paris, argued that Ukraine was a nation in the same sense as Poland, and that a future independent Poland should recognize a future independent Ukraine — without challenging its borders. This was controversial at the time, because Poland lost the lands now know as western Ukraine as a result of the war. In retrospect it was a first step, for both Ukraine and Poland, towards the legal and intuitional norms of postwar Europe. The preemptive recognition of Ukraine within its existing borders became the basis for a Polish foreign policy of „European standards“ in 1989. In the crucial period between 1989 and 1991, and for the first time in history, Ukrainian national activists only had one opponent: the Soviet Union. In December 1991, more than 90% of the inhabitants of Soviet Ukraine voted for independence (including a majority in all regions of Ukraine).

Russia and Ukraine then went their separate ways. Privatization and lawlessness led to oligarchy in both countries. In Russia the oligarchs were subdued by a centralized state, whereas in Ukraine they generated their own sort of pluralism. Until very recently all presidents in Ukraine oscillated between east and west in the foreign policy and among oligarchical clans in their domestic loyalties. What was unusual about Viktor Yanukovych is that he tried to end all pluralism, not only the popular sort but the oligarchical sort as well. In domestic policy he generated a fake democracy, in which his favored opponent was the far right party Svoboda. In so doing he created a situation in which he could win elections and in which he could tell foreign observers that he was at least better than the nationalist alternative. In foreign policy he found himself pushed towards the Russia of Vladimir Putin, not so much because he desired this as such, but because the way in which he ruled made substantial cooperation with the European Union difficult. Yanukovych seems to have stolen so much from state coffers that the state itself was on the point of bankruptcy in 2013, which also made him vulnerable to Russia.

Oscillating between Russia and the West was no longer possible. By 2013 however Moscow no longer represented simply a Russian state with more or less calculable interests, but rather a much grander project of Eurasian integration. The Eurasian project had two parts: the creation of a free trade bloc of Russia, Ukraine, Belarus, and Kazakhstan, and the destruction of the European Union through the support of the European far right. Imperial social conservatism provided the ideological cover for a goal that was eminently simple. The Putin regime depends upon the sale of hydrocarbons that are piped to Europe. A united Europe could generate an energy policy, under the pressures of Russian unpredictability or global warming or both. But a disintegrated Europe would remain dependent on Russian hydrocarbons. Individual nation-states would be more pliable than the EU. Throughout 2013 media close to the Kremlin returned obsessively to the theme of European decadence, usually expressed in sexual terms. But the decay of Europe is not so much the reality perceived by the Putin regime as the goal of its policy.

Just as soon as these vaulting ambitions were formulated, the proud Eurasian posture crashed upon the reality of Ukrainian society. In late 2013 and early 2014, the attempt to bring Ukraine within the Eurasian orbit produced exactly the opposite result. First, Russia publically dissuaded Yanukovych from signing a trade agreement with the EU. This brought protests in Ukraine. Then Russia offered a large loan and favorable gas prices in exchange for crushing the protests. Russian-style laws introduced in January transformed the protests into a mass movement. Millions of people who had joined in peaceful protests were suddenly transformed into criminals, and some of them began to defend themselves against the police. Finally, Russia made clear, both privately and publically, that Yanukovych had to clear Kiev of protestors in order to receive the money. Then followed the sniper massacre of February, which gave the revolutionaries a clear moral and political victory, and forced Yanukovych to flee to Russia. The Eurasian Union could only be a club of dictatorships, but the attempt to create dictatorship in Ukraine led to an outcome exactly the opposite of what was desired: the return of parliamentary rule, the announcement of presidential elections, and a foreign policy oriented to Europe. None of this would have happened without the spontaneous self-organization of millions of Ukrainians on the Maidan in Kiev and throughout the country.

This made the revolution in Ukraine not only a disaster for Russian foreign policy, but a challenge to the Russian regime at home. The weakness of Putin’s policy is that it cannot account for the actions of free human beings who choose to organize themselves in response to unpredictable historical events. Its strength is its tactical dexterity and ideological shamelessness. Thus Eurasia was very quickly modified: it was no longer a dictators’ club and the attempt to destroy the EU, but rather the attempt to destabilize the Ukrainian state and the EU at the same time. Russian propaganda presented the Ukrainian revolution as a Nazi coup, and blamed Europeans for supporting these supposed Nazis. This version, although ridiculous, was much more comfortable in Putin’s mental world, since it removed from view the debacle of Russian foreign policy in Ukraine, and replaced spontaneous action by Ukrainians with foreign conspiracies.

The Russian invasion and occupation of the Ukrainian province of Crimea was a frontal challenge to the European security order as well as to the Ukrainian state. It created the temptation for Germans and others to return to the traditional world of colonial thinking, ignoring decades of law and regarding the Ukrainians as unworthy of statehood. The Russian annexation was carried out, tellingly, with the help of Putin’s extremist allies throughout Europe. No reputable organization would observe the electoral farce by which 97% of Crimeans supposedly voted to be annexed. But a ragtag delegation of right-wing populists, neo-Nazis, and members of the German party Die Linke were happy to come and endorse the results. The German delegation to Crimea was composed of four members of Die Linke and one member of Neue Rechte. This is a telling combination.

 

 

C ´est l´inconscient qui parle, pas moi.

Première rêve: le coursier

Royal Mail AD 1935 Dispatch Rider

Je me rends vers le bureau où je travaille comme coursier. Au boulot je m´en marre  et la plupart de mes collegues ne sont que des conards.Pourtant ce jour là je trouve tous les employés,y compris mon chef,  se tenant au garde-à- vous dans le hall  , prets à m´accorder un accueil bienveillant. Le torse bombé, je me mets à les passer en revue. Ce faisant je remarque une toute petite tache de café sur le revers de la veste du chef. Je le renvoie sur-le-champ.

Deuxième rêve : la portée

Mon père vient de me donner une fessée. Je suis trés triste et me promène seule en pleurant. Au coin d´une rue je repère une chatte entourée de ses petits. Je n´hesite pas et m´empare de toute la portée. Les jours suivants, au lieu de prier avant d´aller me coucher, je m´adonne à des investigations medicales avec la portée, qui désormais m´appartient.

Troisième rêve: le sport favori de l´ homme

Je suis avec mes amis au bord d´un fleuve. On se bagarre et je tombe dans l´eau aprés être poussé par le plus fort. Le courant m´entraîne et je me laisse emporter.À la hauteur du premier méandre je perds de vue mes amis et je trouve un gigantesque matelas gonflable. J´y monte et poursuis la derive sans faire l´ effort de ramer car j´ai la flemme. Le long du fleuve, dans chaque méandre que l´embarcation traverse, une femme nue et trés belle m´attend pour me rejoindre. L´allure des femmes rappelle extraordinairement celle de l´actrice Paula Prentiss dans le film “Le sport favori de l´ homme” . Peu avant l´embouchure on est  assez nombreux à bord pour que j´arrive à oublier la brouille avec mes amis.

 

 

 

 

“El Proyecto de Putin” por Timothy Snyder I // “Putin´s Project” by Timothy Snyder I

Joseph Stalin convirtió estos fracasos en una victoria política achacándoselos a los nacionalistas ucranianos y a los extranjeros que les apoyaban. Continuó confiscando tierras en Ucrania sabiendo que ello suponía condenar a la desnutrición a millones de seres humanos y aplastó a la intelectualidad ucraniana. Más de tres millones de personas murieron de hambre en la Ucrania soviética. El resultado fue el establecimiento de un sistema soviético de intimidación en el que Europa era presentada únicamente como amenaza. Stalin argumentaba-absurdamente pero con eficacia- que la hambruna de los ucranianos era una cosa llevada a cabo deliberadamente por ellos mismos siguiendo órdenes de Varsovia. Más tarde la propaganda soviética tacharía de agente nazi a cualquiera que mencionara la hambruna. Entraba así en la política la dicotomía fascista – antifascista según la cual Moscú representaba todo lo bueno y los críticos con Moscú el fascismo. Esta eficaz pose retórica no impidió, sin embargo, una alianza de hecho de la URSS con los nazis en 1939. Dado que la propaganda rusa de hoy vuelve por los derroteros del anti-fascismo conviene no olvidar este punto: todo ese gran maniqueísmo moral estaba puesto al servicio del Estado y en tanto que tal evitaba  poner a éste ningún límite. La adopción del anti-fascismo como estrategia no es lo mismo que tener que enfrentarse al fascismo real.

Ucrania se encontraba en el centro de la política que Stalin designó como “colonización interna” y se encontraba también en el centro de la “colonización externa” de los planes de Hitler. El “Lebensraum” (“espacio vital”) de Hitler lo constituía ante todo Ucrania. El poder soviético tenía que ser desalojado de sus fértiles tierras y éstas explotadas en beneficio de Alemania. El plan de Hitler contemplaba continuar con las colectivizaciones de Stalin, sólo que en lugar de hacia el este los abastecimientod se reconducirían en dirección oeste. Los planificadores alemanes contaban con que la implementación costaría la muerte por inanición a unos treinta millones de habitantes de la Unión Soviética. Naturalmente que para esta forma de pensar los ucranianos sólo contaban en tanto que subhumanos incapaces de llevar a cabo una vida política normal y  aptos sólo para ser colonizados. Ningún otro país europeo fue sometido a una colonización tan intensa como lo fue Ucrania y ningún otro país sufrió tanto: entre 1933 y 1945 fue el lugar más mortífero del planeta.

En la Alemania de hoy sigue sin reflexionarse sobre esas iniciativas de expansión colonial. Los alemanes reflexionan sobre los crímenes perpetrados contra los judíos y contra la Unión Soviética (recordada falsamente como Rusia), pero casi nadie en Alemania reconoce que el objetivo central del pensamiento y la práctica de su expansión colonial fue precisamente Ucrania. Líderes alemanes tan eminentes como  Helmut Schmidt no vacilan, incluso hoy, en excluir a los ucranianos de los preceptos al uso del derecho internacional. La idea de que los ucranianos no son seres humanos normales sigue vigente, con la perversa vuelta de tuerca de achacar a los ucranianos la responsabilidad de crímenes cometidos en Ucrania, que en realidad  fueron fruto de la política de los alemanes y que nunca hubieron tenido lugar sin la guerra que éstos provocaron y sin las políticas alemanas de expansión colonial.

Aunque el objetivo principal de la guerra era la destrucción de la Unión Soviética, Hitler se encontró con que para empezar la guerra necesitaba una alianza con la Unión Soviética. Después de constatar que Polonia resistiría, Hitler convenció a Stalin para llevar a cabo una doble invasión. Stalin llevaba anhelando años una invitación así y desde hacía tiempo la política soviética tenía como mira la destrucción de Polonia. Lo que es más, Stalin pensaba que una alianza con Hitler o, en otras palabras, la cooperación con la extrema derecha europea era clave para conseguir la destrucción de Europa. Creía que la alianza germano-soviética haría que Alemania se volviera contra sus vecinos del oeste y que esto conduciría al debilitamiento o incluso a la destrucción del capitalismo europeo. Como veremos, esto no queda  muy lejos de ciertos cálculos manejados hoy por Vladimir Putin.

La consecuencia de la invasión germano-soviética fue la derrota de Polonia y la destrucción del Estado polaco así como un importante impulso al nacionalismo ucraniano. En los años 30 no existió en la Unión Soviética ningún movimiento nacional ucraniano: era imposible que existiese. Con todo, sí que hubo en Polonia un grupo terrorista clandestino conocido como Organización de Nacionalistas Ucranianos. En tiempos de paz su activismo era poco más que un incordio, pero en tiempos de guerra su importancia creció. La O.N.U. se oponía tanto al dominio polaco como al soviético sobre lo que consideraba territorios ucranianos y, por lo tanto, veía una invasión alemana hacia el este como la única manera de que comenzase el proceso de construcción de un Estado ucraniano. De esta manera la O.N.U. apoyó a Alemania cuando ésta invadió Polonia en 1939 y la volvería a apoyar en 1941 cuando Alemania traicionó a su aliado e invadió la URSS.

Entretanto la ocupación soviética del este de Polonia también dio un impulso al nacionalismo ucraniano. Las clases dirigentes polacas y los líderes de los partidos políticos ucranianos tradicionales fueron deportados o asesinados. Los nacionalistas ucranianos, acostumbrados a vivir en la clandestinidad, salieron mejor parados. Fue frecuente que revolucionarios ucranianos de extrema izquierda- bastante numerosos antes de la guerra- se pasaran a la extrema derecha después de la experiencia del dominio soviético. Además, los mismos soviéticos habían asesinado al líder de la Organización de Nacionalistas Ucranianos, lo que llevó a que dos hombres jóvenes se disputaran el poder en su seno: Stepan Bandera y Andrii Melnyk. En 1941 los nacionalistas ucranianos trataron de atraerse la colaboración política de los alemanes pero no lo consiguieron. Ciento de nacionalistas ucranianos se unieron como guías e intérpretes a las filas  alemanas en la invasión de la URSS y algunos ayudaron a los alemanes en la organización de progromos. En junio de 1941 políticos nacionalistas ucranianos quisieron cobrarse la deuda declarando la independencia de Ucrania. Hitler no tenía ningún interés en semejante programa. Buena parte de los líderes nacionalistas fueron asesinados o encarcelados. El mismo Stepan Bandera pasaría  casi todo el resto de la guerra en el campo de concentración de Sachsenhausen. Algunos ucranianos siguieron colaborando con la esperanza de ganar experiencia militar o de que algún revés político hiciera que los alemanes los necesitaran. Pero, al igual que en el resto de Europa, en la Ucrania ocupada la colaboración tuvo poco que ver con la política.

En el transcurso de la guerra, a medida que el poder soviético reemplazaba al alemán, muchos nacionalistas ucranianos se iban preparando para la revuelta. Para ellos, la URSS era el principal enemigo, en parte por razones ideológicas, pero sobre todo porque estaba ganando la guerra. Los nacionalistas formaron en Volinia un ejército insurgente ucraniano cuyo cometido era derrotar de alguna manera a los soviéticos después de que éstos hubieran derrotado a los alemanes. Entretanto, este ejército se entregó en 1943 a una limpieza étnica de polacos asesinando al mismo tiempo a judíos que estaban refugiados junto con ellos en sus escondites. No se trató aquí de ninguna colaboración con los alemanes sino de lo que la parte criminal de los líderes nacionalistas ucranianos entendía por revolución nacional. Más tarde sí que se enfrentarían a los soviéticos en una terrible lucha partisana en la que las dos partes utilizarían las tácticas más brutales. Fue Khruschev el que, para amedrentar a la población local, ordenó que los soviéticos superaran en crueldad a los nacionalistas.

La colaboración política y el levantamiento de los nacionalistas ucranianos fueron, con todo, un elemento menor en la historia de la ocupación alemana. Como consecuencia de la guerra unos seis millones de personas fueron asesinadas en el territorio de lo que hoy es Ucrania, incluyendo un millón y medio de judíos. Los alemanes desarrollaron las técnicas de matanzas masivas en Kamenets Podils´kyi y Babyi Iar, donde más de veinte mil,  en el primer caso, y más de treinta mil judíos, en el segundo, fueron tiroteados en masa. A lo largo de  la Ucrania soviética ocupada la población local colaboró con los alemanes, igual que ocurrió a lo largo de la URSS ocupada y, desde luego, a lo largo de la Europa ocupada. Pero fue mucha, muchísima más gente, la que fue asesinada por los alemanes que la que colaboró con ellos, cosa que no puede decirse de ningún país ocupado de Europa occidental. Una gran mayoría de los ucranianos que combatieron en la guerra lo hicieron en uniforme del ejército rojo. Murieron más soldados ucranianos luchando contra el ejército alemán que soldados americanos, británicos y franceses juntos. Estos hechos básicos se ignoran hoy en Alemania porque al Ejército Rojo se  lo homologa  falsamente con el Ejército Ruso, una identificación en la que se empeña la propaganda rusa de hoy. Si el Ejército Rojo era el Ejército de Rusia entonces los ucranianos tenían que ser el enemigo. Fue el mismo Stalin quien al final de la guerra urdió esta línea de pensamiento. La idea de la Gran Guerra por la Madre Patria cumplía tres propósitos: situar el comienzo en 1941 y no en 1939 de modo que la alianza nazi-soviética quedaba en el olvido; situar a Rusia en el centro de los acontecimientos aunque fue Ucrania la que de hecho lo estuvo mucho más e ignorar por complemento el sufrimiento judío.

Joseph Stalin transformed these failures into a political victory by blaming them upon Ukrainian nationalists and their foreign supporters. He continued requisitions in Ukraine in the full knowledge that he was starving millions of human beings, and crushed the new Ukrainian intelligentsia. More than three million people were starved in Soviet Ukraine. The consequence was a new Soviet order of intimidation, where Europe was presented only as a threat. Stalin claimed, absurdly but effectively, that Ukrainians were deliberately starving themselves on orders from Warsaw. Later, Soviet propaganda maintained that anyone who mentioned the famine must be an agent of Nazi Germany. Thus began the politics of fascism and anti-fascism, where Moscow was the defender of all that was good, and its critics were fascists. This very effective rhetorical pose did not preclude an actual Soviet alliance with the actual Nazis in 1939. Given the return of Russian propaganda today to anti-fascism, this is an important point to remember: the whole grand moral Manichaeism was meant to serve the state, and as such did not limit it in any way. The embrace of anti-fascism as a strategy is quite different from opposing actual fascists.

Ukraine was at the center of the policy that Stalin called „internal colonization“; it was also at the center of Hitler’s plans for an external colonization. His Lebensraum was before all Ukraine. Its fertile soil was to be cleared of Soviet power and exploited for Germany. The plan was to continue the use of Stalin’s collective farms, but to divert the food from east to west. Along the way German planners expected that some thirty million inhabitants of the Soviet Union would starve to death. In this style of thinking, Ukrainians were of course subhumans, incapable of normal political life, fit only for colonization. No European country was subject to such intense colonization as Ukraine, and no European country suffered more: it was the deadliest place on earth between 1933 and 1945.

In the Germany of today, colonial assumptions remain unexamined. Germans are reflective about crimes against Jews and against the Soviet Union (falsely remembered as Russia), but almost no one in Germany recognizes that the central object of German colonial thinking and practice was precisely Ukraine. German leaders as prominent as Helmut Schmidt do not hesitate, even today, to exclude Ukrainians from the normal precepts of international law. The idea that Ukrainians are not normal human beings persists, now with the vicious twist that Ukrainians are held responsible for the crimes in Ukraine that were in fact German policy and would never have taken place without a German war and German policies of colonization.

Although Hitler’s main war aim was the destruction of the Soviet Union, he found himself needing an alliance with the Soviet Union to begin armed conflict. In 1939, after it became clear that Poland would fight, Hitler recruited Stalin for a double invasion. Stalin had been hoping for years for such an invitation. Soviet policy had been aiming at the destruction of Poland for years. Moreover, Stalin thought that an alliance with Hitler, in other words cooperation with the European far right, he thought, was the key to destroying Europe. A German-Soviet alliance would turn Germany, he expected, against its western neighbors, and lead to the weakening or even the destruction of European capitalism. This is not so different from a certain calculation made by Vladimir Putin today, as we shall see.

The result of the cooperative German-Soviet invasion was the defeat of Poland and the destruction of the Polish state, but also an important development in Ukrainian nationalism. There had been in the 1930s no Ukrainian national movement in the Soviet Union: such a thing was impossible. There was however an underground terrorist movement in Poland known as the Organization of Ukrainian Nationalists. It was little more than an irritant in normal times, but with war its importance grew. The OUN opposed both Polish and Soviet rule of what it saw as Ukrainian territories, and thus saw a German invasion of the east as the only way that a Ukrainian statebuilding process could begin. Thus the OUN supported Germany in its invasion of Poland in 1939 and would again in 1941, when Germany betrayed its ally and invaded the USSR.

Meanwhile, the Soviet occupation of eastern Poland between 1939 and 1941 also favored Ukrainian nationalism. The Polish ruling classes and the leaders of traditional Ukrainian political parties were deported or killed. Ukrainian nationalists, used to life underground, fared better. Ukrainian left-wing revolutionaries, who had been quite numerous before the war, often shifted to the radical right after experience with Soviet rule. In addition, the Soviets themselves assassinated the leader of the Organization for Ukrainian Nationalists, which brought a struggle for power between two younger men, Stepan Bandera and Andrii Melnyk. Ukrainian nationalists tried political collaboration with Germany in 1941, and failed. Hundreds of Ukrainian nationalists joined in the German invasion of the USSR as scouts and translators, and some of them helped the Germans organize pogroms. Ukrainian nationalist politicians tried to collect their debt by declaring an independent Ukraine in June 1941. Hitler was completely uninterested in such a prospect. Much of the nationalist leadership was killed or incarcerated. Stepan Bandera himself spent most of the rest of the war in Sachsenhausen. Some Ukrainians continued to collaborate with the hope of gaining military experience or of some future political reversal when the Germans might need them. But in occupied Ukraine, as everywhere in Europe, the vast majority of practical collaboration had little to do with politics.

As the war continued many Ukrainian nationalists prepared themselves for a moment of revolt as Soviet power replaced German. They saw the USSR as the main enemy, partly for ideological reasons, but mainly because it was winning the war. In Volhynia Ukrainian nationalists established a Ukrainian Insurgent Army whose task was to somehow defeat the Soviets after the Soviets had defeated the Germans. Along the way it undertook a massive and murderous ethnic cleansing of Poles in 1943, killing at the same time a number of Jews who had been hiding with Poles. This was not in any sense collaboration with the Germans, but rather the murderous part of its leaders saw as a national revolution. The Ukrainian nationalists did then fight the Soviets in a horrifying partisan war, in which the most brutal tactics were used by both sides. It was Khruschev who ordered that the Soviets exceed the nationalists in brutality to cow the local population.

The political collaboration and the uprising of Ukrainian nationalists were, all in all, a minor element in the history of the German occupation. As a result of the war something like six million people were killed on the territory of today’s Ukraine, including about 1.5 million Jews. The Germans developed the techniques of mass killing at Kamenets Podils’kyi and Babyi Iar, where more than twenty thousand and then more than thirty thousand Jews were killed by mass shooting. Throughout occupied Soviet Ukraine local people collaborated with the Germans, as they did throughout the occupied Soviet Union and indeed throughout occupied Europe. But far, far more people in Ukraine were killed by the Germans than collaborated with them, something which is not true of any occupied country in western Europe. For that matter, far, far more people from Ukraine fought against the Germans than on the side of the Germans, which is again something which is not true of any west European country. The vast majority of Ukrainians who fought in the war did so in the uniform of the Red Army. More Ukrainians were killed fighting the Wehrmacht than American, British, and French soldiers — combined. In Germany these basic facts are invisible because the Red Army is seen falsely as a Russian army, an identification insisted upon by the propaganda of today’s Russia. If the Red Army is a Russian army, then Ukrainians must have been the enemy. This line of thinking was invented by Stalin himself at the end of the war. The idea of the Great Fatherland War had three purposes: it started the action in 1941 rather than 1939 so that the Nazi-Soviet alliance was forgotten, and it placed Russia at the center of events even though Ukraine was much more at the center of the war, and it ignored Jewish suffering completely.

“El Proyecto de Putin” por Timothy Snyder // “Putin´s Project” by Timothy Snyder

“Putin´s Project” is an article written by  american historian Timothy Snyder and published on 16/04/2014. This is the first post of a series in which i intend to translate it into Spanish.

“El proyecto de Putin” es un artículo escrito por el profesor de historia de Yale Timothy Snyder y que fue publicado el 16/04/2014. Este es el primer post de una serie en la que pretendo traducirlo al español.

Ucrania no tiene futuro sin Europa pero tampoco Europa tiene futuro sin Ucrania. A lo largo de los siglos la historia de Ucrania ha puesto de manifiesto los puntos de inflexión en la historia europea.

En el territorio de Ucrania la historia de la formación del Estado comienza con dos encuentros arquetípicamente europeos. En su forma medieval, como en Francia e Inglaterra, esta historia incluye un encuentro con los viquingos, que buscaban establecer una ruta comercial entre el Báltico y el Mar Negro y utilizaban Kiev, a orillas del río Dnieper, de estación comercial. La llegada de los viquingos coincidió con el colapso de un Estado jázaro anterior cuyos líderes acabarían pronto celebrando matrimonios mixtos con la población eslava local. De esta manera surgió una entidad política conocida como la Rus de Kiev. Al igual que sus equivalentes medievales la Rus de Kiev fue una entidad pagana que más que convertirse al cristianismo lo que hizo fue escoger entre las variantes occidentales y orientales de éste. Como sus vecinos la Rus de Kiev osciló entre Roma y Bizancio hasta que sus dirigentes optaron por la segunda. Conflictos sucesorios la debilitaron profundamente hasta que en la primera mitad del siglo XIII la llegada de los mongoles la destruiría definitivamente.

La historia de la Rus se hace añicos entonces. La mayor parte de sus tierras se congregaron bajo el gran ducado de Lituania, un enorme Estado guerrero con capital en Vilna cuyos grandes duques gustaban de proclamarse herederos de la Rus haciendo suyos  muchos de sus logros culturales tales como el idioma eslavo de su corte o tradiciones legales. Aunque los grandes duques lituanos eran de religión pagana la mayoría de sus súbditos eran cristianos orientales. Después de que, por medio de alianzas matrimoniales, los grandes duques se coronaran reyes de Polonia, la mayor parte del territorio ucraniano pasó a formar parte de lo que era la mayor formación política europea. Tras las reformas constitucionales de 1569 esta formación pasó a tener forma de república y a ser conocida como la Mancomunidad Polaco-Lituana. En esta “república de las dos naciones” las tierras de Ucrania formaban parte del reino de Polonia y las tierras de Bielorusia del gran ducado de Lituania. De este modo las viejas tierras de la Rus conocieron una nueva división.

Esta época fue la de un primer pluralismo oligárquico en Ucrania. Los nobles ucranianos tomaban parte en calidad de iguales en las instituciones representativas de la república. Sin embargo, la gran mayoría de la población eran colonos  que cultivaban grandes dominios destinados a la producción de cereales. Nobles polacos y judíos se unieron a los señores de la guerra locales y contribuyeron a que se estableciera un orden feudal en el territorio. Fue en esta época cuando los judíos ayudaron a levantar  pequeñas villas conocidas bajo el nombre de “shtetls”

Este sistema político condujo a la rebelión cosaca de 1648 en la que hombres libres situados fuera de su control impugnaron su lógica. Fatalmente estos hombres se aliaron con una formación política rival que echaba sus raíces en la antigua Rus, el ducado de Moscú. Situada en la frontera oriental de la Rus,  Moscú, a diferencia de los demás territorios que la integraban  , estaba bajo control directo de los mongoles. Mientras que los territorios de Bielorusia y Ucrania conocieron a través de Vilna y Varsovia la influencia del Renacimiento y la Reforma, ninguno de estos movimientos alcanzaría Moscú. La ruptura de Moscú con el dominio mongol suele datarse en 1480. Igual que los grandes duques de Lituania los duques de Moscú gustaban de presentarse como herederos de la Rus de Kiev, pero después de la desaparición de esta entidad, Kiev escapó al control de los duques de Moscú durante casi quinientos años siendo gobernada desde Vilna y Varsovia.

Las rebeliones cosacas supusieron el comienzo de la decadencia de la Mancomunidad Polaco-Lituana y crearon las condiciones para que Kiev pasara de control polaco a control moscovita. En 1667 las tierras de la actual Ucrania fueron divididas entre la Mancomunidad y el Ducado de Moscú, quedando Kiev del lado moscovita. Esto permitió el contacto entre el Gran Ducado y Europa y las élites ilustradas de la universidad de Kiev se trasladarían al norte trabajando en calidad de profesionales y funcionarios para el creciente imperio ruso. Este patrón de evolución se reprodujo cuando a finales del siglo XVIII el Ducado de Moscú (conocido ya como imperio ruso), Prusia y la monarquía de los Habsburgo dividieron hasta provocar su desaparición los territorios de la Mancomunidad Polaco-Lituana. Sin una tradición de élites ilustradas, Moscú  se aprovecharía de la educación de hombres provenientes de Vilna y Kiev.

También en el siglo XIX el movimiento nacional ucraniano seguiría un patrón de evolución típicamente europeo. Algunos miembros de estas clases educadas, laicos y religiosos, empezaron a rebelarse contra sus propias biografías y a reivindicar a las masas y no las élites como sujetos de la historia. El movimiento empezó en Járkov extendiéndose luego a Kiev cruzando la frontera de los imperios ruso y habsbúrgico hasta llegar a Leópolis (Lviv). Los historiadores ucranianos del XIX se pusieron a la cabeza entre los europeos a la hora de prestar rasgos románticos al pueblo llano, tendencia que en Ucrania se conoce como “populismo”. Este movimiento intelectual se permitió dar  luz también a la idea de una nación ucraniana común más allá de las fronteras de Ucrania con el imperio ruso (como ahora se conocía al Ducado de Moscú) y con  la monarquía de los Habsburgo (donde hablantes de una lengua que puede llamarse ucraniano habitaban un pequeño territorio conocido como Galicia Oriental)

Al igual que en el resto de Europa del Este la primera Guerra Mundial supuso el fin de los imperios tradicionales y el comienzo de los intentos de formar Estados Nacionales de acuerdo a la lógica wilsoniana de la autodeterminación. Pero en Ucrania estos intentos fueron múltiples, unos en las tierras de los Habsburgo y otros en las del Imperio Ruso. Los primeros sucumbieron ante los polacos, que lograron anexionar Galicia Oriental a su propio y nuevo Estado. Los segundos tuvieron que hacer frente tanto al Ejército Rojo como a sus rivales del Ejército Blanco, quienes, aún combatiéndose, estaban de acuerdo en que Ucrania formaría parte de una unidad política más extensa. A pesar de que el movimiento nacional ucraniano fue comparable al de otros países de Europa del Este y a pesar de que por Ucrania luchara y muriera más gente que por otras Naciones- Estado emergentes después de 1918, el resultado fue un completo fracaso. Tras una serie extraordinariamente complicada de acontecimientos, a lo largo de la cual Kiev fue ocupada doce veces, el Ejéricto Rojo salió victorioso estableciéndose en 1922 una Ucrania soviética como parte de la nueva Unión Soviética.

Debido precisamente a la dificultad de acabar con el movimiento ucraniano y debido justamente a que la Ucrania soviética estaba situada en la frontera occidental de la URSS, la cuestión de su identidad europea fue central desde el comienzo de la historia soviética. Dentro mismo de la política de la URSS existía una ambigüedad respecto a Europa: la modernización soviética tenía que replicar la modernización capitalista europea pero sólo con vistas a superarla. Con este esquema Europa podía representarse como algo progresivo o regresivo dependiendo del momento, la perspectiva y el humor de los gobernantes. En los años 20 la política soviética favoreció el desarrollo de una clase intelectual y política ucraniana creyendo que los ucranianos ilustrados se unirían al futuro de la URSS; en los 30 se trató de modernizar el campo ucraniano colectivizando las tierras y transformando a los campesinos en empleados del Estado. Esto llevó a una resistencia masiva por parte de un campesinado que creía en la propiedad privada y a caídas en los rendimientos de la tierra.

Ukraine has no future without Europe, but Europe also has no future without Ukraine. Throughout the centuries, the history of Ukraine has revealed the turning points in the history of Europe.

The history of statehood on the territory of Ukraine begins with two archetypically European encounters. Medieval statehood on the territory of today’s Ukraine, like that of France and England, includes an encounter with Vikings. The men from the north sought to establish a trade route between the Baltic and Black Seas, and used Kiev, on the Dnipro River, as a trading post. Their arrival coincided with the collapse of an earlier Khazar state, and their leaders soon intermarried with the local slavic-speaking population. Thus arose the entity known as Kievan Rus. Like all of the states of medieval eastern Europe, Rus was a pagan entity that did not so much convert to Christianity as choose between its western and eastern variants. Like all of its neighbors, it hesitated between Rome and Byzantine before its rulers chose the latter. Rus was seriously weakened by problems of succession before its destruction was ensured by the arrival of the Mongols in the first half of the thirteenth century.

At this point the history of Rus fragments into parts. Most of the lands of Rus were gathered in by the Grand Duchy of Lithuania, an enormous warrior state with a capital in Vilnius. Its Grand Dukes styles themselves the inheritors of Rus, and adapted many of the cultural achievements of Rus, such as its slavic court language and legal traditions. Although the grand dukes were pagan Lithuanians most of their subjects were eastern Christians. After the grand dukes of Lithuania became, by personal union, the kings of Poland, most of the lands of Ukraine were part of the largest European state. Constitutional reforms of 1569 established this state as a republic known as the Polish-Lithuanian Commonwealth. In this „republic of two nations “the lands of Ukraine were part of the Polish crown, and the lands of Belarus part of the Grand Duchy of Lithuania. In this way a new division was created within the old lands of Rus.

This was the first epoch of oligarchical pluralism in Ukraine. Ukrainian noblemen took part as equals in the representative institutions of the republic, but the vast majority of the population was colonized in large estates that produced grain for export. Local warlords were joined by Polish noblemen as well as Jews, who helped to establish a feudal order in the country. It was in this era that Jews helped to create the small cities remembered as shtetls.

This political system brought the Cossack rebellion of 1648, in which free men who had escaped the system challenged its logic. Fatefully, they allied with a rival state that had roots in ancient Rus, the Duchy of Muscovy. The city of Moscow had been on the eastern frontier of Rus, and unlike most of the territories of Rus it remained under direct Mongol control. Whereas the territories of today’s Belarus and Ukraine were in contact, through Vilnius and Warsaw, with the renaissance and the reformation, neither of these trends reached Moscow. Its break from Mongol rule is dated conventionally at 1480. The Dukes of Moscow, like the Grand Dukes of Lithuania, styled themselves the inheritors of Kiev Rus. They did not however control Kiev for nearly half a millennium after the destruction of that medieval state. For most of the time Kiev was ruled from Vilnius and Warsaw.

The Cossack rebellions began the decline of the Polish-Lithuanian Commonwealth, and created the conditions for the shift of Kiev from Polish to Muscovite rule. In 1667 the lands of today’s Ukraine were divided between the Commonwealth and Muscovy, with Kiev on the Muscovite side. This permitted contact between Muscovy and Europe, and educated elites from Kiev’s university moved north to become professionals and officials in the growing empire. The pattern repeated itself when the Commonwealth was partitioned out of existence by Muscovy (by then known as the Russian Empire), Prussia, and the Habsburg monarchy at the end of the eighteenth century. The Russian Empire, which had no tradition of higher education, exploited literate men trained in Vilnius and Kiev.

In the nineteenth century, the Ukrainian national movement also followed rather typical European patterns. Some of these educated men, lay and clergy, began to rebel against their own biographies and present the subject of history not as the elites but as the masses. The trend began in Kharkiv, and then spread to Kiev and across the Russian-Habsburg border into Lviv. Ukrainian historians of the nineteenth century were leaders among the general European trend of romanticizing the common people, known in Ukraine as populism. This intellectual move also allowed for the imagination of a common Ukrainian nation across the border of the Russian Empire (as Muscovy was now known) and the Habsburg monarchy (where a small territory known as eastern Galicia was home to speakers of the language we would call Ukrainian).

As in the rest of eastern Europe, the Great War brought the end of traditional empire and attempts to establish a national state following the Wilsonian logic of self-determination. But in Ukraine the attempts were multiple, one on the Habsburg lands and one on the lands of the Russian Empire. The first was defeated by Poles, who succeeded in attaching eastern Galicia to their own new state. The second had to contend with both the Red Army and its White opponents, who even as they fought against each other agreed that Ukraine would be part of a larger political unit. Although the Ukrainian national movement was comparable to those of other east European territories, and although people fought and died in larger numbers for Ukraine than for most of the other emergent nation-states after 1918, the outcome was complete failure. After an enormously complicated series of events, in which Kiev was occupied a dozen times, the Red Army was victorious, and a Soviet Ukraine was established as part of the new Soviet Union in 1922.

Precisely because the Ukrainian movement was difficult to suppress, and precisely because Soviet Ukraine was a western borderland of the USSR, the question of its European identity was central from the beginning of Soviet history. Within Soviet policy was an ambiguity about Europe: Soviet modernization was to repeat European capitalist modernity, but only in order to surpass it. Europe might be either progressive or regressive in this scheme, depending upon the moment, the perspective, and the mood of the leader. In the 1920s Soviet policy favored the development of a Ukrainian intellectual and political class, on the assumption that enlightened Ukrainians would align themselves with the Soviet future. In the 1930s Soviet policy sought to modernize the Ukrainian countryside, by collectivizng the land and transforming the peasants into employees of the state. This brought massive resistance from a peasantry that believed in private property, as well as declining yields.