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Excel

La cosa aparentemente es sencilla. Multitud de celditas rectangulares en blanco que uno va rellenando, las más de las veces de números. Hay usuarios avanzados y los hay torpes. También los hay avanzadamente torpes. Probablemente sea mi caso.

Desde siempre mis relaciones con la tecnología y sus productos han sido conflictivas. Intento por todos los medios ponerme al día pero mientras lo hago siempre aparece un nuevo medio que vuelve a ponerme en el furgón de cola. Y así vuelta a empezar. Con los móviles, con los portátiles,con el windows, con el office, con el word,  con eso que llaman nube y que a mí me resulta un concepto harto borrascoso.

No quisiera trasladar la impresión de haberme quedado en la tecnología de la piedra de sílex pero sí que es cierto que puestos a elegir algo en mí tiende hacia el rudimento, hacia técnicas lo más elementales posibles, hacia combinaciones cuyos eslabones sean todo lo más de cajón.  De ahí que lápiz y sacapuntas en sabia combinación configuren uno de esos  contexto de útiles en que más a gusto me siento. Aquí me muevo como pez en el agua habiendo desarrollado un especial criterio a la hora de calibrar aquellas minas de lápices que se han afilado con propiedad y aquellas otras que a este respecto dejan que desear. Me precio de no sacar punta a las minas mal afiladas de los demás pero en lo que a las mías hace soy de una meticulosidad rayana en el perfeccionismo.

Con las celditas rectangulares de las hojas excel he acabado con el tiempo por llegar a una especie de entente. Ante todo, me valgo de las fórmulas matemáticas más simples y vinculo las celdas con la tabla de multiplicar y con sencillas divisiones, sumas y restas. Y aquí se acaba el repertorio, habiéndose saldado toda tentativa de ir más allá en estrepitosos fracasos. El secreto de que me maneje tan bien en este tan estrecho círculo  cabe quizá atribuirlo  a dos factores. Por un lado, a la querencia que con la edad he ido desarrollando por la cuenta de la vieja, por el dos y dos son cuatro, por el “no me cuentes milongas y díme de una puñetera vez cuánto vale” y, por otro, a la evocación de la infancia que late en cada una de esas operaciones simples de números, como si repetirlas de adulto me retrotrajera al niño que fui. Y lo mismo me pasa con los colores. Necesito colorear las celditas en tonos vivos tal si estuviera garabateando una blanca hoja de papel con lo que de mi imaginación infantil saliera.

Sólo así, al calor de estas operaciones ingenuas y simples de la memoria, puedo reconciliarme parcialmente con la complejidad de una tecnología- windows, cloud o de chubasquero- que siempre me ha desbordado.

Sólo así me veo capaz de empezar a rellenar todas esas celditas en blanco y a disponerlas de tal modo que el orden de sus factores acabe siendo de alguna manera-por más que remota- mi producto.

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