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Arnie Mesnikoff on Bucky Cantor (Philip Roth´s “Nemesis”) // Arnie Mesnikoff sobre Bucky Cantor (“Némesis” de Philip Roth)

Le cogí  la mano sana- una mano cuyos músculos aún funcionaban bien pero que ya no era ni fuerte ni robusta, una mano cuya firmeza podía ahora recordar la de la pulpa de una baya- y le dije: “Fue la polio la que causó el daño. Tú no fuiste el causante de nada. Tuviste tampoco que ver con el contagio como Horace. Tú también fuiste una víctima, igual que lo fuimos todos”

“No, Arnie, no fue así. Me acuerdo de una noche en la que Bill Blomback estuvo contándoles a los niños sobre los indios, cómo éstos creían que algunas de las enfermedades que sufrían se debían  a que un ser maléfico les disparaba flechas con un arco invisible”

“Para ahí” protesté. “No sigas con eso, Bucky, por favor. Son historias de campamentos, historias  de niños. Seguro que también aparece un curandero encargado de espantar los malos espíritus. Tú no eres ese ser maléfico de los indios y tampoco, ¡Joder!, ninguna flecha, tú no fuiste ningún mensajero de enfermedad ni de muerte. Si fuiste causante de algo- si tanto te empeñas en serlo- lo fuiste sin ninguna culpa”

Entonces, como si me sintiera capaz de hacerle cambiar con sólo la fuerza de mi deseo, como si después de todas nuestras conversaciones mientras comíamos pudiera lograr que se viera a sí mismo como algo más que sus defectos y que se deshiciera  de toda su vergüenza, como si estuviese a mi alcance el hacer revivir un ápice de la fortaleza de aquel joven responsable de nuestra zona de juegos que, sin ayuda de nadie, mantuvo a raya a aquellos diez matones italianos que pretendían amenazarnos con propagar la polio entre los judíos- le dije con vehemencia,

“No la tomes contigo. Ya hay en el mundo bastante crueldad. No empeores las cosas martirizándote”

Pero no hay nadie más perdido que un niño bueno echado a perder. Había pasado demasiado tiempo a solas con su sentido de las cosas y renunciado a lo que más desesperadamente quería como para  que yo pudiera hacerle desterrar el significado que atribuía al acontecimiento que marcó su vida o alterar lo que le ataba a él. Bucky no era un hombre brillante- no se hubiera dedicado, de lo contrario, a dar clases de deportes a niños- y nunca tuvo el menor sentido de la despreocupación. Era una persona mayormente sin humor, con capacidad suficiente para expresarse pero sin la más leve sombra de ingenio, alguien que jamás en su vida había hablado en tono satírico o con ironía, alguien que sólo muy raramente hacía comentarios graciosos o en broma, alguien, por el contrario, poseído por un acuciante sentido del deber pero con una escasa fuerza mental. Y pagó un precio muy alto por ello al atribuir a la historia que vivió el más definitivo de los significados, un significado que, intensificándose al correr del tiempo, agrandaría el daño que tuvo que padecer. Para Bucky el desastre que se cebó tanto en la zona de juegos de Chancellor como en el campamento de Indian Hill  no fue un capricho malévolo de la naturaleza sino un crimen cometido por él y que tenía que resarcir quedándose sin nada y arruinando su vida. La culpa, en alguien como Bucky, puede parecer algo absurdo, pero, en realidad, es algo inevitable. Un hombre así está condenado. Nada de lo que haga está a la altura de su ideal, no sabe dónde termina su responsabilidad. Asumiendo un estricto ideal de bondad natural que no le permite resignarse al sufrimiento de los demás, nunca reconoce sin sentirse culpable sus propios límites. Para un hombre así el mayor triunfo consiste en evitar que su amada se case con un tullido (Nota: él, Bucky mismo) y su heroísmo, en desistir de su deseo más profundo renunciando a ella.

Aunque, quizá, si no hubiera huido del reto que se le planteó en la zona de juegos, si no hubiera abandonado a los niños de Chancellor apenas unos días antes de que el ayuntamiento cerrara la zona y los mandara a todos a casa- y quizá, también, si a su amigo más íntimo no lo hubieran matado en la guerra- a lo mejor no se hubiera culpabilizado tan rápidamente del desastre y no se hubiera convertido en uno de esos seres destrozados por el tiempo que les tocó vivir. Quizá, si se hubiese quedado y hubiera vivido hasta el final la prueba a la que la comunidad de los judíos de Weequahic fue sometida por la polio y si,  más allá de lo que a él pudiera haberle pasado, se hubiese mantenido ahí resueltamente al frente…

O quizá hubiera llegado a verlo todo de la misma manera  sin que hubiese importado en qué sitio se hubiese quedado, y quizá, hasta dónde alcanzo a saber, hasta donde la ciencia epidemiológica alcanza a saber, estuviese en lo correcto. Quizá Bucky no se equivocaba. Quizá no se dejaba engañar por la autodesconfianza. Quizá no exageraba en lo que decía y su conclusión no fuera la equivocada. Quizá fue él la flecha invisible.

I took hold of his good hand then- a hand whose muscles worked well enough but that was no longer substantial and strong, a hand with no more firmness to it than a piece of soft fruit- and I said, “Polio did them the harm. You weren´t a perpetrator. You had as little to do with spreading it as Horace did. You were just as much a victim as any of us was.”

“Not so, Arnie. I remember one night Bill Blomback telling the kids about the Indians, telling them how the Indians believed that it was an evil being, shooting them with an invisible arrow, that caused certain of their diseases”

“Don´t,” I protested. “Don´t go any further with that, please. It´s a campfire story, Bucky, a story for kids. There´s probably a medicine man in it who drives off evil spirits. You´re not the Indians´evil being. You were not the arrow, either, damn it-you were not the bringer of crippling and death. If you ever were a perpetrator-if you won´t give ground about that- I repeat: you were a totally blameless one.”

Then, vehemently- as though I could bring about change in him merely by a tremendous desire to do so: as though, after all our hours of talking over lunch, I could now get him to see himself as something more than his deficiencies and begin to liquidate his shame; as though it were within my power to revive a remnant of the unassailable young playground director who, unaided by anyone, had warded off the ten Italian roughnecks intending to frighten us with the threat of spreading polio among the jews-I said, “Don´t be against yourself. There´s  enough cruelty in the world as it is. Don´t make things worse by scapegoating yourself.”

But there´s nobody less salvageable than a ruined good boy. He´d been alone far too long with his sense of things – and without all he´d wanted so desperately to have- for me to dislodge his interpretation of his life´s terrible event or to shift his relation with it. Bucky wasn´t a brilliant man- he wouldn´t have had to be one to teach phys ed to kids- nor was he ever in the least carefree. He was largely a humourless person, articulate enough but with barely a trace of wit, who never in his life had spoken satirically or with irony , who rarely cracked a joke or spoke in jest- someone instead haunted by an exacerbated  sense of duty but endowed with little force of mind, and for that he had paid a high price in assigning the gravest meaning to his story, one that, intensifying over time, perniciously magnified his misfortune. The havoc that had been wrought both on the Chancellor playground and at Indian Hill seemed to him not a malicious absurdity of nature but a great crime of his own, costing him all he´d once possessed and wrecking his life. The guilt in someone like Bucky may seem absurd but, in fact, is unavoidable. Such a person is condemned. Nothing he does matches the ideal in him. He never knows where his responsibility ends. He never trusts his limits, because, saddled with a stern natural goodness that will not permit him to resign himself to the suffering of others, he will never guiltlessly acknowledge that he has any limits. Such a person´s greatest triumph is in sparing his beloved from having a crippled husband, and his heroism consists of denying his deepest desire by relinquishing her.

Though maybe if he hadn´t fled the challenge of the playground, maybe if he hadn´t abandoned the Chancellor kids only days before the city shut down the playground and sent them all home- and maybe, too, if his closest buddy hadn´t been killed in the war- he would not have been so quick to blame himself for the cataclysm and might not have become one of those people taken to pieces by his times. Maybe if he had stayed on and outlasted polio´s communal testing of the Weequahic Jews, and,regardless of whatever might have happened to him, had manfully seen the epidemic through to the end…

Or maybe he would have come to see it his way no matter where he he´d been, and for all i know-for all the science of epidemiology knows-maybe rightly so. Maybe Bucky wasn´t mistaken. Maybe he wasn´t deluded by self-mistrust. Maybe his assertions weren´t exaggerated and he hadn´t drawn the wrong conclusión. Maybe he was the invisible arrow”

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