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Un empaste que me supo a victoria

En mi familia la insignia del valor vino dada por un transplante de cabello que se hizo en su día mi padre. Con cierta asiduidad nuestra madre solía contarnos los gritos de dolor que salían de la sala donde le practicaron la intervención y  que aún deben de resonar por los largos pasillos de urgencias de un centro capilar avanzado de Barcelona. Como suele ocurrir con las técnicas médicas de por aquel entonces, la ciencia avanza que es una barbaridad y el resultado fue el que fue: el pelo no se le volvió a caer de dónde se le caía, eso es cierto, pero la zona del implante no dejaba de recordar  a una de esas almohadillas donde solían venir introducidas las agujas que se usaban en algunas cafeterías para tomar caracolillos. Un poco, si bien el resultado fue manifiestamente mejor, como pasa hoy con el botox aplicado a los labios de las mujeres- y también de los hombres, naturalmente: labios recauchutados a los que poco le cuesta al tiempo arrancarles la vida que ya no tienen, dejándolos como colgajos inertes, un reducto de muerte en una expresión aún viva.

El caso es que aquella insignia del valor dejó un efecto indeleble en mi conciencia de niño. ¿Cómo emularla? ¿Dónde encontrar la ocasión para demostrar que no era menos que él? ¿Dónde la calva que me llevara a Barcelona para que el duelo desencadenado por el transplante aquel de mi padre acabara en empate?

Un empaste. La vida dispuso que fuera un empaste la ocasión de demostrar mi valentía. Gracias a un amable ortodoncista que me detectó unas caries y en cuya consulta los tratamientos siempre eran indoloros, previa anestesia en la sala de espera a cargo de las suaves melodías del hilo musical, la decoración infantil  y una psicodélica pecera. El dolor estaba destinado a no formar parte de aquel ambiente y si el niño, temeroso aún, no las tenía todas consigo ahí estaba siempre, para confirmárselo, la eterna sonrisa bajo el bigote de aquel ortodoncista. A él el trabajo sucio se lo hacían otros y aquellas caries me lo demostrarían para mi secreto alborozo.

Al de quince días de habérseme detectado las dos caries en los primeros molares de la mandíbula inferior acudí puntual a mi cita con el médico estomatólogo al que el amable ortodoncista me había recomendado. Iba algo expectante por reconocer alguna señal en estos nuevos rostros amigos de que  la recomendación habría hecho mención al valor del que había dado ya prueba en la otra consulta, pero la acogida fue fría. La enfermera me tomó los datos y me hizo pasar sin dilación a la sala de espera. Una sala de espera atestada de gente, la gente fumando o leyendo  números atrasados del “Pronto” y del “Hola” apilados en desorden encima de una mesa de formica y cuyas hojas habían comenzado a amarillear debido a la concentración de nicotina en la sala. ¿Dónde diablos estará la pecera?” me dije mientras reclinaba mi espalda sobre la única tira de cuero que le quedaba al respaldo del sillón de metálica armazón y que una señora gorda con un siete en las medias había dejado libre. Mi natural de buen conformar me llevó enseguida a despreocuparme y a dejarme mecer por las suaves melodías del hilo musical, solo que lo que yo tomaba por altavoz de música, una placa con rejillas en lo alto de la pared de la sala, no era tal altavoz sino la tapadera que daba al hueco por donde las bajantes de fecales del edificio regurgitaban una especie de música atonal. Fue al final el largo tiempo que tuve que esperar el encargado de adormilarme en aquella atmósfera densa hasta que  la enfermera pronunció, mal, mi apellido y me dirigió a la sala donde me esperaba el estomatólogo al que había sido recomendado. Tan pronto le vi me tomé la libertad de entregarle una de las tarjetas de visita que llevado por mi incipiente ambición ya por entonces había mandado imprimir con mis iniciales. La tomó en sus mofletudas manos, le echó un somero vistazo y la tiró a una papelera atiborrada de tissus humedecidos y manchados de sangre. Con un movimiento de cabeza me indicó que me tumbara en el sillón hidráulico. La enfermera lo comenzó a maniobrar sin saber decir a ciencia cierta si era yo el que era elevado hacia el foco o el foco el que descendía sobre mi persona hasta metérseme en la boca, abierta para la inspección. Al de un rato el foco se aleja de mí, dentista y enfermera se miran entre ellos, esbozan una sonrisa cómplice y escucho salir las siguientes palabras de las fauces del médico estomatólogo mientras éste se remanga la bata blanca y unos brazos cortos y velludos van poniendo una nota tan o más oscura que el pelo que mi padre se hizo en su día transplantar: “A éste crío le vamos a hacer unos empastes de cagarse la perra”

Ahorro al lector la enumeración de los detalles de lo que aconteció después. Sólo haré mención a que la impronta plateada que en mis molares dejó aquella intervención aún sigue, orgullosa, incólume, desafiando el tiempo, ahí, levantando la admiración de otros dentistas que a lo largo de mi vida he ido visitando – ni al ortodoncista ni al estomatólogo quise volver a verles-  y que no pueden evitar inquirir con curiosidad acerca del responsable de esa obra de arte, insignia plateada del valor, bala de plata que desde la recámara de mi boca vino a saldar una vieja cuenta que con mi padre tenía pendiente.

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