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Eau de tatami

De entre todos los deportes que en mi vida he practicado- y créaseme que no han sido pocos- fue el judo  sino el más exótico, seguro que, después del ping-pong, el de sesgo más asiático. Fue la vez que más cerca estuve de adentrarme en los misterios de la cultura japonesa, en sus rituales, sus ceremonias, sus reverencias…A partir de ahí el sol naciente de mi desinterés me condujo hacia otros menesteres y aparte de sayonara la única palabra en japonés que recuerdo es osotogari, una llave cuya perfecta ejecución era requisito indispensable para materializar cualquier progreso como judoka. Nadie de nosotros había nacido con sangre judoka en las venas. Tampoco nuestros padres en general parecían estar muy al tanto de lo que se cocía en las estribaciones de las aguas del Mar del Japón y el sushi era una cosa que ni por asomo se degustaba en aquel entonces en ningún hogar que se tuviera por mínimamente decente. Teníamos, por lo tanto, que partir del cero más absoluto,cuando no remar a contracorriente en un entorno que nos era manifiestamente hostil. La ventaja era que en el barrio había un judo club con cierta solera. Su propietario, al parecer, había comenzado a adentrase en ese mundo un poco por accidente, creyendo que se apuntaba a una academia de inglés  llamada “You do” acabó en un antro regentado por un ex directivo caído en desgracia de la Sony  en el que se daban clases de un arte marcial cuyo nombre traía consigo ya por aquel entonces  un vago aire a eslogan de Obama , “Judo”. No siendo lo suyo ni con mucho la constancia requerida por el aprendizaje de los idiomas y de inclinación algo camorrista el hombre  no tardó en cogerle el gusto a aquello de agarrarle al de enfrente por las solapas del kimono y tratar de tirarle al suelo haciéndole zancadillas con los pies. Darle a cada una de estas ruines maniobras  un nombre japonés y declamarlo en alto para asombro de todos los que le conocían imbuyó a su figura de una temida reputación  a la vez que le  hizo gozar de un prurito cosmopolita que no dudó en explotar desaprensivamente a la hora de cortejar a las numerosas amantes que se le caían rendidas con sólo escuchar la virilidad que se desprendía de aquellos misteriosos gritos de guerra. Así las cosas, el hombre no se lo tuvo que pensar mucho, tomáranle o no por un kamikaze  reorientaría su carrera haciéndose emprendedor en un nicho aún por explorar. Su maestro, aquel de quien lo aprendió todo, el ex directivo de la Sony que montado en su Kawasaki se fugó con una alumna que le hacía unas llaves de no te menees, le cedió el local dónde a duras penas se ganaba la vida,  un bajo al que se accedía por una raquítica pero pesada puerta trabajada en herrería  que daba entrada a unas escaleras empinadas y estrechas. En aquella especie de sótano con tragaluces aquel pionero del judo español comandaría  durante años el centro de alto rendimiento para jóvenes judokas  en el que aterrizaríamos unos cuantos críos inquietos. No es que yo lo fuera el que más. Seguramente aterricé ahí por seguir al resto y lo mismo que ellos tuve también que empezar de cero y ponerme a remar a contracorriente en un entorno que me era manifiestamente hostil. A diferencia de ellos, sin embargo, poco hice más que hacer que empezaba de cero y que remaba. La medida del progreso del buen judoka la marcaban unas barras negras que se le iban colocando en el cinturón del kimono. Cada tres barras reunidas suponían un cambio en el color del cinturón, un modesto paso en la larga carrera del buen judoka hacia el mítico terreno de los Dans*. Si la memoria no me falla fueron dos las barras que a todo lo más conseguí en mi periplo por las artes marciales. No digo que no los hubiera más pobres, pero aquel bagaje tampoco podía calificarse de extraordinario.De ciento en viento me veo preguntándome a qué  pudo deberse, cual pudo ser la razón de que aquellas barras negras -remedo en pequeño, todo hay que decirlo, de un brazalete de luto-no fueran motivo de orgullo sino antes bien barreras que se interpusieron entre mi aparato locomotor y mis evoluciones de judoka sobre el tatami. Tras no poco reflexionar he acabado por atribuirlo a mi acusado sentido del olfato. Sí, sí, como suena. Aquel sótano no ventilaba bien y los tragaluces ,por más que los abrieran, eran incapaces de dar salida a aquella mezcla de olor a plástico del tatami, a caucho de las chancletas, a sudor y a pie, que nada más bajar por aquellas escaleras empinadas y estrechas asaltaba mis fosas nasales agarrándolas de las aletas de la nariz e inmovilizándolas en una llave que me impedía concentrarme en otra cosa que no fuera aquel penetrante e insidioso olor. Salir de aquel antro, volver a respirar el fresco de la calle, saber que, a pesar de todo, seguía  en Occidente me reconciliaba con mi cultura de origen al tiempo que me iba  alejando paulatina e irremisiblemente de un sol naciente que, en lo que a mí respecta, nunca llegó a pasar de un triste tragaluz.

*A los grados dan o avanzados se les considera como sensei (profesor o maestro) (Fuente: Wikipedia)

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