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Por qué odio el golf.

Lo primero que me viene a la cabeza es el atuendo. Esos pesados  zapatos a veces con una especie de fleco o lengüeta y con los pinchos en la suela para que al golfista  se agarre al césped y no pueda salir corriendo a hacer cualquier otra cosa mejor. Luego los guantes esos para que a quien sujeta el palo no se le escape éste y acabe por introducirlo en el hoyo en lugar de la bolita. La propia bolita… ¡Qué decir de la bolita¡ Pues que es una bolita como con muescas de acné o marcas de viruela a la que a veces se la apoya en un posabolas que se llama tee. ¡Un posabolas!  Un deporte que ha de jugarse con un posabolas yo sinceramente creo que no tiene un pase. De hecho, a mí el golf antes que un deporte siempre me ha parecido una parafernalia bastante grotesca. Sí, el carrito, las inmensas extensiones de terreno para que gentes con zapatos con flecos o lengüeta anden detrás de la bolita, el club social…Golfista, por definición, es todo aquel cuyo estatus le ha permitido poner todo esto a su servicio, ostentación a palo seco. Bueno quizá no tan seco porque hay zonas en las que  los aspersores se tienen que emplear a fondo para que el golfista pueda disfrutar de su swing. ¡El swing! Con lo bonita y libre que resulta esta palabra y aquí la vemos reducida a un contoneo de caderas y brazos donde  los golfistas dicen que reside todo el misterio. Tan es así que no se es golfista hasta que no se domina esta técnica, uno no “sale al campo” si previamente no ha soltado las caderas tras años de ejercitarse en campos de prácticas repitiendo constantemente el mismo movimiento. Digo soltar las caderas por decir algo , porque las caderas lejos de soltarse se le agarrotan a uno.  Algunos de estos campos de prácticas son recintos cerrados donde, caso de conseguir uno arrearle a la bolita con el palo, la trayectoria de ésta se ve abruptamente detenida por redes dispuestas a este fin que se encuentran situadas unos metros delante de la mirada perpleja de quien por fin ha conseguido arrearle a la bolita y no puede evitar, para su desilusión, que el pecho se le hinche de esperanza. Estamos ante lo que el sociólogo Pierre Bourdieu llamaría sin lugar a dudas un acto de institución. Tras años de ejercicio encerrado en un campo de prácticas uno adquiere  la competencia técnica y ya se encuentra a punto de ser legitimado para “salir al campo”. De colmarse el acto de institución el recién investido golfista pasa a ser reconocido por el resto de colegas y la palabra “handicap” no tarda en formar parte de una especie de argot de iniciados, santo y seña de una suerte de compadreo no exento de rivalidad. Entretanto, no poca gente se habrá quedado tristemente en el camino y a las puertas del selecto club. A pesar de haber consumido cantidades ingentes de baldes y baldes de bolitas,  a pesar de haber agujereado ocasionalmente la red del recinto del campo de prácticas llevado por el furor de “salir al campo”-  o conseguir al menos salir del recinto de prácticas en el que se ha visto inmisericordemente encerrado- para poder finalmente calzarse unos zapatos con flecos o lengüeta y llevar un carrito tras de sí y acaso llegar a pagarse un caddie para que le saque los palos del carrito  y  le deslice los guantes en sus delicadas manos con el fin de que sea la bolita y no el palo el que salga disparado en errática dirección, a pesar de todo ello, digo, siempre estaremos la masa de aquellos cuyas caderas siempre estuvieron para otros swings y que preferimos el mini-golf, de lejos, como mal menor.

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