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Nunca supo decir por qué le dieron matarile…

Nunca supo decir por qué le dieron matarile… Le pillaron de improviso. Le esposaron las manos, le amordazaron, le metieron en un saco de arpillera y luego en el maletero de un coche. Al llegar a un descampado le descerrajaron dos tiros en la cabeza. No murió de inmediato. El cerebro se le fue desangrando poco a poco dándole tiempo a rebobinar lo que a grosso modo había sido su vida. Digo a grosso modo porque a su vida siempre le faltó nitidez, sus contornos se le difuminaban en amagos. Sus amigos le solían decir que tendía a la dispersión. Y era cierto. Unas veces aquí, otras allí, un día a por todas, al siguiente a por nada, casi siempre envuelto en un volver a empezar que se transformaba en una niebla espesa de la que le resultaba enormemente difícil salir. Por eso se unió a la Organización. La Organización le ayudó a dar coherencia a su vida. Por fin se le asignaba un cometido fijo y una meta ambiciosa que estaba a la altura de lo ampuloso de sus frustraciones: llegar a ser miembro del comité dónde se tomaban las decisiones. Decisiones a menudo difíciles. De peso. Decisiones que había que llevar a cabo con resolución, sin remordimientos, a discreción. Discreción. ¡Qué palabra! Le fascinaba. “Reserva, prudencia, circunspección”, de un lado. Algo imprescindible cuando de lo que se trataba era de ejecutar las órdenes secretas de la Organización. Y discreción en el sentido de “a discreción”,  “al antojo o voluntad de alguien sin tasa ni limitación”. “Sin tasa ni limitación”, con sólo oír esto se le hacía la boca agua porque sentía que le venía a pedir de boca a una entrega como la suya dispuesta, por mor de la Organización, a darlo todo y a no decir ni mu.

Nunca supo decir por qué le dieron matarile… Tampoco, a decir verdad, le quitaba esto el sueño. Desde que se unió a la Organización supo que una cosa así podía suceder. Dos tiros a bocajarro sin mediar palabra y una memoria que la Organización jamás honrará. “Mejor morir a bocajarro que malvivir a grosso modo” se dijo  a modo de consuelo en una última sonrisa de satisfacción.

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