Jiji Jaja

Vaya por delante que no tengo nada en contra del “Jiji Jaja”. Me parece cuando menos una fórmula de cortesía que a lo largo de la historia ha evitado más de un prematuro derramamiento de sangre. Su eficacia, como decía un famoso anuncio de insecticida, está más que probada. Gracias al “Jiji Jaja” la humanidad se está ahorrando una pasta en conflagraciones, de esto no hay duda. Al único que se le ve todo el día con cara de póquer es a Kim Jong-Un, el mandamás ese de Corea del Norte al que su pueblo le ríe las gracias en perpetuas celebraciones. Por lo demás, desde la Zarzuela pasando por Bruselas hasta Pekín y la Casa Blanca, el “Jiji Jaja” parece haberse convertido en el núcleo actual de la geoestrategia, un misil todo sonrisa y aparentemente sin cabeza. Aunque tampoco creo que tengamos que subirnos hasta las altas esferas de la política para comprobarlo. Basta que echemos un vistazo a nuestra vida cotidiana  y nos daremos cuenta de que el “Jiji Jaja” ha pasado a convertirse en moneda de trueque corriente donde cada uno espera del otro un “Jiji” a cambio de un “Jaja” o viceversa. Uno diría que todo, absolutamente todo, está pensado para predisponernos al “Jiji Jaja” ya desde la cuna. Justo después del primer berreo se nos endosa el primer chupete y ¡Hala! a sonreír como está mandado, a complacernos en ser complacientes y a esperar de los complacidos una complaciente sonrisa. Luego con el correr del tiempo la carrera del “Jiji Jaja” se precipita y de adolescentes nos vemos sumidos sudorosos en recintos oscuros de discotecas, bebiendo a destajo tinto de verano en las fiestas de los pueblos y soportando el chunta-chunta con una sonrisa envidiablemente estoica. Todo con tal de agradar.  Y de aquí, como ya se sabe, sobradamente preparados para la vida adulta con un perfil que promete…que promete felicidad, pero es que muchísima, un huevo de felicidad…

Nada pues, como se ve, tengo en contra del “Jiji Jaja” y si algo me reprocho es mi supina torpeza al manejarlo. Porque yo también bailé sudoroso en discotecas, bebí a destajo tinto  de verano y soporté el chunta-chunta de una forma encomiable. Es más, la fina educación que recibí hizo especial hincapié en el cuidado, en el esmero, en la atención  que había de ponerse a la hora de producir un “Jiji Jaja” con el debido lustre. En mi caso, se conoce, no valía cualquier “Jiji Jaja”. No, mi “Jiji Jaja” debía representar el epítome de la seducción, la esencia del carisma, el colmo del liderazgo. Un “Jiji Jaja” imantador de otros “Jijis Jajas”, contagioso, irresistible y que me abriría puertas, muchísimas, pero es que un huevo de puertas…

Algo en mi constitución, sin embargo, recelaba, algo en mis músculos máxilofaciales me trababa el “Jiji Jaja” desviándomelo hacia una “j” y una “e” torpemente articuladas. Lastimosamente no pude impedir que el “Jiji Jaja” se me quedara en “Je”… Es lo más a lo que nunca pude llegar… Cuanta más gente veía a mi alrededor blandiendo el “Jiji Jaja con sinigual maestría, cuanto más iba notando cierto deje de panoli que el “Jiji Jaja” de los otros en mí dejaba , tanto más se me fue frunciendo el ceño y tanto más las comisuras de mis labios se fueron precipitando en un “Je” parco, lacónico, cortante.

El último “Jiji Jaja”del que tengo noticia lo solventé con un “Je, je…” algo canalla… No es que sea gran cosa pero creo que voy mejorando.

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