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La destinée tragique de Walter Rathenau // El destino trágico de Walter Rathenau

A continuación la tercera y última  entrega de la traducción española y el original en francés del retrato que en sus “Les carnets d´Oswald Hesnard” el germanista e intérprete francés Oswald Hesnard traza de la figura de Walter Rathenau.

Ci-après le troisième et dernier billet avec la traduction espagnole et une transcription de l´original en français du portrait de Walter Rathenau écrit par le germaniste et intèrprete français Oswald Hesnard et qu´on peut trouver dans “Les carnets d´Oswald Hesnard”

Où va la monde? by Walther Rathenau

He escuchado juicios acerca de Rathenau bastante desfavorables que merecen atención por venir de gente que le había tratado y que pretendía conocerle. Respecto a este tema siempre estuve convencido de que lo que nos separaba era una cuestión de palabras. Unos llamaban vanidad a lo que uno llamaba ambición legítima en un hombre cuyas acciones le agradaban. Otros llamaban “mentiras” a habilidades sin las cuales más vale dedicarse a la ciencia pura que a la política. No faltaban quienes pronunciaban el término “cobardía” para incriminar una conducta debida a la vacilación de una opinión o al intermitente desarraigo de un espíritu que no se sentía libre y que no tenía al país detrás suyo. El destino de Rathenau fue trágico en el sentido noble y, si puede decirse, hegeliano de la palabra. No podía dejar de implicarse en los asuntos, necesitaba tomar parte en ellos y permitir que sus energías negociadoras se manifestaran. Por otra parte, no pudo evitar su caída porque sus acciones le conducían fatalmente a un choque sangrante con el medio en que se desenvolvía. Su “ceguera” consistió en no ver venir los golpes, en no haber buscado la mediocridad y la calma después de una corta experiencia en la vida pública. Bello error que no empequeñece su figura.

Sigo creyendo, en suma, que con la muerte de Rathenau Alemania perdió al mejor de sus hombres. No quiere esto decir que nadie hubiera podido obtener mejores resultados. Su obra diplomática fue insuficiente. Un ministro menos dotado que él hubiera conseguido más: ya he dicho el porqué. Solamente sé que en un país en el que la cuestión de la “raza” no hubiera jugado un papel desmesurado hasta la patología, un Rathenau matemático, financiero, diplomático, moralista- y todo esto ampliamente, a la europea- hubiera hecho la más brillante de las carreras. Cuando uno le compara con un Simon*, un Fehrenbach**, un Wirth***, un Stresemann****, (no me refiero a Cuno*****, decididamente inepto) uno no encuentra en éstos sino una especie de estrechez provincial

*Walter Simon fue ministro de asuntos exteriores de junio de 1920 a mayo de 1921

**Konstantin Fehrenbach fue canciller durante el mismo periodo.

***Joseph Wirth, canciller de mayo de 1921 a noviembre de 1922

****Wilhelm Cuno, armador de Hamburgo y director general de la línea Hamburg-Amerika, fue canciller de noviembre de 1922 a agosto de 1923 (“Combate del Ruhr”) sucediéndole *****Stresemann

Frente a los grandes problemas concernientes a la paz en Europa no conocí a ningún alemán informado capaz como él de despojarse momentáneamente de su nacionalidad, de meditar sobre los hechos con el desapego del historiador consciente de su encadenamiento , de su nexo causal indisociable. La brutalidad, los excesos de parte alemana en la guerra provocaban en el adversario vencedor reacciones fuertes y duraderas de angustia, de resentimiento, de desquite. A su vez estas reacciones afectivas generaban en tierras alemanas movimientos sordos pero constantes de malestar.

El partido militar o mejor sus restos desarmados  “escamoteaban” lo que podían y sus manejos alimentaban la inquietud en las heridas aún abiertas del extranjero. Hacía falta saber esperar, apaciguar unos cerebros aún enfebrecidos, explicar a los franceses que un pueblo militarizado en el grado en que lo había sido el alemán no podía olvidar en unos meses, en un año o dos, gestos que había aprendido durante generaciones, que la “revancha” no iba a consistir sin más en guardar los cañones dentro de fosas tapiadas. Iba a ser necesario aplicar la pedagogía con Alemania, favorecer en ella la extensión de instituciones y costumbres republicanas, sacar provecho de los entusiasmos recientes por el derecho internacional, conducir hacia él el tumultuoso romanticismo de los jóvenes, tomarse en serio y dar relieve al gobierno democrático. Pero sobre todo hacía falta paciencia. A todas estas tareas, por lo demás, consagraba Rathenau sus esfuerzos sin esperanza de que se vieran cumplidos. Los malentendidos eran demasiado graves. Desde 1919 temía que, a causa de ellos, se produjeran nuevas ocupaciones militares que, a su vez, trajeran nuevas destrucciones de valores, el desmembramiento del país y la anarquía. Llegado a este punto Rathenau se inclinaba a prescindir de los hechos, se imponía el alemán consciente de su vitalidad y, con una mirada que pretendía alcanzar el fondo de su interlocutor, profetizaba: “Sin embargo, el futuro más lejano de mi país no me inquieta. Su historia no ha acabado. Os las tenéis que haber con un pueblo rudo e indestructible…Menos claro tengo el futuro del vuestro, que es de civilización más antigua, de fecundidad menor y nervios más frágiles y que, hecho para el desahogo, tendrá que encararse con amargas decepciones.”

Rathenau estaba por delante de su país. Socialistas preocupados por la economía planificada, demócratas concernidos por la suerte de las clases medias, algunos burgueses radicales y pacifistas se sentían atraídos por él. Pero si uno quería saber lo que el pueblo medio de Alemania pensaba- si es que pensaba alguna cosa- hacía falta escuchar a los hombres que conocían al votante por haberlo tratado y auscultado, por haber observado de cerca sus reflejos, descifrado sus aspiraciones, guiado sus pasos, experimentado sus hábitos y prejuicios. Dejaré de lado aquellos diputados de los que no escuchaba sino pedantescas historias o monótonas quejas cuando me contaban sus impresiones posrevolucionarias. Si acaso una breve mención del viejo Posadowski, el “conde de la barba”, secretario de Estado del régimen anterior, enviado a la asamblea nacional por sus fieles agricultores de (palabra incierta: ¿“Baumburg”?), curioso tipo de monárquico piadoso que en el hall del hotel Esplanade me alaba, casi llorando, la humanidad de Guillermo II, las intenciones puras de éste, su pacifismo tomado a sorpresa por maquinaciones internacionales y la fidelidad a su recuerdo de la buena gente. Pero dejando a este venerable octogenario celebrando en paz su particular culto me dirijo acto seguido hacia un hombre que debía de saber bastante más acerca de las posibilidades del movimiento revolucionario******, el populista Stresemann

******La revolución comenzó con un Motín de marineros de la flota de guerra en Kiel; se negaban a maniobrar para sacar la flota al Mar del Norte para realizar una última batalla contra la escuadra inglesa, como pretendían hacer sus superiores. En pocos días abarcó toda Alemania y forzó la abdicación del Káiser Guillermo II el 9 de noviembre de 1918. Los objetivos de avanzada de los revolucionarios, guiados por ideales socialistas, fracasaron en enero de 1919 ante la oposición de los líderes del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD). Éstos temían un “caos revolucionario” y posteriormente se esforzaron en reconciliar a los partidos burgueses y la élite afín al Káiser frente a las nuevas relaciones del poder. Adicionalmente acordaron una alianza con el Comando Militar Supremo alemán y permitieron la sofocación violenta del llamado Levantamiento Espartaquista (Spartakusaufstand).

El desenlace formal de la revolución ocurrió el 11 de agosto de 1919 con la rúbrica de la nueva Constitución de la República de Weimar.

Nunca hubo un peligro real de que en Alemania se hubiera podido establecer un gobierno bolchevique siguiendo el ejemplo soviético ruso. La alianza entre el gobierno de Ebert y el Mando del Ejército y sus brutales acciones durante distintos levantamientos había enajenado, sin embargo, a muchos demócratas de izquierda del SPD: Muchos de ellos consideraban la actitud de Ebert, Noske y otros líderes del SPD durante la revolución como una traición a sus propios partidarios.

J´ai entendu sur Rathenau bien des jugements nettement défavorables et qui méritaient un moment d´attention, parce qu´ils étaient portés par des hommes qui l´avaient pratiqué et qui pretendaient le connaître. Il me fut toujours facile de remarquer qu´une question de mots nous divisait à son sujet. Tel appelait vanité ce qu´on nomme ambition légitime chez le personnage dont l´action vous agrée. Tel autre parle de “mensonge” à propos d´habiletés sans lesquelles il vaut miex se consacrer à la science pure qu´à la politique. Un troisième prononce le terme de “lâcheté” quand l´attitude incrimenée est due au flottement d´une conviction ou au désarroi intermittent d´un esprit qui ne se sent pas libre, et qui n´a pas son pays derrière lui. La destinée de Rathenau fut tragique dans le sens altier, et si je puis dire hégélien du terme. Il ne pouvait pas rester loin de la melée, il fallait qu´il y prît part et manifestât ce qu´il sentait en lui d´energies négociatrices. D´autre part, il ne pouvait pas éviter la chute, parce que son action devait-il, fatalement, amener une collision sanglante avec son milieu. L´ “aveuglement” a consisté pour lui à ne pas voir venir les coups, à ne pas se retirer dans la mediocrité et le calme après une courte expérience de la vie publique. Belle erreur, qui n´amoindrit pas sa figure.

En somme, je crois encore qu´avec Rathenau l´Allemagne a perdu le meilleur de ses hommes. Ce n´est pas à dire que personne n´eût été capable d´obtenir plus de résultats. Son oeuvre diplomatique est mince. Un ministre beaucoup moins doué que lui peut bien davantage: j´ai dit pourquoi. J´entends seulement que dans un pays où la question “race” n´eût pas joué ce rôle démesuré jusqu´ à la pathologie, un Rathenau mathématicien, financier, diplomate, moraliste- et tout cela largement, à l´européene- eût fait la carrière la plus brillante. Quand on lui compare un Simon*, un Fehrenbach**, un Wirth***, un Stresemann****( je ne parle pas de Cuno*****, décidément trop nul), on leur trouve je ne sais quelle étroitesse provinciale.

*Walter Simon fut ministre des Affaires étrangères de juin 1920 à mai 1921.

**Konstantin Fehrenbach, chancelier pendant la même periode.

***Joseph Wirth, chancelier de mai 1921 à novembre 1922

****Wilhelm Cuno, armateur hambourgeois et directeur general de la Hamburg-Amerika Linie, fut chancelier de novembre 1922 à août 1923 (“Combat de la Ruhr”) et *****Stresemann lui succéda.

Je n´ai pas connu d´Allemand sachant comme lui, devant les grands problèmes intéressant la paix de l´Europe, dépouiller un instant sa nationalité, méditer sur les faits avec le détachement de l´historien qui constate leur enchaînement, leur nexos causal indisociable. Les brutalités, les excès de la guerre allemande déterminaient chez l´adversaire vainqueur les puissants et durables réactions de l´angoisse, du ressentiment, de la défiance. Ces réactions affectives provoquaient à leur tour en pays allemand des poussées de révolte sourde et épuisante.

Le parti militaire, ou plutôt ses restes désarmés “trichaient” et ses cachotteries nourrissaient l´inquietude de l´étranger encore meurtri. Il fallait attendre, apaiser les cervaux encore enfiévrés, expliquer aux Français qu´un peuple militarisé au point que le fut l´allemand ne pouvait en quelques mois, en un an, deux ans même, oublier complètement les gestes appris pendant des générations; que la “revanche” ne saurait dépendre d´un lot de canons murés dans des caves. Il fallait appliquer en Allemagne des méthodes pédagogiques, favoriser l´extension des institutions et des moeurs republicaines, profiter des récens enthosiasmes pour les jurisdictions internacionales, guider vers elle le romantisme tumulteux des jeunes, prendre au sérieux le gouvernement démocratique et lui donner du relief. Il fallait surtout de la patience. Ces voeux, Rathenau, les formulait d´ailleurs sans espoir d´exaucement. Les malentendus étaient trop graves. Ils aboutissaient, craignait-il dès 1919, à des occupations militaires qui mèneraient à de nouvelles destructions de valeurs, au démembrement du pays, à l´anarchie. À ce point du raisonnement, Rathenau lâchait les faits; l´Allemand conscient de sa vitalité prenait le dessus et prophétisait, avec un regard qui voulait aller au fond de vous: “Cependant je ne suis pas inquiet de l´avenir plus lointain de mon pays. Son histoire n´est pas finie. Vous avez affaire à un peuple rude et indestructible… Je suis moins assuré au sujet de vôtre qui est de civilisation plus ancienne, de fecondité moindre, de nerfs plus fins, et qui, fait pour l´aisance, aura de rudes déceptions à dominer.”

Rathenau devançait son pays. Il entraînait des socialistas preocupes d´économie controlée, des démocrates soucieux du sort des classes moyennes, quelques bourgeois radicaux et pacifistes. Mais si l´on voulait savoir ce que pensait le menú peuple d´Allemagne, à supposer qu´il pensât quelque chose, il fallait entendre les hommes ayant aquis l´expérience de l´électeur pour l´avoir manié, ausculté, pour avoir observé de près ses réflexes, démêlé ses aspirations, guidé ses démarches, subi ses habitudes et ses préjugés. Parmi les députés dont je recueillis les impressions post- révolutionnaires, je laisserai de côté ceux dont je ne obtins que de confus et pédantesques bavardages ou des plaintes monotones. Qu´une brève mention soit accordée au vieux Posadowski, le “comte à la barbe”, secrétaire d´État d´ancien régime, envoyé à l´Assemblée nationale par ses fidèles ruraux de (mot incertain: “Baumburg”?), monarchiste pieux et décoratif, qui, dans le hall de l´hôtel Esplanade, me vanta, en pleurant presque, l´humanité de Guillaume II, ses intentions pures, son pacifisme surpris et abusé par les machinations internationales, et la fidelité des honnêtes gens à son souvenir. Je laissai ce vénérable octogénaire célébrer en paix ses cultes et me tournai dès le lendemain vers un homme qui devrait-il en savoir plus long sur les chances du mouvement révolutionnaire******, le populiste “Stresemann”

On désigne par le nom de Révolution allemande la série d’événements qui se sont produits en 1918 et 1919 en Allemagne et qui, après une très forte période de troubles et d’incertitude politique, ont conduit à la mise en place de la République de Weimar.

L’Empire allemand tombe à la fin 1918, lors de la Révolution de Novembre (Novemberrevolution) mais la République, à peine proclamée, est marquée par de profondes dissensions, quant à la question du régime politique du pays, entre les tendances réformiste et révolutionnaire de la gauche allemande, soit les sociaux-démocrates et les communistes, dont le parti est créé le 1er janvier 1919. Les mois qui suivent sont marqués par un grand nombre d’actions des communistes et par plusieurs soulèvements. Le conflit tourne à l’avantage des sociaux-démocrates et un régime de démocratie parlementaire est finalement adopté, au prix de l’écrasement violent des révoltes communistes et d’une rupture définitive entre communistes et sociaux-démocrates. Le début de la révolution allemande peut être fixé au 30 octobre 1918 lorsque des marins de Kiel refusent d’appareiller, et sa fin au 11 août 1919 lorsque la Constitution de Weimar est adoptée. La République de Weimar demeure néanmoins marquée par l’instabilité politique et de nombreux soulèvements, de gauche comme de droite, ont lieu au cours des années suivantes.

République des conseils de Bavière

La République des conseils de Bavière (Bayerische Räterepublik), dite aussi de Munich (Münchner Räterepublik) (nom également traduit par République soviétique bavaroise[1] ou République soviétique de Bavière), est un gouvernement proclamé en Bavière durant la révolution de 1918-1919. Directement inspirée de la Russie bolchevique et de la République des conseils de Hongrie proclamée durant la même période, cette tentative de gouvernement par les conseils ouvriers dura du 7 avril au 3 mai 1919 et s’effondra dans la violence et la confusion. Durant sa brève existence, la République bavaroise des conseils connut deux gouvernements de sensibilités distinctes, l’historien Heinrich August Winkler établissant une distinction nette entre la « première République » et la « deuxième République »

 

 

 

 

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