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Flor, de profesión secretaria.

Coliflor

Ojalá pudiera olvidarla. Cierto que nunca la tuvo tan cerca como la tuvo aquella becaria francesa que un día le hizo la sutil confidencia de que a Flor la entrepierna le olía a col. Pero no podía evitar relacionar su recuerdo con el intenso olor a coliflor que solía salir de la sala del  comedor de aquella nave industrial cada vez que Flor se encerraba en ella con “sus chicas” a saciar el hambre de todos los días. Con el “sus chicas” gustaba de referirse a  toda una serie de recién licenciadas y becarias que habían conseguido en aquella empresa su primer empleo y para quienes Flor pasó a convertirse en algo así como una diosa tutelar, una suerte de divinidad protectora fuera de cuyos senos todo era demasiado inhóspito. Muy inhóspito, desde luego, debía de ser lo que desde fuera les acechaba a aquellas adolescentes  como para tener que echarse en brazos de aquel ser gargantuesco, hija de militar y casada con un sindicalista, que se daba a sí misma el título de secretaria de dirección. Y que lo mismo lo era sino llega a ser por el hecho de que ,aparte de ella,en aquella empresa la dirección brillaba por su ausencia.

El no era más  que un recién llegado. Se le había contratado para estimular las ventas en el sureste asiático. No le constaba que fuera Flor quien primero le entrevistó pero durante el tiempo que pasó en aquel lugar no le abandonó nunca la sensación de que era a ella a quién realmente tenía que rendir cuentas. De momento le sorprendió encontrársela en su mismo departamento. No menos lo hizo comprobar la desenvoltura con que se manejaba en inglés con los clientes, el “you´re welcome” conmovedoramente arisco cuando se despedía de ellos por teléfono y la virulencia con la que colgaba el auricular esperando no la volvieran a distraer de sus chicas y de sus chismes.

Pronto le quedó claro que mientras andara de viaje por Laos o Timor oriental  todo podía ir bien. Vendía, hablaba, transaccionaba, comía  no como dios sino como buda manda. Se olvidaba, en definitiva,  en el transcurso de los mismos, de  que más pronto que tarde tendría que regresar. Era la primera vez, a decir verdad , que le ocurría algo parecido: no bien volvía a casa del extranjero empezaba a sentir el extranjero como su casa, echaba de menos los ojos rasgados y no podía dejar de sentir una aguda nostalgia que le llevaba a  rasgarse las vestiduras para ver si a sus ojos se les pegaba algo. Quería, necesitaba imperiosamente volver. Pero ¿Cómo, si ya lo había vendido todo debido sobre todo a las frecuentes roturas de stock? Procurando que aquella nave industrial y la que se había erigido en su fiera guardiana afectaran a su trabajo lo menos posible, decidió acudir a trabajar antes de la hora en que lo hacía el resto para poder organizar así su siguiente salida a ultramar. Gracias a la labor que desarrollaba en esas primeras horas de la mañana conseguía ponerse en una especie de posición de despegue. En los dos sentidos de la palabra. Despegue del vuelo que le llevaría a los lejanos mercados de los que se hacía cargo y cuya agenda de visitas  procuraba rápidamente cuadrar aunque fuera con calzador y despegue de aquel ambiente tan cargado, como de puchero con posos de coliflor  o de invernadero de berza . Era este segundo despegue, condición indispensable del primero, el que precisamente se le hacía más difícil. Una de las cosas que  lo dificultaba era la mezcla de radio fórmula e ideología que a eso de las 9 horas se adueñaba de la oficina donde hasta entonces había permanecido solo y en fructífero silencio. A partir de esa hora y a medida que el personal iba ocupando sus puestos,  alguien se apresuraba a conectar los 40 principales y los hits del momento ponían música a unos saludos mañaneros que casi siempre iban acompañados de efusiones de sentimentalidad progresista asi como de comentarios despectivos contra la derecha. Lo de menos era que vinieran a cuento. Era un ritual, un guiño que la peña se hacía en plena época triunfal del zapaterismo. Ritual y guiños que a un volumen más bajo se iban repitiendo sin descanso, inmisericordemente, a lo largo de toda la jornada. ¡Qué daño no tuvo que hacer aquella misma canción repetida todos los días a aquellos aún dúctiles cerebros mayormente femeninos! Lo que es el suyo, no cejaba de urdir tretas en su afán por despegar de una vez, por despegarse de aquel pegamento tan pegadizo que amenazaba con modularlo a su frecuencia.

Alguien podría preguntarse, puesto que ha salido la ideología a relucir ¿Y qué es lo que  a todo eso decía la derecha? La respuesta , para  él, estaba clara: la derecha sencillamente se desentendía. Todo eso como que no iba con ella. Jefes, directivos, propiedad…estaban como ausentes…Siempre con una sonrisa en la boca sólo explicable por la buena tajada que estaban pensando llevarse de aquel cadáver de empresa que por momentos se descomponía.

De hecho no tardó en ser así. A nada que empezó a apretar el calor el olor a coliflor se hizo para todo el mundo insoportable. La propiedad aterrizó indignada por la situación y se puso a buscar culpables. Las sonrisas se trocaron en ceños fruncidos, en amenazas, en ERES… Flor, ¡Cómo no!, intentó patrimonializar la resistencia de los trabajadores…aunque a éstos no se les veía por resistir mucho… Ni siquiera a ellos les convencía ya toda aquella épica de sainete…

El, por su parte, intentó salir de allí de la manera más rápida y digna posible no sin antes conseguir que Flor le llamara imbécil… Es una de las pocas medallas que en esta vida aún gusta de colgarse. Bueno, esa , y la de que hoy es el día en que maneja los palillos con la destreza de un verdadero maestro de Oriente.

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