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Confesiones de un “plasmado”

Plasma: “Materia gaseosa fuertemente ionizada, con igual número de cargas libres positivas y negativas.” Así lo define el DRAE y añade “Es el estado de la materia más abundante en el universo.” El término parece pues aludir a cierto estado de carga en equilibrio, una especie de tensión cósmica generalizada que hace que el mundo se mueva. Unamuno creo que hablaba de plasma germinativo cuando se refería a las raíces intrahistóricas del pueblo, motor profundo y tranquilo de sus acciones cotidianas, recurrentemente eternas. Mi experiencia cotidiana, sin embargo, me remite a otro plasma, a un plasma del que a duras penas germina nada, un plasma que ni siquiera estaba inventado cuando sus efectos narcotizantes actuaban sobre mí cada vez que exponía mi cerebro a la discreción de sus catódicos rayos. Hablo de la televisión, de la denostada por unos y alabada por otros, de la añeja televisión de mis mozos años, en blanco y negro primero, en primoroso color después y de plasma, finalmente, en nuestros días. Se habla, se escribe, se discute mucho sobre ella. Unos a favor. Otros en contra. Yo no estoy ni a favor ni en contra, sólo aspiro a hablar desde mi prolongada experiencia de teleadicto, desde los efectos hipnóticos que sobre mi atención-tumbado en la moqueta, entregado por completo a él – el dichoso artefacto ejerció, de su función de bálsamo equilibrante frente a unos miedos infantiles que me cargaban de angustia (si aquello no era Angst heideggeriana, no sé me ocurre qué lo será), de la fascinación, en suma, con que lo audiovisual no tardó en subyugar la retina de mis ojos en plena fuga de sí mismos. Porque mi mirada quedó muy pronto, aún lo sigue en cierta medida, presa de aquellas 625 líneas (había un programa en la televisión española que se llamaba así), 625 barrotes que se me ofrecían como otras tantas líneas de fuga hacia ninguna parte, 625 líneas de resolución de la imagen a las que poco a poco , por efecto de un librarme a ellas que me procuraba un intenso alivio , fui encomendando el que me mantuvieran en un estado recurrente de irresolución, en un remedo eterno de nirvana, en una ataraxia de doméstico consumo.

Desconozco si esa especie de dejarse ionizar por la pantalla de la tele es el estado más abundante del universo y tampoco es que espere que estas confesiones de un “plasmado” encuentren un eco solidario que tampoco creo que merezcan. Sólo sé que desde aquellos días hasta hoy el número de pantallas no ha hecho más que incrementarse y que si el miedo de aquel entonces se contaba por líneas, el de hoy puede que  haya que hacerlo por arrobas.

Nada deseo más que  creer en la “Pulgarcita (Petite Poucette) del filósofo y académico Michel Serres, quien frente al clamor de toda clase de agoreros y aguafiestas se atreve a reivindicar con sinigual desparpajo a la  joven generación  digital. Y sin embargo… ¿No estará su entusiasmo haciéndole olvidar al sabio francés aquella monada de petite poucette que bien pudo ser  la niña de Poltergeist?

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