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El marrón, aunque no lo parezca, también es un color.

Y a fe que bien bonito. De hecho, con el tiempo ha pasado a engrosar la tercera franja de la bandera de la nación que conmigo mismo pienso fundar. Sin embargo, así como lo del verde botella y el azul oscuro lo tenía claro desde el principio, lo del marrón me ha pillado de improviso. Bien es cierto que de algún modo el verde botella se despepitaba en silencio por disfrutar de su compañía pero no deja de sorprenderme la autoridad con la que el marrón se ha impuesto, la holgura con la que se ha hecho un hueco de mi cintura para abajo e incluso para arriba, la determinación con la que ha sabido fraguar la historia que llevaba a cuestas en una estética con la que tan plenamente me identifico.

No pienso desde luego adjudicarle por ello al marrón  una franja mayor que al resto en mi bandera pues en una nación paritaria como la que tengo previsto montar me regiré por un solo y único rasero y en esto seré tan drástico como la ciudadanía me lo permita. Nada pues de camisas pardas, ni de desfiles de marrones a diestro y siniestro. ¿Que el marrón se ha ganado el puesto? Sin duda. ¿Qué ha sabido precipitar toda su historia en un crisol que, al cabo, me ha resultado misteriosamente atractivo? Fuera de toda discusión. ¿Que ya en mi infancia era el color del oso ibérico y del oso Yogi y que, sabiendo desde muy pronto que los osos eran dados a hibernar, pueda que sea el suyo un amable recordatorio del retoce y de la holganza? Tampoco lo descarto. Igual que no descarto su conexión con cierta extravagancia inglesa en el vestir, esas combinaciones  imposibles de colores esencialmente británicas de las que el marrón formaba parte indiscutible y que venían a romper cualquier molde uniformador, viniese este del continente o de la ibérica península.

Y sin embargo ¿Quién es el guapo que osa ponerse a gritar con patriótico fervor ¡Viva el marrón! como si nada? Yo no oso desde luego, siendo como es un grito que a mis oídos les resulta en sí mismo excesivo. Comedimiento pues a la hora de elegir un color que te lo comes aunque no lo quieras y orgullo, mucho orgullo,  al izar una bandera que desde hoy y hasta la nueva puesta está llamada a ser siempre la mía.

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