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Le rationalisme de Walter Rathenau // El racionalismo de Walther Rathenau

A continuación la segunda entrega de la traducción española y el original en francés del retrato que en sus “Les carnets d´Oswald Hesnard” el germanista intérprete y diplomático francés Oswald Hesnard traza de la figura de Walter Rathenau.

Ci-après le déuxieme billet avec la traduction espagnole d´abord et une transcription de l´original en français après du portrait de Walter Rathenau écrit par le germaniste, intèrprete et diplomate français Oswald Hesnard et qu´on peut trouver dans le livre “À la recherche de la paix France-Allemagne.Les carnets d´Oswald Hesnard”

Pero Rathenau tenía otras animadversiones por encima de éstas y resultaba apasionante ir más allá de su aparente flema para discernir la verdad de los conflictos que se sucedían en su interior, el calor de la impaciencia que le hervía dentro cuando, por ejemplo, se discutían temas tales como la producción, el precio del carbón, los proyectos de socialización de las minas en el consejo económico provisional de 1920-1921 o cuando en estos mismos consejos hablaba de sociología, de racionalización del trabajo, de la reglamentación de las importaciones, cuando no podía dejar de sentir el desprecio que le dirigían sus poderosos adversarios por toda esa “ideología”, por todo ese “soñar despierto”. Hubiera podido preparar sin problemas su acceso inmediato al poder. Hubiera podido apoyarse en la reputación de su inteligencia, en  el alcance social y económico de las campañas que libraba. Desde 1919 las izquierdas estaban con él, el centro parecía estimar las cualidades de un filósofo imbuido, a los ojos oportunistas del centro,  de solidaridad cristiana. Hubiera podido llegar al parlamento, lucirse en él, eclipsar en los debates a sus enemigos de la derecha populista y a los Nacionales antisemitas, dejar su impronta, trasladar a esta cámara llena de mediocres la influencia del saber y de la lógica. La tentación era fuerte. Rathenau se resistió a ella durante mucho tiempo.

No se decidiría sino en la primavera de 1921. No podía soportar por más tiempo la idea de dejar las relaciones internacionales en manos de gente, cuya manera de funcionar, por más llena de buenas intenciones que estuviese, no dejaba de causarle gran inquietud. No albergaba dudas sobre el compromiso de Wirth, hombre honesto a la vez que mediocre, que podía ser útil precisamente por sus buenos sentimientos. Con Briand y Loucheur en Francia podía contribuir a la generación de confianza. Dos años de discusiones estériles tendrían que haberles predispuesto ya a soluciones transaccionales. Había pues que jugársela. Una vez metido en el engranaje de la política activa Rathenau no saldría de él sino con ocho balas de ametralladora en su cuerpo. No supo ver que su apellido, su raza, le vetaban el camino de la política. Justamente aquello que más deseaba hacer le estaba prohibido. Era precisamente el único que no podía permitirse una cosa así. Un Stinnes, de familia y orígenes en Westfalia, podía, al amparo de la prensa nacionalista de su propiedad, permitirse cualquier iniciativa en política extranjera. Un Rathenau, judío y de tendencias socializantes, no podía mantenerse en puestos de responsabilidad sino haciendo constantes concesiones al odio ignorante de la opinión reaccionaria. Todo lo que Rathenau emprendió con el fin de “sanear la atmósfera europea” fue tildado de traición. En Alemania un judío con responsabilidades políticas no podía permitirse el lujo de ir a Londres, a Paris o a Wiesbaden para tratar de llegar a arreglos y trabajar en la reconstrucción.

* El 6 y 7 de octubre de 1921 Rathenau y Loucheur concluyen unos acuerdos por los cuales Alemania quedaba liberada parcialmente de las reparaciones de guerra respecto a Francia a cambio de suministros en especie.

Rathenau no pudo ver esto nunca con claridad suficiente. Los feroces ataques que recibía producían en él momentos de desánimo. En 1921 me comentaba: “Después de Briand, después de mí, vendrán los hombres fuertes. Vuestras divisiones llegarán hasta Dortmund y Hamm. La anarquía alemana que de todo ello se seguirá no os compensará. Sobrevendrá un periodo de desórdenes y vendrán a buscarnos a mí y a Briand para arreglar las cosas. Pero será ya demasiado tarde.” Hacía estas predicciones en un tono velado y ligeramente teatral. No se daba cuenta de que la reputación atroz que la prensa anti-semita cada vez más con más virulencia le endosaba generaba en él mismo un profundo malestar y obstaculizaba cada una de sus iniciativas, (palabra ilegible), bloqueándole las acciones que emprendía, acciones que  se volvían así dubitativas y confusas, menos enérgicas, menos libres, más proclives a hacer que se dudara de ellas y a que acabaran en la esterilidad , acciones cuyo fracaso finalmente terminaba por dar argumentos a sus enemigos para hundirle. El día del  asesinato de Rathenau el esbelto y aristocrático von Kardorff, un diputado de maneras, por lo general, correctas, que deambulaba, trastornado por la emoción, por el gran hall del Reichstag , al verme, me suelta: “Vosotros le habéis matado”. Lo que este hombre, cuyos hombros se contraían en pleno sobresalto afectivo, me quería decir es que rechazado y abandonado primero por Paris y condenado después por haber firmado el tratado de Rapallo, Rathenau no pudo valerse de ningún éxito en el exterior frente a una opinión pública alemana que le era ya hostil y que se mostraba exasperada por el trato que se estaba dando a su país*

* Durante la conferencia económica y financiera a nivel mundial que se mantuvo en Génova de abril a mayo de 1922, Rathenau, ministro de asuntos exteriores y jefe de la delegación alemana firmó, fuera del marco de dicha conferencia, el tratado bilateral germano-soviético de Rapallo (16 de Abril) que causó un escándalo en Francia. Rathenau fue asesinado el 24 de junio.

El dolor de este diputado era sincero, tanto como su (palabra ilegible) era completo. De hecho, desde que se encontraba al frente de exteriores , Rathenau sabía que pisaba terreno poco firme. Sabía que la anodina institución a la que pomposamente se llamaba “gabinete del Reich”  se mostraba incapaz de (palabra dudosa: ¿llevar a cabo?) las incautaciones, de hacerse con  fondos para hacer los pagos de las reparaciones. Sabía que un solo ministro no podía reprimir la especulación ni hacer regresar los capitales evadidos ni organizar la industria nacional para obligarla a garantizar los pagos y suministros en especie. Preveía pues manifestaciones de descontento y sanciones de nuestra parte. Sin embargo, habiendo finalmente saboreado las mieles del poder, su sabor tónico y amargo le compensaba con creces. El respeto, la admiración de algunos de sus colegas, del canciller, de sus amigos de la banca y de cierta prensa (palabra dudosa: “Bleich”) le sentaban bien. Dirigir, pensar en términos de Estado, convocar y liderar los Consejos del gabinete, dar instrucciones a los embajadores, asumir el papel principal en las grandes conferencias internacionales, hacer vibrar los mensajes telegráficos con las sílabas de un apellido ilustre, algo había de embriagador en todo esto para el representante de una raza temida y detestada por millones de alemanes , resentidos con la lucidez de la que esta raza a lo largo de los siglos había dado muestras, para el hijo de un humilde ingeniero judío cuyo trabajo no inspiraba en las castas privilegiadas de la Alemania de aquel entonces sino una  desdeñosa sonrisa. Rathenau optó por lo tanto por seguir en el puesto que había conquistado. Se obstinó en la lucha apoyándose en la emotiva entrega de colaboradores que le eran muy cercanos y que dan prueba de su carisma, de sus dotes de jefe y de la fuerza de su influencia intelectual. Aspiró incluso a desarmar a sus adversarios, quiso “intentar algo”, procurar que a Alemania se le diera una garantía por medio de una alianza: el tratado de Rapallo. Creyó que los patriotas se lo agradecerían, sobre todo teniendo en cuenta los ataques de los que era objeto por parte de la prensa extranjera. No ocurrió así: los antisemitas le acusaron de haber vendido Alemania a Lenin, de “haber casado a su hermana con Radek*¡”. No quedaba sino ejecutarle…

*Karl Berngárdovich Rád (31 de octubre de 18-19 de mayo de 1939) fue un Bolchevique y líder Comunista internacional. Nació en Leópolis, Ucrania, entonces llamada Lemberg (Imperio austrohúngaro). Su famlia era judía. Su nombre original era Karol Sobelsohn, pero tomó el nombre de “Rádek” de un personaje con que simpatizaba, del libro Syzyfowe prace por Stefan Żeromski. (Fuente: wikipedia)

Rathenau era demasiado inteligente y de una sensibilidad lo suficientemente fina como para no sentir sobre su piel el filo amenazante del antisemitismo alemán. Conocía su literatura, su imaginación extravagante: la conspiración de los “Sabios de Sión” que se proponía dominar el mundo, los cuentos acerca de los manejos criminales  de la judería  financiera internacional etc. Creo, no obstante, que lo absurdo de tales historias le ocultaba la tremenda maldad que aparejaban. Teniendo las manos limpias y no llevando la vida de un plutócrata estaba lejos de pensar que pudiera haber ningún individuo que le tomara precisamente a él por objetivo. Es un error común a los racionalistas el negarse a ver que el mundo es conducido por  fuerzas oscuras y que las acciones de los hombres obedecen a menudo a impulsos confusos. Rathenau había tomado la palabra ante auditorios de jóvenes liberales, de sindicalistas debutantes, de demócratas pacifistas y había despertado admiración entre ellos. Pero esta juventud le ocultaba la otra: la juventud de la guerra y de la posguerra; los aspirantes a oficiales cuyo camino hacia la gloria había sido interrumpido por la derrota; los estudiantes y universitarios que no habían oído del frente más que descripciones mágicas y relatos de una dominación fácil; los futuros jefes imberbes que aún no ejercían ningún mando, en resumen: el equívoco montón de afiliados a los Freikorps* a los que ni siquiera los combates contra el gobierno republicano ni contra los polacos de la Alta-Silesia habían hecho subir en el escalafón. A Rathenau se le escapaba lo profundo de la estupidez de esta gente, su ceguera moral, el temible simplismo de su credo político, su miseria intelectual y fisiológica, la patología de sus costumbres, de sus hábitos sociales y sexuales. No se tiene tiempo de escudriñar estas vergüenzas cuando uno anda entre cifras de reparaciones de guerra y balances comerciales. Se tiende entonces a confiar en la razón de los hombres justo en el momento en que uno está a punto de ser condenado por una “Santa Vehme”* de la que uno se mofaría si supiera de su existencia.

Freikorps: a partir de la revolución de noviembre de 1918, el término fue empleado por las organizaciones paramilitares protofascistas y ultranacionalistas que se formaron por toda Alemania. Con el establecimiento de la República de Weimar los freikorps fueron de los muchos grupos paramilitares activos, pertenecientes a variadas ideologías y partidos, a veces tolerados y alentados por las autoridades de la joven república, como alternativa a las organizaciones sindicales comunistas y socialistas que también florecieron durante el mismo período.

Numerosos veteranos alemanes de la Primera Guerra Mundial se sentían profundamente desconectados en la vida civil, o sin incentivos para reincorporarse a ella debido al desempleo y la mala situación económica de posguerra. Integrados en los freikorps, estos veteranos, mayormente jóvenes, buscaban la estabilidad de una estructura militar que les ofreciera un estatus social dentro de un cuerpo de guerreros y les asegurase un medio de vida realizando la misma tarea que habían desempeñado en los últimos años: combatir.

Otros se unieron al freikorps por sentirse frustrados con la derrota de 1918, para ellos inexplicable, y cultivaron activamente la leyenda de la puñalada por la espalda para explicar la derrota alemana; en estos casos el sentimiento ultranacionalista era un aliciente para unirse a un grupo de ex soldados. Parte de la ideología típica del freikorps era un desprecio completo contra la democracia y el capitalismo (que para estos veteranos sólo privilegiaban el dinero y no les reconocía como élite de soldados que habían ofrendado su vida por Alemania); también les caracterizaba un odio hacia el marxismo en general y un antisemitismo profundo (en tanto judíos y comunistas habían sido acusados de la derrota alemana.)

Cuando los partidos de extrema izquierda se unieron en Berlín al levantamiento espartaquista de enero de 1919, los freikorps recibieron el apoyo tácito de Gustav Noske, ministro alemán de defensa, que los utilizó para reprimir a la Liga Espartaquista con enorme violencia, incluyendo los asesinatos de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo el 15 de enero de 1919. Ese mismo año los freikorps ayudaron a aplastar a la recién creada República Soviética de Baviera, gobernada por el Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania. (Fuente: wikipedia)

La « Santa Vehme » fue una sociedad secreta de inspiración cristiana creada en Westfalia en el siglo XIII y activa hasta comienzos del siglo XIX. Su nombre procede del neerlandés veem (corporación). La institución decía actuar en nombre de la Santa Sede.

Transcription de l´original en français

Rathenau avait d´autres haines encore, surtout celles-là, et quand il discutait au Conseil économique provisoire, en 1920-1921, sur la production, le prix du charbon, les projets de socialisation des mines, quand il y parlait sociologie, rationalisation du travail, réglementation des importations, quand il sentait le mépris des ses puissants adversaires pour toute cette “ideologie”, “ces rêveries”, comme il eût été passionnant de percer l´enveloppe de son flegme pour démeler la vérité des ses révoltes intimes, pour sentir la chaleur de ses impatiences! Il aurait pu, toute de suite,préparer son accès au pouvoir. Il y était porté par sa réputation d´intelligence, par ses campagnes littèraires de portée sociales et de réforme économique. Dès 1919, les gauches le désiraient, le Centre, opportuniste, estimait les talents de ce philosophe qui paraissait pénétré de solidarité chrétienne. Il aurait pu aborder le Parlement, y briller,éclipser dans la discussion ses ennemis de la droite populiste et les Nationaux antisémites, donner sa mesure, faire sentir à cette Chambre encombrée de mediocres l´ascendant du savoir et de la logique, La tentation était forte. Rathenau y résista longtemps.

Il ne se décida qu´au printemps de 1921 à aborder les affaires. Il ne pouvait plus supporter l´idée de laisser les relations internationales aux mains de gens dont il estimait parfois la bonne volonté mais dont il considérait toujours les démarches avec inquietude. Il était sûr du dévouement de Wirth, honnête, mediocre, utile par les accents de son coeur. En France, Briand, Loucheur: il devait être possible de leur inspirer un peu de confiance. Deux ans de discussions stériles devaient les avoir inclinés à des solutions commerciales. Il fallait risquer la partie. Une fois pris dans l´engranage de la politiqe active, Rathenau n´en sortit plus qu´avec huit balles de pistolet-mitrailleur dans la peau. Il n´avait pas vu que son nom, sa race lui interdisaient la politique. Celle qu´il voulait faire lui était précisément défendue. Il était justement le seul qui ne pût se la permettre. Un Stinnes, Westphalien de famille et de naissance, pouvait, à l´abri de sa presse nationaliste, risquer n´importe quelle tentative à l´étranger. Un Rathenau juif et socialisant ne pouvait se maintenir aux affaires qu´en faisant des concessions continuelles à l´ignorance haineuse de l´opinion réactionnaire. Tout ce que Rathenau allait essayer pour “ assainir l´atmosphère européenne” serait proclamé trahison. En Allemagne, un juif ayant une situation politique ne pouvait se permettre d´aller à Londres, à Paris, à Wiesbaden traiter des arrangements, oeuvrer aux reconstructions*

*Rathenau et Loucheur conclurent à Wiesbaden, les 6 et 7 octobre 1921, des accords prévoyant que l´Allemagne pourrait se libérer partiellement de ses obligations de réparations à l´égard de la France par des livraisons en nature.

Rathenau ne sentit jamais cela avec la netteté nécessaire. Férocement attaqué, il eut bien des moments de découragement. Il me disait en 1921: “Après Monsieur Briand, après moi, viendront des hommes forts. Vos divisions viendront jusqu´à Dortmund et Hamm. Mais l´anarchie allemande qui s´ ensuivra ne vous paiera pas. Des années de désordre s´ensuivront. Puis on viendra chercher Briand, Rathenau pour arranger les choses. Mais il sera trop tard.” Il faisait ces prédictions sur un ton voilé et légèrement théâtral. Il en voyait pas que l´atroce réputation que lui avait faite la presse antisémite, et donc chaque semaine accusait encore le relief, le mettait lui-même à la torture, le gênait dans toutes ses entreprises, (mot illisible) à le retenir (dans) son action, la rendait hésitante, nuisait à sa netteté, à son energie, à sa franchise, nous amenait parfois à la suspecter, la frappait de stérilité, et que finalement l´insuccès fournissait à ses ennemis de nouvelles raisons de l´accabler. Le jour où il fut assassiné, un député généralement correct, le svelte et aristocratique von Kardorff, bouleversé par l´émotion, errait dans le grand hall du Reichstag et, me rencontrant, me jeta au visage: “C´est vous qui l ´avez tué!”. Cet homme qu´ un haussement d´épaules arrêta net en plein sursaut affectif voulait dire que repoussé, lâché par Paris, puis condamné (à la suite de Rapallo), Rathenau n´avait pu se prévaloir d´aucun succès extérieur près d´une opinión allemande déjà hostile et exaspérée par les mauvais traitements.*

*Pendant la conférence économique et financière mondiale de Gênes (avril-mai 1922), Rathenau, ministre des Affaires étrangères et chef de la délégation allemande, signa, en dehors de la conférence, le traité germano-sovietique bilateral de Rapallo (16 avril) qui fit scandale en France. Rathenau fut assassiné le 24 juin.

La douleur de ce député était sincère, autant que son (mot illisible) était complet. En realité, depuis que Rathenau était aux Affaires étrangères, il sentait que le terrain manquait sous ses pas. Il savait bien que la falote “instance” appelée pompeusement “Cabinet du Reich” était incapable (mot incertain: “d´exécuter”?) les saisies, d´opérer les rentrées nécessaires aux versements des réparations. Il savait que seul (le) ministre ne pouvait mâter la spéculation, rappeler les capitaux évadés, syndiquer l´industrie nationale et la forcer à garantir paiements et livraisons en nature. Il prévoyait donc de notre part les révoltes et les sanctions. Mais, ayant participé enfin aux satisfactions du pouvoir, il en goutâit largement l´amère et tonique saveur. Le respect, l´admiration de certains de ses collègues, du chancelier, de ses amis de la haute banque et de la presse (mot incertain “Bleich”?) lui faisait du bien. Il y avait pour ce représentant d´une race crainte et détestée par des millions d´Allemands, humiliés par la finesse séculaire  de ses dons naturels, quelque chose d´enivrant à commander, à s´afformer le cerveau d´un vaste organisme d´État, à inspirer et à dominer les conseils de cabinet, à instruire les ambassadeurs, à jouer les premiers rôles dans les grandes conférences, à faire vibrer le long des câbles intercontinentaux les syllabes d´un nom illustre- quand on est le fils d´un petit ingénieur juif dont tout le travail n´inspira jamais aux castes privilegiées de l´Allemagne d´hier qu´un sourire dédaigneux. Rathenau resta donc au rang qu´il avait conquis. Il s´obstina à la lutte, appuyé sur des dévouements touchants et qui témoignent du charme qu´il exerçait, de ses dons de chef, de la force de son emprise intelectuelle. Il voulut même désarmer ses adversaires, “faire quelque chose”, doter l´Allemagne d´une garantie, d´une alliance: le traité de Rapallo. Il crut que les patriotes lui en saurait gré, surtout en présence des attaques de la presse étrangère. Il n´en fut rien: les antisemites l´accussaient d´avoir vendu l´Allemagne à Lenine, d´avoir “marié sa soeur avec Radek” ¡  Il n´y avait plus qu´à l´exécuter…

Karl Berngardovitch Radek (en russee : Карл Бернгардович Радек ; 31 octobre 1885 – 19 mai 1939), de son vrai nom Karol Sobelsohn, est un révolutionnairee bolcheviquee, dirigeant du Kominternn.

Radek est né à Lemberg, alors capitale de la province de Galicie dépendante de l’empire austro-hongrois (aujourd’hui Lviv en Ukraine). Sa formation ressemble beaucoup à celle de nombreux jeunes révolutionnaires qui joueront un rôle important dans les mouvements politiques du début du XXe siècle en Europe Centrale. Son parcours est à rapprocher de ce point de vue à celui de Félix Dzerjinski, futur chef de la Tchéka bolchévique. Tous deux en effet par leurs origines sont emblématiques d’une identité multiple (lituanienne, polonaise, russe, allemande, autrichienne, aux frontières d’une Russie tsariste attaquée par le libéralisme politique de l’empire austro-hongrois) qui les a d’une certaine manière éveillés à la politique. Radek et Dzerjinski incarnent par leur propre parcours ce passage étonnant du nationalisme polonais, vecteur de leur propre libération, à l’internationalisme prolétarien.

Ainsi, élevé au sein d’une famille juive moderniste assimilée, le jeune Sobelsohn est un polyglotte imprégné de culture nationale polonaise qui milite très jeune à l’Université de Cracovie, alors un centre actif de contestation des monarchies autoritaires. Il rejoint ainsi dès 1901 – il a 16 ans – le SDKPiL, Parti social-démocrate du Royaume de Pologne et de Lituanie fondé quelques années plus tôt (1899) et dirigé par Rosa Luxemburg et Leo Jogiches. Il adopte à cette époque le pseudonyme de « Radek » inspiré d’un personnage d’un livre que Stephan Zeromski a publié en 1898 en Pologne : Syzyfowe prace (Les Travaux de Sisyphe). (Source: wikipedia)

Rathenau était trop intelligent et de sens trop affiné pour ne pas sentir sur sa peau la pointe menaçante de l´antisémitisme allemande. Il en connaissait la littérature, les imaginations extravagantes: la Ligue des “Sages de Sion” qui se serait proposée de dominer le monde, les cents récits qui circulent sur les entreprises criminelles de la juiverie financière internationale, etc… Mais je crois que l´absurdité de pareils contes en recouvrait à ses yeux la terrible malfaisance. Ne menant pas la vie d´un ploutocrate et ayant ses mains nettes, il ne croyait pas qu´un individu pût se trouver dont la haine le prît, lui, précisement lui, pour cible. C´est l´erreur des rationalistes de ne pas admettre que le monde soit mené par des forces obscures, que les hommes obéissent de préference à des impulsions confuses. Il avait parlé devant des auditoires de jeunes gens libéraux, d´apprentis syndicalistes, de démocrates pacifistes. Ils l´admiraient. Cette jeunesse lui cachait l´autre: celle de la guerre et de l´après-guerre: les aspirants officiers dont la gloire avait été soudain interrompue par la défaite, les lycéens et les étudiants qui n´avaient connu du front que les descriptions magiques, les récits de domination facile, les futurs chefs imberbes qui ne commandaient pas, bref le ramassis équivoque des affiliés aux corps francs qui n´a avaient même pas pu gagner leurs grades contre le gouvernement républicain ou contre les Polonais de Haute-Silésie. Rathenau ne mesurait pas la profondeur de leur ignorance, leur cécité morale, le simplisme effrayant de leur credo politique, leur misère intellectuelle et physiologique, la pathologie de leurs moeurs, de leurs habitudes sociales et sexuelles. On n´a pas le temps de scruter ces hontes quand on agite des chiffres de réparations et de balances commerciales. On se confie dans la raison des hommes au moment même où l´on est condamné par une “Saint Vehme” dont on rirait d´entendre qué elle existe.*

La Sainte-Vehme était une société secrète d’inspiration chrétienne créée en Westphalie au XIIIe siècle et active jusqu’au début du XIX siècle. Son nom vient du néerlandais veem (corporation). L’institution prétendait agir au nom du Saint-Siège.

Les corps francs allemands

Dès décembre 1918, d’anciens officiers démobilisés entament la formation de milices appelées Freikorps (corps francs), comme le général Maercker, à l’appel du gouvernement légitime, la Reichswehr n’étant pas encore créée. Ils proliférent au printemps et à l’été 1919, dans le contexte de la lutte contre les révolutions spartakistes, jusqu’à atteindre le chiffres de 165 unités de différentes tailles et portant diverses appellations. Ils sont aussi bien employés à la défense de la frontière allemande à l’est, contre une possible invasion bolchévique ou polonaise (comme par exemple la division de fer), qu’au maintien de l’unité du défunt empire. Ils sont appelés par le gouvernement de Berlin à réprimer les révolutions en Allemagne. Ils intervinrent ainsi sous les ordres du gouvernement républicain tour à tour à Berlin, Brême, Hambourg, Halle, Leipzig, Munich, dans le Brunswick, en Silésie et en Thuringe. Des Freikorps clandestins se constituent même dans la zone d’occupation française en Allemagne, y menant une résistance active entraînant parfois de sévères représailles.

Les Freikorps luttent principalement contre les gardes rouges spartakistes, composées d’ouvriers et d’anciens soldats, ainsi que contre certaines unités de l’armée passées du côté des communistes, particulièrement de matelots, comme ceux de la fameuse Volksmarinedivision. Ils luttent également aux frontières de l’ancien Reich contre les Lettons, les Estoniens, et les Polonais.

Le général von Epp mène ainsi 30 000 soldats pour mater la République des conseils de Bavière en mars 1919. Près de 600 socialistes et communistes furent tués durant les semaines qui suivirent.

Peu à peu, les corps francs, marqués politiquement à droite, s’opposent à leurs anciens alliés républicains conservateurs et sociaux-démocrates de la République de Weimar. Alors que c’était Gustav Noske, ministre SPD de la Reichswehr, qui avait le premier utilisé les corps francs pour mettre fin aux révolutions communistes, la ratification par l’Allemagne du traité de Versailles et le lâchage tardif du gouvernement dans l’aventure de la Baltique pousse certains corps francs à envisager de renverser la république. Décidant d’une « marche sur Berlin », le général von Lüttwitz, fidèle à la monarchie, prend le commandement de la brigade Ehrhardt fondée par le capitaine de corvette Hermann Ehrhardt, tandis que Wolfgang Kapp, journaliste conservateur, prépare avec eux le putsch du 13 mars 1920 qui mène la brigade à s’emparer des quartiers gouvernementaux de Berlin. Ce putsch est mis en échec par une grève générale organisée par les syndicats et les partis politiques de gauche, dont le parti communiste et le parti socialiste, et Kapp fut forcé de s’exiler en Suède. Après cet échec, les corps francs se remettent brièvement dans le camp républicain pour écraser les communistes qui souhaitent transformer cette grève générale en seconde révolution. Ils sont finalement dissous ou intégrés à l’armée régulière, en vertu des termes du traité de Versailles, à partir de la fin du mois de mars. Les anciens membres de certains Freikorps particulièrement engagés furent aussi impliqués dans divers assassinats politiques dont celui, en 1922, de Walther Rathenau, ministre des Affaires étrangères. (Source: wikipedia)

 

 

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