“Flip”

“Such, such were the joys” es un pequeño ensayo de George Orwell

http://orwell.ru/library/essays/joys/english/e_joys

El lector puede encontrar en él  toda una serie de agudas a la vez que  amargas  observaciones acerca de la infancia y  la institución escolar, acerca del torbellino de sentimientos que separa el mundo de los niños del de los adultos, acerca del dolor, el miedo y la incomprensión que pueden llegar a reinar allí donde uno menos se los espera.

“Flip” era el mote de la directora, “Sambo” el del director.

Abajo   la traducción de un extracto que tiene a  Flip como  protagonista, así como el original en inglés.

Uno puede darse cuenta de lo difícil que a un niño le resulta tener una mínima independencia si uno considera cómo nos comportábamos respecto a Flip. No creo equivocarme si digo que todos en el colegio la temíamos y odiábamos por igual. Y, sin embargo todos le hacíamos la pelota de la manera más abyecta. Una especie de lealtad trabajada por la culpa mandaba en nuestros sentimientos hacia ella. A pesar de que el mantenimiento de la disciplina del colegio recaía más sobre ella que sobre Sambo, la ecuanimidad era asunto que a Flip no parecía preocuparle demasiado. En realidad, Flip era bastante antojadiza. Algo que un día podía ser merecedor de castigo al siguiente podía  tomarlo a broma o incluso elogiarlo porque “demostraba que tenías lo que tenías que tener”. Había días en los que todos nos amilanábamos frente a sus ojos cavernosos y acusadores y otros en los que se comportaba como una princesa coqueta rodeada de pretendientes que la adulaban, riéndose y gastando bromas, prodigando favores o  promesas de favores (“ Y si ganas el premio Harrows de historia te regalaré una caja para tu cámara de fotos”). En otras ocasiones cogía a tres o cuatro agraciados , los metía en su Ford y se los llevaba a la tienda de té de la ciudad dónde les dejaba comprar pasteles y café. Flip y la reina Isabel, cuyas relaciones con Leicester, Essex y Raleigh comprendí desde muy temprano, eran dos figuras que aparecían en mi imaginación indisolublemente unidas. Una expresión que siempre usábamos al referirnos a Flip era “ en gracia”. “Hoy me tiene en gracia” decíamos o bien “Hoy no me tiene en gracia”. Aparte del puñado de niños de familias pudientes o con título nobiliario  nadie estaba permanentemente en gracia aunque, por otra parte, incluso los más marginados podían contar con ser agraciados alguna vez.

De modo que aunque mis recuerdos de Flip sean mayormente hostiles también recuerdo momentos en los que me dejaba bañar por sus sonrisas, cuando me llamaba por mi nombre de pila y me trataba de “mi viejo amigo” y me daba permiso para entrar en su biblioteca donde tuve la oportunidad de ver por vez primera un ejemplar de “Vanity Fair”. La gracia suma en la que uno podía verse  consistía en ser invitado a servir la mesa los domingos por la noche en casa de Flip y Sambo con ocasión de las cenas que daban para sus amigos. Desde luego que  siempre podía  hacerse uno con las sobras  a la hora de recoger los platos pero también estaba el placer servil de colocarse detrás de las sillas de los invitados esperando a acudir raudo cuando uno era llamado. Babeábamos por hacerle la rosca y a la primera sonrisa que  nos mostraba el odio que uno podía sentir se transformaba en una suerte de amor rastrero. Hacerle reír a  Flip me llenaba de orgullo. Incluso llegué a escribir vers d´occasion a  requerimiento suyo, versos cómicos que celebraban acontecimientos del  colegio dignos de ser recordados.

Quiero dejar muy claro que yo no era  ningún rebelde, a no ser que las circunstancias  me forzaran a ello. Aceptaba el código en vigor. Incluso hubo una vez ,cerca ya de mi último curso,en la que me chivé a Siller  sobre un supuesto caso de homosexualidad. No sabía muy bien qué era eso de la homosexualidad pero sí sabía que ocurría y que era algo malo y que chivarse era lo suyo. Siller me dijo que era “un buen tipo” por haberlo hecho y no sentí sino bochorno. Ante Flip uno se sentía tan inerme como pudiera estarlo una serpiente ante su encantador. Disponía de una lista bastante fija de palabras expresando elogio y desprecio, toda una serie de frases que no tardaban en hacer saltar en uno la respuesta que buscaban. Estaban el “!Ánimo viejo amigo¡ que provocaba   alardes de energía o el “No seas cafre” (o “Verdaderamente patético”) que te hacía sentirte como un perfecto idiota o también el “No lo esperaba de ti, la verdad” que te ponía al borde de las lágrimas. Y sin embargo, durante todo aquel tiempo , una especie de yo interior incorruptible parecía estar recordándole a uno todo el rato  que  hiciera lo que  hiciera- reir, lloriquear o derretirse de gratitud ante el mínimo favor-en el fondo del alma uno no sentía más que odio.

“How difficult it is for a child to have any real independence of attitude could be seen in our behaviour towards Flip. I think it would be true to say that every boy in the school hated and feared her. Yet we all fawned on her in the most abject way, and the top layer of our feelings towards her was a sort of guilt-stricken loyalty. Flip. Although the discipline of the school depended more on her than on Sambo, hardly pretended to dispense strict justice. She was frankly capricious. An act which my get you a caning one day, might next day be laughed off as a boyish prank, or even commended because it “showed you had guts”. There were days when everyone cowered before those deepset, accusing eyes, and there were days when she was like a flirtatious queen surrounded by courtier-lovers, laughing and joking, scattering largesse, or the promise of largesse (“And if you win the Harrow History Prize I´ll give you a new case for your camera!”), and occasionally even packing three or four favoured boys into her Ford car and carrying them off to a teashop in town, where they were allowed to buy coffee and cakes. Flip was inextricably mixed up in my mind with Queen Elisabeth, whose relations with Leicester and Essex and Raleigh were intelligible for me fron a very early age. A word we all constantly used in speaking of Flip was “favour”. “I´m in good favour”, we would say, or “I´m in bad favour”. Except for the handful of wealthy or titled boys, no one was permanently in good favour, but on the other hand even the outcasts had patches of it from time to time.

Thus, although my memories of Flip are mostly hostile, I also remember considerable periods when I basked under her smiles, when she called me “old chap” and used my Christian name, and allowed me to frequent her private library, where I first made acquaintance with “Vanity Fair”. The high-water mark of good favour was to be invited to serve at table on Sunday nights when Flip and Sambo had guests to dinner. In clearing away, of course, one had a chance to finish off the scraps, but one also got a servile pleasure from standing behind the seated guests and darting deferentially forward whe something was wanted. Whenever one had the chance to suck up, one did suck up, and at the first smile one´s hatred turned into a sort of cringing love. I was always tremendously proud when I succeeded in making Flip laugh. I have even, at her command, written vers d´occasion, comic verses to celebrate memorable events in the life of the school.

I am anxious to make it clear that I was not a rebel, except by force of circumstances. I accepted the codes that I found in being. Once, towards the end of my time, I even sneaked to Siller about a suspected case of homosexuality. I did not know very well what homosexuality was, but I knew that it happened and  was bad,and that this was one of the contexts in which it was proper to sneak. Siller told me I was a “good fellow”, which made me feel horribly ashamed. Before Flip one seemed as helpless as a snake before the snake-charmer. She had a hardly varying vocabulary of praise and abuse, a whole series of set phrases, each of which promptly called forth the appropriate response. There was “Buck up, old chap!” which inspired one to paroxysms of energy; there was “ Don´t be such a fool” (or, “It´s pathetic, isn´t it?”), which made one feel a born idiot; and there was “ It isn´t very straight of you, is it?”, which always brought one to the brink of tears. And yet all the while, at the middle of one´s heart, there seemed to stand an incorruptible inner self who knew that whatever one did- whether one laughed or snivelled or went into frenzies of gratitude for small favours- one´s only true feeling was hatred.

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