Inicio > Divertissement, Historias > El balde del esfuerzo

El balde del esfuerzo

¡Qué no habremos hecho juntos! ¡Qué recodo de mi cuerpo no habré dejado que ella me recorra! Acogedoramente inmensa en su desnudez marina y algo más ceñida cuando su chorro sale del grifo, el agua y yo habíamos sido hasta hace poco una pareja de libro desde que un cura me mojó  la coronilla allá por el bautismo.

Y sin embargo… sin embargo de un tiempo a esta parte no hago sino preguntarme qué es lo que la hice, a qué se debieron esos continuos desplantes que tuvo conmigo, qué gota colmó un vaso del que bebí creyendo que se me ofrecía sin contrapartidas, generosamente, por amor, vaya…Si no hace mucho toda ella era una sonrisa complaciente que se plegaba a mis antojos: moderadamente caliente en la ducha en las mañanas de invierno, juguetona y rizándome en sus olas en verano, cristalina y a flor de piel en sus entregas primaverales, no tardó en tenerme pendiente de su hilo y plegándome al arbitrio de unos caprichos que, en su caso, cobraban la forma de filtraciones. Si, filtraciones, digo bien. Filtraciones por los rodapiés, por los pilares, por los cantos superiores de aquellos, por los alfeizares lindantes con éstos, por microscópicas fisuras en los muros, por los paramentos de las ventanas, por los encuentros entre fachada y carpintería metálica, por basculaciones debidas a misteriosos corrimientos del terreno… Por minúsculo que fuera un orificio, por más peregrinas que fueran sus líquidas fuentes, por agotado que el manantial de mi metabolismo se encontrara, allí aparecía ella, el agua, siempre a traición, siempre pillándome desprevenido, poniendo en alerta los protocolos de seguridad de una u otra edificación, amenazando la estanqueidad de los recintos que parecían a priori más estancos, intratable en su retadora permeabilidad. Agresiva y soez por momentos, húmeda, pero que muy húmeda, en cada uno de los puntos de sus inexorables demandas, cometí el error imperdonable de seguirle el rollo. Tan pronto como advertí su primer mohín de desagrado empecé a hacerme con planos, cavilé sobre estructuras, despaché con ingenieros, recurrí a siliconas sellantes, hice rozas con vistas a evacuar su ansia- y, de paso, la mía- ejecuté pendientes que canalizaran todo cuanto de canalizable había entre nosotros…

En vano…Un frente frío que barrió de oeste a este la cornisa acabó por arruinarlo todo…

Exigió de mí una ubicuidad de la que no me sentí capaz. Remitiéndome a mis propios límites hizo las veces, por lo demás, de aliviadero. Estaba, en realidad, hasta la coronilla, la misma coronilla que  de muy pequeño me rociaron con agua, un poco antes de que me pusiera a jugar con mi balde de plástico a la orilla del ancho mar, sin saber muy bien aún lo que las nubes, que en el lejano horizonte se dibujaban, me depararían.

  1. Aún no hay comentarios.
  1. No trackbacks yet.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: