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Norbert Elias. Nacionalismo VII y última entrega

Lo que fue característico de la evolución alemana no fue el empleo ilegal y sistemático de la violencia por parte de organizaciones extra parlamentarias, tampoco el empleo de la violencia física tras la toma del poder con el fin de fortalecer el nuevo régimen eliminando a sus enemigos. De todo esto existen precedentes en otros Estados. Lo que le fue peculiar y para lo cual aún falta una explicación convincente es la magnitud del asesinato premeditado de individuos que no oponían ninguna resistencia, asesinatos, por lo demás, de los que no da cuenta ninguna razón a la que quepa llamar “real” o “racional”- o sea en el sentido de que reporten alguna utilidad o ventaja para la sociedad o régimen en cuestión y que pueda tener alguna correspondencia con el esfuerzo que la organización de los asesinatos conlleva. Lo que la memoria retiene como problema y lo que aún queda pendiente de aclarar es lo tremendo de unos crímenes en masa al servicio de algo que se había calificado bien como una teoría o sistema político de creencias o bien como un ideal, es decir, lo tremendo de unos crímenes masivos al servicio de una utopía, del sueño de un gran imperio en Europa bajo dominación alemana. Esta mezcla de un ideal de apariencia racional y cuasi científico y un empleo de la violencia absolutamente sin límites, cuyas víctimas humanas para sus ejecutores no eran de hecho más que cosas impersonales a las que tratar como  a los materiales que en una fábrica  son procesados en jabón, harina ósea, comida para animales etc…, y a quienes en el fondo no tomaban más que por símbolos de una teoría… Es esta mezcla la que hasta como problema hoy permanece abierta.

Traer este problema a la memoria cuando se aborda el tema que nos ocupa no carece de importancia porque entre algunos de los grupos terroristas de esta época posterior puede encontrarse una mentalidad similar. También entre ellos se va perdiendo con el transcurso del tiempo el sentimiento de que sus víctimas son seres humanos, es decir la última identificación posible de un individuo con su enemigo. También en su caso no representan las víctimas para los criminales más que símbolos en el marco de una teoría- representantes de un colectivo a los que no se reconoce como seres humanos sino como representantes simbólicos de una organización social a la que gracias a un determinado sistema de argumentación se percibe como merecedora de ser destruida.

Con el fin de aclarar estas particularidades del nacionalsocialismo y, luego, del terrorismo en la república federal de Bonn es necesario introducir en el campo de visión las particularidades del patrón de la evolución de Alemania y del patrón de civilización que a él va  unido. Si se contemplan estos no tarda uno en darse  cuenta de qué poco continua y qué llena de altibajos está la evolución alemana. Al contrario que Ingaterra la evolución histórica en Alemania ha impedido que se haya llevado a efecto un proceso largo y continuado  de construcción del Estado en una determinada dirección y ha hecho que el mismo haya estado marcado por una lucha entre grupos de interés centrífugos y centrípetos, entre tendencias integradoras y desintegradoras del Estado que han cobrado preponderancia alternativamente. También aquí están en estrecha relación la estructura de la evolución estatal y las tradiciones nacionales de maneras de sentir y de formas de conducta. Esto aparece a la luz con particular claridad cuando uno considera la conexión que hay entre el proceso de construcción del Estado y la  pacificación de la vida ciudadana, la estabilidad de las instancias de auto-control que se han incorporado y que regulan el empleo de la violencia en casos de conflicto pudiendo llegado el caso bloquearlo. Las dificultades que se desprenden de las discontinuidades parciales de la evolución alemana han llevado ciertamente a que la evolución del patrón nacional de civilización alemán no haya sido en buena medida investigado. Respecto a él sólo pueden plantearse de entrada suposiciones.

Lo que enseguida llama la atención es el contraste entre, por un lado, la relativamente baja consideración en que se tenía a las acciones militares y a las virtudes guerreras por parte de aquellos sectores de la burguesía alemana que en la segunda mitad del siglo XVIII marcaban la pauta, o sea en el periodo de los grandes pensadores y escritores del clasicismo alemán y , por otro, el relativamente alto valor que a las acciones bélicas y a otras formas violencia sancionadas por el Estado se atribuía en tiempos del segundo imperio y más tarde en la época del tercer reich. Parece como si la entrada de una Alemania unificada en las luchas de las grandes naciones por la hegemonía  hubiera debilitado las civilizadoras  barreras auto-coercitivas que preservaban del uso de la violencia entre los hombres. La importancia de la institución del Duelo- que, a diferencia de en Francia, no se limitaba a cuestiones de honor sino que era pan diario en las organizaciones estudiantiles- era sólo un síntoma de la fortaleza con que la tradición militar se había instalado en el específico patrón alemán de civilización de acuerdo a su evolución después de 1871. La conexión con el patrón alemán del proceso de construcción del Estado, con una unificación tardía gracias a la acción de las armas, parece evidente.*

No era casualidad que la corte del principado más importante, la de Berlín, tuviera una impronta militar muy marcada. En países como Inglaterra o Francia la pacificación se llevó a término bastante antes que en Alemania- y, en tanto símbolo de esto mismo, el llevar uniforme militar acabó restringido a las ocasiones bélicas. Ya en tiempos de Luis XIV no era costumbre presentarse en la corte con uniforme militar. La postura inglesa al respecto puede de nuevo quedar patente trayendo a colación el ensayo de Orwell. Conviene tener presente al hacerlo la función modeladora de la oficialidad alemana y la querencia por el uniforme en la corte del emperador hasta 1918:

 

“Lo que casi todas las clases inglesas por igual detestan es el tipo del oficial fantasma y engreído al que se le hincha el pecho, el tintineo de sus espuelas y el entrechocar de sus botas. Décadas antes de que nada se supiera de Hitler, la palabra “prusiano” significaba ya en oídos ingleses lo mismo que “nazi”. Este sentimiento es tan profundo que desde aproximadamente un siglo los oficiales del ejército inglés siempre visten de civil en tiempos de paz cuando no están de servicio.”

Por encima de todo lo que justificaba el recurso a la violencia era la lucha por la causa de la nación. Esto llevó un carácter de calculada brutalidad a la tradición alemana en las maneras de comportarse y de sentir. Este carácter de calculada brutalidad se encontraba limitado en los tiempos del dominio de una casta militar de origen noble gracias a los deberes que imponía el código de honor de las clases altas. Para Hitler y los suyos, que no eran de origen noble y que habían tenido que trabajarse denodadamente su subida al poder, ese código de caballeros no jugaba ya ningún papel, él y los suyos se dirigían sin escrúpulos a la caza y captura de grandeza y poder, por todos los medios y a cualquier precio. El empleo de la violencia física sin restricciones formaba parte de todo esto, más allá de cualquier escrúpulo o cualquier resabio de conciencia. En su esfuerzo por la realización de su sueño de un tercer imperio alemán (das dritte Reich)- o sea, de un tercer reinado imperial- todas las coerciones civilizadoras relativas al honor y a la moral pasaron a carecer de importancia.

El nacionalismo italiano se legitimaba a base de evocaciones a la grandeza del imperio romano y a la cultura de la vieja Roma, el nacionalismo alemán lo hacía evocando las tribus germánicas de las “invasiones bárbaras” que habían participado en la caída del imperio romano. Esta diferencia en los modelos respectivos resulta significativa a la hora de considerar el nivel de civilización representado por estos dos movimientos dictatoriales, el fascismo y el nacionalsocialismo. En un caso los líderes tomaban como modelo un Estado imperial y su cultura, en el otro una raza que se diría estaba destinada por la naturaleza a dominar el mundo. La desesperada movilización de todo el pueblo en  lucha por obtener el preciado sueño de un imperio mundial gracias al último de los monarcas de Alemania- un emperador advenedizo- trajo consigo a nivel político la eliminación de todas las auto-coerciones, también las que hacían referencia a los crímenes más inhumanos si con ellos podía hacerse realidad el sueño de un imperio alemán étnicamente puro.

El llamamiento que este objetivo soñado hacía al amor propio nacional explica asimismo el hecho de que la gran masa de la población estuviese tan dispuesta a someterse a las órdenes del gran líder y su plana mayor. La casi total sincronización de voluntades en el pueblo alemán a la que se llegó bajo el régimen nazi se explica no solamente por los medios coercitivos  que los dirigentes empleaban contra los que no se adaptaban sino sobre todo por el hecho de que el nacionalsocialismo prometía a sus seguidores vías compensatorias de placer llamadas a recompensar las renuncias que entrar a su servicio implicaba. Los que obedecían las órdenes del Führer esperaban la alta recompensa de convertirse en los señores de  los demás pueblos europeos en tanto que miembros de una nueva élite y de una nobleza europea nueva. Con vistas a alcanzar esta promesa merecía la pena la renuncia de cada uno a su individualidad, su total sometimiento en cada caso a las órdenes de los superiores y, en última instancia, al poder de mando del Führer. En otras palabras, dentro de esta forma de Estado la orden del Führer vino a reemplazar a la conciencia individual en cualquier asunto político.

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