Martin y yo

Mi bagaje filosófico  es muy rudimentario por no decir inexistente y, sin embargo, hacia el 2009 mi , a veces, desesperante autodidactismo decidió meterme en una empresa que me llevó tres años y que todavía dura: la lectura del “Ser y Tiempo” de Heidegger. Estoy por deciros que le preguntéis a mi autodidactismo a qué se debió esta especie de quijotada y que a mí me dejéis en paz que bastante tengo con defenderme de las aspas de semejante molino, pero sé que no puedo escaquearme y que, al menos a mí, me debo una respuesta más o menos sincera. En realidad las respuestas pueden ser varias y hasta enumerables. Lo frustante quizá sea su balance hasta la fecha.

En primer lugar, estaba bastante cansado de la pedantería de iniciados que acerca del autor y su obra circulaba  así que me dije que lo mejor quizá fuese ir a la fuente original para ver de qué iba todo el rollo. Bien, después de dos lecturas sigo sin tenerlo claro. Quiero decir que con un 50% aprox. de comprensión de lo que en el libro se dice temo estar comprendiendo menos de lo que lo hubiera hecho si no lo hubiera leído.

En segundo lugar también me dije que leerlo en el original podía ayudarme a mejorar mi alemán. Podría decir tranquilamente a este respecto que esto pecaba de ingenuo sino sospechara que, diciendo esto, estoy siendo benevolente conmigo mismo. No, las secuelas que el alemán de Heidegger puede tener en un alma cándida como la mía pueden perfectamente llevarle a uno a que no solamente no se le entienda en Alemania sino a no entenderse uno mismo en su idioma materno.

Y esto es precisamente lo que me ocurrió cuando al de dos páginas fui consciente allá por septiembre del 2009 de que , si pretendía cumplir mi objetivo, lo mejor iba a ser que me hiciera con una traducción al español del original. Tomé pues prestado en una biblioteca el ejemplar español traducido a cargo del filósofo José Gaos y no tardé en comprobar que era peor el remedio que la enfermedad. Aquello estaba en mi propio idioma y maldita sea si entendía algo.

No todo iba a quedarse, sin embargo, en una penosa secuencia de malentendidos. No, algo después de intentarlo con Gaos me proveí de otra traducción a cargo de un filósofo chileno llamado Jorge Eduardo Rivera. ¡Como de la noche al día! Quiero decir que volvía a verme capaz de entender un español que, por momentos, temía estar perdiendo y a ver así disipada la amenaza de mudez que sobre mí se cernía al carecer de idioma materno de repuesto.

Pero mirad por donde, uno tiene la sensación de haberse metido ya en terreno heideggeriano porque mudez, habla, comprensión… quizá sean ya ideas que el filósofo aborda en su obra.

Toda esto viene a cuento porque he decidido servirme del blog para acometer mi tercera lectura de “Ser y Tiempo”. Sin estresarme y tomándome, como no podía ser de otra manera, mi tiempo iré colgando extractos del original alemán y de la traducción española de Jorge Eduardo Rivera. De un lado, como homenaje a la, en mi opinión, gran labor de traducción de este hombre. De otro, por trabajar de una manera más abierta y menos autodidacta pasajes  que me ayuden a familiarizarme con los enigmas que Heidegger nos pone delante estando como estoy a un 50% de intuir que detrás de esos  enigmas no estamos sino nosotros mismos: yo, que esto escribo , tú, que me lees y, bueno, toda esa peña de heideggerianos que desde la grada se ponen a lanzar bengalas  nada más ver a su “Dasein” sacándoles de centro.

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