Norbert Elias. Nacionalismo VI

Terrorismo, orgullo nacional y patrón nacional de civilización

Nacionalismo vs. sentimiento o conciencia nacional

Hay ocasiones en las que las generaciones más viejas y las más jóvenes comparten manifiestamente las mismas orientaciones políticas y culturales y otras en las que las jóvenes generaciones oponen abiertamente sus orientaciones a las de las generaciones establecidas más viejas. La oposición extraparlamentaria y el terrorismo de la república de Weimar son un ejemplo de lo primero, los de la república federal de Bonn, de lo segundo.

Como he dicho con anterioridad no pueden comprenderse los últimos choques culturales en lo que se refiere a las orientaciones, las creencias y los ideales políticos  si se ignora el hecho de que conflictos análogos se dan en casi todos los países desarrollados no dictatoriales y sobre todo en los Estados nacionales de Europa.*

*Ciertamente también se dan conflictos generacionales en países menos desarrollados que atraviesan un nivel más temprano del proceso de modernización. Estos conflictos se diferencian, no obstante, de los de los países más desarrollados, siendo  esta diferencia  muy concluyente en lo que respecta a la conexión que hay entre la estructura de del desarrollo social y los conflictos generacionales. En ambos casos las generaciones más viejas prefieren mantener la tradición y preservar el orden establecido mientras que las más jóvenes se inclinan más hacia lo nuevo. Pero en los llamados países en vías de desarrollo nos encontramos con sociedades cuyas generaciones más jóvenes-con razón o sin ella- sienten que su sociedad progresa. Estas generaciones quieren salir de una situación de pobreza económica y degradación política y la tradición que sus antecesores generacionales quieren mantener y prolongar la asocian al estigma de la  degradación nacional a la que oponen el orgullo de un nuevo amor propio convirtiendo este nuevo orgullo nacional en estandarte del progreso de la nación. Esta situación es casi la contraria a la que experimentan  los países relativamente desarrollados de la parte de Europa en la que no hay dictaduras.

Estos conflictos generacionales están relacionados con el hecho de que la segunda guerra mundial supuso en cierto sentido para la evolución de este grupo de Estados de las naciones más desarrolladas un corte más profundo que el que implicaron todas las anteriores guerras y revoluciones: en la estela de la segunda guerra mundial tanto los medianos y pequeños como los Estados europeos más poderosos y grandes experimentaron un cambio radical en su posición en la jerarquía de los pueblos de la tierra; perdieron la posición hegemónica que habían ocupado durante siglos y descendieron en el mejor de los casos a potencias de segundo rango. No vamos a discutir aquí qué efecto tuvo sobre la generalidad de sus respectivas poblaciones esta pérdida de estatus. Nos limitaremos a proseguir las reflexiones que habíamos comenzado acerca de su significado en las relaciones entre las generaciones más viejas y las más jóvenes.

El orgullo nacional de las generaciones más viejas no se vio en general muy afectado por el cambio en la cuota de poder y consiguientemente en el estatus de su país. Su educación y el desarrollo de sus disposiciones personales habían tenido lugar antes de la guerra. Su visión del Nosotros en tanto ingleses, franceses, italianos o alemanes se había formado en esta época y, dado el profundo arraigo de esa visión en la conciencia del amor propio y en la estructura de la personalidad del individuo, la misma fue afectada relativamente poco por los cambios operados en la realidad. La frialdad racional con la que asimilaron la pérdida de estatus y la reducción de la cuota de poder de sus respectivos países apenas afectó al calor de su conciencia nacional. Su orgullo nacional quedó en general intacto. A los que nacieron durante o después de la segunda guerra mundial no les pasó lo mismo. No obstante, a este respecto las diferencias entre las distintas naciones europeas son sustanciales.

Las generaciones inglesas de después de la guerra eran muy conscientes del cambio en la posición de dominio de su país tras 1945 y esta conciencia no pudo por menos que influir en su amor propio en tanto que ingleses. Pero en Inglaterra la conciencia del gran valor que suponía pertenecer a la nación propia era especialmente estable- quizá más estable que en ninguna otra nación europea. Este amor propio colectivo no tenía el carácter de un ideal político que pudiera ser “calentado” por la propaganda de ningún partido sino que se relacionaba y se relaciona con el sentimiento muy extendido y sentido como evidente de que es mejor ser inglés que francés, alemán etc… un sentimiento que no requiere ni ser recalcado ni razonado especialmente.*

*Es cuestionable si un amor propio así entendido permite ser caracterizado como “Nacionalismo”. Este término puede referirse a un sistema de argumentos puramente intelectuales, a un programa de acción fundamentalmente intelectual o a una ideología de partido detrás de la cual se ocultan determinados intereses de clase. Quizá sea útil diferenciar  un nacionalismo en este sentido de un sentimiento o conciencia nacionales que no tienen por qué presentarse siempre intelectualmente articulados.

El origen de este sentimiento hay que ligarlo a un proceso de construcción del Estado continuado durante siglos, a una posición de poder que fue en aumento y a una riqueza del país que también lo fue haciendo. En el doble proceso de formación de la nación, por un lado, y  desarrollo de un sentimiento de solidaridad que la iba abarcando en su conjunto, por otro, jugó asimismo un papel decisivo la creciente interdependencia e integración de las diferentes capas sociales y de las diferentes regiones. Además en el caso de los ingleses este sentimiento se apoyaba y confirmaba en un canon de conducta muy marcado aunque comparativamente discreto que les servía, y no en último término, como Schibboleth (Schibboleth se refiere a cualquier uso de la lengua indicativo del origen social o regional de una persona, y de forma más amplia cualquier práctica que identifique a los miembros de un grupo, una especie de santo y seña.): valiéndose de él- valiéndose de un sondeo de las formas de reaccionar de un desconocido- se distingue enseguida quién es aquel que reacciona como un inglés y quién alguien que no lo es.*

*George Orwell ha descrito en uno de sus ensayos algunos aspectos del sentimiento nacional inglés (England your England en “Inside the Whale and other Essays”, Harmondsworth 1957, Penguin; Estoy en deduda con Cas Wouters por haberme informado sobre este libro). Un corto extracto del libro puede aclarar lo dicho más arriba:

“Ciertamente las llamadas razas de Gran Bretaña se sienten muy distintas entre sí. A un escocés no es que le siente muy bien que se le interpele como inglés… Pero estas diferencias como que desaparecen en un santiamén tan pronto dos británicos se encuentran frente a un europeo… Contemplados desde fuera un Cockney de Londres y un hombre de Yorkshire se parecen como dos miembros de una misma familia. Incluso las diferencias entre ricos y pobres disminuyen cuando se contempla  la nación desde fuera. Es incuestionable que hay en Inglaterra diferencias de riqueza y  que estás son tan grandes como en ningún otro país europeo.. Desde un punto de vista económico en Inglaterra existen dos naciones sino tres o cuatro. Pero al mismo tiempo la gran mayoría de esta gente siente que forman una única nación siendo conscientes de que se parecen más entre sí que a un extranjero. El patriotismo es normalmente mayor que el odio de clase o que cualquier otro tipo de internacionalismo. Aparte de un momento puntual en 1920 (el movimiento “Fuera las manos de Rusia”) la clase trabajadora inglesa no ha pensado ni actuado nunca en términos internacionales…

En Inglaterra el patriotismo cobra distintas formas según las clases. Pero las recorre a todas como un hilo que las une. Solo la intelectualidad europeísta es inmune al patritismo. En tanto que sentimiento positivo su fuerza es mayor en las clases medias que en las altas. En la clase trabajadora el patriotismo tiene profundas raíces pero inconscientes… La famosa “insularidad” y hostilidad hacia el extranjero de los ingleses es mucho más fuerte en la clase trabajadora que en la burguesía. Durante la guerra de 1914-1918 la clase trabajadora inglesa entró en contacto con extranjeros en una medida en la que hasta la fecha no lo había hecho. La consecuencia que se derivó de ello fue que de regreso a casa se trajo consigo un odio hacia todos los europeos- menos hacia los alemanes de quienes admiraban el coraje… La insularidad de los ingleses, su negativa a tomar en serio a los extranjeros es una necedad que de vez en cuando les sale cara. Pero cumple un papel en su forma de sentir el carisma inglés (the english mystique)

Saldo o balance entre el patrón nacional de conducta y el orgullo nacional como vía compensatoria de goce y transformación civilizadora del individuo

Nos encontramos aquí con un patrón nacional de conducta profundamente enraizado en la estructura de la personalidad y una visión del Nosotros que le está estrechamente unido y que constituye una parte integral de la identidad del individuo, un símbolo fiable de su pertenencia al grupo junto con los demás miembros. Este patrón de conducta y esta visión del Nosotros cumplen al mismo tiempo una función de conciencia en la medida en que comprenden unas prescripciones que atañen a la forma en que un inglés precisamente por ser inglés debe y no debe comportarse.

El ejemplo inglés de conexión entre sentimiento nacional , por un lado, y patrón nacional de conducta y estructura nacional de la conciencia, por otro, permite introducir un factor que a la hora de abordar la sociogénesis del terrorismo en la época de la República Federal se suele pasar por alto  al contemplarlo aisladamente sin plantearse la pregunta de por qué grupos de protesta de las generaciones de después de la guerra se deciden por el uso de formas violentas de  actividad política precisamente en Alemania y no, por ejemplo, en Inglaterra. Lo que en este sentido voy a decir constituye una proposición o, si se quiere, una hipótesis que a lo mejor merece la pena investigarse.

El crimen, el robo, el fuego como medios para la obtención de fines políticos constituyen una ruptura del monopolio estatal de la violencia, cuyo mantenimiento garantiza la relativa pacífica convivencia dentro de un Estado. Uno de los requisitos para el funcionamiento de la relativamente compleja estructura de un Estado nacional industrializado es un relativamente alto grado de pacificación interna. La estrategia violenta de grupos terroristas supone un ataque premeditado contra la existencia del monopolio estatal de la violencia y se diría que se dirige así contra el corazón mismo del Estado, pues si este monopolio se demuestra incapaz de cumplir su función y se desmorona, se desmorona también tarde o temprano el Estado. La ruptura de ese monopolio de la violencia requiere al mismo tiempo, que haya una ruptura de las barreras individuales frente a las acciones violentas que en el seno de los Estados suele inculcarse en la conciencia a sus miembros desde niños. Y dado que la necesaria renuncia a la acción violenta dentro del Estado forma parte esencial de lo que llamamos “comportamiento civilizado” y habida cuenta de que proceso de civilización y de construcción del Estado se entretejen mutuamente, los movimientos terroristas representan en el sentido del proceso civilizador movimientos regresivos, teniendo un carácter anti-civilizador.

Desde luego que estas afirmaciones no contienen nada que los grupos terroristas puedan aceptar como argumentos contra sus acciones. Su argumento es el de que el Estado de la República Federal y su civilización no merecen sino ser destruidos y además por todos los medios. Como piensan que este objetivo no podrá ser cumplido sino con medios violentos, los que así piensan se meten a  terroristas.

En Inglaterra también aparecieron en escena grupos de jóvenes con ideales más o menos revolucionarios que rechazaban tajantemente y combatían el orden imperante en su sociedad por sus injusticias. Pero no me consta que ninguno de ellos fuera tan lejos como los terroristas alemanes. No hubo ningún grupo que buscara desestabilizar la estructura estatal mediante secuestros,  asesinatos, fuego y robo. Mi hipótesis es que el hecho de que en Inglaterra- como, por otra parte, en Francia y en Holanda- los grupos de oposición extra-parlamentaria se limitaran a medidas de oposición más o menos pacíficas y, en este sentido, legales, está conectado, entre otros factores, con la solidez del sentimiento nacional en estos países. Lo que Orwell decía de la Inglaterra de las primeras décadas del siglo XX respecto de la existencia en ella de un sentimiento nacional sólido más allá de cualquier oposición de clase y, además, de un orgullo nacional de base común, es válido también para la Inglaterra de los 80- aunque la coraza civilizadora parezca menos firme debido a los embates de la realidad que han privado a Inglaterra de su brillo de antaño. Nadie puede decir por cuánto tiempo más y si  la forma tradicional del orgullo nacional inglés será capaz de soportar estos golpes de la realidad. Pero de momento uno tiene la impresión de que el sentimiento del gran valor que para un inglés tiene el hecho se serlo permanece intacto. Y este sentimiento permanece intacto también en los grupos de jóvenes que se oponen muy críticamente al orden social imperante en su país. Hoy como ayer existe una clara conexión entre orgullo nacional y  auto-moderación civilizadora que hace que no se contemple utilizar el asesinato y el robo como medios políticos de lucha.

Orgullo nacional y transformación civilizadora del individuo se relacionan de una forma característica. La transformación civilizadora que conduce del libre curso de las pulsiones en los niños a la adquisición de patrones de control de las mismas en los adultos apareja considerables dificultades,  angustias y pesares de todo tipo y luchas consigo mismos para los individuos incluso de las tribus más simples. En sociedades más desarrolladas este proceso es, de acuerdo al más alto grado de civilización, no solamente  más largo sino especialmente penoso. El riesgo que comporta es siempre considerable. Al final lo que resulta decisivo, para decirlo brevemente, es el saldo entre la renuncia a las pulsiones que en el curso del proceso civilizador a un individuo se le impone y las vías compensatorias de goce que este mismo proceso abre y posibilita. Si a un niño se le satisfacen todos sus deseos y necesidades no evoluciona como persona y se queda  niño por más que su cuerpo crezca. Renuncia y recompensa- palo y zanahoria- cumplen una función en tanto que estímulos para su transformación en una persona adulta capaz de refrenar y remodelar  sus pulsiones e impulsos de acuerdo a las normas del mundo adulto. El mantenimiento de los auto – controles que en un momento dado se han llegado a alcanzar requiere como contrapeso vías copensatorias de goce de una u otra clase. El orgullo nacional, una forma más amplia del amor propio, puede funcionar como tal recompensa. Inglaterra es solo un ejemplo de este carácter complementario entre orgullo nacional y seguimiento de un patrón nacional normativo en las maneras de actuar y sentir.

El sólido y autónomo patrón de civilización que fue cobrando forma en países como Inglaterra y Francia a lo largo de un proceso de siglos y, sobre todo continuado, de formación del Estado y que se tradujo en su ascenso gradual a la categoría de potencias hizo posible- a pesar de la problemática que supuso su pérdida de poder  después de 1945- que las generaciones de posguerra también se vieran como un eslabón en la cadena generacional y  que dieran  un sentido y un valor a una identidad nacional que seguía siendo sentida como la más natural de las cosas. Puede que la recompensa emocional que cada individuo recibía de su participación en el valor colectivo de la nación fuera menor y más dudosa si se la compara con la que se les brindó a aquellos que se criaron antes de la guerra. Con todo, más allá de las sacudidas sufridas, el valor y el sentido de la identidad nacional y del correspondiente patrón de civilización fueron relativamente poco cuestionados. La experiencia nos dirá qué efecto a largo plazo puede tener el desdibujamiento de la atribución de sentido que la pertenencia a la nación propia suponía, si y en qué medida los ideales y patrones de conciencia nacionales pueden seguir siendo compatibles con las renuncias que al individuo exigen cuando las recompensas afectivas ligadas al orgullo nacional se ven disminuidas. Hasta ahora, no obstante, el conflicto sostenido entre las generaciones de antes y de después de la guerra, que en estos países tampoco faltaba, no ha traído una ruptura en la continuidad de la evolución del Estado ni en la del desarrollo de patrón nacional de civilización.

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