Norbert Elias. Nacionalismo V

William Gladstone

William Gladstone

La sociedad victoriana ¿Una sociedad eminentemente burguesa?

El siglo XIX suele ser descrito como el siglo burgués par excellence. Es esta, sin embargo, una visión limitada*

*La sociedad victoriana misma que a menudo suele pasar por una sociedad dominada por las clases medias industriales poseía una estructura de poder bastante más compleja. Tan solo desde el ángulo de las clases trabajadoras industriales podían aquellas clases medias pasar por clases dirigentes del país. En el contexto de la sociedad y su evolución de conjunto las tensiones y conflictos en Inglaterra entre las clases medias ascendentes y la clases superiores tradicionales no eran menores que las que se daban entre estas últimas y los grupos a los que los contemporáneos se referían como las masas o los pobres.

En lo que concierne a la política interestatal la primacía de las tradiciones dinástico-aristocráticas en la Inglaterra victoriana tenía otra impronta frente a la de los Estados continentales solo en la medida en que en la estrategia de poder británica la marina jugaba un papel más importante que un ejército regular así como en la medida en que el ejército no estaba formado por ciudadanos alistados obligatoriamente sino como en otros siglos anteriores por mercenarios que la mayor de las veces eran reclutados entre los pobres más o menos voluntariamente. Además gracias al mayor peso de su marina la pulsión expansionista de Gran Bretaña se dirigía hacia el poder marítimo, hacia la adquisición o dominio de territorios fuera de Europa. Pequeños contingentes de tropas apoyados por barcos de guerra, armas y conocimientos superiores bastaban para someter territorios muy amplios habitados por sociedades en un nivel evolutivo menos avanzado.

Este y otros aspectos de la especial posición de Gran Bretaña en la competición europea por el poder son responsables de que la nacionalización de la masa del pueblo inglés en el sentido propio del término comenzara algo más tarde que por ejemplo en Alemania o Francia. Mientras expansión y guerra se dirigieran hacia sociedades no europeas menos evolucionadas con ejércitos de mercenarios, el grueso del pueblo británico no se veía afectado. La intelectualidad de las clases medias podía todavía interpretar estas guerras en clave de misión civilizadora, de acuerdo con la definición de Mathew Arnold “ La civilización es la humanización del hombre en sociedad”. O en el caso de que esa intelectualidad conociera más de cerca los rasgos de la expansión colonial británica que no se correspondían con los criterios humanísticos de las clases medias,  podía  permitirse criticar a su país con una libertad con la que no podía contar un miembro de las sociedades continentales alemana o francesa, donde una nacionalización de las formas de sentir y de los ideales impulsada por las instancias del Estado  había ido ya lo suficientemente lejos como para poder convertirlos en marginados o traidores en el caso de que lo hicieran. Una prueba de esto la podemos tener en la amarga queja de Wilfred Scawen Blunt en relación con la fracasada política de Inglaterra en Egipto (“The Wind and The Whirlwind”, 1883 En: “The Poetical Works of Wilfred Scawen Blunt, London 1914)

Te has convertido en el epítome de la hipocresía,

Modelo de fraude para tus vecinos.

Los hombres cuentan y sopesan tus crímenes.

Quien a hierro mata a hierro muere

Te has hecho acreedora del odio de los hombres. Te odiarán.

Te has hecho acreedora del miedo de los hombres. Su temor matará.

Diste de patadas a los débiles. El más débil de entre ellos golpeará tus talones con su

cabeza herida.

Entraste en tierra egipcia a tu antojo. Te quedarás en ella a tu amargo pesar.

Poseíste su belleza y ahora de buen grado la abandonarías.

No. Reposarás junto a ella como lo hiciste.

Lo que a los ojos de individuos que habían crecido en la tradición de la moral de las clases medias aparecía como hipocresía, fraude y crimen era, de hecho, algo que se contemplaba como normal en la tradición guerrera dinástico-aristocrática. En defensa de su propio país y de su propio poder – las dos cosas se reducían a lo mismo para las élites dinástico-aristocráticas- todo esos medios eran contemplados de acuerdo a su canon tradicional como armas inevitables y necesarias en la lucha permanente con otros gobernantes y países. Se empleaban en las relaciones interestatales como una cosa de lo más natural. Solamente cuando las clases industriales ascendentes, con las élites de las clases medias a su cabeza, se ponen a luchar por su igualación y por la obtención de una cuota de poder contra las tradicionales clases superiores en un frente más amplio, comienzan las primeras a dirigirse abierta  y a menudo con considerable aspereza contra la utilización de medios maquiavélicos en el arte de gobernar. Seguramente hay en Inglaterra más ejemplos de un conflicto abierto entre los promotores de un canon moral humanístico y los de un canon maquiavélico que en los países del continente, donde la presión hacia la conformidad con el credo nacional y la estigmatización de la disconformidad se pusieron antes en marcha.

La primera ola de nacionalismo está ligada en Inglaterra con la guerra de los boers y el asedio de Mafeking. Es entonces cuando se llega a la formación y difusión de un sistema de creencias uniforme en el que la nación pasa a ocupar el centro como símbolo de un valor incuestionable y en el que los requisitos indispensables del arte de gobernar quedan más o menos exitosamente unidos a las expectativas que las secciones cultivadas de las clases media y trabajadora tienen de que la nación, de que el Estado y sus representantes satisfagan idealmente unos criterios morales y humanísticos a los que ellas mismas habrán de adaptarse, si bien de una forma no tan completa, dentro de la sociedad.

El descenso de los grupos dinásticos y aristocráticos desde sus posiciones dirigentes en las sociedades europeas y su sustitución por las clases medias y trabajadoras industriales se llevó a cabo en un proceso gradual. En lo que se refiere a las clases medias este proceso aún no se había completado en 1918. Se pasa a menudo por alto el peso que los viejos grupos dirigentes aún tenían antes del final de la primera gran guerra cuando solo se considera como algo estructurado el desarrollo económico interno de los Estados europeos mientras que al desarrollo de las relaciones interestatales se lo contempla como desestructurado y casual. Este último- incluyendo en él los conflictos, las rivalidades y las guerras entre los Estados- y el desarrollo estatal interno son dos elementos inseparables. Cuando se toman en cuentan ambos resulta menos paradójico y casual que  grupos aristocráticos con una larga tradición diplomática y militar siguieran desempeñando un papel dirigente hasta en los más avanzados países del siglo XIX. No entra de ninguna manera en contradicción con la estructura social de aquella época el que un aristócrata de pura raza como Lord Palmerston, cuyos modales y conducta hubiesen podido perfectamente corresponderse con los estándares de las normas de conducta en el ámbito público y privado del siglo XVIII, fuera durante un tiempo el ídolo de las clases industriales inglesas o que, Bismarck, la encarnación de la nobleza prusiana, lograra realizar el sueño burgués de la unificación nacional de Alemania, sueño que las clases medias alemanas por su propia fuerza no pudieron lograr.

La primacía de las élites dirigentes dinástico-aristocráticas en casi todos los Estados miembros del sistema europeo de Estados nacionales en el siglo XIX era una característica estructural de la evolución del sistema en esta fase de transición. Incluso en los países industrialmente más avanzados el poder de las clases medias les permitía como mucho el ascenso a las posiciones de mando de su sociedad solo en calidad de aliados de los viejos grupos dirigentes. La cultura tradicional de éstos proporcionaba a quienes en ella se habían criado o a los que la habían asimilado una clara superioridad en las habilidades que requería el arte tradicional de gobernar que era el que marcaba, a pesar de sus carencias y bloqueos, los puntos de vista y los posicionamientos de la mayor parte de los líderes estatales. Esto afectaba sobre todo a las relaciones interestatales, que apenas habían formado parte de las experiencias de las clases medias y que, por ello, sólo muy indirectamente habían contribuido a la formación de su tradición. En Inglaterra la particular mezcla de absoluta e inquebrantable integridad en los principios, de un lado, y de orientación a resultados, oportunismo y predisposición a las soluciones de compromiso en la práctica, de otro, que muestra la figura de un Gladstone son un claro indicio de  los problemas con que tenían que habérselas individuos de proveniencia de las clases medias cuando alcanzaban posiciones de poder en el Estado. Este dilema no era simplemente expresión de  una disposición personal excepcional sino que mostraba en forma individual las dificultades que se derivaban del encuentro de las culturas de dos capas sociales diferentes y especialmente de dos cánones normativos distintos y en muchos sentidos opuestos cuyo trasfondo social de experiencias era en cada caso completamente opuesto.

Quizá pueda verse mejor el problema si, por concluir, nos acordamos de lo que a propósito de Maquiavelo escribía otro anglicano que se decantó por posiciones no conformistas en una época en que las clases medias urbanas estaban aún en gran medida excluidas de las posiciones dirigentes del Estado y no estaban todavía expuestas a la tentación de enturbiar la pureza de sus creencias con soluciones de compromiso. A continuación algunas de las palabras con las que John Wesley denunciaba al autor del Príncipe- seguramente refiriéndose a la posibilidad de que los asuntos de su propio país pudieran ser dirigidos siguiendo las directrices del florentino:

“Ponderé las opiniones menos corrientes, copié los párrafos en los que se encontraban, comparé unos párrafos con otros y me esforcé por hacerme un juicio frío e imparcial. Y mi juicio frío es: si se reunieran en un volumen todas las doctrinas diabólicas que desde que los tipos de molde existen se han confiado a la escritura,  quedaría éste a la zaga de esta obra; y si  se formara un príncipe conforme a este libro que con tanta naturalidad recomienda la hipocresía, la traición, la mentira, el robo, la opresión, el adulterio, la prostitución y el asesinato sean de la clase que sean, Domiciano o  Nerón serían verdaderos ángeles en comparación con tal príncipe”

La aproximación y la conciliación del canon moral de las clases medias y del canon maquiavélico de las clases dinástico – aristocráticas no era un asunto fácil. No es sorprendente que dicha aproximación y conciliación así como en general el ascenso al poder de las clases medias industriales fuera un proceso gradual* aun cuando las tensiones y conflictos sociales de larga duración que con este proceso están conectados  hayan llegado a estallar en luchas revolucionarias violentas en ciertas fases y lugares.

La percepción de transformaciones a largo plazo de este tipo suele quedar oscurecida debido a la falta de claridad en los criterios que se emplean. Muchas veces no se separa con la suficiente nitidez el ascenso individual desde un estamento o clase a otro, sin que por ello se altere la posición relativa de las capas sociales la una respecto de la otra, del cambio en las posiciones de supremacía y subordinación de las capas sociales en cuanto tales; y de ahí que tampoco se investiguen a fondo ambos procesos en su relación mutua.

Para la investigación de las tradiciones, de las culturas, de las normas, estándares y creencias de las diferentes capas sociales resulta indispensable una separación de este tipo. El ascenso individual suele tener normalmente como consecuencia que el individuo que asciende abandone la cultura de su capa social de origen y que se haga con la de la capa social más alta a la que aspira- o mejor, es la familia ascendente la que en el transcurso de dos o tres generaciones se muda a otra cultura (“it takes three generations to make a gentleman” “se tarda tres generaciones en convertirse en un caballero”). Por el contrario, el ascenso de una capa social al completo, el aumento de su estatus y poder respecto de las otras quizás lleve consigo una transformación ulterior de su cultura pero no necesariamente la ruptura con su propia tradición; el ascenso de una capa social entera es absolutamente compatible con la continuidad en el desarrollo de sus normas, estándares y creencias tradicionales, a pesar de que pueda darse la absorción de elementos de la tradición de capas sociales anteriormente superiores o una mezcla bastante amplia de las dos culturas. En este caso es el particular proceso de cambio en las relativas oportunidades de poder que se abren a las capas sociales descendentes y ascendentes el que decide sobre la manera en que ambas culturas van a influirse y sobre el tipo de mezcla definitiva.

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