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Koldo y Esperanza

Un buen día sus padres decidieron abandonar el violentamente apacible pueblo de la costa vizcaína donde pasaban los veranos – a la bonita casa que alquilaban la extrema derecha , al parecer, le puso en invierno una bomba-  y se dirigieron con todos sus enseres a un sitio de postín del sur. Quién le iba a decir al chaval que en el trayecto perdería su nombre. Pero así fue…

De anfitriona de ceremonias de este nuevo bautismo solía ejercer Esperanza. Esperanza era la madre de unos de sus nuevos amigos. De una edad algo avanzada en comparación con las madres de los demás chicos, Esperanza solía llevar consigo un perro muy feo que no hacía más que estornudarle en los pies. Al comienzo del verano el chaval  solía encontrárselos a los dos cada vez que se disponía a darse el primer chapuzón de la temporada . Entraba sacando pecho en el recinto de la piscina y el encuentro con Esperanza solía desinflárselo,  dejándole como sin aire. Resuelto incialmente a tirarse de cabeza acababa haciéndolo a lo bomba. Desmoralizado, se dejaba llevar por lo fácil.

¿Qué es lo que le decía Esperanza para dejarle tan desganado mientras su perro  le estornudaba en los pies? Tampoco gran cosa.  A sus oídos había debido de llegar que Koldo significaba Luis en vasco  y, endiñándole de entrada  el Koldo, comenzaba  a soltarle una letanía en la que este nombre hacía de ritornello:  que si pobre Koldo, allá en el norte, con los terroristas, que si ella en Madrid tenía contactos que le habían hablado de lo mucho que  sufrían, allá en el norte, los chicos como Koldo, que si esto ,allá en el norte, antes, cuando no había Koldos y todos eran  Luises , no pasaba… La ceremonia no duraba mucho pero era algo que no fallaba, algo por lo que ,estaba escrito, el chaval  tenía que pasar. Esperanza le dejaba la cabeza untada de aquel pringue después de que su madre le hubiese embadurnado la piel de protección solar. El chaval quedaba así ungido sin saber muy bien a qué reino se le destinaba. El más próximo, naturalmente, era el de la pandilla.

Cierto que en la pandilla había un Pachi y también un Zubi, de Zubizarreta. Pero ni Pachi era Francisco allá en el norte ni a Zubi  me consta que se le hiciera perder el  apellido en sus idas y venidas. A él, el apellido no se lo tocaron, el nombre, si. El ,allá en el norte, estaba llamado a ser otro mientras que allí, en el sur, no le quedaba otra que ser Koldo. Lo curioso es que Esperanza y sus hijos igual que los amigos de sus hijos y los amigos de los amigos de sus hijos eran la mayoría de Madrid, de un determinado Madrid, para ser más precisos, hijos, digamos, que de una burguesía madrileña medio alta – no hay cosa peor que una burguesía medio alta- Hijos había hasta de ex golpistas de Estado que pronunciaban el Koldo con particular engolamiento.

¿Cómo fue posible aquel malentendido? ¿Qué clase de estupidez cometió aquel chaval para convertirse en el Koldo de aquel reino entre adolescente e infantil? ¿Qué pretendía Esperanza, con todos aquellos contactos suyos de  la capital, al recitarle aquella letanía que le devolvía otra vez al norte cuando el chaval  no acababa sino de aterrizar con su familia en el sur? ¿Qué puede todo esto tener que  que ver con un país en el que, entre Koldos y Esperanzas, nadie se resuelve quizá a llamar a las cosas por su nombre?

Pues no lo sé, la verdad, aunque no niego que me gustaría saberlo.

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