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Taberna Elisa

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Había pasado la cabalgata. Los devaluados cotillones de reyes habían dejado su sinsabor a quien no gusta de sucedáneos. Se sentía un intenso olor a roscón en el ambiente y la lotería del niño no le había tocado porque sencillamente detestaba la lotería y toda su parafernalia, así que nunca compraba. Los servicios de limpieza del ayuntamiento iban barriendo los restos de la navidad y uno se encontraba en ese melancólico término medio en que las celebraciones no acaban de dejar su sitio ni a las rebajas ni a la cuesta de enero.

El día anterior había recibido un sucinto correo electrónico. “Mañana 20:30, jam session en Taberna Elisa”. Entrada la tarde decidió que nada tenía que perder así que se encaminó al local con calma, dándose una vuelta por la ciudad ya oscura y en la que la melancolía de la mañana se espesaba en las calles vacías del domingo. Poco tenía que perder. Le acompañaba, sin embargo, la pesada sensación de que a cada paso que daba estaba perdiendo algo. Demasiado lejos ya para volver, se dijo.

Habiendo llegado al local antes de la hora, echa un vistazo desde fuera. Nadie o muy poca gente dentro. Decide apurar el tiempo, acercarse a un cajero para sacar dinero le da un buen pretexto. Vuelve. Echa otro vistazo desde fuera. Alguien desde dentro le reconoce. Otro pretexto, esta vez para entrar.

Saluda, felicita el año, charla con los viejos y entrañables compañeros de intercambio  y se acoda en la barra con una cerveza. Mira a su alrededor. Enfrente suyo un tipo maduro de barba blanca con una guitarra y otro más maduro aún con un banjo. Norteamericanos, al parecer. A su derecha un hombre menudo minusválido al que se le había hecho sitio en una esquina para que se instalara. A la altura de sus brazos una especie de tabla recubierta de metal con unos platillos incorporados, algunos dedos de las manos del hombre aparecen revestidos de algún material a fin de extraer sonoridad a tabla y platillos.

Mientras sigue charlando con los demás, los tres individuos comienzan a tocar. Su curiosidad busca un pretexto para tomarse otra cerveza pero no está seguro de que aquello dé para tanto. Decide, no obstante, probar suerte justo en el momento en que empieza a comprobar cómo algunos de los que tomaba por clientes del bar van desenfundando sus banjos, sus guitarras, sus clarinetes uniéndose a los tres individuos del principio. Uno de los tipos empieza a cantar en inglés. Su segunda cerveza se encontraba a la mitad cuando comienza a no descartar que caigan unas cuantas más así como a tener la sensación de que la Navidad y sus villancicos van quedando un poco más lejos y Kentucky y los Montes Apalaches un poco más cerca. No tarda en confirmársele esa sensación al ver cómo un individuo joven con bigote entra en el local, se sube  al pequeño escenario  con aplomo y ,sacando su violín ,empieza a acompañar al resto.

No solamente el cantante sino también una esbelta y atractiva norteamericana de unos cuarenta y tantos que entretanto había entrado en el local con una especie de arpa y se había puesto a cantar de pie en medio del resto de músicos , van repartiendo frases para que el público las coree.  Viendo que los últimos en entrar habían sido un acordeón, un inmenso contrabajo y una trompeta nuestro hombre no ve nada de malo en que su gaznate humedecido ya por la cuarta cerveza aporte algún que otro gallo a la espontánea orquesta.

Un tipo de Chicago con cierto aire al actor Bill Murray es requerido por la rubia a  contribuir con algún toque de blues de su comarca. Ningún inconveniente. Deja la barra donde está con su guitarra, se sienta donde  la rubia y pasa a convertirse en la estrella del momento.

Todo el mundo lo fue aquella noche,  yo creo . Nuestro hombre también. De un plumazo y gracias a una cuadrilla de músicos de origen variopinto se sacudió la murria navideña, el tedio de un folclore que había acabado por serle tan ajeno como próxima  la música de aquella abigarrada  compañía de desconocidos.

La mañana siguiente amaneció con una densa niebla en Madrid. Nuestro hombre, en cambio , se sentía despejado y se despedía hasta la próxima reconciliado con la ciudad, igual que esa pareja que, tras haber desayunado a su lado en el café donde solía hacerlo, se despedía junto a la boca del metro tras una intensa noche de amor.

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