Oswald Hesnard: Walther Rathenau

Oswald Hesnard

Oswald Hesnard

A lo largo de las próximas entradas del blog iré intercalando traducciones de pasajes de la obra “À la recherche de la paix France-Allemagne” Les carnets d´Oswald Hesnard (1919-1931) ( “En búsqueda de la paz franco alemana. Los cuadernos de Oswald Hesnard”) publicado por Presses Universitaires de Strasbourg en cuya atenta lectura me encuentro sumido.

Catedrático de alemán, Oswald Hesnard fue destinado a Berlín de 1919 a 1931. A partir de 1925 juega un papel decisivo como intérprete e informador personal de Aristide Briand, ministro de exteriores de Francia, participando en todas las conferencias internacionales. Habiéndose ganado la confianza de Stresemann, ministro de exteriores alemán, Hesnard consigue convencer a ambos políticos acerca de la posibilidad de superar las dificultades nacidas de la guerra y de la implementación del Tratado de Versalles

De momento me ha llamado poderosamente la atención la semblanza que Hesnard hace de Walther Rathenau , así que es lo primero que de sus cuadernos me resuelvo  a traducir.

Walther Rathenau nació en Berlín, hijo del empresario Emil Rathenau y de una hija de Benjamin Liebermann. estudió física, química y filosofía en su ciudad natal y en Estrasburgoo. De origen judíoo, su padre, Emil Rathenauu era presidente y fundador de la Sociedad General de Electricidadd (AEG), presidencia que heredó a la muerte de éste en 1915.

Rathenau tenía 16 años cuando su padre fundó la AEG y, tras sus estudios universitarios, estuvo trabajando en varias empresas electroquímicas situadas lejos de Berlín, tanto dentro de Alemania como en Suiza. Tras diez años lejos de su hogar, volvió a Berlín en 1899, donde se haría cargo de negocios internacionales, y se convertiría en uno de los más prominentes industriales del Imperio Alemán tardío y de la República de Weimar.

Fue asesinado el 24 de junio de 1922, dos meses despúés de firmar el Tratado de Rapallo con la URSS. (Fuente: wikipedia)

WALTHER RATHENAU

Walther Rathenau

Walther Rathenau

Solía haber encuentros emotivos. Pienso ante todo en el excelente señor Hamspohn*

Johann Hamspohn (1840-1926), industrial renano, fundador en 1892 de la Unión De Sociedades Eléctricas que en 1920 se fusiona con la Sociedad Eléctrica General (A.E.G.) de Emil Rathenau, de quien se convierte en socio.

Había apoyado en otro tiempo a Rathenau padre, recorrido el globo, participado en la formación de la General Electric, negociado con la Thomson Houston. Sus 75 o 78 años habían respetado el porte altivo de su estatura. Las funciones honoríficas que conservaba en la A.E.G. le dejaban el ocio para dedicarse a soñar. Solía decirme que a su edad, retirado en su propiedad de Wannsee, ya no le quedaban ambiciones personales y que lo que quería era pasar el atardecer de su vida de una forma discreta  siendo útil a los demás. A este hombre anciano no le importaba dejar su villa del campo a cualquier hora para citarse conmigo y hablar de la reconstrucción. Su pasión era la reconciliación en el ámbito de los negocios. Desde el primer momento había recomenzado a frecuentar los hoteles, a analizar balances, a recoger firmas. Verificaba las informaciones de París, mandaba recortar los artículos del Journal Official en los que figuraban los debates del parlamento y naturalmente leía los informes del señor Loucheur*

Louis Loucheur (1872-1931), politécnico, ingeniero ferroviario, fundador en 1899 de una sociedad, la Sociedad General de Empresas, que se ocupaba de redes de ferroviarias y de electrificación. Briand, presidente del Consejo le llama en diciembre de 1916 al ministerio de armamento donde desempañará funciones a lo largo del transcurso de la guerra; ministro para la reconstrucción industrial en noviembre de 1918, y diputado por el Norte, departamento que fue devastado durante la guerra, desde 1919 a su fallecimiento; varias veces ministro y delegado de Francia en la Sociedad de Naciones

Tenía fe, esa fe a la que no le importunan ni los obstáculos psicológicos ni las dificultades materiales. Sus propuestas tenían el beneplácito en principio de sus amigos de la A.E.G. aunque no dejaban de suscitar entre ellos objeciones provenientes de un escepticismo provocado por una lectura más exacta y razonada de la prensa extranjera.

Felix Deutsch (industrial berlinés miembro de la directiva de la A.E.G.) no hablaba sino de que había que sentarse a una mesa para hablar en términos negociadores de las reparaciones de guerra y ni que decir tiene, que  había que hacerlo de igual a igual sin que los alemanes fueran convocados por sus enemigos de ayer como acusados a los que se condena de antemano a restituir lo robado. Había que asociarse para ganar dinero ¡Ya era hora! Eso sí ¡ Nada de tender las manos para que nos las esposen!

En lo que hace a Walther Rathenau su actitud era le de un observador encerrado en una calma voluntaria, interiormente agitada de esperanzas, miedos, deseos, dudas, esforzándose por dominar estos sentimientos contradictorios ya que la lógica le demostraba que aún no había llegado el momento de actuar y que aún había que esperar mucho.

El fue, en suma, el único alemán que desde el primer contacto me dio la impresión de una verdadera superioridad. Solía ir a verle al despacho que tenía en el primer piso de una inmensa nave fría y gris en la Friedrich- Karl Ufer. El local era de una simplicidad a la que no le faltaba algo de afectación. Desde ella su padre había construido esa maquinaria inteligente y ágil que era la A.E.G., desplegado la organización de sucursales, toda una red al principio frágil pero cuyas mallas habían ido consolidándose por sí mismas, anudándose y reanudándose sobre el terreno, multiplicándose, extendiéndose por las cuatro esquinas del mundo, generando demandas que tenían que ser satisfechas, consumiendo pedidos a fábrica, dirigiendo fondos  a entidades de crédito creadas sobre la marcha, ramificándose en almacenes, fábricas, bancos…

Aquí el lado ahorrador y laborioso del viejo Rathenau llevaba su preciosa y oculta existencia. Aquí se encontraban su mesa exenta de lujo, su material de oficina, el retrato del emperador. El hijo no había cambiado en nada el orden de cosas del padre. En este ambiente seco, prosaico y comercial era donde estudiaba los balances, los proyectos de sus ingenieros, los de sus consejos financieros. El filósofo y el artista se resarcía en su villa de Grünewald, llena de libros, de álbumes, de obras de arte, era este el hogar recluido donde, al caer de la noche, el amante de la soledad gustaba de meditar sobre el trabajo de los hombres, ya fueran sus contemporáneos o los de la sexta dinastía egipcia.

Su memoria, la cantidad y variedad de sus conocimientos eran impresionantes sin tener que llegar a lo más alto en un país donde no resulta raro encontrar cabezas bien amuebladas de nociones densas y ordenadas. Su naturaleza moral si que llamaba la atención. Estaba hecha a base de fuertes instintos, disciplinados duramente desde la infancia, cuya fiebre impaciente, continuamente calmada por un control voluntario, agitaba y culminaba una nerviosa insaciabilidad. En principio su persona no dejaba entrever más que sabiduría, mesura, modestia. Una vestimenta cuidada pero sobria y simple. En invierno no utilizaba pellizas sino amplios abrigos sin seda ni terciopelo; gestos sobrios y lentos; una amabilidad serena y sonriente; en la discusión política un calor puramente intelectual sin reacciones emotivas. Si se hablaba de la escasez o de la carestía de los alimentos afirmaba en tono suave que para él el empleo de nata en las comidas de individuos que no estaban enfermos constituía un verdadero delito social. Le hubiera gustado que una legislación dura prohibiera el consumo de lujo, que se reservaran a los enfermos los huevos, la mantequilla, la carne roja. En ocasiones estas protestas humanitarias que nunca excedían, por lo demás, el límite del buen gusto y que eran moderadas, razonadas y convincentes, rozaban, sin caer en ella, la afectación. En lo que se refiere a su cortesía sin tacha, bastará una breve anécdota para ilustrarla. Un día de 1921 almorzábamos con él  en  casa de un funcionario de una comisión interaliada que había querido ponerle en frente de un parlamentario francés. En el salón, la taza de café en la mano, estos señores se ponen a hablar de las reparaciones de guerra. Rathenau critica ponderadamente las cifras de Londres* y sugiere que con solo  representarse cifras del orden de 100 mil millones en oro y  los medios necesarios  para hacer los pagos de esas cantidades bastaría para alterar de arriba abajo la economía mundial.

* La conferencia interaliada de Londres, 30 de abril- 5 de mayo 1921, sanciona, los cálculos de la Comisión de Reparación, 132 mil millones de marcos en oro, como la cantidad en concepto de reparaciones de guerra a pagar por Alemania

El joven diputado francés acaba por manifestar cierta irritabilidad ante tanta docta mayéutica. Irritado por unas objeciones discretas, desprovistas de vehemencia pero insistentes, exclama de golpe que después de todo ha sido Francia la que ha ganado la guerra, que ella reclama lo que se le debe y que si no lo obtiene  ordenará marchar a sus divisiones y se cargará las resistencias a cañonazos. Rathenau no pestañea. Solamente dice con una voz pausada y grave. “Pero, no, hombre, no, Uds. no harían eso… El mundo está saturado de horrores”. Y lo repite girándose hacia los otros invitados: “Uds. lo saben bien: el mundo está saturado de horrores”

Yo creo que los imperativos de la estrecha disciplina que se le veía observar fueron formulados ya en su primera juventud. Uno de sus condiscípulos, distinguido psicólogo más tarde, me contaba cómo se formó de un modo bastante brusco buena parte de su personalidad. Tenía quince años y, sin esforzarse demasiado, sacaba buenas notas. Al final de un trimestre un profesor le echa un sermón delante de toda la clase. Después de dar cuenta de los pasables resultados del estudiante con grandes dotes que era, el profesor concluye “ Renunciando a sacar partido de todas las facultades que tienes, estás faltando al primero de tus deberes humanos: eres un ser inmoral” El alumno Rathenau consternado, acaba enfermando, tiene que guardar cama y después de algunos días con fiebre, se va al campo donde pasa una temporada. Regresa profundamente cambiado, más maduro, trabajador, asaltado en ocasiones por escrúpulos dolorosos, consumido por una sorda ambición, por un inmenso deseo de destacar.

¿Qué oscuro drama se desarrolló bajo esa apariencia de calma y  atentas maneras, bajo esa alma ardiente. desde la debacle militar y las veleidades de un reclutamiento masivo* hasta el día en que las balas de (espacio en blanco en los cuadernos de O.H.) pusieron  brutal y sangrante sello a la vida del judío más grande de la moderna Alemania ?

* Durante la guerra Walther Rathenau jugó un papel decisivo en la movilización industrial poniendo, a petición del gobierno, el aprovisionamiento de materias primas bajo el control del Estado. Cuando en 1918 la perspectiva de la derrota se hace más clara, su primera reacción fue la de pedir un “reclutamiento masivo” como último esfuerzo de guerra.

Walther Rathenau era de aquellos a quienes el  régimen anterior no permitía la ascensión a los más altos cargos. Su paso durante la guerra por el departamento de materias primas fue corto, abreviado por las hostilidades de un alto mando antisemita que mostraba un optimismo completo, absoluto y sin matices, incapaz de ejercer la más mínima crítica ni de soportarla, impenetrable a ninguna idea que no fuera de orden estrictamente militar, ansiosamente dependiente de la doctrina que venía del gran cuartel general. Rathenau, profundamente consciente de su valía, del ágil y sutil funcionamiento de sus energías espirituales, despreciaba a estas pequeñas almas burocráticas, estuvieran al servicio de la administración militar o civil. Las despreciaba sin decirlo, íntimamente. Odiaba igualmente a algunos capos pesados de la industria, los dueños del carbón, esos señores feudales egoístas bien anclados sobre el suelo patrio, rabiosamente obstinados en mantener y aumentar sus privilegios, en minar el crédito y la autoridad del Estado, en reducir a los nuevos gobiernos al ridículo papel de consejos deliberantes privados de fuerza efectiva, hazmerreír de los contribuyentes, destinados a la bancarrota, objetos de continuos desaires en el extranjero. Detestaba a Stinnes*, el tipo auténtico de capo desprovisto de todo sentido cívico, creador de inmensos e inexpugnables feudos económicos, favorable a cualquier reacción, plutócratas sin ambages que se beneficiaban sin escrúpulos del embrutecimiento de la gente, de su miseria, de sus odios. Le acusaba de haber intentado hacer fracasar las negociaciones tras la conferencia de Spa, de no haber pensado desde ese momento sino en las sanciones, en la ocupación de la cuenca del Ruhr, de haber deseado una operación que quizá hubiera puesto en pie a Inglaterra y  metido a Francia en fatigosas complicaciones y que, en cualquier caso, hubiera enfrentado directamente a la capital francesa con la industria alemana y  eliminado a Berlín del debate – y de los grandes asuntos.

*Hugo Stinnes (1870-1924), industrial venido del mundo del carbón, auténtico virtuoso de los negocios, crea durante la guerra y la inmediata posguerra un inmenso imperio siderúrgico, beneficiándose particularmente de la situación inflacionaria. En la conferencia interaliada de Spa a la que los alemanes fueron invitados y en la que toma parte en calidad de experto en Julio de 1920 causan revuelo sus declaraciones al manifestar que a los aliados “la victoria les había hecho enfermar”

 

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