Norbert Elias. Nacionalismo IV

a decent trade

Solución de compromiso y predisposición negociadora inglesa vs. predisposición alemana

En el trato hacia fuera, en la comunicación entre miembros de dos naciones surgen barreras al recíproco entendimiento derivadas del diferente manejo de la fundamental dualidad del canon normativo. Los alemanes, para los que no existe una solución de compromiso entre un canon normativo moral y otro nacionalista dan por hecho implícitamente que los ingleses conocen igual que ellos los rasgos amorales de toda política nacionalista y que conscientemente se dedican a cubrirlos bajo un manto de moralidad. Desde su manera de pensar no pueden concebir la aspiración inglesa a soluciones de compromiso sino como una muestra de engaño deliberado, como hipocresía. Por su parte, los ingleses que habían aprendido a ver como algo natural, como algo razonablemente práctico a la vez que practicable, las soluciones de compromiso al dilema (en que de hecho el asunto consistía) consideran la ausencia de predisposición negociadora que lleva a  los alemanes asegurar que la política común a todos los Estados es una política amoral orientada principalmente por los intereses del Estado propio, como reprobable y peligrosa. En ambos casos la tradición interna de conducta y pensamiento es la que determina automáticamente el criterio a la hora de percibir y juzgar a la otra parte.

La importancia de la seguridad marítima de Inglaterra en la determinación de la derrota de la monarquía y su influencia en una mayor permeabilidad entre las capas sociales

Merecería la pena mostrar en detalle la nacionalización gradual que en la Inglaterra del siglo XIX y XX se opera en los modos de sentir, en la conciencia y en los ideales de todas las clases así como la correspondiente moralización de la representación del Estado y la nación. Se pondría de manifiesto en qué estrecha medida la interrelación de los dos cánones normativos está ligada al hecho de que la permeabilidad de las barreras entre las diferentes capas sociales, en especial desde la unión de Inglaterra, Gales y Escocia en el siglo XVII y a principios del XVIII, era comparativamente mayor, y mayor con cierta distancia, que en las sociedades continentales europeas. Esto a su vez- como sucede a menudo la explicación sociológica última es muy simple-residía en el hecho de que la seguridad de la población de las islas no dependía en primera línea de un ejército regular a las órdenes de oficiales provenientes del viejo estamento militar y de la nobleza poseedora de tierras sino de una formación militar especializada en la guerra marítima, en una marina de guerra.

Dejando aparte el carácter específico de sus técnicas de lucha y su composición social un cuerpo de oficiales de marina no podía, debido a las particularidades del estamento militar al que servía, jugar el mismo papel en las relaciones estatales que el que jugaba la oficialidad de un ejército regular  en las autocracias absolutistas del continente- y, por lo tanto en Alemania hasta el final de su fase dinástica en 1918. Dicho cuerpo no podía ser utilizado como instrumento para el mantenimiento o incluso fortalecimiento de una reducida permeabilidad entre las capas sociales por unos gobernantes cuyo poder estaba ligado a la separación, a las diferencias entre las principales capas de la sociedad y a un fluctuante balanceo de las tensiones entre ellas.  Como consecuencia, después de lentos e iniciales titubeos en el siglo XVII, se llega en  Inglaterra en el siglo XVIII a la existencia de un relativo continuo flujo de modelos de conducta de clase media hacia arriba y de modelos aristocráticos hacia abajo. Un primer impulso en la dirección de una moralización en la representación del Estado y de una nacionalización – aún concebida en términos religiosos- de la moral puede observarse en el periodo de la Commonwealth de Cromwell. En el siglo XIX la moralización de Inglaterra en tanto Estado y nación se muestra  como efecto que acompaña primero al aumento de poder de los grupos pertenecientes a las clases medias industriales y ,más tarde, como efecto de acompañamiento al ascenso de éstos a la posición de clase dominante. En el siglo XX, en especial después de la primera gran guerra, cuando este ascenso a la posición de clase dominante prácticamente está culminado y grupos de las clases trabajadoras avanzan hacia la posición de clase dominante secundaria la moralización de la representación de Estado y  nación y la nacionalización de la autorepresentación de las clases medias y, con cierta demora en el tiempo, también de las trabajadoras acaban definitivamente por prevalecer.

El fluir del doble canon en Inglaterra era tan poco deudor de los misteriosos efectos de un “Volkgeist” de los ingleses que les hacía más proclives al compromiso como la inclinación contraria de los alemanes lo era de unas misteriosas características étnicas o raciales. Ante problemas de este tipo es tentador echar mano de una teoría racial que sirva de explicación. La respuesta sociológica-ya se ha indicado antes- es, no obstante, bastante simple. Su eje y punto central residen en preguntarse por qué en Inglaterra a diferencia de, por ejemplo, Prusia fracasaron los esfuerzos de la dinastía gobernante del siglo XVII por establecer un régimen autocrático en contra de la oposición de las asambleas estamentales. La incapacidad de los reyes ingleses para hacerse con el suficiente dinero para mantener un ejército regular al mismo tiempo que para formar tropas en suficiente número para recaudar ese dinero contribuyó decisivamente en su derrota en su lucha contra  los estamentos. Y esta incapacidad se debía precisamente a que la seguridad de Inglaterra no dependía de un ejército regular  sino de una marina.

Debe tenerse presente  la consistencia con la que los príncipes absolutistas en Francia, Prusia y en muchos otros países del continente reforzaron las barreras entre los estamentos tratando todo debilitamiento de estas barreras como perjudicial a sus intereses a fin de comprender la conexión que en Inglaterra  existió  entre el triunfo de las asambleas estamentales , de las dos cámaras del parlamento, sobre los monarcas ingleses y la mayor permeabilidad de las barreras entre las capas sociales. A partir de aquí se abre el aparente enigma de porque pudo ir tan lejos en Inglaterra la mezcla de “culturas”, la mezcla de las respectivas tradiciones de los diferentes estamentos y más tarde de las diferentes clases. La mayor  recíproca permeabilidad entre las tradiciones de la aristocracia y las de las clases medias a partir del siglo XVIII- mayor en comparación con la correspondiente evolución en Alemania- y en este contexto, el intento por parte de sectores de la clase media inglesa de unir en el dominio de las relaciones interestatales el canon normativo aristocrático con el moral-humanístico que habían traído consigo en su ascenso al poder, representa uno de los muchos ejemplos de una constatación de hechos sociológica fundamental. En este caso por lo tanto la mayor permeabilidad mutua entre capas sociales que lindaban entre sí favoreció en Inglaterra el que entre ellas fluyera el canon normativo y así como que se diera una generalización de la tendencia al compromiso.

La monarquía inglesa: de dueña del Estado a símbolo de la nación

Una perspectiva de este tipo quizá sirva para focalizar adecuadamente algunos hechos que, aunque obvios- generalmente quedan aislados y faltos de explicación. Me refiero al papel de la familia real en la sociedad inglesa.

En el siglo XVIII la corte era un centro de poder en el juego de los partidos, centro en el que quien marcaba el paso era la nobleza. El canon normativo que determinaba la conducta de la familia real era un canon aristocrático. De acuerdo al reparto de poder en la sociedad inglesa no existían apenas posibilidades de que el canon moral de las clases medias se estableciese en la corte. Los reyes y las reinas eran percibidos ante todo como personas de carne y hueso y sólo en segundo lugar como símbolos del reino. Con la creciente democratización se hizo cada vez más fuerte- aunque con algunas oscilaciones-la función simbólica de la casa real en tanto que encarnación de un ideal nacional. A medida que las grandes clases industriales, una tras otra, ascendían a la posición de clases dominantes la imagen de sí mismo del pueblo inglés en tanto que colectivo soberano iba quedando marcada, como la cosa más natural, por los requisitos del canon moral. La masa de la población esperaba que la política exterior inglesa también se orientara por estos requisitos, por los requisitos fundamentales de la justicia, de los derechos humanos, de la ayuda a los oprimidos, incluyendo a las naciones oprimidas. Los individuos podrían no estar a la altura de las pretensiones de este canon normativo pero la nación que a los ojos de la masa de la población representaba un “nosotros” ideal solamente podía justificar las coerciones y sacrificios que imponía a sus miembros en la medida en que parecía satisfacer estos requisitos morales. De ahí que la casa real como símbolo vivo de la forma en que los británicos debían conducirse, es decir como ideal de un “nosotros” nacional hubiese de responder a los criterios de la moral de las clases medias y más tarde de las clases trabajadoras. La dinastía monárquica conservaba un espacio limitado en un equilibrio multipolar de poder y, un espacio más amplio en el ámbito de las maneras de sentir del pueblo en tanto que encarnación de un “nosotros” ideal, en tanto que auto-representación colectiva de la nación- siempre y cuando sus representantes  se adaptaran  al papel de ese ideal “nosotros” y cumplieran-en apariencia o en realidad- con los requisitos de la moral de las clases medias y trabajadora.

La función de símbolo de la sociedad estatal era una parte del complejo de funciones de la monarquía. Pero mientras el poder asociado a la posición social de los monarcas comparado con el del simple pueblo fuese muy grande, la necesidad de que representaran en su persona el ideal del pueblo seguiría siendo más bien pequeña. Los constantes desplazamientos en el reparto del poder, que se corresponden con lo que aquí hemos llamado “democratización”, hicieron a quienes ocupaban la posición de monarcas más dependientes de la masa de sus súbditos. Los que antes eran dueños del Estado pasaron a convertirse en símbolos de la nación. Los requisitos morales que en Inglaterra se dirigen a la casa real son por lo tanto un ejemplo – uno de tantos – del proceso de democratización, moralización y nacionalización de las maneras de sentir, de la conciencia y de los ideales en mutua trabazón en tanto que hilos diferentes de un idéntico proceso de transformación de la sociedad.

En la práctica las contradicciones entre, por un lado, la tradición guerrera del canon maquiavélico revestida ahora en una forma nacional y que cobraba su fuerza de la ausencia de control que prevalecía en las relaciones interestatales y, por otro, la tradición moral humanística de unas clases antes subalternas, que cobraba su fuerza del relativo control que prevalecía en las relaciones intra-estatales no se redujeron ni se vieron suprimidas en Gran Bretaña mediante su recíproca penetración y fusión. Pero el hecho de que los responsables de la política exterior británica tuvieran que dar cuenta tanto de sus propias directrices como de las acciones de sus subordinados a un público que poseía un desarrollado sentido concerniente a las cuestiones morales en juego y cuya lealtad a la nación estaba unida en mayor o menor grado con la preservación de la creencia en el valor superior de esas cuestiones, ejerció con el paso del tiempo una clara influencia inhibidora.

Diferencias en las justificaciones del valor superior de la propia nación

Esta creencia misma, la convicción en el valor superior del propio país frente a los demás es un denominador común de todos los sistemas nacionalistas de creencias. Pero las ideologías nacionales particulares, las justificaciones específicas de la aspiración a ese valor superior de la propia nación, se diferencian en diverso grado de un país a otro, según haya sido su suerte en la historia y en el presente. El alcance de estas diferencias es considerable. Se hace en buena medida valer en la estrategia que las élites gobernantes de un país siguen en las relaciones interestatales. En realidad resulta difícil comprender y anticipar el manejo que las élites gobernantes de cada  nación respectiva van a hacer de los asuntos que incumben a su relación con otras sin conocer cuál es el credo nacionalista que en ella prevalece, sin una idea hasta cierto punto nítida de la imagen nacional del “nosotros” y del “ellos” y de su evolución social.

Es necesario que se tenga otro factor en consideración: mientras que la dirección general de la evolución antes descrita fue la misma en todos los Estados en vías de industrialización, se dieron diferencias sustanciales en cuanto al momento en el tiempo en que los Estados interdependientes de la figuración europea de la balanza de poder hacen su entrada en una determinada fase. Dicha figuración estaba formada por sociedades que se encontraban en diferentes fases de la evolución de modo que las menos evolucionadas, civilizadas y humanizadas arrastraban a las que más lo estaban y al revés.

Las consecuencias de esta interdependencia de unos Estados que se encontraban en distintas fases de  evolución puede apreciarse muy claramente en el periodo hasta el final de la primera guerra mundial. En algunos de los Estados más avanzados la burguesía ya había ascendido a una posición dominante, aunque al principio lo hiciera simplemente como socia de la aristocracia cuya primacía social seguía siendo casi igual de grande que antes y solamente un poco más pequeña respecto de países menos evolucionados. Hasta 1914 fue rasgo común a las potencias líderes del sistema estatal europeo el que sus estamentos militares, sus cuadros diplomáticos y el posicionamiento de sus gobiernos en lo que respecta a las relaciones interestatales- por limitarme a lo mínimo- estuviesen determinados por tradiciones aristocráticas, aun cuando quienes ejecutaran esta política procedieran de la burguesía. En toda una serie de potencias europeas gobernaban de una forma bastante autocrática las viejas élites dinásticas y nobles como por ejemplo en Rusia o en Austria; los puestos de mando del Estado estaban ocupados aquí casi en exclusiva por ellas, con, como mucho, algunas concesiones a las clases industriales de las ciudades en la medida en que éstas existieran.

No puede comprenderse la evolución y estructura de una red semejante de relaciones interestatales o sea, el sistema de balanzas de poder en cuanto tal, si se parte de la evolución y estructura por separado de cada Estado que lo compone; sólo puede comprenderse ese sistema como un nivel sui generis en la figuración de la balanza de poder, interdependiente pero no reducible y cuya explicación no se agota a partir de los otros niveles. En el siglo XIX y más tarde lo que dominaba en el nivel interestatal las eran las tradiciones y normas dinástico- aristocráticas a pesar de que los avances técnicos, científicos e industriales dieran empuje y un impulso expansionista más fuerte que en otros siglos a las rivalidades de poder entre los Estados europeos.

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