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Rondalla de reyes

Cuando ayer por la tarde a la salud de mi buen amigo Jose decidí fumarme un rosli mientras apuraba una copa de coñá en una marisquería de un polígono industrial del sur de Madrid a la espera de que un cliente me abriera sus puertas para venderle unos artículos de regalo que me permitieran cobrar el bonus de la campaña de reyes que, a su vez, me permitiera sufragarme los roslis y coñases  que iban a caer durante un año que, como el anterior,  prometía ser duro, caí en la cuenta de que mi vida no podía seguir así y decidí que el comienzo del año era el mejor momento para un cambio total de actitud.

Así que me incorporé de la silla en que estaba sentado, salí del bar, me dirigí al coche , abrí el maletero, saqué el instrumento con su funda, volví a entrar, miré a la concurrencia de operarios con buzo, fui mirado por ellos, sobrevino un mortal silencio y desenfundé… Ni un minuto hubo de pasar para que el ambiente del local pasara a ser el de un cementerio. Acompañado de una casette con la grabación de la rondalla de unos escolares de Bilbao, uno de esos regalos de empresa que jamás conseguía colocar pero por el que sentía un particular e intenso apego, dejé que mi pulgar e índice empuñaran la púa y la metralla de mi bandurria hizo el resto.

Os cuento esto desde la cárcel de Pinto buscando esa redención de penas que el alcaide de la prisión  tantas veces me ha prometido.

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