Norbert Elias. Nacionalismo III

Nicolas Maquiavelo

Nicolas Maquiavelo

Puede apreciarse aquí de nuevo la línea de continuidad que conduce de un Ethos absolutista o aristocrático a uno nacionalista. Este último queda en directa línea de descendencia respecto del primero. Una vez más quizá pueda la voz de Maquiavelo aclararnos qué hay en esta línea de diferente y de parecido, de cambio y de continuidad:

 >>Uno tiene que saber ocultar su naturaleza de zorro y saber ser un gran mentiroso e hipócrita: los hombres son tan simples y obedecen tan prestos las necesidades del momento que aquel que miente siempre encuentra alguien que se deja mentir.

 A un príncipe por lo tanto no se le hace necesario poseer verdaderamente buenas cualidades sino más bien crear la impresión de que las posee. Me atrevo incluso a afirmar que dichas cualidades son perjudiciales si uno las posee y les es fiel siempre y que son beneficiosas cuando uno se limita a hacer como que las posee. De manera que tienes que aparentar ser clemente, leal, humano, sincero y serlo también; pero tienes que ser capaz de transformar todo esto en su contrario tan pronto tengas que dejar de serlo. Pues hay que admitir que un príncipe, especialmente si acaba de llegar al poder, no puede cumplir con todo aquello por lo que los hombres son tomados por justos, ya que para conservar su  poder se ve a menudo obligado a actuar contra la lealtad, la piedad, la humanidad y la religión. Por eso tiene tener una mentalidad que le permita moverse en función de por dónde sople el viento de la fortuna y de las circunstancias y… no desviarse del bien mientras sea posible y echar malo del mal tan pronto sea necesario.

Siempre que un príncipe triunfe y conserve el poder los medios que para ello haya empleado serán considerados  honorables y elogiados por todos <<

En épocas posteriores – e incluso en la suya propia- Maquiavelo pasaba  por  un propugnador de la amoralidad, un teórico de un arte diabólico de gobernar. En realidad se limitaba a formular en un lenguaje más claro y general que lo acostumbrado unas reglas en  el manejo de las relaciones interestatales que en la práctica y sin ninguna elaboración teórica eran seguidas antes y después de él-y lo son hasta el presente- por las élites gobernantes responsables de la política que cada país sigue respecto de los otros. Se puede afirmar que la convicción de la idoneidad e inevitabilidad de seguir una conducta maquiavélica en las relaciones interestatales es en sí misma uno de los factores que contribuyen a su perdurabilidad.Se empleen en el trato entre individuos o entre grupos, las estrategias sociales basadas en la desconfianza y temor mutuos y no en el mantenimiento de un canon común consensuado tienden a auto-perpetuarse a través de la generación continua de  desconfianza y temor. De este modo  puede explicarse la continuidad del Ethos maquiavélico en las relaciones interestatales independientemente de las tradiciones y características sociales de la élite gobernante sencillamente a partir del hecho de que estas relaciones residen en una esfera de la vida social en la que ninguna de las entidades sociales tiene la seguridad de que la otra no recurrirá en última instancia a la violencia a la hora de perseguir sus supuestos intereses.

Credo nacional y cambio en el carácter de la convicción del valor supremo del interés del Estado: razón práctica vs. emoción categórica

La continuidad del credo y canon de conducta que liga la estrategia que seguían los príncipes y élites aristocráticas respecto de otros Estados con la que siguen las élites nacionales de las clases medias y trabajadoras tampoco es, sin embargo, absoluta: en ella se operan ciertos cambios. Uno de los más llamativos quizá sea el cambio que se opera en el carácter de la convicción de que en las relaciones interestatales el interés del propio Estado marca siempre la pauta de acción. Esta convicción era ante todo un postulado práctico en la época en que unos príncipes y sus ministros o  una nobleza con posiciones de privilegio se veían así mismos como eje central de un Estado y consideraban a ese Estado y a sus súbditos  como de su propiedad. Con la creciente democratización de las sociedades estatales y la correspondiente nacionalización de los puntos de vista y de las formas de sentir de los individuos que las forman, ese postulado  pasa a convertirse en un imperativo categórico con profundas raíces no solamente en los afectos  sino también en la conciencia individual, en la representación del yo y su nosotros, en el ideal de ese yo y ese nosotros.

 La mayoría de los individuos que viven en una sociedad nacional industrial diferenciada carece de una experiencia directa, de conocimientos especializados en lo relativo a las relaciones interestatales y sólo puede acceder a dichos conocimientos en la práctica a través de vías indirectas, a través de las informaciones a menudo confusas y selectivas que le llegan por los medios públicos de información. Una creencia sentimentalmente arraigada, la formación en el individuo de una conciencia en una de cuyas cámaras el propio Estado queda comprendido como el valor supremo cumple en los grandes y populosos Estados nacionales del siglo XX mutatis mutandis un objetivo análogo al que en las sociedades dinásticas se llegaba por la vía de ponderaciones prácticas y comparativamente más racionales acerca del interés propio por parte de unas poco numerosas élites gobernantes. La creencia nacional genera en la masa de los individuos incumbidos por ella unas tendencias en la personalidad que los predisponen a emplear toda su fuerza y, si es necesario a morir, en aquellas situaciones en las que ven amenazados los intereses o la supervivencia de su sociedad. Las élites gobernantes del presente o del futuro de estos colectivos soberanos ricos en número pueden movilizar estas tendencias o disposiciones  con la ayuda de símbolos detonantes adecuados si les parece que la integridad del colectivo se encuentra en peligro. No pocas veces estas disposiciones se ven activadas a través de tensiones entre distintas secciones de la población. Y como penetran de una manera ubicua, son capaces de teñir de un determinado color el pensamiento, de bloquear la mirada, de encerrarla en prejuicios. El problema está en que estas disposiciones funcionan en gran medida de una manera autónoma. Sólo en un grado limitado pueden moderarse y modificarse a través del conocimiento objetivo y el juicio realista. Pueden ver la luz de una manera casi automática, sin una intención por parte de nadie, cada vez que se presenta la situación detonante.

Tenemos pues que los individuos de las sociedades estatales del XIX y XX adquieren unas disposiciones que les llevan a ajustar su conducta de acuerdo principalmente a dos cánones normativos  en varios aspectos irreconciliables. Cada individuo incorpora en su modo personal de actuar la preservación, la integridad y los intereses del colectivo soberano al que pertenece y lo que éste representa en tanto patrón de conducta que en determinadas situaciones decide, y así tiene que hacerlo, por encima de cualquier otro. Al mismo tiempo al mismo individuo se le educa dentro de un canon humanístico e igualitario o moral en el que es el valor del ser humano individual el que decide la manera de actuar. Ambos cánones son, como suele decirse, “internalizados” o quizá hay que decir simplemente “individualizados”. Ambos cánones pasan a convertirse en distintas caras de  una misma conciencia individual. Aquellos que actúan en contra de uno de los dos cánones se exponen al castigo no sólo de los otros sino de sí mismos en la forma de sentimientos de culpa o de mala conciencia.

Los conflictos que se derivan de este canon normativo escindido e inarmónico y de una formación de la conciencia individual correspondientemente inarmónica pueden en determinadas épocas estar latentes y manifestarse solamente en determinadas situaciones. No obstante el hecho mismo de saber que estas contradicciones existen es importante a la hora de comprender no sólo a las  sociedades en cuestión sino a la sociedad en general. Toda teoría sociológica debe dar cuenta del hecho de que tanto en el pasado como en el presente de la evolución de las sociedades se ha dado a menudo un valor más alto a la supervivencia del grupo como tal que a la de los individuos como tales.

Un enfoque teórico que utilice como instrumento analítico un concepto idealizado de norma no se corresponderá con las tareas de la investigación sociológica. Puede que un problema como el que suscita el canon normativo contradictorio característico de los Estados nacionales industrialmente desarrollados constituya un tabú social y que esto haga difícil su aprehensión conceptual y su discusión. Quizá hay que atribuir la incapacidad de los Estados nacionales de sustraerse a una espiral  de recíprocas amenazas, miedos y desconfianzas a que este tipo de problemas no se investigan y discuten abierta y desapasionadamente.

Las contradicciones fundamentales de las que aquí se trata son en cualquier caso lo suficientemente sencillas como para poder resumirlas en pocas palabras: en las sociedades cuyas élites gobernantes se sitúan en la tradición de las clases medias y trabajadoras, los individuos son educados en un canon moral según el cual matar, mutilar, atacar, engañar, defraudar, robar a otro individuo es algo reprochable en cualquier circunstancia. Simultáneamente estos mismos individuos son educados en la creencia de que no es motivo de reproche hacer todo eso además de sacrificar la propia vida si el interés de la sociedad soberana que entre todos forman lo estima necesario.

Ya se ha mostrado alguna de las razones- aunque en absoluto todas- del carácter dual y contradictorio de este canon normativo. En el ámbito de las relaciones interestatales los representantes de las- antes de su acceso al poder- clases medias y trabajadoras en tanto miembros de la élite gobernante han de hacer frente y se ven expuestas  a condiciones y experiencias que les eran inaccesibles mientras ocupaban una posición subordinada. Optaron por ello por seguir en este ámbito las tradiciones de las élites gobernantes del pasado, cuyo canon normativo, a pesar de todos los refinamientos, seguía teniendo la especificidad de un canon guerrero. En todos los países europeos-también en Inglaterra donde grupos de las clases medias y de hacendados burgueses habían logrado unirse a los grupos aristocráticos dominantes antes que en la mayor parte de los países europeos-las responsabilidades que trataban de asuntos que tenían que ver con las relaciones entre Estados estaban generalmente en manos de individuos que se situaban dentro de la tradición nobiliaria. Tras el ascenso al poder de las clases industriales esos puestos siguieron en las mismas manos. Las tradiciones de las viejas estirpes nobiliarias recibieron ciertamente, como se ha explicado, otra impronta; el canon guerrero se convirtió en una segunda moral y esta moral particular, no igualitaria, nacionalista, no era menos exigente, incondicional e incuestionable en sus demandas que  la moral universal, igualitaria y humanística.

Esta evolución- la formación de un canon normativo dual y contradictorio en sí mismo- es un rasgo básico de todos los países que siguieron un proceso de transformación de una estructura aristocrático- dinástica a una democrática y nacional. Puede que esas contradicciones, conflictos y tensiones que les son inherentes aparezcan solamente en determinadas situaciones, sobre todo en situaciones de crisis como las guerras manifestándose entonces en toda su agudeza. No obstante un canon dual como el descrito en tanto determinante de la conducta también tiene en tiempos de paz una considerable influencia sobre la manera individual de sentir y de pensar así como sobre los comportamientos individuales. El es el responsable de que se produzca una determinada polarización en los ideales políticos, de generar el margen de maniobra para que en el programa de unos grupos se centre la atención en los valores del credo nacional y de la tradición guerrera sin tener que verse obligados a descartar los de la tradición de la moral humanística e  igualitaria o al revés  en el caso de otros grupos siendo múltiples las posibles combinaciones. El es el que posibilita que diferentes individuos según sean su posición social, sus actitudes, la estructura de su personalidad se adhieran a un grupo que está más cerca de uno u otro polo del espectro. El conjunto de la figuración misma, la inserción de los grupos humanos en algún lugar entre los dos polos nos la encontramos en todas las sociedades de este tipo.

Proceso de transformación de una estructura aristocrático-dinástica a una democrática y nacional. Diferentes estrategias en la elaboración del canon normativo inarmónico. Alemania e Inglaterra

En este punto vamos a dejar de lado muchos problemas que están conectados con esta polaridad, especialmente la recurrente defensa de un credo nacionalista por parte de los grupos conservadores y más prósperos de la sociedad y la menor atracción que un credo nacionalista extremo y militante ejerce sobre los sectores menos acomodados de las clases medias. Lo que no podemos obviar es decir unas palabras sobre la manera en que se procura gestionar en diferentes países el común problema de la contradicción en las exigencias de conducta que se deriva de la coexistencia de dos cánones normativos en muchos aspectos incompatibles. Pues la razón de esta digresión en la sociología del nacionalismo es que el nacionalismo alemán suele ser estudiado aisladamente, como si la nacionalización de las maneras de sentir, de la conciencia y de los ideales sólo hubiera sucedido en Alemania.

De hecho cuando se abordan problemas suscitados por el credo nacionalista alemán enseguida queda claro que para poder decidir qué es lo específicamente alemán en este tipo de creencia tan extendido se requiere un modelo definitorio del proceso evolutivo general que se encargó de generar la variedad de nacionalismos que se observa en todas las sociedades estatales entre los siglos XIX y XX. La existencia de un canon dual que pivota en torno a los máximos valores que representan por un lado, el individuo y, por otro, el Estado nacional constituye un aspecto central compartidos por todas estas sociedades.

Quizá puedan aclararse las particularidades de cómo los alemanes manejaron este problema si echamos un breve vistazo a al menos otra manera nacional de manejarlo que se aleje lo suficiente de la de los alemanes como para permitir mostrar el amplio espectro de las posibles variaciones, me estoy refiriendo a la manera inglesa. En este punto emerge una diferencia cardinal entre las tradiciones inglesa y alemana. En Inglaterra prevalece la tendencia a fundir los dos cánones, se intenta buscar soluciones de compromiso para sus exigencias opuestas y a olvidar- con éxito, por lo que parece- que el problema en realidad existe. En Alemania en cambio se tiende a resaltar la incompatibilidad de los dos cánones. Respecto a ellos sólo existe la disyuntiva del uno o del otro. Una solución de compromiso entre ambos es considerada, en línea con el tenor general del pensamiento alemán, como chapucera, se la considera como un producto de un pensamiento confuso cuando no, sin más, deshonesto. Y como la estrategia que se sigue en las relaciones interestatales normalmente se diseña en consonancia con las tradiciones del pensamiento en cada Estado, estas diferencias en la elaboración del doble canon normativo genera no pocas veces problemas de comunicación. En su mutuo trato los miembros de cada Estado contemplan su propio modo de elaboración del doble canon como natural y obvio, les resulta sencillamente como el correcto, como la sola forma posible del pensar y el actuar. Cualquier otra forma les parece falsa cuando no reprobable.

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