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El ataúd del Míster

 
 
“La violencia es como el agua, sabes por donde entra pero nunca por donde sale”
Albañil Fructuoso en trance de sellar una gotera en el muro del colegio.
Estribaciones del invierno de 1983
 

Fue N quien nos lo dijo. Él se acordaba perfectamente. De mi memoria sin embargo el hecho había desaparecido completamente. Era nuestro último año del colegio y el director se había matado en un accidente de moto. Como éramos los mayores se nos eligió para que portáramos el ataúd.

No sé si al hilo de este recuerdo o al margen de él, I se acordó de un quiste que  de vez en cuando al Mister- como también  se le conocía-  le solía salir en el cuello. Tampoco me acordaba de aquel quiste pero su mera mención me lo hizo muy presente. I lo relacionaba con los accesos de cólera del ocupante del ataúd.No me costó evocar la palpitante cabeza de aquella protuberancia y la mano larga del Mister para calmar el dolor que le provocaba, para calmar el dolor infligiéndoselo a otros, para sacudirse aquella proverbial mala ostia poniendo la mano encima a quien se pusiera más a tiro, que casualmente solían ser siempre los mismos.  Si… aquellos accesos de cólera, el miedo que la figura del Mister podía llegar a inspirar, la brutalidad de aquel tipo inglés al que le iban un huevo las motos , el cacharrear con ellas y  al que los azares de la vida habían colocado al frente de un colegio pijo en lugar de un taller mecánico.

Entre él y su hermana dirigían el colegio, pero sus figuras eran bien distintas. La hermana se encargaba del día a día, pautaba el ritmo de la disciplina cotidiana a seguir, vigilaba de cerca que nadie se desviara de ella, impartía clases  con el brío de su menudo tamaño… A la hermana se la veía trabajadora, consciente de lo que hacía, desvelándose por el buen funcionamiento de aquel  su medio de vida. Era la suya una figura temida al tiempo que cercana para los alumnos. Casi omnipresente, sus órdenes procuraban inmiscuirse en casi todo y, aunque también sabía mostrarse cruel a la hora de imponer una disciplina a menudo huera cuando no lisa y llanamente estúpida, aquel estilo suyo fue cobrando prestigio entre cierta burguesía y la directora empezó a disfrutar de un carisma que, supongo, iría ampliando la cartera de clientes y  el bienestar material de su familia. Recuerdo  en este sentido que entre el poco numeroso alumnado del colegio se encontraban sus propios hijos. También los había que eran medio familiares suyos o hijos de personas que le eran más o menos cercanas. Desconozco si lo hacía para que sirviera de ejemplo   pero hoy es el día que aún me sorprende la saña con  que contra algunos de estos solía emplearse, la retahíla de castigos, cachetes y gritos que su imaginación tenía lista  para con “los suyos”. Si eran un campo de pruebas, una especie de familiar laboratorio de ensayo para luego traspasar la fórmula al resto o simplemente algo más próximo a una  siniestra fijación, sólo el cielo lo sabe. En fin, también N me lo expuso crudamente con una sabiduría que quizá sólo estuvo  al alcance de unos pocos: “Quien más ostias recibió fue su hijo, no lo dudes”

Su hermano, el Mister, era otra cosa. Creo que llegó a dar clase. Lo que no sé es de qué ni qué títulos le avalaban para ello. ¿El de mecánico? Puede ser…  Al contrario que su hermana, su figura apenas formaba parte de nuestro día a día. El Míster se mantenía en un difuso segundo plano. A menudo su presencia nos venía de oídas, “alguien había pasado por sus manos”… O de pronto sabíamos que había desaparecido con su moto sin que supiésemos cuando ni si iba a volver. Pasar por sus manos era, sin embargo, algo que no estaba al alcance de cualquiera. La mayoría hacíamos lo posible para que no nos alcanzaran, cierto instinto de supervivencia nos llevaba a expulsarle de nuestras vidas, a enviarle a una suerte de mítica tierra de nadie donde la fortuna consistía en conocerle sólo por referencias. Tengo para mí que aquellos que no lo lograban, aquellos que, por una u otra razón, eran llevados a mantener con él una relación más de tú a tú empezaban a desarrollar una especie de complicidad ambigua con la fuente de sus miedos, una relación de iniciados. Mientras a los demás la directora se nos hacía insidiosamente presente  con sus antojadizas disposiciones cotidianas y el peso del director procurábamos aligerárnoslo como podíamos, a los que pasaban por sus manos el Mister se les hacía  presente con la contundencia de un golpe seco, de repente su figura cobraba cuerpo, densidad, peso. El lejano prestigio que de su  violenta figura emanaba perdía sus contornos borrosos y se hacía rotundamente accesible. Aunque suene contradictorio, quizá esto posibilitaba el surgimiento de alguna clase de afecto, un afecto que, sospecho, en casos extremos podía degenerar hasta en amistad.

Hermano y hermana, directora y director, cada uno a su estilo, se complementaban mutuamente. La eficaz trabazón de sus  carácteres formó la urdimbre de la buena marcha de aquella institución durante un tiempo.

Mis hombros no recuerdan el peso del ataúd del Mister, los de N. sí. Su peso en mi memoria-como en la de la mayoría- no pasa a lo sumo de aquel quiste palpitante de su cuello.

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