Norbert Elias. Nacionalismo II

Democratización. El ethos nacionalista como forma de amor propio

Por todo lo anterior el nacionalismo a los ojos de un análisis sociológico incluso provisional podría definirse como un rasgo característico de las grandes sociedades estatales en su estadio evolutivo del siglo XIX al XX. Está relacionado y al mismo tiempo se distingue claramente de sistemas de creencias que representan sentimientos individuales de apego y solidaridad respecto de otras colectividades como la aldea, la ciudad, el principado o el reino que son típicos de estadios evolutivos más tempranos de la sociedad. Se trata además de una creencia de naturaleza esencialmente secular y que, por lo tanto, no requiere la justificación de ninguna instancia suprahumana, estamos ante  una creencia análoga a las  formas éticas o de creencias a las que Max Weber denominaba “intramundanas”. Presupone la existencia en la correspondiente sociedad de un considerable grado de democratización en el sentido sociológico, no político, del término: cuando las barreras sociales entre los diferentes niveles de rango y poder son demasiado elevadas- como por ejemplo en las sociedades estamentales con la nobleza hereditaria en la cúspide o en Estados dinásticos en los que el foso de poder entre príncipe y súbditos es muy pronunciado, los sentimientos individuales de apego, solidaridad y compromiso respecto al resto de la sociedad tienen un carácter distinto del que cobra expresión en la forma de un Ethos nacionalista.

El Ethos nacionalista se basa en un sentimiento de solidaridad y compromiso que no se dirige simplemente hacia determinadas personas o figuras individuales en una posición de poder sino hacia un ente colectivo soberano que el individuo en cuestión forma junto con miles o millones de individuos como él y que aquí y ahora está organizado en la forma de un Estado o que en la mente de quienes lo forman lo estará en el futuro. El individuo se encuentra ligado a dicho ente colectivo soberano a través de la intermediación de símbolos, que pueden ser personas. A estos símbolos  y al colectivo que representan van unidas emociones positivas muy fuertes del tipo de las que comúnmente describimos como “amor”. El ente colectivo es vivido como algo que está separado de los individuos que a él pertenecen, como algo además más elevado y bueno que ellos al igual que ocurre con sus símbolos. Los colectivos en los que surge un Ethos nacionalista son percibidos de tal modo que los individuos que los forman ven en ellos- o mejor en unos símbolos sentimentalmente cargados- representaciones de sí mismos. El amor por la nación propia nunca es simplemente un amor hacia personas o grupos de personas a los que uno puede dirigirse como “ellos” sino que es siempre el amor por un colectivo al que uno se dirige como “nosotros”. Más allá de lo que este amor  pueda además entrañar, este amor es también una forma de amor propio.

La imagen que los individuos de una nación tienen de ella forma por lo tanto parte integrante de la imagen que tienen de sí mismos. Las virtudes, el valor, el sentido son al mismo tiempo virtudes, valor y sentido propios. En la medida en que las teorías sociológicas y sociopsicológicas de hoy se ocupan de estas cosas suelen ofrecer a la reflexión el concepto de  “identificación”. Sin embargo, dicho concepto no se corresponde del todo con los hechos observables. El concepto de la identificación genera la impresión de que individuo y nación se encuentran separados, inclina a creer que se trata de  dos ideas distintas separadas en el espacio. Pero dado que las naciones están formadas por individuos y dado que los individuos que viven en las avanzadas sociedades del siglo XX pertenecen incuestionablemente a una u otra nación, un sistema conceptual que evoque una imagen de dos ideas distintas y separadas en el espacio como lo puedan ser  una madre y  su hijo, no se corresponde con los hechos.

Relaciones de esta índole solamente pueden comprenderse cabalmente con la ayuda de los pronombres personales. Un individuo no tiene solamente una imagen de su yo y la de un yo ideal sino también una imagen de un nosotros y un ideal de este nosotros. Con la nacionalización del ethos y los afectos individuales que tiene lugar en las sociedades industriales en los siglos XIX y XX va intrínsecamente unido el hecho de que la imagen de cada sociedad respectiva – representadas, entre otros símbolos, por la propia palabra “nación”- pasa a formar parte integral de la imagen y del ideal que la mayoría de los individuos que viven en sociedades de este tipo tiene de su “nosotros”. Por decirlo en pocas palabras uno se topa aquí con uno de los muchos ejemplos de una correspondencia entre una determinada estructura social y una determinada estructura de la personalidad. Cuando un miembro de alguno de los Estado-nación diferenciados e industrializados del siglo XX se describe a sí mismo haciendo uso de un derivado del nombre de su país- “Soy francés”, “Soy americano”, “Soy ruso”- está diciendo mucho más que simplemente “He nacido en este o aquel país”, “Tengo un pasaporte francés, americano o ruso”. Para la mayoría de los individuos que han crecido en una sociedad de ese tipo una descripción semejante remite al mismo tiempo a la nación a la que pertenece a la vez que a rasgos y valores personales. Atañe tanto al individuo contemplado como un “yo” frente a esos  “otros” a los que en el discurso hablado y pensado se dirige como “tú”, “él” o “ella” así como al individuo contemplado como parte constitutiva de un colectivo al que en el discurso pensado y hablado se dirige como “nosotros” frente a otro colectivo “vosotros” o “ellos”. Aquel que dice “soy ruso, americano, francés etc…” está diciendo por lo general: “yo y nosotros creemos en determinados valores e ideales”, “yo y nosotros desconfiamos de los representantes de esta o aquella otra nación y nos sentimos en mayor o menor medida su enemigo”, “yo y nosotros nos sentimos comprometidos con estos símbolos y con el colectivo al que representan”. Una imagen de este nosotros penetra indisolublemente en la organización de la personalidad del individuo, quien en tales casos empleará los pronombres “yo” y “nosotros” para referirse a sí mismo.

*Es necesario distinguir el nacionalismo como expresión del amor, del orgullo, de la identificación que una particular unidad denominada ”nosotros” nos hace sentir, de otros vínculos aparentemente similares comunes entre los grupos aristocráticos tradicionales. Así,  suele representarse a Bismarck como prototipo del nacionalismo  alemán pero, de hecho su amor iba dirigido principalmente hacia las figuras del rey y  la tierra y no a la nación alemana- o como mucho, ya que vivió en una época de transición, solamente a posteriori y en tanto que ideal al que al menos de boquilla había que apelar-, pero no hacia el símbolo que representaba la masa del pueblo alemán.

Como se ve utilizamos aquí la expresión “nacionalismo” en un sentido distinto al que se emplea en la vida cotidiana. En el lenguaje habitual suele contraponerse despreocupadamente el adjetivo “nacionalista” a otros como “nacional” o “patriótico”. Utilizando el primero estaría buscándose mostrar desaprobación y  utilizando los últimos asentimiento. Pero lo que unos tachan de nacionalismo no sería en realidad más que el patriotismo de los otros y lo que elogian como patriotismo su propia forma de nacionalismo.

Nacionalismo y relaciones interestatales. Cambios en la figuración de la balanza de poder entre sociedades interdependientes

El propósito de una investigación sociológica implica tener que emplear un concepto estándar que no lleve consigo ni desaprobación ni elogio. Se necesita un término que designe la escala de valores, el tipo de sentimientos, los ideales y creencias específicos que ligan entre sí y a su sociedad  a los individuos que viven en las sociedades estatales altamente industrializadas del s. XIX y XX. Se requiere una expresión homogénea, un instrumento conceptual claro que haga factible la aprehensión de la característica estructural común del tipo de vínculos sentimentales, creencias y organización de la personalidad que tarde o temprano hacen su aparición no sólo en este o aquel sino en todos los Estados nacionales en su evolución entre el siglo XIX y XX. Y dado que suelen ser  substantivos terminados en –ismo y adjetivos en –ista los que suelen caracterizar este tipo de sistemas de creencias y las organizaciones de la personalidad que a ellos van ligadas, lo que el lenguaje cotidiano nos ofrece para proceder a una homogeneización conceptual consiste en lo fundamental en una elección entre “patriotismo” y “nacionalismo”. Este último, en tanto término sociológico estandarizado, parece al final el más apropiado ya que resulta más flexible pudiéndose derivar a partir de él conceptos comprensibles con carácter de proceso como por ejemplo “nacionalización de las maneras de sentir y pensar”. Lo utilizamos aquí en este sentido, limpio de connotaciones de desaprobación o elogio y lo utilizamos para designar el aspecto de una transformación más amplia que determinadas sociedades estatales, como parte de una cierta figuración de la balanza de poder entre sociedades interdependientes,  atraviesan en un espacio de tiempo determinado. Dicho término se refiere a un sistema social de creencias que de un modo latente o manifiesto eleva la sociedad estatal, el colectivo soberano al que sus creyentes pertenecen, al rango de valor supremo al cual podrán quedar subordinados todos los demás valores y al que, en ocasiones, quedan efectivamente subordinados.

El nacionalismo como uno de los grandes sistemas de creencias de los siglos XIX y XX se diferencia en varios aspectos de otros sistemas sociales de creencias del mismo periodo como pueden serlo el conservadurismo y el comunismo o el liberalismo y el socialismo. Estos extraen su fuerza de los cambios en la balanza de poder dentro de una y la misma sociedad y sólo secundariamente llega su influencia a las relaciones interestatales. El nacionalismo cobra su fuerza de los cambios en la balanza de poder entre diferentes sociedades estatales y afecta sólo secundariamente a las tensiones y conflictos entre las clases sociales en el seno de esas sociedades.

Aunque los ideales y creencias relacionados con la polarización de clases interdependientes en el seno de una y la misma sociedad no dejen de mezclarse de muchas maneras con los de un sistema nacional de creencias que encuentra su origen ante todo en la alteraciones que se producen en  las figuraciones de la balanza de poder entre sociedades estatales interdependientes, es este último, el sistema nacional de creencias, el que ejerce una influencia más continua y decisiva sobre la dirección de la política a largo plazo. Las sociedades pueden diferenciarse mucho unas de otras según sean las creencias e ideales que guíen a sus élites  en la política intraestatal pero todas comparten una misma nacionalización del Ethos y de las maneras de sentir, del nosotros que liga y representa  a la mayoría de los individuos que las forman. Como resulta fácil de ver esta nacionalización del Ethos y de las maneras de sentir se desarrolla más tarde o más temprano en todos los países en vías de modernización entre los siglo XIX y el XX, independientemente de cual fuera el origen social de sus élites. Y aunque esta nacionalización del Ethos y de las maneras de sentir penetra al principio sobre todo en aquellos Estados nacionales a cuyo frente se encuentran unas élites cuyas actitudes, ideales y valores se inscriben en la tradición de unas clases medias que van dejando de serlo en la medida que ocupan las posiciones de poder, no deja de penetrar menos en Estados nacionales a cuyo frente se sitúan unas élites cuyas actitudes, ideales y valores se inscriben en la tradición de unas clases trabajadoras que van perdiendo su especificidad si no en tanto grupo social, si que al menos en tanto clase, en la medida en que van  escalando posiciones de poder.

La dualidad del canon normativo del Estado-nación

Al margen de la manera en que estén organizados, los ciudadanos de la mayoría de los Estados nacionales soberanos e interdependientes que forman la figuración de la balanza de poder propia del siglo XX,  se ven dotados de un canon normativo dual cuyas exigencias son contradictorias entre sí. Por un lado, disponen de un canon moral de carácter igualitario procedente del canon de los sectores ascendentes del “tiers état” (tercer estado), cuyo valor más alto es el ser humano, el individuo humano como tal y, por otro, de un canon nacionalista de carácter no igualitario procedente del canon maquiavélico de los príncipes y de los grupos dirigentes de la nobleza cuyo valor más alto es un colectivo- Estado, Tierra,  Nación-al que el individuo pertenece.

Henri Bergson, uno de los pocos filósofos que en su pensamiento se ha planteado el hecho de este canon dual, hacía mención al problema. Su objetivo no era, encontrándose fuera del campo de sus reflexiones, investigar el desarrollo específico de las relaciones intra-estatales que habrían conducido a esta particular dualidad y por ello sus propuestas para resolver el problema adolecen de un carácter vago y especulativo. Pero reconocer el problema como tal y delimitarlo constituye, con todo, un paso importante. Bergson preguntaba: ¿A qué sociedad nos estamos refiriendo cuando hablamos de compromisos morales? ¿A la de la humanidad entera? O ¿Estamos hablando de compromisos morales respecto de nuestros conciudadanos, nuestros compatriotas, de los miembros de un mismo Estado?

 >> Se le escapa la verdad a toda filosofía moral- así escribía- que no ponga el acento en esta diferencia. Sus resultados quedarán necesariamente falsificados. De hecho, cuando decimos  que la obligación de respetar la vida y la propiedad del prójimo es exigencia fundamental para la vida en sociedad ¿De qué sociedad realmente estamos hablando? Para contestar a esta pregunta basta con que observemos lo que ocurre en las guerras. Robo y asesinato así como perfidia, fraude y mentira no solamente se toleran en ellas sino que se convierten en objeto de mérito. Los que dirigen las guerras se dicen como las brujas de Macbeth: Fair is foul, and foul is fair” (“Lo justo se hace vil y lo vil, justo”)<<

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