Norbert Elias. Nacionalismo

Tal y como comentaba en el post titulado. “Las U.P.E.: una utopía radical para Europa made in Switzerland” a continuación me embarco en la traducción del alemán de las páginas que el sociólogo Norbert Elias consagra al nacionalismo en su, en mi opinión, fascinante libro “Studien über die Deutschen” (“Estudios sobre los alemanes”)

Norbert Elias , ( 1897 1990 ) , German writer and sociologist . In Bielefeld , Germany , 1984 . stock photo

Esta primera entrega se corresponde aprox. con las páginas 190 – 195 del volumen de la editorial Suhrkamp

Palabras-símbolo

Al contrario que en sociedades menos diferenciadas los símbolos colectivos que en las sociedades altamente diferenciadas de los siglos XIX y XX se encargan de  atraer y amalgamar los sentimientos de cada uno de sus miembros tienen un carácter mucho más impersonal. De esto son un ejemplo claro las palabras-símbolo que juegan este papel. Las mismas pueden variar ciertamente de un Estado a otro, pero todas ellas irradian emotividad y otorgan al ente colectivo que representan esas cualidades misteriosas y elevadas de las que antes hemos hablado. El mismo nombre- y los derivados- del Estado nacional respectivo son utilizados por los miembros de éstos de una manera en la que resuenan tonos reverenciales y sagrados. Así,  expresiones como “la France”, “Deutschland”, “America” sirven a franceses, alemanes y norteamericanos respectivamente como símbolos verbales de un ente colectivo al que se le asignan esas cualidades misteriosas y elevadas. Este empleo del nombre propio del Estado nacional en cuestión lo podemos encontrar en casi todos los Estado nacionales más o menos desarrollados mientras que el empleo de ese mismo nombre pero traducido a otro idioma adquiere connotaciones a menudo negativas cuando quien lo utiliza es miembro de otro Estado nacional siguiendo  la paradoja  que, en cada caso, domine las relaciones interestatales.

Pero no solamente el nombre propio del Estado nacional sino todo un espectro de palabras-símbolo pueden cumplir esta función en diferentes sociedades, palabras  por ejemplo como “patria” “tierra” o “pueblo”.  En conjunto no obstante son  las palabras “nación” y “nacional” los símbolos de uso más generalizado y extendido. No hace falta más que colocar la palabra “nación” junto a otra como “país” o “Estado” para percibir la diferencia. Las realidades sociales a las que estas tres palabras se refieren son mayormente las mismas. En lo que toca a esas realidades, términos como  “nación”, “población” o “ciudadanos del Estado” designan más o menos fenómenos que son idénticos. Sin embargo cuando miembros de un mismo país hablan entre ellos la palabra “nación” comporta unos sentimientos de una profundidad y dimensión que la diferencian del resto. El colectivo al que con ella se alude queda revestido de un aura muy específica apareciendo como algo de gran valor, sacrosanto, algo merecedor de admiración y devoción. Estos sentimientos acostumbran a extenderse a todo aquello que puede ser contemplado como perteneciente a la nación o en interés de la misma; pueden extenderse al empleo de la violencia y del engaño o, llegado el caso,  de la tortura y el asesinato.

Realismo del príncipe.  Mística de la nación. Límites al control de la creencia nacionalista

Una vez percibido claramente el desplazamiento del punto de anclaje de las ligazones emocionales desde la figura viva de un príncipe a la impersonalidad de un símbolo que representa a un colectivo puede verse más claramente la trabazón entre cambio y continuidad en la evolución desde el canon pautado originariamente por Maquiavelo a su sublimación en otro que forma parte de un sistema nacional de creencias. En un sistema de Estados dinásticos, en tanto que regidos por monarcas más o menos autocráticos, la política que se sigue en las relaciones interestatales es la marcada por la desinhibición del interés propio de unos gobernantes que ,bien por nacimiento o por éxitos políticos o militares, se sitúan dentro de las líneas de una tradición guerrera. El canon que en las relaciones interestatales se sigue es más o menos una ampliación del canon que los gobernantes siguen en sus relaciones personales. No hay grandes barreras ni líneas de separación entre ambas esferas. No existe ninguna oposición de fundamento entre la moral personal y privada, de un lado, y la pública y estatal, de otro. La estrategia práctica, y hasta cierto punto podría decirse que realista, que los príncipes seguían antaño en sus relaciones recíprocas se cambia en otra de un tinte emocional diferente cuando la estrategia que se sigue pasa a corresponder a las naciones , o mejor, a sus élites gobernantes. Los aspectos realistas que se ajustaban al canon guerrero tradicional, canon que sembraba la desconfianza y el temor mutuo entre las élites de los diferentes grupos al tiempo que encontraba su origen en esa misma desconfianza y temor, pasa a mezclarse con la mística de un credo nacional en el que pueden creer de una manera incondicional cientos de miles de personas.

Resultan bastante obvias las razones del surgimiento de un ideal “nosotros” precisamente en una época de sociedades de masas altamente industrializadas en las que se da un reclutamiento obligatorio en el ejército y una creciente involucración de la población entera en los conflictos con otras sociedades de masas. En este contexto disciplina y obediencia respecto de un príncipe o de una autoridad militar no son suficientes para garantizar el éxito de un país en sus luchas de poder con otro. Se hace necesario para incitar  al conjunto de los ciudadanos a supeditar sus necesidades individuales a las de un ente colectivo-país o nación-, a que en un momento dado sacrifiquen su vida por él en las trincheras,  que además de las coerciones exteriores a las que se encuentran habitualmente sometidos, lo estén también a las que se derivan de su propia conciencia y  sus propios ideales, o lo que es lo mismo, que se sometan a unas coerciones que sobre sí mismos ejercen en tanto individuos.No siendo siempre fácil demostrar con hechos las virtudes de esa sociedad por la que se le está exigiendo que sacrifique su vida, cada miembro de estas sociedades altamente diferenciadas del siglo XX  ha de encontrarse completamente motivado por la creencia incuestionable en el valor de la sociedad que junto con los otros ciudadanos forma,  por la creencia incuestionable en el valor de su nación.

A pesar de que el motor primero para la formación del nacionalismo como sistema de creencias viniera de la esfera de las relaciones interestatales, bien por el temor compartido acerca de la supervivencia e integridad de la sociedad propia, bien por el deseo común de ver el  poder, estatus y prestigio de ésta incrementados en relación al de otras sociedades soberanas, un sistema de creencias nacionalista también puede servir propósitos intraestatales en tanto instrumento de dominio o de potencial dominio de unos grupos sobre otros. Uno de los rasgos fundamentales de las sociedades industriales en su fase evolutiva del siglo XIX al XX  es la simultaneidad de una creciente interdependencia de todas las clases sociales y una tensión permanente entre los dirigentes de las clases medias y la trabajadora. Muchas otras tensiones tangenciales se congregan en torno a este eje de tensión central que normalmente coincide con la oposición entre las asociaciones de empresarios y los sindicatos. En este contexto los llamamientos a unos sentimientos y lealtades nacionales que habrían echado raíces más allá de los límites de clase gracias sobre todo a la experiencia de la guerra y a un aumento en el nivel de formación mediante  ejércitos masivos,de un lado y escuelas controlados por el Estado,de otro, pueden ser explotados como palancas para la promoción de determinados intereses sectoriales por parte de uno u otro grupo dirigente de la sociedad. De hecho así  es como fueron explotados en varios países, entre otros Alemania,  por parte sobre todo de grupos insatisfechos de las clases medias.

Por regla general los sistemas nacionalistas de creencias y valores en países desarrollados  con un relativo alto nivel de bienestar se orientan hacia atrás. Manifiestan  implementarse en sociedades de este tipo para preservar el orden existente, cuando en realidad el movimiento social que se inicia en nombre de la herencia nacional y de sus virtudes lo que en realidad pretende es una subversión del orden existente. Cuando así sucede, lo hace bajo el signo de una restauración del pasado, de la herencia inmortal de la nación. Brevemente, difícilmente puede comprenderse el carácter de las ideas nacionalistas si uno se limita a derivarlo de lo que esas ideas dicen en los libros de filósofos o de escritores famosos o sea, si uno se limita a abordarlas a la manera tradicional de la historia de las ideas.

Ideas e ideales nacionalistas no forman, por así decirlo, una línea sucesiva autónoma del tipo de las que se suele asignar a las ideas filosóficas. Su sucesión en el tiempo no se basa simplemente en el hecho de que autores de una generación leen a los de otra dando, ya sea crítica o aprobatoriamente, continuidad a los pensamientos contenidos en sus obras, sin relación alguna con los desarrollos y características estructurales de la sociedad en las que dichas obras se escriben y leen. En igual medida tampoco hay que buscar el origen del nacionalismo en las ideas nacionalistas de escritores célebres. De forma latente o manifiesta el nacionalismo es uno, si no el más, poderoso de los sistemas sociales de creencias de los siglos XIX y XX . Las ideas contenidas en los libros no son, por emplear una metáfora sobada pero pertinente, más que la punta del iceberg. En ellos se encuentran las expresiones articuladas de un proceso en cuyo desarrollo sentimiento y ethos nacionales se propagan antes o después  por el conjunto de la estructura social. No se puede estimar si y en qué medida la nacionalización del Ethos y de las maneras de sentir ha sido influida por las publicaciones de una intelectualidad nacionalista si no se investiga qué cambios en la estructura de las sociedades hicieron posible la  sustitución de los sentimientos de fidelidad y solidaridad ligados a la persona de un príncipe- ¡Vive le roi!-por los sentimientos de fidelidad y solidaridad a la nación-¡Vive la France!

Está todavía en sus comienzos una investigación sociológica de la formación y evolución de los ideales nacionalistas que fije estas doctrinas, conceptos e ideas ,tal y como aparecen en los libros , dentro del desarrollo general de la sociedad y que muestre la función que tienen para los diferentes subgrupos que la componen. En el contexto presente bastará una breve referencia que explique por qué, dado un determinado nivel de desarrollo, la aparición de los sistemas de creencias nacionalistas es algo común a todas las sociedades así como el recordatorio de que el destino de los mismos depende tanto de las relaciones dentro de los Estados como de las que estos mantienen entre sí.

Merecería la pena en este como en otros sentidos trabajar en la dirección de un modelo teórico que explique  la continua trabazón que en la evolución de los hechos tiene lugar en los niveles intra e inter-estatal. Con la ayuda de este marco teórico más amplio sería más fácilmente demostrable que la explotación por parte de representantes de determinados intereses sectoriales de tendencias potencialmente nacionalistas en el seno de los Estados nacionales altamente diferenciados  raramente sucede de una forma plenamente consciente, o sea, en la forma de un frío engaño ideológicamente deliverado. Las teorías tradicionales que en ocasiones describen las ideologías de esta manera se ponen las cosas demasiado fácil. Un rasgo de las doctrinas nacionalistas y de otros sistemas de creencias es que, bajo determinadas circunstancias y llevados por un proceso automático de recíproca interacción, cada vez van ganando más poder sobre sus creyentes. Puesto que el credo “per se”  eleva a las alturas el valor ideal del propio grupo y el de la lealtad al mismo nadie puede negarles en público la adhesión a sus creencias a aquellos de los creyentes que más insisten sobre la perfección de su colectividad. Y de este modo la tendencia en los individuos y grupos humanos a la sobrepuja en la atestación de semejante creencia puede hacerse muy fuerte en determinadas situaciones sociales. No resulta difícil comprobar cómo estos sistemas ególatras de creencias, sobre todo cuando  el tamaño del colectivo es grande, cobra una fuerza de empuje propia a través de esta clase de mecanismos, fuerza que no puede ser controlada ni por los individuos ni por el grupo.

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