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Sueños de papel

El otro día soñé con el papel higiénico de los W.C. del que fue mi colegio. Papel de elefante lo llamaban- ¿Qué culpa tendría el animal de la trompa, me pregunto, de la  tacañería de la que hacía gala la dirección de aquel caro establecimiento? Respuesta: El Elefante era la marca del papel – El caso es que tras la evocación en sueños del papel higiénico de la marca del paquidermo me desperté con un vago escozor en la parte más íntima de mi epidermis. El escozor se me fue pasando a medida que caía en la cuenta de que, ingenuos aún como éramos,  algunos de nosotros ya despuntábamos por nuestra perspicacia al decirnos resueltamente que una y no más, que a aquellos retretes iba a volver su padre a hacer ningún esfuerzo por más premios* al ídem que el profesorado, en irrisoria maniobra de distracción, nos prometiera. Otra cosa es que el estreñimiento forzoso al que día tras día muchos de nosotros nos vimos abocados nos empiece a pasar factura justamente ahora, a los cuarenta y tantos. Pero éste es asunto que me gustaría dejar para su estudio a mis compañeros médicos tanto de clase como de sufrimiento. Y en caso de una respuesta afirmativa confío en que nuestros compañeros abogados no dejarán pasar la oportunidad de interponer una jugosa demanda para que al menos se nos restituya lo que de justicia es nuestro: el premio al mayor y más sostenido de los esfuerzos sobrellevado con una entereza sin igual.

Algo menos escocido al ver potencialmente colmados mis deseos de desquite por la pacífica vía de la magistratura volví a dormirme para soñar esta vez con el papel de periódico (ejemplares del vespertino bilbaíno “Hierro” ) en el que acostumbraban a envolver los calzoncillos de los desafortunados niños que se meaban en los pantalones. Al incontinente infante se le conminaba-no se me pregunte cómo, pues todo acontecía en el más absoluto de los silencios-a pasar a los grasientos dominios de la cocina del colegio. Una vez aquí el imberbe expediente humano quedaba en manos de una de las cocineras jefe. Era ésta la encargada de despachar el enojoso asunto con diligencia cuartelera poniendo al niño en disposición de salir por la puerta batiente que separaba el ámbito de la cocina del público comedor- ahora ya vacío aunque no del todo- con el humillante paquete bajo el brazo y con unos calzoncillos de reemplazo que vaya uno a saber de quién eran, lo mismo de la cocinera jefe y del exceso de tetosterona que le sudaba del bigote.

Ciertamente aturdido por el protocolo que le acababan de hacer atravesar, el niño se veía de pronto expulsado de la cocina y- rechinando aún a sus espaldas las hojas de la puerta en rítmico balanceo- completamente sólo en medio del amplio y solitario comedor. Además, ya digo, de con aquel extraño paquete que, a modo de timbre oficial, le habían endosado bajo el brazo. Girando la cabeza de derecha a izquierda sus órbitas buscaban asirse desesperadamente a algo. Pero lo único que sus ojos acertaban a divisar en medio de aquel recinto era una lejana mesa en la que la dirección del colegio se encontraba en trance de hincarle el diente al condumio, mesa a la que también solía sumarse como advenediza comensal la desagradable jefa de la cocinera jefe en su calidad de chismosa autorizada. De aquel grupo de individuos volcados sobre sus platos al niño parecíale escuchar un murmullo que se le dirigía y que le decía “a ver si no lo vuelves a hacer”. Mientras éstas o parecidas palabras llegaban a sus oídos y antes de ser rubricadas por el sonoro sorbo del director a la cucharada de lentejas de los viernes, las temblorosas piernas del niño apenas eran capaces de sacarle de allí. De hecho no le sacarían hasta pasados los 18, estando por ver si a los cuarenta y tantos no sigue escociéndole el papel que a veces tienen los sueños.

 

*Premio al esfuerzo: con esta expresión se designaba al cuarto peldaño- o sea a la asuencia del mismo- en el podium académico de la clase. En el “quiero y no puedo” de los así galardonados recibía reconocimiento oficial a la vez la limitada capacidad del alumno en una materia cualquiera así como la modestia encomiable de su infructuosa laboriosidad.No fueron infrecuentes los casos de adicción al mentado galardón en línea, por lo demás, con el estreñimiento como estrategia pedagógica de aquella benemérita institución. En contraste con los diplomas- 1º,2º y 3er peldaños- reductos de una especie de selecta aristocracia que reflejaba a grandes rasgos el canon de conducta promovido desde la dirección, el perfil del aspirante al premio al esfuerzo podía variar. Este punto arbitrario en la elección del premiado cumplía una doble función: de un lado, servía para democratizar el inútil meritoriaje y, de otro, recordaba a la aristocracia de los tres primeros peldaños que , caso de aflojar el paso, su privilegiado estatus podía peligrar.

 

Categorías:Divertissement, Historias Etiquetas:
  1. Ana Isabel
    noviembre 21, 2012 a las 1:51 pm

    Que bien descrita una época que, pese a los años, pesa y no sólo para el autor del relato. Me quedo con el aturdimiento de ese niño, con su dolor envuelto en papel periódico, atravesando el comedor del colegio.
    Supongo que todos nos hemos sentido así alguna vez de niños, y siempre es tiempo de cogerle la mano, aunque sea a los cuarenta y tantos. el tiempo es relativo… No? ah, y qué le den para siempre al papel de elefante!

  2. Miriam
    noviembre 29, 2012 a las 5:10 pm

    Muy bien descrito el ambiente de nuestro querido colegio…Los que nos quedamos en el cuarto escalón nunca lo olvidaremos ; )

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