Nicolas Grimaldi

Nicolas Grimaldi, el faro que ilumina lo humano

http://www.liberation.fr/culture/2011/09/17/nicolas-grimaldi-le-phare-qui-eclaire-l-humain_761778

Es un lugar más propicio que otros a la meditación. Justo delante, el mar y el cielo se confunden bajo el mismo gris perla. La casa se recorta sobre el promontorio tal un barco varado. A la derecha se percibe por sus innumerables ventanas, como si fueran fotos enmarcadas, Ciboure y la bahía de San Juan de Luz. A la izquierda, la marea rompe contra la cornisa rocosa que se extiende hasta Hendaya. Se trata del antiguo semáforo marítimo de Socoa, construido en la época de Guizot- durante un tiempo oficina telegráfica, en desuso desde 1922 y después vendido por la marina.  “Compré lo que por aquel entonces, en 1968, era una ruina, cuando abandoné Paris. Hoy, es mi isla, es aquí dónde habita Robinson Crusoe”

Si Robinson hubiera sido guardián de faro, hubiera podido dar nombre a todas las olas que hacen las delicias de los surfistas, adivinar el tiempo que va a hacer solamente por el sonido del viento o el color de la mar. Pero  es filósofo. Su océano es el de la música, “música de cámara únicamente”, y el de la pintura, sus acantilados, los creados por paredes de libros. “Estoy casi siempre sólo, o sea siempre en mala compañía. ¡Pero no piense en una existencia monacal! Tengo la suerte de recibir visitas de mis antiguos alumnos, leo, pinto, escribo y si como con frugalidad no es por virtud ni por cuidarme sino porque a la hora de la comida no siento los aromas habiendo perdido el olfato como consecuencia de una operación. ¡Pero no pasa nada! ¡Lo esencial es comprender que la belleza del mundo y de la vida están en cada instante!

 Un acróbata, un bailarín, un mago

Si la filosofía aporta con el tiempo sino una sabiduría al menos un estilo, éste se reconoce en el caso de Nicolás Grimaldi por la elegancia del porte y de los gestos, por la cortesía, por la delicadeza exquisita de sus maneras, por su escritura precisa, sobria, solamente alterada por la rara sonoridad del imperfecto de subjuntivo. Cuando habla, guiando su verbo con la gesticulación de las manos, ya no es tan mesurado: quisiera decirlo todo en torrenciales chorros, hacer comprender todo, no olvidarse del mínimo matiz, y enseguida se pone a declamar, su voz atrona, canta y encanta. Ha fascinado así en el instituto de Colmar, en las clases preparatorias de letras en Janson-de Sailly o de Molière o en la de Jules-Ferry o en las universidades de Brest, Poitiers, Burdeos, Paris a generaciones de estudiantes que lo describen como un acróbata, un bailarín, un mago.

Profesor emérito en la Sorbona dónde ha ocupado la cátedra de historia de la filosofía y después la de metafísica, se reconoce de buen grado seguidor de Maurice Savin, discípulo éste a su vez de Alain. “ Los dos pintaban… ¡Y yo también! Cuando pinto estoy enteramente poseído por lo que pasa en la tela, que cambia a cada instante, se pierde igualmente a cada instante, de manera que nada me distrae. Al contrario que la atención especulativa que tiene algo de agotador, la pintura se funda en un agotamiento completamente opuesto, ella absorbe. Si fuese un verdadero pintor bastaría con ver uno solo de mis cuadros para saber que es mío sin necesidad de ver la firma. Pero no es el caso. Yo he pintado para comprender qué es pintar, de modo que muchas de mis pinturas, según los años, lo son “ a la manera de” Juan Gris, de Nicolas de Staël, de “El Jinete Azul”, de Kandinsky, de Franz Marc, de August Macke, de Paul Klee…” Sin embargo, si hay un filósofo al que Nicolas Grimaldi puede recordar, ése es Vladimir Jankélevitch: “ ¡Me decían que yo hablaba como él antes mismo de haberle escuchado! Cuando le descubrí tuve como una revelación: Jankélevitch, era el estilo que esperaba en filosofía”

 El 68, mi segunda muerte

En la Sorbona, en mayo del 68, Jankélevitch se entrega en cuerpo y alma a la insurrección estudiantil. Grimaldi, con algo más que desgana: “ Si la revuelta y las huelgas hubiesen sido solamente obreras, me hubiera adherido totalmente. Pero el dadaísmo generalizado me molestaba, me hería profundamente, igual que las tentativas de destrucción de la cultura a la que se calificaba de “burguesa”” . Vi en todo eso una conspiración contra el espíritu. Me refugié en Socoa. Sabe Ud., yo tuve una primera muerte porque no conocí a mi madre más que moribunda. Tener una infancia sin madre, eso pesa, puesto que tu primera experiencia es la de una pérdida,  una privación- que posteriormente me ha parecido algo originario en toda conciencia, como si toda conciencia naciera huérfana de no se sabe qué. Y mi segunda muerte fue el 68. Desde entonces no he hecho más que sobrevivirme a mí mismo. Todo lo que me había imaginado que debía ser el estilo de un profesor, de un escritor, de un filósofo, todo lo que me parecía que debía esperar de mí mismo no podía compartirlo más con nadie. La experiencia del 68 fue la de haber estado montado en un ferry que se hundió, no me quedaron ni amigos ni equipaje, no me quedó nada, bueno, sí, un loro, una cabra , así que decidí venirme a vivir sin semejantes a un semáforo marítimo. En todas las universidades a las que he ido desde entonces he dado cursos- antes daba clase. Dar clase significa aportar lo que uno es, aquello de lo que uno ha creído hacerse merecedor gracias a mucho trabajo, y dar cursos es aportar lo que uno sabe. Cambié de vida y, a la vez, lo hice de trabajo”

La herida parece aún viva. Grimaldi la ha vivido como una destrucción de su “carné de identidad”. “Mi padre, Dominique, un profesor de instituto corso que luego opositó para entrar en correos, era un líder sindical, uno de los fundadores de fuerza obrera, comprometido con el partido socialista. El partido socialista, yo lo abandoné en 1968, la izquierda me parecía entonces más desesperante aún que la derecha. Mi padre no comió ni cenó jamás en familia, salvo durante la ocupación. Estaba todos los días en reuniones por toda Francia y volvía a la una de la mañana… Pero nunca estuve muy ligado a sus combates. Había un desencuentro muy arraigado entre nosotros. Cuando en 1944 vuelvo a Paris para ir al instituto, retomo una vida familiar casi normal. Era un alumno brillante, pero esto era una cosa de la que mi padre se ufanaba bien poco,  casi se la tomaba a mal. El me decía “ Mi pequeño, no hay hombres superiores; el talento, eso no existe; la única cosa que diferencia a los hombres es el trabajo” Cuando con trece años le dije que quería ser poeta, se puso a hacer como si tocara la trompeta y me dijo que eso no era más que alimentarse del viento…No tenía sino desprecio. Una anécdota bastante tonta pero clarificadora. Estaba en tercero y nos habían pedido en clase hacer una descripción de algo. Yo había descrito una tarde en el Bois de Boulogne con “las barcas en el lago y el sol que chapoteaba”. El profesor había puesto “ muy bonito” en el margen. Mi padre inspeccionaba todos mis deberes, miraba las notas, las escrutaba como un comisario de policía. Al ver esa observación al margen exclama: “ Qué demonios es eso de un sol que chapotea, has visto una cosa así alguna vez?”

Nicolas Grimaldi no será poeta. El cuestionamiento filosófico le atrapa de adolescente. “En mi pensamiento, no hay ruptura. Solamente tengo un nacimiento, el nacimiento a una cuestión. Muy joven sentí con una gran intensidad que todos los hombres están enfermos de sí mismos. En 1950 todos mis colegas eran o cristianos o comunistas, así que todos esperaban entrar un día en el Reino. Yo, por mi parte, presentía que no había Reino alguno dónde la vida  fuese tan sólo éxtasis y plenitud… La cuestión para mí es comprender cómo es posible que haya un ser tan desnaturalizado como el hombre en la naturaleza. Sólo el hombre se pregunta: qué debo hacer de mí mismo para no fracasar en la vida. ¿Qué es lo que hace falta esperar de la vida para que no sea suficiente haberla vivido para ganarla? Me he quedado aquí hasta el final y ahí sigo aún.

 Los temas más próximos a la experiencia de cada uno

A medida que la ha ido desarrollando Grimaldi “posiciona” su obra en el cruce de la metafísica, la ética, el arte y la literatura (Leopardi, Proust, Pessoa, Amiel, Kafka, Simenon). Le obsesiona de siempre la idea de que aquello que hemos adquirido- modos de ser, cualidades, funciones, rango, estatus- no lo hemos adquirido sino privándonos de todo aquello que hubiéramos podido desarrollar- pero este tema recurrente lo trata a través de los temas más próximos a la experiencia de cada uno: el amor, la libertad, el desencanto, la envidia, la soledad, la traición, la banalidad, la “demencia ordinaria”, el fanatismo, lo imaginario… Los libros sobre estas cuestiones sacarán de la sombra a un pensador  calificado hasta entonces, de un modo restrictivo, como “especialista en Descartes” y, en consecuencia, como un historiador de la filosofía.

“Siempre me he cuidado de no serlo. Como un músico, he trabajado la escala, he hecho mis ejercicios cada día. La historia de la filosofía me ha servido para ello: he mantenido en forma mis aptitudes, pero al mismo tiempo me he esforzado en que todo esto no se vea, siguiendo el ejemplo del bailarín que no deja ver el trabajo que sus arabescos llevan detrás. Como profesor yo diría que del mismo modo que hay un cierto mal gusto en dejar ver el precio de las cosas que se ofrecen igualmente dejar adivinar el esfuerzo que nos ha exigido un curso sería una forma de desconsideración con respecto a nuestros alumnos. En lo que toca a ser “especialista en Descartes” es algo que me hace más bien reír. Pues no he trabajado Descartes más que lo han podido hacer otros filósofos, y tampoco lo he trabajado más que lo haya podido hacer con Malebranche, Kant, Hegel o Bergson… Yo he estado toda mi vida preparándome para escribir una obra sobre Leibniz, pero la situación editorial ha aplazado siempre el proyecto de modo que no la voy a escribir jamás. Las circunstancias en la universidad hicieron que me encontrara a cargo de la cátedra de historia de la filosofía moderna y del centro de estudios cartesianos que le estaba afecto. Los libros que he publicado sobre Descartes son más que nada selecciones de estudios, de artículos, de conferencias. Descartes es quizá el autor con quien menos afinidad tengo”

 Sin duda que Grimaldi minimiza su aportación a los estudios cartesianos. Sin embargo reconoce una proximidad “fraternal” con el autor del “Tratado de las pasiones” cuando lo vincula a los moralistas del siglo XVII,La Rochefoucauldo, La Bruyère o cuando subraya la fecundidad de su noción de generosidad: “ Ella trasluce , me parece, una especie de sentimiento de “distanciada reserva” tomado en un sentido particular: no me voy a quejar de mi situación como si otro fuera responsable de ella, no, es a mí a quien me corresponde cumplir y realizar lo que me parece lo mejor”

 El drama de la conciencia

Lo que Grimaldi ve en la idea de generosidad de Descartes es, de hecho, el reverso del problema que su pensamiento ha tratado de iluminar: cómo pueden realizar los hombres aquello que les parece lo mejor, si su situación es la de “extraviados”; si están siempre a la espera de lo que vendrá a colmar el hiato entre realidad y posibilidad y saben esta espera vana; si, en los tortuosos caminos de la existencia, se encuentran con trampas, minas, callejones sin salida; si, libres, confrontados con una gama ilimitada de elección, avanzan a trompicones y se caen a veces, entre dependencia e independencia, esperanza, ilusión y desencanto… Bergson decía que todo filósofo no tiene en el fondo más que una cosa que decir y la dice sin descanso. “Yo no sé si Bergson tenía razón al pensar eso. Pero lo que dijo se aplica completamente a mi propia experiencia: qué es lo que el hombre persigue sin descanso y no alcanza jamás? A qué se debe que al hombre le falte algo que no consigue determinar, de modo que le basta con obtenerlo para descubrir que no era eso lo que había deseado? Pascal dice: “Nunca nadie, sin la fe, ha llegado a ese punto al que todos aspiran continuamente. Todos se quejan… Nunca nos atenemos al tiempo presente, todo nos decepciona siempre”. Inconstancia, tedio, inquietud, he aquí la condición del hombre. Toda mi empresa consiste en haber intentado dar razón de la antropología pascaliana sin recurrir a ninguno de las fantasías de su teología, y sin Dios. No hay más.”

De dónde viene esa falta y esa inevitable decepción? Primeramente de eso que Grimaldi llama “el drama de la conciencia”. Antes mismo que uno tome conciencia de lo que sea, no existe en la conciencia, si puede decirse, sino “la pura espera de una intuición que está por venir”. La espera es la precondición de la conciencia, ella es la materia prima. Pero esto no sucede sin conllevar engaños, especialmente el de “vivir en la ilusión de creer que lo que es importante no ha comenzado aún. Uno espera tiempos nuevos porque el presente es insoportable”, mientras que, justamente al contrario, es la exasperación de nuestra espera lo que hace  insoportable el presente”

Puesto que es espera antes que nada, la conciencia se condena a esperar lo que no existe y a languidecer en lo que existe. Lo sentimos a lo largo de toda la vida: bien que mal nos podemos realizar con lo que hay y con lo que hacemos, pero, nos decimos, nos realizaremos plenamente cuando lleguen la ocasión, la oportunidad, la función, el encuentro, la proposición, la obra próximos. “Sea lo que sea que un hombre ha perseguido o ha esperado, nada le contenta” puesto que infinitos son los posibles abiertos a su espera. Es entonces cuando sucede una de estas dos cosas: bien uno no espera nada de la vida, lo que es una manera de dejarla morir o bien uno “lo espera todo”, lo que exige la mediación de lo imaginario. “Qué concebimos o qué imaginamos que no deja esperar más? No puede ser otra cosa que el infinito ( al que no puede añadírsele nada), la eternidad (con respecto a la cual nada está por venir), la perfección, la plenitud o la beatitud” De ahí el crédito que se da a lo ilusorio, a la tentación de abandonar “la realidad de lo que se siente por la realidad que se representa”, por un teatro en el que la ilusión de felicidad es borrada por la felicidad de la ilusión.

“Si la espera es el tejido de la conciencia, lo imaginario es la fibra. Contrariamente a lo que Sartre pretendía , la percepción y la imaginación, lo real y lo irreal no son dos mundos estancos, separados estructuralmente. La figura emblemática de lo imaginario es la alucinación,  el hechizo, de modo que, como en todo hechizo, la conciencia es capaz de vivir lo irreal como si fuera la suprema realidad y lo real como si fuera menos que nada. Y esto constituye las creencias, el fanatismo, las religiones… Y quizá la envidia, casi en su totalidad fantasmática”

Una especie de generosidad vital

La energía chispeante con la que Grimaldi se expresa parece contrastar con el desengaño que brota de sus palabras. En realidad el filósofo no es en absoluto un “Schopenhauer de nuestros días” para quien la “vida oscila, como un péndulo, de derecha a izquierda, del sufrimiento al tedio” Escapa al pesimismo porque él se ve como un “pensador de la vida”, es esto mismo, dice él,  “más que una especie de consanguineidad moral, lo que me aproxima a Bergson y a  Jankélévitch”. Ahora bien la vida es impulso. “ Mi identidad la tengo fuera de mí, respecto a mí mismo soy mi propia carencia porque estoy vivo en el sentido de que lo propio de la vida no es existir sino propagarse, derramarse por la propia naturaleza de uno, y sentirse tanto más cuanto más se difunde ella, cuanto más se comunica. Asimismo el “bien” no es algo extrínseco, algo exterior, que me esfuerzo por adquirir. El bien verdadero, la felicidad verdadera, aquello por lo que más me siento vivir, es, al contrario, verterme en una suerte de generosidad vital”

¿Pero qué es lo que hace que este despliegue vitalista produzca forzosamente el bien y no un exceso de poder dominante, “colonizador”, destructor? “En tanto que ser vivo, todo lo que soy, lo he recibido y lo he recibido como si la vida se cumpliera a través mío, como si yo no fuera más que una mediación, un “momento” de la vida. Es la vida la que  prosigue a través mío, pues evidentemente, lo propio de la vida es siempre encerrarse en un individuo pero para perpetuarse a través de él. Y la ilusión inherente a la vida es que cada individuo se crea el centro de la vida y lo refiera todo a él, mientras que es la vida la que tiende a irradiar a partir de él. Para evitar toda “voluntad de poder” hace falta primeramente destruir esta ilusión”. A partir de aquí puede pensarse que una posición moral se desprende inmediatamente del hecho de que cada uno sea “un mediador de la vida” y de que, por lo tanto, el otro esté “ya siempre ahí”, antes que yo

 El trabajo y el amor

“Psicológicamente yo me siento primeramente en la soledad, en la separación, en el abandono. Estoy sólo en mi cama y no puedo nada sin los otros, los otros no son primeramente aquellos hacia quienes mi ser  va a difundirse sino aquellos de quienes yo lo espero todo. Más tarde les podré “dar mi vida”. Ahora bien, no se trata solamente de darla biológicamente, aún hace falta infundir, transfundir la intensidad de lo que siento a fin de que los otros hagan su propia sustancia de la mía. Desde un punto de vista moral dar la vida es más fácil de decir que de hacer, pues si bien puedo querer dar dinero o conocimiento o ayudar a alguien a que lleve a cabo su trabajo, ¿Cómo puedo dar mi vida sin imponer mi persona y, de este modo, imponer una coacción, una especie de alienación a la que los otros no están dispuestos…? Me parece que no hay sino dos maneras de irradiar nuestra vida sin imponer nuestra persona: son el trabajo y el amor. En el amor, doy mi vida, pero sin mi persona, mientras que en el trabajo lo hago a través de una suerte de devoción anónima, clandestina, secreta… de modo que yo diría que el trabajo es la forma más discreta y delicada del amor.”

He aquí pues una cosa que no es sencilla. ¿Cómo dar y cómo “darse”? Cómo evitar “confundirse” en el otro? “ Está también esa forma que Descartes llamaba amor de benevolencia o amor de devoción, por el que me consagro a la perfección, a la realización del otro. ¿Cómo decirlo? Que la persona amada sea como una obra aún por acabar. Un mismo violón, un mismo piano no suenan de la misma manera según sea el músico que los toque. Es eso lo que ambiciono o lo que el amor me hace ambicionar, que la persona amada pueda “sonar” de una manera más sentida, más personal gracias a mi presencia, a mi atención, a mi cuidado, que si yo no estuviera. Ambicionaría que la otra persona fuera más sí misma conmigo que sin mí.” ¿Y esto vale para cualquier amor? “¡Eso vale incluso para el trabajo del profesor que consiste en hacer del pensamiento algo tan contagioso como una emoción! Lo que por analogía me resulta más próximo de este amor que evoco, es la complementariedad de dos solistas tocando una partitura piano-violón, en la que cada uno sostiene el tono del otro, lo lleva, le aporta un añadido de color, de carne, de ritmo y, en consecuencia, de vitalidad”

 

  1. junio 12, 2016 a las 6:25 am

    Muy bueno el texto y el esfuerzo del bolg.

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